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Pedro Casciaro

Capítulo 9: Pamplona

No me cuente Vd. su caso

En Lourdes no estuvimos más de dos horas. Desde allí nos dirigimos a San Juan de Luz donde llegamos entre las seis y las siete de la tarde del día 11 de diciembre. Nos estaba esperando allí un hermano de José María Albareda. La frontera entre Francia y España estaba cerrada, pero nos dejaron pasar por el puente internacional. "No se me olvida -recordaba Paco- la profunda alegría de nuestro Padre, cuando cruzábamos a pie el puente internacional de Hendaya. Iba rezando la Salve, y luego jaculatorias, que nosotros acompañábamos con mucha intensidad y emoción. Al pisar tierra de España, donde recobraríamos plena libertad de movimientos, nuestro Padre continuaba rezando. No dimos los gritos de júbilo que eran bastante habituales en esos casos. Gritamos por dentro, en agradecimiento a Dios y a la Virgen. Al unísono del Padre".

Apenas llegamos a Fuenterrabía -donde, por nuestra condición de evadidos, nos obligaron a hacer múltiples declaraciones-, el Padre trató de comunicarse por teléfono con el Obispo Administrador Apostólico de Vitoria, Mons. Javier Lauzurica, pero no lo encontró porque estaba de viaje en Roma. Habló entonces con Mons. Marcelino Olaechea, el Obispo de Pamplona, que nos avaló ante las autoridades civiles, evitándonos muchos trámites.

Antes de proseguir este relato quiero hacer una aclaración para que se entienda bien lo que viene a continuación: eran tiempos de guerra y los ánimos estaban muy exaltados; las opiniones, sobre todo en el terreno político, se defendían con ardor y pasión. Los que se habían escapado de la "otra zona" caían con frecuencia en un revanchismo exacerbado, explicable por las víctimas que habían tenido en su familia o por las penalidades que habían sufrido. Sin embargo, jamás, en medio de este ambiente, vi ni oí en el Padre expresión alguna que no fuera serena, prudente y caritativa con todos. Y de los que entonces estuvimos más cerca de él, quizá pocos podrían estar tan sensibilizados como yo, a causa de mi compleja situación familiar.

Un comentario hiriente, un gesto de desprecio, una alusión... yo lo hubiese detectado enseguida; pero nunca lo dijo. El Padre nunca hablaba de política: quería y rezaba por la paz y por la libertad de las conciencias; deseaba, con su corazón grande y abierto a todos, que todos volvieran y se acercaran a Dios. Y sufría cuando escuchaba una valoración exclusivamente política de aquellos sucesos, olvidando la cruenta persecución religiosa y los numerosos sacrilegios que se estaban cometiendo.

Eso explica que apenas llegamos a Fuenterrabía el Padre me pidiese que dejara una relación escrita en la Oficina de Información, haciendo constar los esfuerzos que había hecho mi padre, a veces con éxito, para salvar muchas vidas y evitar sacrilegios. Valiéndose de su cargo de Director provincial de Monumentos Históricos y Artísticos, mi padre había logrado esconder en unos almacenes en Albacete y en un sótano del pueblo de Fuensanta, ignorados por las masas, muchos vasos sagrados, custodias, imágenes religiosas, etc. Es justo -me dijo el Padre- que el día de mañana se sepa el bien que ha hecho tanta gente buena, independientemente de las opiniones políticas que hayan podido tener.

Estas palabras ponen de manifiesto su grandeza de alma. Nunca formuló una acusación para nadie: cuando no podía alabar, callaba. Jamás tuvo una expresión de rencor. Y en aquella época no era tarea fácil unir el amor a la justicia con la caridad; pero el Padre supo hacerlo admirablemente.

Otro rasgo característico de aquel momento histórico es que mucha gente hablaba de sí misma en un tono heroico y grandilocuente: se puso tan de moda el contarse unos a otros sus penalidades pasadas, que llegó a acuñarse esta frase: "no me cuente usted su caso, por favor". Por contraste, el Padre, que tenía tantas penalidades que relatar, no lo hizo nunca. Tampoco buscó un acomodo oficial. Hizo lo de siempre: trabajar, callar, rezar, y procurar pasar inadvertido.

Nos recomendó, en medio de aquel clima exaltado, que nunca tuviéramos odio en el corazón y que perdonáramos siempre. Hay que situarse en aquellos momentos para entender lo que significaban estas palabras en toda su radicalidad: estaba teniendo lugar la mayor persecución sufrida por la Iglesia en España, en la cual murieron casi siete mil eclesiásticos y numerosos católicos a causa de su fe.

