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Pedro Casciaro

Capítulo 6: Guerra civil

El Levante feliz

A primeros de julio de 1936 empezó el traslado de la Residencia, desde el nº 50 al nº 16 de la calle Ferraz, que estaba muy cerca del Cuartel de la Montaña. El día 2 se estaba en pleno traslado: habían salido ya tres camiones para el nuevo sitio y faltaban otros tres. Al día siguiente, 3 de julio, Paco y yo salimos de Madrid para pasar un par de semanas con nuestras respectivas familias. Paco se dirigía a Valencia y yo a Albacete, de donde pensaba trasladarme cuanto antes a Torrevieja. Tenía previsto estar algún tiempo allí y volverme de nuevo a Madrid.

Yo, la verdad, no tenía demasiados deseos de volver a Albacete. Mi padre había colaborado en la propaganda que había dado el triunfo al Frente Popular en las pasadas elecciones, y al ver el talante persecutorio de todo lo religioso que había adoptado aquella coalición, temí un posible enfrentamiento con él; enfrentamiento que deseaba evitar a toda costa. Cuando se lo comenté al Padre, puso las cosas en su punto; me dijo que tenía que ir con mi familia; me aconsejó que viviera, por encima de todo, la piedad filial, y me recomendó que rezara por mi padre y no discutiera con él de política.

Paco viajaba a Valencia con un nuevo encargo: buscar un local que pudiese servir para instalar la futura Residencia a comienzos del curso próximo. El Padre dijo que, en cuanto la encontrara, Ricardo se desplazaría desde Madrid para verla. Se ponía así en marcha un antiguo deseo suyo.

La actitud del Padre, su serenidad y su visión sobrenatural, resultaba particularmente llamativa en aquellas circunstancias de inestabilidad general y de turbulencia política. Diez días después de nuestra marcha, el 13 de julio, la prensa trajo la noticia del asesinato de Calvo Sotelo, líder del Bloque Nacional, por fuerzas del Orden Público. Pero esas dificultades externas no arredraban al Padre: La Obra de Dios -había escrito- viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el Cielo está empeñado en que se realice.

Tres días después, el 16 de julio, Paco puso un telegrama a Madrid en el que anunciaba que ya había encontrado un local donde instalar la Residencia. Al día siguiente, 17 de julio, Ricardo se dirigió a Valencia. ese viaje suponía la primera expansión de la Obra en España. El Padre le dio su bendición antes de partir.

Y ese mismo día se tuvo noticia del levantamiento del Ejército de Africa. Comenzaba la guerra civil.

Aquel día yo me encontraba en Torrevieja. Mis padres permanecían todavía en Albacete, y de la noche a la mañana, mi padre se encontró inmerso, de repente, en una compleja situación política: era Teniente Alcalde de la ciudad y dirigente en el partido de Azaña; y a los pocos días de la sublevación militar lo eligieron como Presidente Provincial del Frente Popular, forzándolo a aceptar.

Su situación era compleja también desde el punto de vista familiar ya que, como sucedía en tantas familias españolas, en la mía había personas de distintas tendencias políticas: un tío mío era alcalde radical-socialista; otros eran concejales socialistas, republicanos moderados y monárquicos... Sus destinos fueron muy diversos a medida que se fue desarrollando el conflicto: algunos primos míos, que eran jefes y oficiales de la Armada, fueron fusilados o echados vivos al mar; otro primo mío era falangista y estuvo encarcelado en Alicante con José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange; a otro tío mío, juez de Hellín, lo procesaron por negarse a dar una pena de muerte; otro primo mío fue voluntario en las Brigadas Internacionales...

Mi padre, a pesar del cargo que ocupaba en aquella nueva coyuntura política, tan confusa y caótica, deploraba con toda el alma el dramático desarrollo que habían tomado los acontecimientos. Recuerdo su amargura el día que se supo que habían asesinado a Calvo Sotelo. Poco después, cuando comenzó la guerra, logró salvar varias vidas, especialmente de sacerdotes y religiosas. En un mueble de nuestra casa -que se conserva en un Centro del Opus Dei de la calle Diego de León- estuvo reservado el Santísimo Sacramento y mi padre quiso que ardiera siempre una lamparilla en aquella salita. Gracias a esto, el bibliotecario del Instituto -que acababa de llegar destinado a Albacete y nadie sabía que era sacerdote-, protegido por mi padre, pudo atender a muchos enfermos administrándoles el Viático.

Yo no pude participar directamente en el conflicto: cuando fui llamado a filas las autoridades militares me declararon no apto.

En las primeras semanas de la guerra se recrudeció el anticlericalismo y tuvo lugar una tremenda persecución contra la Iglesia. Recordaré únicamente una cifra, particularmente expresiva: en sólo un día, el 25 de julio, fiesta de Santiago, Patrón de España, fueron asesinados 95 eclesiásticos en todo el país. Recuerdo muy bien aquel día, porque fue el último en el que pude asistir a Misa en Torrevieja, en unos locales provisionales de la parroquia, que había sido incendiada.

A partir de entonces tuve que ir en bicicleta hasta un pueblo cercano llamado Torrelamata, donde un sacerdote seguía celebrando misa. Llegar hasta aquel lugar no era nada sencillo: necesitaba un salvoconducto, y luego...

Antes de proseguir, debo explicar lo del salvoconducto. No sé si el lector contemporáneo se hará idea exacta de hasta qué punto era imprescindible un "salvoconducto" en aquellas circunstancias de guerra. Era necesario llevarlo siempre consigo para realizar cualquier desplazamiento; sin salvoconducto no se podía andar por la calle; la vida entera dependía de aquel trozo de papel, firmado y sellado, que indicaba quién era uno, por qué se encontraba allí, por cuánto tiempo... y donde se aseguraba que no se era un "enemigo del pueblo".

De este modo, durante algún tiempo, con mi salvoconducto en ristre, mostrándolo sin cesar en los numerosos puestos de control que había en la salida de las carreteras, lograba llegar a Torrelamata y asistir a Misa.

El párroco de aquel pueblecito era un sacerdote anciano que había regresado recientemente de México, después de muchos años de ministerio sacerdotal en ese país. Tenía gran devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, advocación mariana que yo desconocía. Lo habían llevado pocos días antes al Comité Revolucionario del pueblo, pero no se arredró: acudió en su interior con gran confianza en la Guadalupana y lo dejaron, sorprendentemente, en libertad. Poco después le prohibieron celebrar Misa. A pesar de todo, pude confesarme algunas veces con él y recibir la Comunión.

