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Pedro Casciaro

Capítulo 7: Días de espera

En Barcelona

"En la estación -recuerda Paco, evocando nuestra salida de Valencia- había un cartel que anunciaba que había desbordamiento del Ebro, y el tren sólo llegaba a Amposta. Juan dijo que no podíamos retrasar el viaje y salimos hacia las dos de la tarde. Para disimular, nos propuso hacer parte del viaje, sentados en el estribo, como milicianos veteranos.

Con la circunstancia del desbordamiento del Ebro, los servicios de vigilancia y control de pasajeros debieron de sufrir un pequeño colapso, porque no nos pidieron la documentación en todo el tiempo de la etapa previa desde Valencia. Al llegar a Amposta el tren se paró y se dio por terminado el viaje (...). Como ya era tarde nos buscamos una casa en el campo para dormir. (...) Al día siguiente, uno de noviembre, (...) atravesamos el Ebro, desbordado en una amplia zona de varios kilómetros, montados en un carrito del cual tiraba un burrito diminuto. Era poca la altura del agua. A media mañana llegamos a la otra orilla y buscamos una casa de campo, cerca de la estación, donde poder comer".

Allí nos sucedió un episodio divertido. Cuando preguntamos dónde podíamos comer nos indicaron la casa de una señora; ésta nos dijo que nos prepararía la comida, pero teníamos que atrapar primero uno de sus pollos, que tenía suelto picoteando por un campo vecino. La caza y captura del animal correspondió a Paco, que tuvo que correr de lo lindo y sudar lo suyo antes de alcanzar al bicho.

Llegamos a la Estación de Francia de Barcelona hacia las once de la noche. Era una hora demasiado tardía para caminar por la ciudad, que estaba totalmente a oscuras a causa de los ataques aéreos; y una hora también desaconsejable para entrar en las casas en las que íbamos a alojarnos. En consecuencia, Juan decidió que nos quedásemos a dormir en la propia Estación. Nos tumbamos en el suelo e intentamos conciliar el sueño. Dimos varias vueltas, buscando acomodo en las gélidas losetas, pero era imposible: no había forma de pegar ojo en aquel lugar. Hacía demasiado frío y había un trasiego constante de viajeros que iban y venían por el andén de un sitio para otro. Paco y yo decidimos pasar la noche paseando, fumándonos los últimos pitillos que nos quedaban: unos "mataquintos" de medio pelo, mucho peores aún que los que llamaban "flor de andamio", que costaban 25 céntimos el paquete...

Por la mañana, tras hacer un rato de oración, llegamos a la casa donde se alojaba el Padre. Estaba celebrando Misa. Desayunamos unas avellanas, mientras le contamos nuestras aventuras, en las que se advertía la protección palpable de Dios.

Comenzaron unos días de tensa espera que, por diversas razones, a mí se me hicieron interminables. Vivíamos distribuidos en tres grupos. Unos, en casa de doña Rafaela Caballero, viuda de Cornet; otros, como Tomás Alvira o José María Albareda, en casa de unos parientes suyos. Otros, entre los que me contaba yo, estábamos alojamos en un piso de la calle República Argentina, propiedad de unos sobrinos de la Vizcondesa de Brías, que estaba casada con el político Portela Valladares.

Fueron sucediéndose los días, y los intermediarios que organizaban las expediciones para pasar el Pirineo no acababan de fijar una fecha concreta: no hacían más que dar largas al asunto, y el tiempo pasaba y pasaba.

Y acuciaba, también: la documentación de la Dirección General de los Servicios de la Remonta que teníamos algunos, nos caducó a las pocas fechas. En la guerra sólo se concedían permisos de pocos días y, para no levantar sospechas, así lo habíamos hecho nosotros también en los oficios que habíamos redactado. Procurábamos ir subsanando esta dificultad raspando con mucho cuidado la primera o segunda cifra de la fecha, sustituyendo, por ejemplo, el uno por el dos; pero no fue fácil; y primero tuvimos que encontrar una máquina de escribir con tipos de letra parecidos, cosa que no fue nada sencilla en medio de nuestro forzoso aislamiento.

