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Qué pensar de "El código Da Vinci"...

Catalunya Cristiana, 10/6/2004

El éxito editorial de El código Da Vinci, de Dan Brown, ha sido enorme. Según dicen, casi dos millones de ejemplares vendidos en el poco tiempo que lleva en el mercado y parece que se ha traducido ya, según los promotores de la obra, a treinta idiomas. De ser todo ello cierto, es un auténtico récord, sobre todo en un mundo en el que la lectura está muy «a la baja» en todas partes.

¿Qué podemos decir de todo ello, una vez leído y comentado el libro en estas mismas páginas hace unos meses? Catalunya Cristiana publicó, dentro de la sección «La crítica literaria de esta semana», una reseña en el número 1.270, correspondiente al 22 de enero de 2004. ¿Qué se puede añadir, además, a las múltiples referencias aparecidas en los «buscadores» informáticos? Porque para referirnos solamente a uno, el Google, en el momento de escribir estas líneas se contabilizaban cincuenta y nueve mil novecientos apartados, cada uno de los cuales puede llegar a tener hasta diez o doce páginas de lugares, donde se pueden leer opiniones, críticas, elogios, condenas, con una mezcla alucinante de adhesiones, recomendaciones, rechazos... Es, para algunos, un libro espléndido e imprescindible; para otros, un producto deleznable, pura basura.

Hay la posibilidad de recoger una retahíla de opiniones emitidas por los comentaristas más diversos; las de aquéllos que se aproximan al texto con la seriedad analítica del especialista y las de quienes espontáneamente descargan en sus líneas, sin matices, lo que sienten, casi siempre movidos por sus juicios previos, negativos, ante la realidad que Brown quiere presentar, pareciéndoles que un libro como éste puede tener como final la desaparición del cristianismo, o de una Iglesia que ha manipulado y envilecido el mensaje de Jesús.

La verdad es que ante esta obra se puede decir -más que en ninguna otra y por su temática- que todo depende del color del cristal con que se mira. Los juicios de personas serias nos definen bien claramente las fronteras de los terrenos en que se mueven todas y cada una de las consideraciones.

Artefacto concebido como fenómeno comercial

En un amplio comentario, Rafael Carbona (El Mundo) lo considera «oportunista y pueril». Para él, los libros que nacen con vocación de best-seller apenas logran ocultar su condición de productos manufacturados. El código Da Vinci no es una obra de creación, sino un artefacto concebido para transformarse en un fenómeno comercial. Reúne todos los elementos que garantizan el éxito fácil: una trama policíaca con conexiones políticas y religiosas, unos personajes estereotipados, ciertas dosis de trascendencia filosófica, un erotismo libre de estridencias y una escritura plana.

Tal vez Brown -dice- haya pretendido emular a Umberto Eco, mezclando misterio, erudición y filosofía, pero sólo ha conseguido elaborar un libro oportunista y pueril. La perplejidad de Langdon ante una inscripción que se atribuye a una lengua muerta se resuelve cuando un espejo revela que las letras están simplemente invertidas. La presunta implicación del Vaticano sólo evidencia una obscena complacencia con el escándalo.

«Este libro es, sin duda, el más tonto, inexacto, poco informado, estereotipado, desarreglado y populachero ejemplo de pulp fiction que he leído» y «se destaca la ensalada de hechos y fábulas que maneja, sin aclarar nada». El crítico del The New York Times lo ha calificado de «insulto a la inteligencia».

«Brown mezcla hechos reales con especulación y fantasía de tal manera que el resultado final cobra fácilmente cierta verosimilitud. En un escritor, esto es una habilidad de gran valor. En El código Da Vinci esta habilidad se utiliza para poner en duda la base de la fe cristiana y atacar a la Iglesia en un formato -la novela en el cual una persona generalmente no espera encontrar argumentos enmascarados como verdades históricas.»

«En nuestra "correcta sociedad, una declaración racista, antijudía y contraria a los homosexuales o las mujeres puede descalificar a un escritor durante mucho tiempo. Pero no ocurre así con los insultos a Jesucristo y a sus discípulos. Paradójicamente, escribir un libro extenso sobre una conspiración católica llena de chismes supone obtener abundantes beneficios y notoriedad.»

«La novela forma parte de un género que presenta un odioso estereotipo del catolicismo como villano. El odio al catolicismo impregna todo el libro, pero las peores invectivas las recibe el Opus Dei.» «Sus errores de bulto sólo pueden no llamar la atención del lector poco instruido.»

