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Tomás Moro y Josemaría Escrivá

Menorca, 29/6/2004

El pasado día 22 celebramos la fiesta de Santo Tomás Moro, mártir. Ese hombre que, nacido en el seno de una familia de la pequeña burguesía, se formó en la Universidad de Oxford en la precariedad económica de un estudiante de escasos recursos, ejerció luego su carrera de abogado adquiriendo el prestigio propio de un buen profesional, desempeñó brillantemente encargos en representación de diferentes estamentos sociales, siendo luego llamado por el rey de Inglaterra, Enrique VIII, para ostentar el cargo de Canciller del Reino. Al negarse a prestar juramento al Acta de Sucesión de 1.534 en la que se reconocía como matrimonio la unión del rey con Ana Bolena y se le proclamaba jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, fue decapitado al año siguiente. Posteriormente la Iglesia lo proclamó santo.

Tomás Moro fue un cristiano ejemplar que cultivó las virtudes en grado heroico. Luchó por adquirir una buena formación humana y profesional y al mismo tiempo cristiana. Un profundo conocimiento de los principios y normas propias de la carrera de leyes y de la práctica forense, descollando como abogado de prestigio. Su conocimiento de los saberes humanísticos y teológicos propios de su tiempo fue muy extenso, relacionándose con figuras señeras del saber. Fue amigo íntimo de Erasmo. Escribió obras que figuran en el catálogo de la literatura universal como la famosa Utopía. Su prosa, tanto en inglés como en latín, fue una de las mejores. Como político sirvió al rey y a su patria con toda fidelidad y pulcritud, siendo respetado, admirado y envidiado por muchos cortesanos. Su fama se extendió por toda la Europa de aquel tiempo.

Pero al mismo tiempo fue un ejemplar esposo y padre de familia que se preocupó por la formación y educación de los suyos.

Supo sacar buen provecho del tiempo dedicando el necesario a cada una de sus múltiples e importantes ocupaciones, sin olvidar la oración y la recepción frecuente de los sacramentos y la práctica de la penitencia, todo ello en una coherente unidad de vida, es decir, un hombre de una sola pieza. En la lucha sacaba fuerzas de su vida de piedad. "Dame, Señor, la gracia de esforzarme para conseguir las cosas que en la oración te pido", rezaba. Era aquello de "a Dios rogando y con el mazo dando".

En el brillante ejercicio de su profesión se labró una excelente posición económica y social. Pero supo vivir desprendido de honores y riquezas con tal de servir fielmente a Dios. Al ver el cariz que iban tomando los acontecimientos en la corte dimitió de su cargo, lo cual le ocasionó un considerable descenso de nivel económico que hizo de manera gradual, invitando a los suyos a colaborar cada uno según sus posibilidades para poder seguir juntos y felices, aunque fuera pidiendo limosna. Pero, aun sin el cargo, era tal su renombre social que el rey le obligó a pronunciarse públicamente sobre la fatídica ley de Sucesión, lo que le ocasionó la muerte después de un año de encierro en la Torre de Londres, donde, preparándose para morir, escribió unas agudas consideraciones sobre la Pasión del Señor. El Papa Juan Pablo II lo ha nombrado santo patrón de los políticos.

El pasado día 26 celebramos la fiesta de San Josemaría Escrivá. Aquel joven que hacia 1918, recién terminado el bachillerato y a punto de escoger carrera, hijo único varón de una familia aragonesa, residente entonces en Logroño, en quien su padre ponía la esperanza para superar las estrecheces familiares, pensando, ante sus evidentes dotes, en una profesión brillante como arquitectura, aquel chico lleno de ilusiones propias de su juventud, recibió una llamada del Señor como para prepararse para algo especial que quería de él, sin saber exactamente qué, decidió hacerse sacerdote. Pidió a Dios otro hijo para su padre, favor que le sería concedido. Entró en el seminario de Logroño y después en el de Zaragoza, donde terminaría sus estudios que alternaría con los de Derecho en la Universidad. Ordenado sacerdote en 1925, aplicó su primera misa en sufragio por el alma de su padre, fallecido unos meses antes. Mientras tanto pedía: "Señor, que vea. Que sea lo que tú quieres". Haciéndose cargo de su familia, madre y dos hermanos, ejercería su ministerio sacerdotal primero en Zaragoza y luego en Madrid, donde el 2 de octubre de 1928, en unos días de retiro, vio con claridad lo que Dios quería de él.

Había sido escogido como heraldo para transmitir un mensaje divino cuyo contenido era tan antiguo como los mismos Evangelios, pero a la vez nuevo porque había caído en el olvido: Todos estamos llamados a santificarnos en la vida ordinaria de cada día, en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales, sin necesidad de salirnos del sitio y del lugar que ocupamos en la sociedad. La santidad es la plenitud de la vida cristiana y el cristiano debe luchar, con la gracia de Dios, para conseguirla. Afirmación contenida ya en las escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento, pero que, en aquellos momentos se creía que era algo propio y exclusivo de sacerdotes y religiosos, los cuales debían "dejar" el mundo para santificarse.

Para difundir el mensaje a partir de entonces y para siempre, quiso Dios que Josemaría en aquella misma fecha, fundara una institución, el Opus Dei, que primero como Pía Unión, luego como instituto secular, pero definitivamente como Prelatura Personal (1982), fue cumpliendo, pasando por sobre de las vicisitudes históricas -guerra civil española, guerra mundial, la incomprensión de muchos- con su cometido, viendo como el Concilio Vaticano II (1965) recogía el mensaje en sus Constituciones.

Josemaría Escrivá, fallecido en 1975, llevó una vida llena de virtudes vividas con heroísmo ejemplar y total discreción, pero sin poder evitar el loor de santidad, que le fue reconocida por la Iglesia el 6 de octubre de 2002 en que fue elevado a los altares. Dedicó su vida a la dirección de las almas infundiendo en ellas su mensaje y a la formación de sus hijos que, en la hora de su muerte, eran ya más de 60.000 esparcidos por todo el mundo.

Existe, pues, un paralelismo en el modo de concebir la vida del simple fiel cristiano en los dos santos, Moro y Escrivá, separados en el tiempo por más de cuatrocientos años- Y es que, desde Jesucristo, todos los caminos honestos de la tierra están abiertos a los hijos de Dios y pueden y deben ser caminos de salvación, nos enseña San Josemaría. Acuñó frases, luego consagradas, como que "la Santa Misa es el centro y la raíz de la vida del cristiano", De la oración, de los sacramentos y de la penitencia debe sacar el cristiano la fuerza para su combate personal, santificando y santificándose en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios de la vida, con una fuerte devoción a la Virgen y un gran amor al Papa. En este mensaje de salvación, el Opus Dei, nos dice, está para servir a la Iglesia, como la Iglesia quiere ser servida...

El próximo día 2 de julio tendrá lugar en la iglesia parroquial de San Francisco de Ciutadella, a las 19'30 horas, una solemne concelebración eucarística en honor de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, a la cual se invita a todos los fieles.

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