Además, el poco dinero que el Padre y los que procedían de Madrid habían podido reunir con tantos esfuerzos para hacer frente a aquella aventura, iba mermando día tras día. Porque "pasarse" costaba dinero: las personas que facilitaban la salida hacia la otra zona a través de los Pirineos no solían exponer su vida sólo por un ideal patriótico o filantrópico; exigían el pago del mejor postor, y en billetes del Banco de España que se correspondiesen con determinadas series anteriores al alzamiento militar: sabían que el Gobierno de Burgos había comunicado, por Radio Nacional, que sólo serían canjeables, al término del conflicto, determinadas emisiones anteriores a la tremenda inflación del momento. No hay que olvidar que muchos guías se dedicaban al contrabando antes de la guerra; y aunque algunos debieron de ser gente buena, lo cierto es que, en muchos casos, al contrabando habitual había sucedido éste, más humanitario quizá, pero mucho más remunerativo.

Hambre

Otro factor por el que aquellos días de noviembre se me hicieron eternos fue el hambre. Pasamos hambre, mucha hambre; muchísima hambre en Barcelona. No disponíamos de cartillas de racionamiento y no era prudente tratar de adquirirlas para conseguir víveres. Tampoco teníamos dinero para comprar alimentos en el mercado negro y la cantidad que había que reservar para pagar a los guías era intocable.

Para dar una idea del hambre que pasamos, baste recordar que en el piso de República Argentina donde yo vivía yo había un perro tan famélico que, en un momento de descuido, se comió el cuero de mi cinturón -sólo dejó la hebilla metálica-, unos calcetines que Paco había puesto a secar en el baño y la única pastilla de jabón de que disponíamos: un día entero estuvo soltando espuma por la boca el pobre animal.

Pero quizá la situación que más nos hacía sufrir era la de unos niños, familiares de José María Albareda, que se hospedaba en una casa de la calle República Argentina, cerca de Lesseps. Allí estaba refugiada también su madre, que se había venido a vivir a Barcelona tras las matanzas de Caspe, donde habían asesinado a su marido. Y en esa misma casa vivía la Marquesa de Embid, suegra de un hermano de José María, y dos sobrinitos de éste, que tendrían de cinco a siete años. Tanta hambre pasaba esta familia, que el mayor de los niños, a pesar de su corta edad, pasaba largas horas cada día en la cola de venta del tabaco, porque un guardia de asalto le recompensaba a cambio con un "chusco"; es decir, con una de las raciones de pan que el Ejército daba a los guardias para su comida.

Estos niños inspiraban gran ternura al Padre. Los veíamos a diario, porque la casa donde vivían estaba de paso entre el piso de la viuda de Cornet y el de República Argentina. Me dan mucha lástima, nos decía, comentando su triste situación; muestran la crueldad de las revoluciones; sus padres han tenido que huir sin poder llevárselos, y los pequeños ahora tienen que ser atendidos por sus abuelas, dos ancianas señoras enfermas, aterrorizadas por los asesinatos de sus parientes más próximos, que no pueden evitar que estos niños vivan en la calle y pasen hambre.

Nosotros poco podíamos hacer por aquellos niños: nuestro desayuno consistía en un aguachirle, que ni llegaba a ser malta, con dos o tres galletas endiabladamente saladas, que tomábamos en un bar. Pero el Padre guardaba las galletas que le correspondían para dárselas a estos niños y, cuando podía, les daba también parte de su escuálido almuerzo. Como no podía darles otra cosa, trataba de suplir con cariño las muchas carencias que sufrían estas criaturas. Entreténles un rato; juega con ellos, solía decirme. También buscaba con eso que yo me distrajera, porque se había dado cuenta que aquellos niños me hacían mucha gracia.

Una vez, para divertirlos, les dije que iba a dibujarles algo. Les pregunté que querían: ¿un perro, un automóvil, un retrato? Me pidieron unánimemente que les pintara un plato con un buen par de huevos fritos. Así lo hice; es más, añadí de mi cosecha en el dibujo unas apetitosas salchichas. Los niños daban brincos de alegría y se relamían los labios contemplando todo aquello. Entonces entró el Padre y en voz baja, para que ellos no lo oyeran, me dijo: ¿Pero no te das cuenta, hijo mío, de que es una crueldad mental dibujarles eso a estos niños hambrientos?

Además del hambre, lo que alargaba terriblemente aquellos días de Barcelona era la espera, una espera larga e incierta. No podíamos hacer nada, salvo esperar; esperar, esperar y rezar para que, un buen día, uno de aquellos misteriosos personajes -Mateo el lechero o quien fuera- nos hiciera saber que ya podíamos ponernos en camino, y hacia dónde. En más de una ocasión perdimos el contacto con esos posibles intermediarios que facilitaban la salida; sin embargo el Padre seguía teniendo plena confianza en que el Señor nos ayudaría; nos animaba continuamente y ponía los medios para que no cayéramos en una situación de nerviosismo que el ambiente propiciaba.