Mientras tanto nos iban llegando a Torrevieja todo tipo de noticias confusas. Muchas venían de la capital: se hablaba de miles de asesinatos en Madrid; y las cifras iban aumentando de boca en boca, creando un clima de gran desasosiego. Luego se sabrían las cifras exactas de la barbarie anticlerical que se apoderó de calles y pueblos durante aquellos meses: sólo en el mes de agosto se cometieron 2.077 asesinatos -unos 70 al día- contra sacerdotes, religiosos y religiosas. Y no faltaron los asesinatos de muchos hombres y mujeres, laicos, por el único hecho de ser católicos. Se sucedían los asesinatos y las vejaciones de sacerdotes, y yo rezaba constantemente por el Padre. ¿Qué habría sido de él? Porque en aquellas tensas y largas semanas se había interrumpido todo tipo de comunicación con Madrid.

Cerca de dos meses después recibí la primera postal del Padre ¡Qué alegría y qué paz! ¡Cuántas incertidumbres desaparecieron al leerla!

Sin embargo, a pesar de las dificultades con las que nos encontrábamos los que vivíamos en Valencia, Alicante y algunas otras provincias españolas que dan al Mediterráneo, la vida resultaba para nosotros mucho menos dura que en la zona central de la península, donde se encontraba el Padre. En aquellas ciudades levantinas, rodeadas de huertas regadas por el Turia o el Segura, no hubo, ni con mucho, el hambre y el terror que imperaban sobre la población civil hacinada en aquel Madrid que se iba quedando, progresivamente, sin abastecimientos. Eso explica que en alguna de sus cartas el Padre aludiera al "Levante feliz".

Eran cartas muy breves: con frecuencia eran unas pocas líneas, escritas de su puño y letra, en las que firmaba "Mariano" -su cuarto nombre- en vez de Josemaría. Le habían impuesto en el bautismo los nombres José María Julián Mariano. Unió los dos primeros por devoción a la Virgen y a San José, a los que quería llevar, al igual que en su nombre, muy unidos siempre en su corazón. Y firmaba con el cuarto, Mariano -nombre que le pusieron en recuerdo de un tío suyo, viudo, que se había ordenado luego sacerdote-, por devoción a la Virgen. En aquellos momentos lo utilizaba también para no comprometernos ni comprometerse.

El Padre nos alentaba a estar muy unidos al Señor en aquellos momentos. No descuidéis la oración; no abandonéis el plan de vida; acudid al Señor constantemente -nos escribía-, pidiéndole que acorte este periodo tan duro de prueba; encomendaos siempre a la Santísima Virgen, camino seguro, pidiéndole por la vida, la fidelidad, y la perseverancia de todos...

En Madrid permanecían junto al Padre Juan, Isidoro, José María, Álvaro... ¿Y el resto de los miembros del Opus Dei? ¿Dónde estarían? ¿Qué harían? ¿Los habrían matado? Al principio tuvimos noticias confusas. Luego logramos saber noticias unos de otros, por medio de Isidoro Zorzano, el cual, gracias a su nacionalidad argentina, no se había visto forzado a esconderse o a buscar asilo en una Embajada.

Isidoro, con su letra pequeña y barroca, nos iba transcribiendo también ideas de la predicación del Padre; y poco a poco, sin ponernos de acuerdo -no hubo oportunidad de hacerlo- se fue creando espontáneamente un "argot" entre nosotros, con las claves necesarias para que el destinatario lo entendiese todo: cuando el Padre hablaba de "don Manuel" se refería a Nuestro Señor; "la madre de don Manuel", era la Santísima Virgen; con el "abuelo" nos referíamos al Padre, que hablaba de sí mismo como si fuera un anciano que escribía a sus hijos y nietos.

Durante un tiempo no supe qué había sido de Paco. Más tarde tuve noticias suyas. Le había soprendido el comienzo de la guerra en Valencia, en su casa de la calle Marqués de Turia, y había conseguido un trabajo por las mañanas en el Instituto municipal de Higiene. Participaba en las campañas de vacunación junto con su primo Enrique Espinós y un amigo, Amadeo de Fuenmayor. De ese modo pudieron obtener el certificado de trabajo necesario para transitar libremente por las calles. Sin embargo, a pesar de nuestra proximidad geográfica, estuvimos incomunicados durante bastante tiempo a causa de un pequeño error: me llegó una carta suya, pero Paco puso en el remite, en vez de Marqués -término no demasiado agradable a los oídos en aquel momento político-, "M. del Turia". Yo entendí H. del Turia, es decir, Hotel del Turia, y envié la carta allí. Naturalmente, no llegó.

Por mi parte, gracias a mis circunstancias familiares, gocé de cierta libertad de movimientos. Pero en aquellos momentos de confusión nadie quedaba a salvo de cualquier arbitrariedad: a pesar del cargo que ostentaba mi padre, los milicianos venían con frecuencia a la finca para requisaban cosas; y todos buscábamos soluciones para salvar la vida.

Tentativas de huida

En aquellas circunstancias dramáticas mi abuelo Julio recordó que nunca había renunciado a la ciudadanía británica que le correspondía por nacimiento, como hijo de un súbdito inglés. Sabía, además, que estaba registrado como tal en el consulado británico de Cartagena. Ese consulado estaba cerrado, pero al enterarse que habían trasladado su archivo al de Alicante, que durante la guerra había adquirido la categoría de Consulado General, se pusieron a hacer gestiones para obtener un pasaporte inglés: en aquellos momentos esa documentación significaba un ancla de salvación para sobrevivir. Me desplazé varias veces hasta Alicante con ese motivo, y al final obtuve el deseado pasaporte donde mis abuelos que aparecían como "Julius and Mary Casciaro".

El consul nos facilitó unos impresos para pegar en las puertas de las propiedades, garantizando que pertenecían a un súbdito británico; y nos dio también una bandera inglesa de tamaño mediano. A mi abuelo le pareció ridículamente pequeña, por lo que hubo que confeccionar y diseñar una nueva, que resultó enormemente grande. La izamos poco después en lo más alto de "Los Hoyos", sobre un antiguo palomar con forma de castillete, con sus almenas y todo: pensábamos que vivir bajo el pabellón del Reino Unido nos proporcionaría una relativa seguridad.

No nos equivocamos: disponer de un pasaporte extranjero era, en aquellos momentos, el salvoconducto más seguro y la mejor garantía para actuar con cierta libertad de movimientos; incluso los revolucionarios más incultos y crueles sabían que era muy peligroso atentar contra la vida de un súbdito de otro país.

Mientras tanto, numerosas personas de la familia fueron acudiendo a Los Hoyos para refugiarse allí, donde vivían con el clima de ansiedad característico de la guerra.

-He oído en la radio -comentaba uno- que han matado a...

-Pues me han dicho que han fusilado también a...

-Se rumorea por Torrevieja que...