Algunos de los que habían perdido la vida en aquel conflicto a causa de su fe eran muy amigos del Padre, como don Pedro Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, hoy también en los altares; o don Lino Vea-Murguía, al que detuvieron el 16 de agosto del 36 y abandonaron muerto, tras asesinarlo, junto a la tapia del Cementerio del Este. Habían asesinado también a muchos sacerdotes conocidos suyos; entre ellos, a su padrino de bautismo. Era viudo -comentaría el Padre años más tarde, evocando su figura, a raíz de la pregunta de una mujer que había sufrido una cruel persecución en su país-, y más tarde se hizo sacerdote. Lo martirizaron cuando tenía sesenta y tres años. Yo me llamo Mariano por él. Y a la monjita que me enseñó las primeras letras en el colegio -era amiga de mi madre antes de hacerse monja- la asesinaron en Valencia. Esto no me horroriza, me llena de lágrimas el corazón... Están equivocados. No han sabido amar.

He recordado todas estas cosas para consolarte, hija mía, concluyó diciendo el Padre a esta mujer; no por hablar de política, porque yo de política no entiendo, ni hablo, ni hablaré mientras el Señor me deje en este mundo, pues ése no es mi oficio. Pero di a los tuyos, de mi parte, que se unan a ti y a mí para perdonar.

El Padre supo perdonar; y nos enseñó a perdonar siempre.

Pero prosigamos con nuestra historia. Estuvimos todo el día 12 en Fuenterrabía, y al día siguiente llegamos a San Sebastián. Habíamos comenzado a dispersarnos unos y otros por diversos lugares, al irse unos a su trabajo, y otros -los que estábamos en edad militar-a su destino en el Ejército. Juan, por ejemplo, se incorporó a Sanidad hacia el día 15 de diciembre; Paco y yo, acompañados por una pareja de la Guardia Civil, abordamos en la tarde del día 17 un desvencijado ferrocarril de carga y pasajeros que, después de muchas horas de traqueteo y tras superar las consecuencias de una fuerte nevada en Alsasua, nos condujo a nuestro destino: el Regimiento de Minadores-Zapadores de Pamplona. Al despedirnos, el Padre nos prometió que vendría a Pamplona y pasaría con nosotros la Navidad.

En el Regimiento de Zapadores

Al llegar a la capital navarra, otra pareja de la Guardia Civil nos condujo al Cuartel de Ingenieros, sede del Regimiento. Estaba situado en el extremo oriental del campo militar, al norte de la Ciudadela. Apenas traspasamos la entrada, un guripa nos llevó a nuestra Compañía a través del inmenso patio- explanada totalmente cubierto por una gruesa capa de nieve helada. Tuve la impresión de encontrarme en Moscú. Salvo en los grabados rusos, nunca había visto unos edificios y un paisaje semejantes.

Nuestra Compañía estaba en el primer piso del pabellón de la izquierda, y al llegar nuestro acompañante llamó con voz cansina al soldado de guardia. Apareció entonces un recluta somnoliento y perezoso, cubierto hasta la nariz por un amplio capote de puntas. Aquella nariz me resultó conocida: era la de un compañero de la Escuela, José Luis Fernández del Amo, al que llamábamos cariñosamente "pajaroide", cosa que no le disgustaba. José Luis asistía también a los Círculos en la Residencia de Ferraz.

La primera noche de cuartel fue toda una odisea. No había suficiente dotación de tablas de catre, colchonetas de paja y mantas, y el frío era realmente moscovita. Paco, sacando fuerzas de flaqueza, se dispuso a aceptar aquellas carencias con resignación ascética; yo luché para sobrevivir y luché por conseguir lo antes posible un permiso para dormir fuera del cuartel. Afortunadamente, José Luis nos fue adiestrando en esos pequeños trucos de la vida cuartelera, que nos resultaron más útiles que los entrenamientos del terrible sargento que cada mañana nos vapuleaba, de izquierda a derecha, derecha a izquierda, gritándonos sin cesar:

-¡Peee..loo...tooooooón!

¡Pobre sargento! No consiguió, a pesar de todos sus gritos y todos sus esfuerzos, que ni Paco ni yo adquiriésemos el aire marcial requerido, ni que diéramos una en las prácticas de tiro...

No nos proporcionaron ropa militar; pero nos indicaron que debíamos ir con la cabeza cubierta para hacer los saludos de ordenanza. Y con la insignificante cantidad que nos daban semanalmente pudimos comprar lo necesario para escribir cartas e iniciar el apostolado epistolar, como nos había recomendado el Padre.

Así fueron pasando los días hasta el 24 de diciembre. Paco y yo estábamos de guardia, y de pronto, nos llamaron a grandes voces diciéndonos que bajáramos al portón de entrada: allí nos encontramos con el Padre, que se había presentado sin previo aviso en el cuartel. Venía vestido con sotana y dulleta, y llevaba el sombrero -la teja- que usaban habitualmente los sacerdotes en aquella época. En San Sebastián las teresianas le habían proporcionado calzado y un poco de ropa; y el Obispo de Pamplona, don Marcelino Olaechea, le había hospedado en el Palacio Episcopal y le había proporcionado una sotana. La teja había pertenecido al propio obispo, que le había quitado los signos episcopales -el cordón y las borlas verdes- para que el Padre la pudiera usar.