"Así un día y otro día", recuerda Paco. "En principio el proyecto era de estar pocos días en esta situación antes de iniciar el paso de los Pirineos. Pero las cosas comenzaron a complicarse. Por aquellos días una expedición fue detectada cuando, al encontrarse en Andorra, recién pasada la frontera, lanzaron gritos de júbilo y se descubrieron. Los carabineros pasaron a Andorra, ametrallaron, hubo muertos y heridos. Y los demás fueron hechos prisioneros. Salió en la prensa el suceso".

Un viejo amigo

Un día, al leer la prensa, el Padre se enteró de que estaba en Barcelona Pascual Galbe Loshuertos, un antiguo compañero de la Universidad de Zaragoza, que era Magistrado de la Audiencia de Barcelona en representación del Gobierno Autónomo de Cataluña. Fue a visitarle. Galbe era un hombre incrédulo y muy probablemente anticlerical, pero estimaba mucho al Padre, y le encontró tan cambiado que, al principio, no lo reconocía; luego lo abrazó, muy conmovido, y le dijo: "¡Qué alegría, Josemaría! ¡Cuántas veces he pensado que te habrían matado!".

El Padre le contó abiertamente que pensaba pasarse a Francia, por el Pirineo, con un grupo de jóvenes; y le pidió que, en caso de que fueran apresados, hiciera lo posible por salvarlos. "No lo hagas, Josemaría, no lo hagas", le aconsejó Galbe vivamente; "no podría hacer nada por salvarte y salvar a los tuyos; se acaba de dar la orden a los carabineros de disparar en esos casos y de no hacer prisioneros; hace un par de días sorprendieron una caravana y no ha quedado uno solo con vida".

El Padre le hizo ver sus razones. Entonces Galbe, como le tenía un gran afecto, para tratar de disuadirle, le ofreció otra posibilidad: quedarse en Barcelona trabajando con él como abogado. El Padre se negó rotundamente: Si, cuando no perseguían al clero y a la Iglesia -le explicó-, no he ejercido esta profesión porque debía dedicarme completamente a mi sacerdocio, ahora, sin duda, no buscaré esta escapatoria para sobrevivir, sirviendo a una autoridad que persigue a mi madre la Santa Iglesia.

Al ver su actitud, Galbe le dijo que viniera otro día para seguir conversando. Cuando llegó el Padre de nuevo, le hizo pasar a un despacho, desde el que se veía una sala de Audiencias en la que estaba teniendo lugar el proceso contra unos a los que habían apresado cuando intentaban pasar al otro lado. Al acabar, dictaron la terrible sentencia:

-¡Muerte!

Al Padre aquello le impresionó vivamente; pero no cambió de parecer. Galbe, comprendió entonces que no iba a lograr convencerle y -aunque sabía que con eso ponía en peligro su propia vida y la de su familia-, le dijo que, si durante la huida lo detenían y no lo asesinaban inmediatamente, podía declarar que era pariente suyo.

A partir de entonces el Padre le encomendó con frecuencia: le estuvo siempre muy agradecido y rezaba a Dios para que le concediera la gracia de la conversión.

Momentos de angustia

He hablado antes de mis penalidades, y del hambre que pasaba en Barcelona. Eso servirá de punto de referencia para imaginar la situación física en que se encontraba el Padre, que no venía, como yo, del "Levante feliz", sino de un Madrid en el que había sufrido imnumerables privaciones durante los meses anteriores. Yo tenía trece años menos que él y buena salud, mientras que el Padre había pasado temporadas de fiebres altas y, durante el período en que estuvo escondido en el manicomio del doctor Suils, había padecido un fortísimo ataque de reuma en todas las articulaciones que le había postrado en cama por algún tiempo. Estaba extenuado; y desde el comienzo de la guerra había perdido casi la mitad de su peso.

En Barcelona no podíamos hacer más que una sola comida al día y además muy pobre. Nuestras posibilidades sólo nos permitían ir a dos modestísimas casas de comidas que, después de varios intentos, ya teníamos bien localizadas. Una de ellos se llamaba Aguila roja y estaba en la calle Tallers: las mesas tenían mantel y los cubiertos estaban limpios, pero la comida era tan escasa que teníamos más hambre al terminar que al comenzar. Recuerdo el menú: carne de burro y mucho "frincadó amb bolets".

