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Cuando el Señor pasa

Las Provincias, 13/6/2004

La última encíclica de Juan Pablo II comenzaba con estas palabras: "La Iglesia vive de la eucaristía". Ante tal afirmación, se hace necesario desechar el mal acostumbramiento a una realidad tan inefable que "encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia". Por eso el Papa dirá poco después que desea suscitar en los cristianos lo que llama el "asombro" eucarístico ante la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del vino.

Si se me disculpa el recuerdo personal, voy a echar mano de uno que está muy presente en la memoria de mis años universitarios. Asistía en un centro del Opus Dei a unas clases de formación cristiana. Un día, el que impartía esas charlas -un chico de nuestra, edad, que ahora es un conocido filósofo y profesor universitario-, hablando de la eucaristía, como para dejar bien grabada en nuestras mentes y en nuestro corazones la verdad de esa presencia de Cristo, mientras golpeaba la mesa que hacía de centro de la pequeña reunión, exclamó: ¡Caray, que es Dios!"

La misa hace presente el sacrificio de la Cruz; a la vez, es alimento para nuestra vida cristiana, pero, además, Jesús se queda en el sagrario para acompañarnos en nuestras alegrías y tristezas, en el trabajo y en el descanso, en la salud y en la enfermedad, en la oración y en el sacrificio, en las horas buenas y en las malas, en todo. Es más, nos transforma, si acudimos a Él con fe en la misa, en la comunión -con las debidas disposiciones, es decir, sin conciencia de pecado mortal- y en el tabernáculo, donde nos espera siempre para escucharnos, para oírle, para mirarle, para intimar con El y reproducir su vida en la nuestra; ahí -dice Juan Pablo II- "se prolongan y multiplican los frutos de la comunión del Cuerpo y Sangre del Señor".

En la fiesta del Corpus Christi, ese Jesús oculto en el tabernáculo sale a nuestras calles, a nuestro encuentro, tal vez como sucedió con aquellos dos discípulos que volvían a Emaús, derrotados por el drama de la pasión y muerte del Señor. Éste se hace el encontradizo y fue reconocido justamente al partir el pan. Cuando Jesús desaparece, se dijeron: "¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?". Ojalá reviva así nuestra fe, cuando Jesús Sacramentado recorra nuestras calles en su preciosa custodia. Precisamente -en relación a los objetos empleados para el culto eucarístico- escribió el Papa: "Como la mujer en la unción de Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de 'derrochar', dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la eucaristía. Fue Judas quien protestó por el "derroche" de la unción con perfume de nardo puro: "¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?". La respuesta de Cristo es inequívoca: "Dejadle que lo emplee para el día de mi sepultura, porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis".

Cuando sigamos o contemplemos este paseo de Jesús por Valencia, que nos sintamos cercanos a Él, que nos veamos interpelados cómo el apóstol: llamado a ser cabeza de la Iglesia: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?"_ Y no sólo en ese momento. La procesión del Corpus ha de ser un aldabonazo para querer siempre y con obras: "Junto a esa procesión solemne, debe estar la procesión callada y sencilla, dé la vida corriente de cada cristiano, hombre entre los hombres, pero con la dicha de haber recibido la fe y misión divina de conducirse de tal modo que renueve el mensaje del Señor en la tierra. No nos faltan errores, miserias, pecados. Pero Dios está con los hombres, y hemos de disponemos para que se sirva de nosotros y se haga continuo su tránsito entre los criaturas" (san Josemaría Escrivá).

De rodillas, Señor, ante el Sagrario. Con reverencia interior y exterior, al paso de la custodia en su paseo por nuestras calles. Con pétalos de flores en su honor, pero, sobre todo, con el entendimiento de los cristianos, que nos disponemos a mejorar como el modo más adecuado de agradecer este don grandioso. Vivir la eucaristía "significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por Ella" (Encíclica Ecclesia de Eucharistia).


PABLO CABELLOS LLORENTE
Vicario de la Delegación en Valencia del Opus Dei

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