La guerra -que al principio no parecía, a los ojos de algunos, más que una rebelión pasajera que duraría pocas semanas- fue alargándose; y yo empecé a buscar medios para sobrevivir de algún modo en aquella confusa situación. ¿Qué hacer? Tenía veintiún años y la carrera sin acabar. Afortunadamente, conseguí un trabajo en el laboratorio de Las Salinas de Torrevieja. El director del Departamento, Chuno Chorower, un judío ruso doctorado en Alemania, se enteró de que yo estudiaba Ciencias Exactas y me empleó como ayudante matemático de laboratorio.

Este empleo me permitió sindicalizarme en la UGT con los demás empleados de Las Salinas. También encontré un viejo carnet de la FUE (Federación Universitaria Española), que me había sacado cuando tenía 16 años, y logré que me lo canjeraran por otro del partido socialista. Esa documentación me permitió viajar a Valencia, Alicante, Alcalalí -donde se había escondido, tras diversas peripecias, Rafael Calvo Serer- y otras localidades cercanas.

Esta situación de cierta libertad hizo posible también que les pudiera enviar algunos alimentos y productos de primera necesidad a los que permanecían en Madrid. Recuerdo perfectamente aquellos paquetes postales -"paquetes muestra" se llamaban- dirigidos a Isidoro, con bacalao, café, azúcar, jabón y alguna que otra cosa, procedentes de la despensa de mis abuelos, que, con motivo de la guerra, habían acaparado algunas reservas.

Sin embargo, aunque mis circunstancias personales no eran malas (teniendo en cuenta la situación general), en vista de que iban sucediéndose los meses y la guerra se alargaba y se alargaba, y nadie sabía lo que podía durar; en vista también de que viajar hasta Madrid resultaba algo imposible y descabellado, decidí que debía marcharme del país.

Esta decisión obedecía a las siguientes razones: sabía que mi misión en esta vida era hacer el Opus Dei, y pensaba que si me iba a otra nación podría seguir trabajando por la Obra con entera libertad, mientras que en España parecía que todas las puertas se habían ido cerrando. La mayoría de las iglesias estaban destruidas; la vida cristiana había pasado a una situación de catacumbas; declararse sacerdote era firmar la propia sentencia de muerte; poseer un objeto religioso era motivo suficiente para que lo enviaran a uno "al paredón". Solo, aislado en aquel pequeño enclave del Mediterráneo, ¿qué podía hacer yo? Pensé que lo mejor sería huir al extranjero: y durante la primavera de 1937 comencé a planear diversas tentativas de fuga.

Mi primera tentativa consistió en pedir a un tío mío que me facilitara un bote para llegar, desde el balneario de San Pedro del Mar, que era propiedad de mi familia, hasta un crucero inglés que estaba anclado en el puerto de Cartagena. Pero mi tío se negó: me dijo que en aquel barco sólo acogerían a los masones. Mi gozo en un pozo: empecé a pensar en otra cosa.

Se me ocurrió otra posibilidad: marcharme con mi abuelo al Reino Unido. Le convencí de que podía hacerlo por su condición de súbdito británico. Aquello parecía viable: obtuvimos incluso una invitación del Cónsul en Alicante para asistir a la coronación del Rey Jorge VI y pedimos el permiso de viaje, argumentando que, por la edad y estado de salud de mi abuelo, era necesario que le acompañara yo. Todo parecía marchar sobre ruedas hasta que llegó mi petición de pasaporte al Gobierno Civil de Albacete: allí se estropeó todo; nos dijeron que estábamos locos por intentar una cosa semejante y por poco me meten en la cárcel.

Planeé una nueva huida: consistía en salir de noche, desde una de las playas próximas a Alicante, hasta alcanzar un barco alemán que estaba atracado cerca de allí. Empecé a buscar contactos y a tocar diversas teclas: mi enlace era un compañero de la Escuela de Arquitectura que vivía en Alicante, pero al final, después de dar muchos palos de ciego, no llegamos a nada concreto.

En medio de aquella situación tan inestable de idas y venidas, de dimes y diretes, de escucha ansiosa del último parte de guerra, de sucesivos planes de huida y de búsqueda constante -e infructuosa- de soluciones, procuré seguir el plan de vida cristiana propio de una persona del Opus Dei; y me esforzaba por aprovechar el tiempo, como me había enseñado el Padre. Esto extrañaba bastante a mis familiares.

-¿Para qué estudias -me preguntaban- si no se sabe lo que va a pasar?

Mi lógica era la contraria: precisamente porque no se sabía lo que iba a pasar, pensaba que lo mejor era aprovechar el tiempo y seguir haciendo apostolado. Y como el Padre me había enseñado, las primeras personas de las que debía ocuparme debían ser las de mi propia familia de sangre. Hablé con mi hermano Pepe, que estrenaba su juventud en medio de toda aquella barahunda de tensiones y nerviosismos, y le aconsejé que aprovechara aquel tiempo -que no sabíamos lo que podía durar- tanto desde el punto de vista humano como el espiritual. Le puse por escrito un plan de vida espiritual.

"Un día mi hermano Pedro -recuerda Pepe- me sugirió un plan de vida. Me dejó un Kempis para que hiciera todos los días un rato de meditación; una Biblia en francés, de l'abbé Crampon, para que hiciera la lectura espiritual, y al mismo tiempo para que practicara ese idioma; y me prestó un libro para leer, Le genie du Christianisme de Chateaubriand. Me recomendó además que comenzara unas clases de francés y que tuviera ocupado siempre el tiempo. Empecé a ponerlo en práctica de un modo singular. Como habían movilizado a todos los hombres jóvenes que trabajaban la finca, hubo que sustituirlos como se pudo y a mí me tocó ocuparme del ganado; y así pasé muchas horas, durante aquellos meses, leyendo a Chateaubriand entre las ovejas, bajo la sombra de los almendros...".

De vez en cuando recibía noticias del Padre, por medio de las cartas que dirigía a todos los que estábamos en la zona valenciana o que me enviaba directamente a mí. El 7 de abril de 1937 me escribió pidiéndome que hiciera todo lo posible por ayudar a José María Hernández de Garnica, por el que estaba muy preocupado: le habían detenido y, tras pasar un tiempo en la cárcel de San Antón de Madrid y en el penal de San Miguel de los Reyes, lo habían enviado a la Cárcel Modelo de Valencia. El Padre me pedía -en clave- que a la salida del Sanatorio (es decir, la cárcel), si era posible, lo llevara a reponerse por esas tierras alicantinas.