En el otro sitio la comida era un poco más abundante, pero la higiene y el tono humano eran muy deficientes y hasta soez. Los más jóvenes preferíamos el segundo y el Padre, por deferencia hacia nosotros, nos acompañaba gustoso, hasta que notamos que prefería el primero; a partir de entonces decidimos ir allí, donde, con su simpatía y buen humor, sabía sacar partido de esas circunstancias y hacernos la vida agradable. Para no gastar, hacíamos todos los trayectos de la ciudad a pie; nos servía también como entrenamiento para las duras caminatas que nos esperaban.

Por todas estas causas teníamos la preocupación de que el Padre, tan débil por esa prolongada desnutrición, no pudiera resistir las duras jornadas que se avecinaban y procurábamos que se fortaleciera en la medida de nuestras posibilidades. Y todo estuvo a punto de estropearse una tarde.

Sucedió lo siguiente: Manolo Sáinz de los Terreros había visto un letrero en un pequeño restaurante de las Ramblas anunciando que aquella tarde -de tal a tal hora- se serviría un producto nuevo: yogur. Juan Jiménez Vargas consideró, como médico, que valía la pena gastar un poco de dinero en aquel alimento tan sano y nutritivo. Y allí nos dirigimos.

Estábamos deleitándonos, saboreando este manjar insólito, cuando de pronto apareció la policía revisando los documentos personales mesa por mesa.

Fue un momento de pánico: caímos en la cuenta enseguida de que algunos de nuestros salvoconductos ya no estaban presentables. En medio de esta situación el Padre permaneció sereno y continuó la conversación como si tal cosa. Una vez más nuestros Angeles Custodios -devoción que el Padre nos había inculcado- nos sacaron del atolladero: nuestra mesa fue la única en la que los policías no se detuvieron; de haberlo hecho, quién sabe dónde hubiéramos ido a parar. (Y desde luego, a partir de entonces no intentamos incrementar de nuevo nuestras calorías con el yogur).

Otra de nuestras preocupaciones era la de no levantar sospechas entre los vecinos de los lugares donde nos alojábamos. Procurábamos dar la impresión de que éramos gente evacuada de su lugar de residencia, que había encontrado un trabajo estable en Barcelona. Por eso, a la hora normal de trabajo salíamos a la calle con la prisa y la naturalidad de quien va a desempeñar su tarea. ¿Qué hacíamos a partir de entonces? No nos quedaba otro remedio que caminar sin cesar por la ciudad. El Padre nos sugería ocupaciones que nos ayudaran a superar cualquier psicosis de desánimo. Como la mayoría de las iglesias estaban quemadas o cerradas, hacíamos habitualmente por la calle la oración mental, y rezábamos muchas partes del Santo Rosario, llevando la cuenta con los dedos. También nos sugirió que cuando pasáramos por delante de las iglesias sin culto -que eran todas-, hiciéramos actos de desagravio y comuniones espirituales.

Para no levantar sospechas, no acudíamos todos cada día a la Santa Misa que celebraba el Padre en la casa de Diagonal, esquina con Vía Layetana. El Padre nos daba la comunión a otra hora, en aquel mismo lugar o en la casa de República Argentina, a los que vivíamos allí; lo mismo hacía con José María y su familia. También atendía espiritualmente en Barcelona a muchas otras personas, cuyo nombre no solía decir para no comprometerlas.

A falta de otra ocupación, los que estudiábamos arquitectura nos dedicábamos a hacer apuntes y bocetos de edificios de la ciudad. En una ocasión esto causó al Padre varias horas de angustia. Fue a vernos al apartamento de República Argentina y Manolo Sáinz de los Terreros -que acababa de trasladarse también a ese piso- le dijo que "los arquitectos habíamos ido a tomar apuntes de los edificios de la antigua Exposición Internacional"...

Nosotros no sabíamos -pero el Padre sí- que algunos de esos edificios habían sido destinados a depósitos de municiones y polvorines. El Padre pensó entonces que, si nos veían tomar apuntes en aquellos lugares, fácilmente podían tomarnos como espías y detenernos. Por eso, cuando volvimos a casa después de esta inconsciente excursión, y vio que no nos había pasado nada, nos abrazó con una gran alegría. Nos dijo que había estado durante todo el tiempo rezando a la Virgen para que no nos pasara nada.

Comprendí, una vez más, que realmente nos quería con corazón de padre y de madre.

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