Por la noche, poco antes de las doce, el Padre se presentó de nuevo en el cuartel. Paco lo recordaba perfectamente: mientras él estaba de guardia en los puestos -depósitos de municiones-, se presentó el Padre acompañado de José María Albareda, que había llegado por la tarde a Pamplona. Les dejaron llegar hasta aquel lugar por la gran consideración y confianza que se tenía en aquella época hacia los clérigos. "Allí -cuenta Paco- estuvieron un rato con Pedro y conmigo. Traían turrones, que compartimos con el Padre, y celebramos así la Nochebuena. José María había conseguido algo de dinero, y se pudieron comprar cosas de comer. Estos detalles de cariño, de vida de familia, en las circunstancias tan extraordinarias que vivíamos, se me clavaron en el corazón: me hacían sentir muy feliz y la entrega al Señor se hacía gozosa".

Al día siguiente, las obligaciones militares nos permitieron pasar el día de Navidad junto con el Padre y con José María. Fue un día especialmente entrañable. Después de comer, estuvimos con el Padre en las habitaciones que ocupaba en el Palacio Episcopal, y Paco y yo le fuimos comentando diversas peripecias de nuestra vida en el Cuartel. Entonces nos dijo que, en aquellas circunstancias, podíamos hacer la oración mientras estábamos de guardia; y nos recordó que podíamos y debíamos convertir todos aquellos trabajos cuarteleros en oración y en ocasión de apostolado. Nos indicó también que debíamos ser muy humanos para ser muy divinos.

A partir de entonces, durante la primera semana de enero, a la hora en que nos daban permiso de salida en el cuartel, el Padre se acercaba muchas tardes para vernos. Así se hizo amigo de un cabo, que se llamaba Garmendia, con el que se entretenía hablando y al que le llevaba siempre que podía un cigarro puro, de los que don Marcelino obsequiaba a sus invitados. Es un buen marido y un buen padre de familia, nos comentó. Me da pena que la guerra tenga a tantos hombres como éste alejados de los suyos.

El Padre nos comunicó que iba a fijar su residencia en Burgos: el motivo fundamental era que desde allí le resultaría más fácil desplazarse a los diversos lugares en los que estaban repartidos, por los azares de la guerra, los miembros del Opus Dei y podría tratar apostólicamente a los numerosos chicos a los que había dirigido en Madrid. Le hubiera resultado más cómodo permanecer en Pamplona o en Vitoria, donde los Obispos le habían ofrecido hospitalidad indefinida; pero pesaron más las razones apostólicas, unidas a la circunstancia de que José María podría acompañarle probablemente en aquella ciudad, o al menos pasaría allí largas temporadas. A partir de aquel momento intentamos hacer todo lo posible para que nos destinaran a Burgos ya que habíamos sido declarados de servicios auxiliares y en aquella ciudad castellana había muchos organismos y dependencias militares.

Doña Micaela

No quiero acabar este relato de mi estancia en Pamplona sin mencionar, aunque sea de paso, a doña Micaela Pinillos. Paco y yo habíamos logrado al fin que nos dieran permiso para dormir fuera del cuartel y nos alojábamos en una pensión de la calle de Pozoblanco, nº 6, cuarto piso, propiedad de doña Micaela. Habíamos acordado con ella que iríamos sólo a dormir, porque no teníamos dinero para más, pero doña Micaela nos daba generosamente de cenar por su cuenta en numerosas ocasiones. No sé qué edad tendría aquella buena mujer, pero debía haber superado -generosamente también- la cincuentena. Pronto experimentó por nosotros cierta predilección y una especial veneración por nuestro Padre, que venía a vernos de vez en cuando.

Doña Micaela poseía una rara intuición, agudizada por el trato con personas dedicadas a Dios -tenía varios parientes religiosos y religiosas- y pronto descubrió en el Padre "un algo muy especial", como ella decía. "Se ve de leguas que es un santo", nos comentó varias veces. También decía que en nosotros dos -Francisco y yo- había parte de ese "algo". Un día, cuando hacía unas de estas alusiones, intenté cortar por lo sano:

-Claro que es un santo -le dije-; claro que tenemos 'algo suyo' porque es nuestro director espiritual.

-¿Sólo... su director espiritual?, inquirió doña Micaela.

Su intuición no se detuvo ahí. En otra ocasión, llegó a decirme: "Estoy encomendando mucho la fundación que don Josemaría debe de estar llevando a cabo". Esto me sorprendió especialmente. Quizá habría oído algo; desde luego nosotros no le habíamos dicho nada acerca de la Obra a aquella piadosa mujer, de rara -y certera- intuición.

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