Recuerdo perfectamente aquellas cartas. Comenzaba con frecuencia con una broma cariñosa: por ejemplo, dibujaba la "P" inicial de mi nombre de forma artística, con trazos largos y rizados. Nos daba noticias de unos y otros y nos pedía que rezáramos. En una carta que recibí el 6 de junio evocaba -en nuestro argot convenido- las visitas que hacíamos a la condesa de Humanes, en las que yo disertaba sobre el Greco y Velázquez... ¿Te he dicho -concluía- que apenas muerta aquella bonísima señora, se presentó un grupo armado en la casa que se llevó hasta los clavos? A continuación me anunciaba un posible viaje a Valencia que me llenó de alegría: Aunque nada seguro hay todavía, parece probable que Josemaría no tardará mucho a salir. Si va por Valencia os lo escribirá Ignacio (es decir, Isidoro), por si fuera posible verle.

Mientras tanto fueron pasando los meses y en junio de 1937 me llamaron a filas. Como he dicho, al comenzar la guerra me habían declarado no apto para todo servicio y me habían destinado a "servicios auxiliares". Pero en cuanto las cosas fueron poniéndose peor, movilizaron también a los servicios auxiliares, y tuve que presentarme en la Caja de Reclutamiento Militar de Albacete, donde estaba inscrito.

Fue toda una aventura: de Albacete nos transportaron en un camión hasta el campo de concentración de Torre Güil, una finca que estaba a quince kilómetros de Murcia. La casa era grande, parecida a "Los Hoyos", pero resultaba absolutamente insuficiente para los más de cuatro mil reclutas que habían concentrado allí. Reinaba la desorganización. Por ejemplo: se suponía que estabamos distribuidos en tres compañías: la de los tuberculosos, la de los que tenían tracoma, y "la compañía del vidrio" que formábamos los que usábamos gafas; pero, de hecho, las tres supuestas compañías estaban revueltas entre sí. Dormíamos en el suelo, y, por supuesto, no había colchonetas para todos.

Una noche me tocó dormir junto a un tuberculoso que comenzó a vomitar sangre. Gracias a Dios, sobrevivió. La comida resultaba muy nutritiva dadas las circunstancias: arroz, naranjas y vino. Vino no faltaba: frente al campo de concentración había una venta donde se podía beber todo el que se pudiera pagar. La disciplina estaba muy relajada: tanto, que en una ocasión me escapé de allí y fui caminando hasta Murcia, a casa de una tía mía, donde pude cambiarme de ropa y bañarme (en Torre Güil no había prácticamente letrinas ni modo alguno de lavarse). Luego, regresé al campo de concentración por donde había venido.

Me encontré allí con algunos conocidos de Albacete. Uno de ellos estaba siempre medio borracho; un día me confesó, lisa y llanamente, que procuraba estar ebrio todo el tiempo posible para sobrellevar de algún modo aquella lamentable situación en la que nos hallábamos. Era el único modo que había encontrado para no deprimirse profundamente.

Vino un comité médico, que fue reconociendo -muy someramente- a todos los que estábamos concentrados allí. Unos quedaron libres para volver a sus casas a causa de su mal estado de salud. A otros, de la "compañía del vidrio", los declararon aptos para todo servicio militar; y a otros, como en mi caso, nos destinaron a Sanidad, oficinas militares, etc. En concreto me enviaron a la Dirección General de los Servicios de la Remonta, un organismo de Caballería que habían trasladado de Madrid a Valencia y que estaba instalado en un caserón, cerca del cauce del Turia.

Este último destino debió ser decisión personal de mi Angel Custodio porque, después de tantas peripecias, de tantas idas y venidas, de tantas tentativas de huida fustradas, de tantas vueltas y revueltas, coincidí de nuevo en Valencia, para no variar, con... Paco Botella.

En Valencia

Viví en Valencia desde julio de 1937 trabajando en la Dirección General de los Servicios de la Remonta, bajo las órdenes directas de un Mayor de Caballería. Este Mayor o Comandante era aquellos que llamábamos entonces "de cuchara", porque no procedía de academia militar alguna, sino que había llegado a ese grado gracias a lentos ascensos: cabo, sargento, subteniente, etc. Eso suponía muchos años de servicio y de convivencia con la tropa. Tendría unos cincuenta años y era grueso, tosco y bonachón. Por encima de él estaba el Coronel-Director, buena persona, que se había jubilado voluntariamente durante el gobierno de Azaña, pero al que las circunstancias críticas de la guerra habían obligado a reingresar en el ejército y a aceptar el puesto. Era muy distinguido, alto, enjuto, y tendría unos cincuenta y tantos años. Me dispensaba cierta benevolencia.

Todos los días, al terminar mi trabajo de oficina en el cuartel, ya al atardecer, iba a pasar un buen rato a casa de los padres de Paco, don Francisco y doña Enriqueta, con los que trabé una gran amistad. Paco tenía dos hermanas más jóvenes que él, Enrica y Fina; esta última padecía tuberculosis, una enfermedad que en aquel tiempo era especialmente grave. Aprovechaba también mis visitas a los Botella para cumplir parte del plan de vida cristiana propio de un miembro del Opus Dei.

Durante aquel periodo pude comulgar todos los días porque Paco custodiaba bajo llave unas Formas consagradas en un escritorio de su casa. Pude confesarme también con regularidad, ya que me informó que había en el Parterre dos sacerdotes ancianos -vestidos de paisano, naturalmente- que se dedicaban a administrar este sacramento, a pesar del peligro que corrían: si alguien los delataba podían detenerlos y muy posiblemente asesinarlos. Aparentemente eran dos ancianos como tantos otros que tomaban el sol y cuidaban de sus nietos: muchos niños jugaban por allí cerca. El sistema para confesarse era sencillo: se acercaba uno, daba el saludo convenido y tras un paseo breve, venía la absolución; y así, hasta la próxima.

En lo que se refiere a mi alojamiento... no tuve más remedio, en cuanto llegué a Valencia, que agarrarme a un clavo ardiendo: sólo encontré cobijo en una pensión de mala muerte situada en la zona vieja de la ciudad, en un barrio bastante poco recomendable. En tiempos normales, aquella pensión no hubiera gozado de buena reputación; pero los naúfragos no eligen puerto, y la superpoblación que padecía Valencia a causa de la guerra, unida a mis escuetas posibilidades económicas, me impidieron encontrar otro sitio mejor.

En Valencia fuimos teniendo noticias de unos y otros. Afortunadamente dejaron en libertad, en julio de 1937, a José María Hernández de Garnica. Ricardo también había estado en aquella ciudad unos meses antes. Luego lo habían obligado a incorporarse al frente de Teruel, en el bando republicano, desde donde pudo pasarse a la otra zona el 17 de mayo: yo no llegué a coincidir con él en Valencia.