«El código Da Vinci no aporta nada, aunque quizá enriquezca la paciencia del lector. Además, no se trata de un misterio real y el estilo es espantosamente, banal, incluso para el propio género de ficción. Es pretencioso y fanático.»

Hasta aquí algunas de las opiniones críticas, sin entrar en detalles.

Una «novela», no un «libro histórico»

Nuestro juicio es el siguiente: creemos que El código Da Vinci, coincidiendo con la mayoría de los comentaristas serios, tanto creyentes como no creyentes, debe ser considerada una novela, no un libro histórico. Como tal, por haber entrado en la manipulación de tradiciones, textos, personajes, momentos más o menos esotéricos o cabalísticos, ha interesado a quienes tienen hoy en día en la cabeza un maremagno de referencias que van surgiendo en estos ambientes de cierto exotismo religioso no comprendido por la mayoría, en el que el valor de lo sobrenatural es una nebulosa que no acaban de comprender, de la que han oído hablar a través de años de juventud poco formada cristianamente y llena de tabúes y prejuicios ambientales, dictados por audaces corifeos de la ignorancia religiosa o prejuicios absurdos, irracionales, poco inteligentes y, especialmente, apodícticos y acríticos.

Sobre todo en España, donde se pueden citar nombres concretos, que van desde Almodóvar a Fernández Santos, pasando por el mismo Fernando Savater, con muchas páginas de Juan José Millás, Haro Tecglen y periodistas, especialmente de El País. Adalides del diálogo y el respeto que exigen hacia ellos y su pensamiento, pero inmisericordes cuando se trata de la Iglesia católica y de alguna de sus instituciones... Y dado que España no es una excepción, habrá el mismo talante antirreligioso en otros tantos escritores o grupos mediáticos extranjeros, seguramente dé más calidad que los que hemos de sufrir a través de horas y obras repetidas en nuestros medios basura.

El nombre de la rosa, de Umberto Eco, que es inmensamente más demoledora que esta novela de Brown, no tuvo tanta resonancia -siendo una narración excelente y bien construida, superior en todo a El código Da Vinci y a pesar del film de Sean Connery- porque un monasterio benedictino no es más que una célula aislada de la gran Iglesia. Más aún, los benedictinos no se sintieron atacados y no montaron un tinglado de defensa legítima, pero a veces más ineficaz que una sabia ignorancia -dentro de un elocuente silencio. Solamente la palabra Opus Dei ya crispa,desgraciada e ilegítimamente, como antaño la palabra dominico o jesuita. Quizá el silencio hubiera sido mejor que no entrar, simplemente, al trapo.

Errores históricos, teológicos y geográficos

La serie abrumadora de inexactitudes y errores históricos, teológicos y geográficos indican la supina ignorancia del autor, y su frivolidad, dentro de su capacidad de crear suspense en un tema en el que se mezcla astutamente la religión, de la que sabe tienen nociones, y fobias, muchos de sus lectores.

No es un libro histórico ni de teología y todas las leyendas de qué habla sobre Jesucristo son una repetición de leyendas y suposiciones que ya se encuentran en muchísimos autores anteriores", de mucha más calidad y conflictividad que El código Da Vinci. Gore Vidal, Karantzakis, Saramago, Robert Graves, Mauriac y Endu Susako se encontraron, al hablar de Jesús, con la tentación de manipularlo. Algunos lo hicieron, pero sin el estilo vulgar y a veces grotesco con que Brown afronta estas leyendas.

Los que se han acercado a este libro, convencidos de que iban a encontrar la carnaza que gusta a los estómagos anticlericales, o de las personas que creen tener en su mano el poder de hacer y deshacer a su antojo una historia, como la de Jesús, y de la Comunidad por él fundada, quizás lo pasarán bien, pero no habrán hecho más que caer en la trampa comercial que les preparó el hábil escritor americano sin escrúpulos. Y seguramente son las mismas que no serán capaces de leer Los versos satánicos, de Salman Rushdie, que son, en literatura de mejor calidad, la versión islámica de El código Da Vinci... sin necesidad de recurrir a Mona Lisa. Pero, ¡India está muy lejos!

Y estamos seguros de que no oirán de nadie qué haya tenido la paciencia de leer esta obra, que reconozca que le ha hecho perder la fe en Jesús o en la Iglesia. Más bien lo que le hecho perder es el tiempo...

Cristóbal Sárrias

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