Alfa Y Omega, 17/1/2008
Doña María Ángeles Canel es la directora gerente de la Fundación Kianda, que se estableció en Kenia en 1961, y que ha desarrollado su labor en el terreno de la educación y formación de mujeres. Hoy Kenia es noticia por las sangrientas revueltas políticas. Detrás de la noticia, se esconden muchas vidas, y, algunas, han cambiado gracias a Vianda.
Cuando el marido de Rahel Onea murió, ella no tenía trabajo. Se quedó con lo puesto, con sus dos hijas, en una choza. Las chozas en Kenia no suelen tener más de nueve metros cuadrados y están compuestas por una sola estancia donde se vive, se cocina, se come y se duerme sobre cartones. Su situación era tan desesperada que Rahel acabó tomando la drástica decisión de comprar el suficiente veneno como para quitarse la vida junto a sus dos hijas. Pero algo la frenó. Al día siguiente, escuchó en la calle el anuncio de un curso para mujeres organizado por la Fundación Kianda, en el que les enseñaban cómo montar un negocio. Se apuntó. Hoy regenta su propio puesto de comida, y gana suficiente para mantener a sus dos hijas.
La máquina de coser de Penina
Penina es la mayor de seis hermanos. Su madre los alimentaba a todos con los pocos ingresos que obtenía como empleada en una plantación de té, un trabajo duro y laborioso por el que se gana aproximadamente un euro al día. Penina no podía ni soñar con ir al colegio y se quedaba a cargo de sus hermanos. Un día, una profesora del colegio de Kimlea, uno de los proyectos de la Fundación Kianda, se encontró con Penina y le dio la oportunidad de entrar en este centro en el que forman a jóvenes que no saben nada para que se ganen su propio futuro. Son niñas que vienen de entornos tan pobres que ni siquiera saben limpiar o cocinar, porque sólo han comido ugali -una mezcla de harina de maíz y agua-, o, si tienen suerte, irio -que añade alubias, patatas y verduras-. En Kimlea aprenden un oficio que les permite vivir. Tras completar su formación de dos años, Penina consiguió un trabajo. Con los ahorros que logró, compró una máquina de coser. Ahora tiene un negocio de costura que le permite mandar al colegio a sus cinco hermanos.
Son las pequeñas grandes historias que salpican la realidad de un país como Kenia, que hoy es noticia por las sangrientas revueltas que han seguido a las controvertidas elecciones. Los keniatas son tranquilos. De hecho, han sorprendido los recientes brotes de violencia, una actitud inusual en un pueblo acostumbrado a la paz. Lo sabe bien doña María Ángeles Canel, que lleva prácticamente toda su vida dedicada a ayudar a las mujeres de esta región. La Fundación Kianda, que dirige, nació en enero de 1961, tres años antes de la independencia del país. Vieron claro que las mujeres son la clave para el desarrollo social y montaron diferentes proyectos de educación y formación profesional de la mujer.
En estos días, saben que lo fundamental es rezar por la paz. Explica doña María Ángeles que los keniatas son, por naturaleza, muy religiosos, y que, en cuanto se conocieron los primeros altercados, aparecieron las primeras manifestaciones por la paz. «En, por lo menos, dos iglesias de Nairobi, se organizó, durante todo el día, un maratón de Rosarios con el Santísimo Sacramento expuesto. Otro día -nana esta misionera seglar-, en todos los canales de televisión se transmitió una hora de oración ecuménica. Participaron un sacerdote católico, el arzobispo anglicano, un imán, un cadí musulmán, otros pastores protestantes, un gurú hindú...»
Además, han sido varios los llamamientos del Papa Benedicto XVI a la oración. Y destaca la importante participación del cardenal John Njue, arzobispo de Nairobi, que ha mantenido reuniones con las diferentes partes, incluido el Presidente del país, que es católico, para intentar alcanzar una solución negociada al conflicto.
Doña María Ángeles nana las experiencias vividas en estos días, en los que se ha puesto más de manifiesto que nunca la generosidad del pueblo keniata: «Se han abierto puntos de recogida de donativos, tanto en dinero como en comida y ropa, destinados a ayudar a las familias que han tenido que abandonar sus hogares. Ha sido impresionante la reacción tan generosa de toda la gente, puesto que incluso los más pobres, los que no tienen medios materiales que aportar, ayudan como voluntarios, dispuestos a acudir allí donde hiciese falta».
Pero es que esta generosidad no es fruto de una situación extrema, sino que es la cosecha de un pueblo de corazón inmenso. Baste una anécdota como muestra. La Fundación Kianda cuenta con dos escuelas preescolares, Gatina y Maramba, en una zona paupérrima de plantaciones de té. Allí les enseñan algunas cosas básicas, desde dibujar o cantar, hasta normas fundamentales de higiene, que muchas veces no conocen en sus casas. En estas escuelas, también se les aporta, en la medida de lo posible, algo más que comer. Cuenta doña María Ángeles que, en una ocasión, recibieron de regalo una gran caja de galletas que les permitió repartir dos a cada niño. Vivieron entonces escenas conmovedoras: «Era impresionante ver a los mayores, de unos 5 años, aplastando las galletas que les habían correspondido a ellos en el reparto y dándose las a sus hermanos de menos de un año». Otra pequeña gran historia.
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