El 6 de octubre de 1937, Paco y yo tuvimos una sorpresa: Juan Jiménez Vargas, en persona, había venido desde Madrid para visitarnos. Estaba muy delgado; llevaba el pelo muy corto y tenía las facciones del rostro, sobre el que se recortaban unas gafas negras, más afiladas que de costumbre a causa las privaciones de la guerra. De forma escueta -Juan ha sido siempre hombre de pocas palabras, pero precisas y claras- nos comunicó que el Padre llegaría dos días más tarde, con algunos más, camino de los Pirineos, para intentar pasar desde Andorra, por Francia, hasta la otra zona de España.

Hicimos rápidamente el plan para albergar a los que venían: Juan se quedaría en casa de Paco; José María Albareda, Tomás Alvira y Manolo Sáinz de los Terreros se alojarían donde yo vivía, o en la casa de un conocido del Padre, Eugenio Sellés, en la calle Eixarchs, número 16. No conocía yo a todos los que iban a llegar, porque algunos no eran del Opus Dei. Pensamos que lo mejor era que el Padre se alojara también en aquella casa, porque era el domicilio que ofrecía más garantías. La casa de la calle Eixarchs era propiedad de don Mariano Bosch, padre de Paco Bosch (muy amigo de Sellés y de Albareda), que había logrado salir de Valencia en el mes de junio anterior.

Juan nos alentó a ser muy fieles a nuestra vocación en medio de aquellas difíciles circunstancias y nos hizo ver lo importante que era nuestra perseverancia para la continuidad de la Obra; y nos fue contando, mientras anochecía, con su lenguaje casi telegráfico, lo que les había sucedido, durante aquellos quince meses, a los que habían permanecido en Madrid. Algo sabíamos, por las cartas que habíamos recibido. A grandes rasgos -completados por lo que he sabido después- nos dijo lo siguiente: el Padre había estado desde el 21 de julio de 1936 en casa de su madre, en la calle doctor Cárceles. Pero como aquel lugar no resultaba seguro -se temía un posible registro-, había tenido que buscar cobijo hacia el día 9 de agosto en domicilios particulares, como la casa de Manolo Sáinz de los Terreros, donde le dieron la noticia del asesinato del Fundador de la Institución Teresiana, don Pedro Poveda, un santo sacerdote muy amigo suyo al que quería mucho; y le contaron la detención -y posible asesinato- de don Lino Vea-Murguía en su casa, cuando decía Misa...

Nos contó también que semanas después, el 30 de agosto, cuando estaban el Padre y él refugiados en una casa de la calle Sagasta, se presentaron unos milicianos para hacer un registro. Lograron esconderse, el Padre, Juan y otro, en una buhardilla; pasaron un momento de gran peligro; pero, inexplicablemente, los milicianos, tras haber registrado la casa y el resto de las buhardillas, no entraron en la que estaban.

Fueron después de un sitio para otro: durante el mes de septiembre estuvieron en casa de los Herrero Fontana, en la de los padres de José María González Barredo, en un pequeño chalet de la calle Serrano, en una casa de Eugenio Sellés, con Alvaro del Portillo... En vista de esta situación, en octubre de 1936, el Padre no tuvo más remedio que refugiarse en la Clínica de un amigo de su familia, el doctor Suils, dedicada a enfermos mentales, situada en la calle Arturo Soria, nº 492. Ahí estuvo desde octubre a marzo del 37. Pero tampoco estaba allí seguro el Padre, y tuvo que buscar asilo en la Legación de Honduras, donde permaneció varios meses, a partir del mes de abril.

Aquel fue un periodo de grandes sufrimientos y privaciones, que el Padre había llevado con un gran sentido sobrenatural. De algunos de estos sucesos habíamos tenido noticias los de Valencia, mediante algunas cartas del Padre. Paco había recibido una, fechada el 28 de marzo de 1937, duodécimo aniversario de su ordenación sacerdotal, en la que se denominaba a sí mismo como un borrico de Dios -su Amigo- "al que llevo siempre encima".

Aquí tienes a este pobre viejo -le escribía desde la Legación de Honduras- evacuado en casa de la Sra. Viuda de Honduras, y durmiendo en el suelo del comedor (divertidísimo) con los cuatro de mi familia (...). Ahora ya se me notan los años: he perdido cerca de treinta kilos, y realmente me encuentro mejor, aunque estuve enfermo en cama (¡vaya lujo!) más de un mes. Estoy esperando urgentísimamente a Ricardo, porque lo necesito. Cuando venga ya te lo escribiré.

En ascuas ando, por no saber noticias de mis hijos de fuera: pero siempre con la misma esperanza de abrazar a todos, cuando la guerra termine.

De Josemaría quiero contarte que asegura que, en estos tiempos de desconcierto, es cuando más concertado está con su amigo de quien es borrico, pues lo lleva mucho encima
.

Por fin -nos siguió contando Juan, en líneas generales, que ahora completo con más datos precisos-, en el pasado mes de agosto del 37, el Padre había obtenido una documentación que le había permitido circular con cierta libertad por Madrid. Estaba alojado en una pensión de la calle Ayala, y a pesar de las duras circunstancias, proseguía con gran valentía la labor apostólica: confesaba por la calle, atendía a algunas religiosas que estaban refugiadas en domicilios particulares, predicaba retiros espirituales cambiándose constantemente de local para evitar ser descubierto... hasta que surgió la posibilidad de pasarse al otro lado a través de los Pirineos.

Dos días más tarde, el 8 de octubre, al llegar a casa de Paco, su padre me informó, con explicable sobresalto, que unos señores, amigos nuestros de Madrid, estaban esperándome en la salita y que Paco se encontraba reunido con ellos. Al entrar en la habitación, iluminada por la luz del crepúsculo que entraba a través del balcón, pude distinguir a Juan y a otra persona que no reconocí. Era un señor muy delgado, correctamente vestido de gris oscuro, que, en cuanto me vio, me abrazó diciéndome:

-Perico, ¡qué alegría de volver a verte!

Me quedé perplejo: era el Padre, su voz era la del Padre, pero ¡estaba tan cambiado! Al cerciorarme de que era él, me puse a temblar y a llorar de emoción y de alegría. Tuvo que tranquilizarme.

Mientras me hablaba, fui observando los cambios tan notables que se habían producido entre la imagen del Padre de hacía quince meses que yo conservaba en la memoria y la figura que ahora tenía ante los ojos. Le había conocido siempre con sotana y con un aspecto vigoroso y saludable. Ahora, en cambio, se encontraba muy delgado -habría perdido más de treinta kilos- y vestía de paisano. En Madrid llevaba siempre el pelo muy corto y una gran tonsura que solía cubrir con un solideo de paño negro. Ahora tenía el pelo relativamente largo, con la raya a un lado. Antes llevaba unas gafas de delgados aros completamente redondos; ahora usaba unas ovales, de montura mucho más gruesa. Tenía las mejillas hundidas y se destacaba aún más su amplia frente; los ojos eran más penetrantes. Me fijé especialmente en un pequeño detalle, que me pareció, quién sabe por qué, muy significativo: llevaba el nudo de la corbata muy bien hecho. Lo único que no había cambiado era el tono de su voz.

