La Opinión de Málaga, 13/2/2008
(Don Luis Felipe Gómez Caballero nació en Málaga el 29 de agosto de 1922 y falleció en Málaga el 11 de febrero de 2008, a los 85 años)
En sus años de universitario Don Luis Felipe, malagueño de pura cepa, estudiaba medicina en Granada. Aún no existía esa facultad aquí. Era conocido por ser un chico alegre y daba envidia verle sacar las calificaciones más altas sin dedicar excesivo tiempo al estudio por su gran capacidad para memorizar y asimilar los apuntes de clase.
Le sobraba tiempo y lo dedicaba a ser más amigo de sus amigos. Tenía muchos y sabía ayudarles sin que se le notara. Uno de los más íntimos está ahora con él en el cielo, porque Dios se lo llevó hace poco más de un año: Fernando Orellana.
Allí, en plena vibración juvenil, conoció y se incorporó al Opus Dei. Le atrajo el mensaje de intentar vivir una vida plenamente cristiana a través de las cosas más ordinarias y corrientes, pero vistas desde la perspectiva de que Dios está en todas ellas. Al principio le asustó oír que Dios nos llama a todos a ser santos? también a los que están "a pie de calle" como él, joven estudiante. Pero era generoso. Más tarde San Josemaría le propuso ser sacerdote y volvió a decir que sí.
A partir de ahí sus años han pasado sin ruido, pero llenos de frutos. Esos frutos que sólo conoce quien acude a un sacerdote bueno, siempre dispuesto a escuchar, a ayudar, a transmitir la alegría que él llevaba dentro. Cuántas horas confesando a tanta gente. Llamaba la atención la felicidad de quien acababa de hablar con él.
Su amigo Fernando, quien también respondió a la vocación al Opus Dei, era uno de los que acudió muchas veces a él para recibir el sacramento de la confesión. Fernando sabía que Don Luis Felipe era un sacerdote que quería a Dios, que rezaba, y que, sin hacer ruido, sólo quería servir a los demás a través de su ministerio sacerdotal.
Después de una vida larga, precisamente un día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Virgen de Lourdes, Don Luis Felipe ha ido a la casa de su Padre.
Hace sólo unas horas estaba con él, ya muy enfermo. Rezábamos y me interrumpía para decirme que sabía que en poco tiempo nos dejaría. Me susurró al oído que estaba ofreciendo su enfermedad (de la que no se quejó nunca) por el bien de la Iglesia y de todas las almas, y que le decía al Señor que le llamara "cuando quiera, donde quiera y como quiera". Siempre hubo alguien a su lado acompañándole en sus últimos días. Todos sabemos que en cuanto dejábamos de hablar con él, en esos silencios de las conversaciones tranquilas, susurraba ´avemarías´ y se atrevía a llamar a su Madre: mamá.
Ella, un día de fiesta mariana, de un año para él también mariano, se lo ha llevado, sin hacer ruido.
Hay mucha gente buena y generosa que pasa haciendo el bien y no hace ruido, pero los frutos son muchos y los llevan dentro los que les han conocido.
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