Mientras lo observaba atentamente, el Padre nos fue hablando del cumplimiento de la Voluntad de Dios. Vino a decirnos que no era fácil entender la lógica de Dios en aquellas circunstancias, y que por eso no era fácil prever todo el bien que íbamos a sacar de aquella tragedia. Pero nos transmitió la seguridad de que Dios Nuestro Señor estaba empeñado en que la Obra se hiciese realidad y no podía dejar de ayudarnos. Había que tratar de recuperar la indispensable libertad para poder hablar de Dios en la calle; había que poner los medios humanos también, con una gran confianza en Dios -la Obra era suya-, para salir de aquel infierno y continuar la siembra apostólica. Nos explicó que desde Barcelona parecía posible la salida hacia la otra zona: otros lo habían conseguido. Había tomado aquella resolución -nos dijo- después de haber rezado mucho.

Nos explicaron el plan: pensaban salir al día siguiente en tren en dirección a Barcelona y, desde allí, enviarnos noticias a Paco y a mí: quizá desde aquella ciudad podrían hacer algo para que también nosotros pudiéramos acompañarles.

Después de tanto tiempo sin verle, aquella primera entrevista con el Padre me pareció muy corta. Pero nos fuimos pronto porque no queríamos preocupar a la familia de Paco: una reunión no autorizada de hombres jóvenes, en aquellas circunstancias, era bastante peligrosa porque podía despertar sospechas. No quiso el Padre que Paco y yo les acompañáramos, por la misma razón, hasta la casa donde vivía Eugenio Sellés. Quedamos en almorzar juntos al día siguiente, si era posible en algún lugar donde la reunión de un grupo relativamente numeroso no resultara imprudente.

Después de acompañar al Padre, Juan se reunió nuevamente con Paco y conmigo y estuvimos paseando durante largo rato por la Avenida del Marqués del Turia. Nos comentó las palabras que habíamos oído al Padre, haciendo hincapié en la trascendencia de aquellos momentos para la historia de la Obra. Nos habló mucho de madurez humana y de visión sobrenatural; nos explicó que la llamada del Señor era lo primero. No podíamos excusarnos en nuestra juventud: a pesar de nuestros pocos años debíamos ser conscientes de que teníamos que hacer la Obra entre todos, pasando por encima de otros planes y otros compromisos, por muy acuciantes que parecieran.

Una despedida

Paco y yo nos dimos cuenta, mientras Juan nos hablaba, de que nos estaba trasmitiendo las ideas que había oído al Padre en Madrid y durante el viaje; quizá cumplía un encargo muy especial del Padre, preparándonos para lo que vendría después. Cuando Juan se fue, nos preguntamos qué idea fundamental habíamos sacado cada uno. La síntesis fue muy simple: desde esa tarde habíamos pasado a ser "mayores" en la Obra. "Convéncete -dijo uno de nosotros, con buen humor-, que hoy hemos dejado de ser un par de jovenzuelos inconscientes y que no tenemos más remedio que comenzar a ser hombres responsables".

Al día siguiente, 9 de octubre, el Padre celebró la Santa Misa en casa de Sellés. Yo no pude asistir a causa del horario del cuartel. Me contaron que fue incluso con ornamentos sagrados. Aquella familia se las había arreglado para conseguir ornamentos que algunas personas habían escondido durante la persecución: y -a pesar del peligro que suponía aquello, porque en cualquier momento se podía producir un registro inesperado- no habían faltado ni siquiera un par de cirios.

Para agradecer todas las atenciones que aquella buena familia había tenido con él, el Padre nos pidió que obsequiáramos a sus hijos pequeños con unos dulces. No nos fue fácil cumplir aquel encargo: al final les llevamos unos caramelos enormes, de los que se repartían tradicionalmente antes de la guerra durante las procesiones de Semana Santa. También les llevamos algún juguete para una hija pequeña. Sellés recuerda un detalle anecdótico: en el mismo edificio, unos pisos más arriba, vivía Amadeo de Fuenmayor, un joven estudiante que pediría la admisión en la Obra después de la guerra y que no conocería al Padre hasta entonces.

El portero de aquella casa era un sacerdote que trabajaba de incógnito. Sellés se lo dijo al Padre, quien, tras cierta vacilación inicial, quiso revelarle su identidad: "no quería privarle de algún servicio -escribe Sellés- que le pudiera prestar".

Al mediodía nos reunimos, lo más discretamente que pudimos, en un modestísimo restaurante, muy concurrido por soldados y milicianos, que estaba situado en la parte vieja de la ciudad, cerca del Mercado y de la Lonja. Estaba en un primer piso y yo solía ir por allí de vez en cuando, por lo que me conocía bien el lugar.

Sucedió entonces algo habitual en los tiempos de guerra: estábamos comiendo cuando entraron unos milicianos pidiendo la documentación. No se la pedían a todos; sólo a algunos de cada mesa.

Hubo un momento de gran tensión. Yo palidecí. Poco a poco los milicianos se iban acercando a nuestra mesa y yo empecé a temblar: si pedían los documentos a los que habían venido de Madrid lo más probable es que se los llevaran por sospechosos: Juan había abandonado el frente y se había agenciado por su cuenta una documentación de emergencia; el Padre y Tomás Alvira traían un precario permiso de residencia en Barcelona para 15 días. Aquello era muy extraño, y si los milicianos se ponían a indagar... Realmente, de todos nosotros, el único que tenía la documentación "en regla", por decirlo así, era yo. El Padre se dio cuenta y me dijo en voz baja: Quédate tranquilo; encomiéndalo a los Custodios. Al llegar a nosotros sólo me pidieron la documentación a mí. La miraron y se fueron. Di un gran suspiro de alivio en mi interior.

Por la noche Paco y yo fuimos a acompañar a los viajeros a la estación de ferrocarril. Al fin vino el tren, abarrotado hasta los topes con todo ese cargamento humano característico de las guerras: militares con uniformes más o menos convencionales, milicianos barbudos, milicianas sin pudor, contrabandistas dedicados al "estraperlo", familias diezmadas, personas evacuadas de sus hogares... El Padre y los demás se distribuyeron en los diversos compartimentos y pasillos del tren, en parte por necesidad -era inútil buscar asientos próximos-, y en parte para pasar inadvertidos cuando les pidieran la documentación.

Los despedimos desde el andén, Paco y yo, en medio de una heterogénea oleada de viajeros, con una sensación extraña de cariño e incertidumbre. ¿Lograrían llegar sin percance a Barcelona? ¿Encontrarían los contactos necesarios para pasar a Francia? ¿Podríamos incorporarnos nosotros dos también? El Padre nos infundía ánimo y esperanza desde una ventanilla, transmitiéndonos, con su mirada y su sonrisa, confianza y serenidad.

Subieron los últimos viajeros al tren y se puso en marcha el convoy. Entonces el Padre introdujo lentamente su mano derecha en el lado izquierdo de su chaqueta: sabíamos que en ese momento nos bendecía, haciendo discretamente la señal de la cruz con la mano oculta, mientras modulaba con los labios, sin emitir los sonidos, las frases de la bendición de Tobías padre, precedida de la intercesión de Santa María: Beata Maria Intercedente, bene ambuletis...

La partida de aquel tren me produjo un gran vacío interior, como si el corazón retardara sus latidos. Por muy optimistas que fuéramos, no sabíamos cuándo y dónde volveríamos a ver al Padre. De nuevo nos quedábamos Paco y yo solos en Valencia. Desde ese momento se reanudaba la rutina de los meses precedentes: las horas diarias en el cuartel de Caballería, las noches en aquella triste pensión del barrio viejo, las visitas diarias a casa de los Botella...

Supe tiempo después que aquella noche el Padre, al oír las continuas blasfemias de los pasajeros, decidió -después de muchos actos de reparación-, consumir las Sagradas Formas que llevaba consigo, para no exponerlas a una irreverencia. Tuvo que hacerlo en los lavabos del tren, con gran pena de su corazón. Se lo oí contar muchas veces, siempre con el mismo dolor y con el mismo amor a Jesús Sacramentado. No olvidó nunca aquel primer viaje a Barcelona: aquellas gentes, aquel tren, aquella noche...

De cómo deserté

No había transcurrido una semana todavía cuando recibí, en mi azarosa pensión, un telegrama de Barcelona. Me decían que el Padre me esperaba al día siguiente en la Ciudad Condal; venía firmado por "Mariano" o "Ricardo", no recuerdo bien. No se trataba de Ricardo Fernández Vallespín: en el lenguaje semicifrado de nuestra correspondencia de guerra denominábamos "Ricardo" a Juan Jiménez Vargas.

Ir desde Valencia a Barcelona, en aquellas circunstancias no era tarea fácil. Ni me planteé la posibilidad de obtener un permiso de la Dirección General donde estaba destinado para viajar a cualquier otra parte: era tan absurdo como imposible. Con el telegrama en la mano, Paco y yo interpretamos que lo que querían indicar aquellas lacónicas palabras era que yo debía incorporarme a la expedición que estaba a punto de cruzar la frontera.

En tales circunstancias, concluí que no era prudente dejar una pista del camino que me llevaría fuera del país. Así que decidí desertar en toda regla y me preparé para poner los pies en polvorosa sin decir a mis jefes militares oste ni moste.

Necesitaba, naturalmente, un salvoconducto. Pero, afortunadamente, eso no era problema. Dos días antes se me había ocurrido una idea luminosa y había tomado "distraídamente" varios oficios timbrados y en blanco de la Dirección General; además, aprovechando un día de guardia en que me quedé solo en las oficinas y en que -por descuido del Mayor- quedó al alcance de mi mano el poderoso sello de goma del no menos poderoso Coronel-Director, me había cuidado de sellarlos debidamente; sólo faltaba escribir en uno de ellos el texto adecuado que concediera unos días de permiso y me autorizara a trasladarme a Barcelona; con esto (y con el pequeño detalle de imitar las firmas del Mayor y del Coronel) todo quedaba resuelto.

He escrito "imitar" las firmas, porque me parece el verbo más adecuado para describir aquella acción. En tiempos normales aquello hubiese sido una falsificación en toda regla; pero aquellos tiempos eran de todo menos normales. Debo recordar al lector que estos certificados "legales" los solían extender los más pintorescos y fantasmagóricos organismos, que actuaban del modo más arbitrario. Por esa razón, cuando el ciudadano de a pie no lograba hacerse con ellos, para poderse mover -o simplemente para sobrevivir- no tenía otro remedio que intentar falsificarlos; cosa que, ciertamente, no repugnaba a mi conciencia, sobre todo al comprobar cotidianamente que los salvoconductos "auténticos" los firmaban y sellaban personas que en la mayoría de las ocasiones se habían tomado la autoridad por su propia mano.

Una vez resuelto este escollo, di a Paco los demás oficios de la Dirección General, por si acaso nos eran útiles en el futuro, y aquella misma noche Paco me acompañó a la misma estación y al mismo ferrocarril que unas fechas antes había tomado el Padre rumbo a Barcelona. Se alegraba de mi suerte y sentía también la explicable pena de quedarse solo en Valencia.

A la mañana siguiente llegué a Barcelona sin mayor dificultad; el Padre y Juan me estaban esperando en la estación. Fue todo un día lleno de emociones. Nada más llegar pude asistir a la Misa que el Padre celebró en la casa donde había logrado alojarse junto con Juan, Tomás y Manolo. Era un piso acogedor en el que vivía una señora llamada Rafaela Caballero, viuda de Cornet, con su madre, en la Diagonal, esquina Vía Layetana. Junto al dormitorio que ocupaba el Padre había una salita pequeña; allí, sobre una cómoda, se preparó lo necesario para la Santa Misa. El Padre celebró sin ornamentos -no los había, por supuesto-, pero el amoroso cumplimiento de las rúbricas, la pronunciación pausada de los textos latinos y la unción con que celebró aquella Misa, me abstrajeron de todo lo demás y me sentí, por momentos, transportado a nuestro querido oratorio de Ferraz. Fue la primera vez que le vi utilizar un pequeño "misal" manuscrito que, además del Canon, contenía los textos de la Misa votiva de la Virgen.

Entendí entonces el verdadero significado del telegrama que me habían enviado: ya habían logrado establecer contacto en Barcelona con un individuo al que llamaban "Mateo, el lechero"; me explicaron que este singular personaje iba a facilitarles el paso de la frontera a través de los Pirineos; y deseaban que yo, después de informarme bien del procedimiento para salir, me volviera a Valencia y tratara de organizar desde allí otro grupo en el que pudiéramos salir juntos algunos más.

El Padre nos recordaba que tuviéramos confianza en el Señor, que no nos abandonaría; y en aquellos tiempos tan difíciles, en los que rara vez y muy a escondidas se podían recibir los sacramentos, nos insistía en que cumpliéramos fielmente aquellos actos de nuestro plan de vida cristiana que pueden vivirse en cualquier lugar y circunstancia: oración mental, rezo del Santo Rosario y jaculatorias.

Se veía al Padre alegre y optimista, con el buen humor de siempre, convencido de que, si nos abandonábamos en el Señor y al mismo tiempo cuidábamos todos los detalles de la marcha con prudencia, las cosas saldrían bien. Pero se notaba que experimentaba un gran sufrimiento interior al pensar en los que habían quedado en Madrid.

Me informé bien de todo y, al anochecer, el Padre, Juan y yo dimos un largo paseo hasta llegar al barrio del puerto, donde estaba la estación del ferrocarril. Todavía faltaban varias horas para que saliera el tren que me llevaría a Valencia e hicimos tiempo cenando en una taberna de marineros. El ambiente era tan sórdido que los cubiertos de estaño estaban amarrados a las mesas con cadenas para que no se los llevaran.

De pronto, sobrevino un feroz bombardeo aéreo. Se apagaron las luces, sonaron las sirenas de alarma, y todo el mundo empezó a temer por su vida. En medio de aquella atmosfera de tensión, entre el estruendo de las bombas, alumbrados sólo por el tenue resplandor de una vela de sebo, el Padre comenzó a bromear conmigo, para tranquilizarme. ¡Quién te ha visto y quién te ve, Perico!, me dijo, divertido, evocando mi aspecto durante mis años de Madrid, en los que iba siempre de punta en blanco, con la corbata sujeta -era la moda- por un pisacorbatas de esmalte, en forma de cochinilla. ¿Dónde está tu coccinella septempunctata?, me preguntó con humor, empleando la terminología de Linneo para designar a la cochinilla...

Realmente, quién me había visto, y quién me veía en aquellos momentos: ahora llevaba, por todo atuendo, un mono miliciano (no demasiado limpio), un cinturón del ejército y un gorro cuartelero...

Acabó el bombardeo y el Padre y Juan me acompañaron hasta la estación. Una muchedumbre bulliciosa aguardaba en el andén; muchos estaban tendidos por los suelos, esperando el tren junto a los equipajes más pintorescos: maletones inmensos, sacos de patatas, cestas con gallinas y otros animales, y todo tipo de víveres, fardos y macutos militares.

Llegó el tren. Esta vez no tuve demasiado tiempo para nostalgias durante la despedida, porque para entrar tuve que "asaltar" materialmente los vagones del ferrocarril: venía tan repleto de pasajeros que las ventanillas se utilizaban como entradas y salidas auxiliares; y resultaban en ocasiones más eficaces que las mismas puertas del convoy.

Cuando tuve abundante tiempo para pensar en lo que me esperaba fue luego, en aquella larga noche de tren, de vuelta hasta Valencia. Hasta esos momentos no me había planteado la posibilidad de volver; por tanto, no había pensado en lo que podía ocurrirme si regresaba a mi destino militar después de haber tomado las de Villadiego. Y realmente, por muchas vueltas que le daba, no sabía cómo justificar mi ausencia.

Llegué a Valencia con el alma en un hilo. Fui a la Dirección General y después de varios trámites me avisaron para que fuese al despacho del Coronel-Director.

Todavía estoy viendo al Coronel López Domínguez, yendo y viniendo acalorado a lo largo de su despacho, riñéndome y gritándome sin entender las excusas que yo le daba (lo cual no tiene nada de raro, porque eran totalmente absurdas) y afeándome duramente mi conducta. En el fondo, se veía que quería salvarme. Pero tenía que cumplir las ordenanzas y debía imponerme una pena proporcionada a mi delito, que era muy grave: faltar a lista cuatro o cinco veces consecutivas, y estar fuera cuarenta y ocho horas sin permiso, en tiempo de guerra, suponía una deserción en toda regla. Y eso era, exactamente, lo que yo había hecho. En unos casos, el reo acababa en un batallón disciplinario; en otros, se le mandaba directamente al paredón.

Al fin, el Coronel encontró una solución benévola que formuló, para disimular, con la energía de quien sentencia una pena de muerte:

-¡Prisión militar!

Ese arresto -me explicó con voz grave- me incapacitaba para todo posible ascenso en las filas del Ejército. Me había impuesto la pena mínima: dieciséis días, que constarían, además, en mi expediente.

Era una condena tan insólitamente benévola para aquellos tiempos, que no había en todos los cuarteles de Valencia ni un solo calabozo hábil con puerta y cerradura donde meterme. Tuve que esperar un día entero, custodiado por un soldado armado, hasta que hicieron uno ex professo para mi persona, aprovechando un pequeño almacén sin ventanas del cuartel de San Antón, junto al Turia. Sólo podía comunicarme por el exterior por el ventanuco de la puerta.

Poco tiempo permanecí en solitario en aquel calabozo, cerrado por una puerta elemental y por una cerradura más elemental todavía. Una vez que se supo de su existencia, otros prisioneros engorrosos para el ejército vinieron a hacerme compañía. Casi todos ellos eran legionarios del Tercio -que se habían "pasado" de las filas de "los nacionales" al Ejército Republicano-, y que habían sido detenidos por delitos comunes en el barrio chino de Valencia. Paco vino a visitarme con frecuencia durante aquellos días: el pobre, para verme, tenía que formar fila habitualmente junto con las visitas de los otros prisioneros, que con frecuencia eran de esa clase de mujeres que precederán a los fariseos en el Reino de los Cielos...

De cómo volví a desertar

En aquella prisión a la medida, siguieron sucediéndome hechos inesperados: me faltaba aún una semana para cumplir la condena cuando un buen día vino Paco a verme acompañado del mismísimo Juan Jiménez Vargas. A través de la pequeña reja de la puerta del calabozo, primero, y más tarde -gracias a la benevolencia de los carceleros-, en un rincón del patio del cuartel, me pusieron al corriente de todo: el Padre estaba intranquilo por nosotros y Juan había venido para llevarnos a Barcelona a los dos.

Las circunstancias parecían preparadas por los Angeles Custodios; el momento era sumamente favorable: Paco había sido llamado a filas y tenía que incorporarse en el Ejército precisamente el mismo día en que yo acababa mi arresto.

Sin embargo nos quedaba todavía una semana por delante. ¿Qué hacer? Decidimos por nuestra cuenta y riesgo recoger a Miguel, que estaba en Daimiel, para que se viniera también con nosotros. Trazamos el siguiente plan: Juan, utilizando los oficios sellados de la Dirección General de Servicios de la Remonta que Paco guardaba cuidadosamente en su casa, iría a Daimiel y, si encontraba a Miguel, le proporcionaría la documentación militar necesaria, vendrían a Valencia y, desde allí, saldríamos los cuatro para Barcelona.

Todo salió providencialmente bien, y el día en que cumplí mi condena, en vez de presentarme cabizbajo en las oficinas de la Dirección General -que seguía siendo mi destino militar-, reincidí; es decir, volví a desertar de nuevo, pero esta vez, en compañía: Paco desertó también. Nuestros salvoconductos nos acreditaban como soldados del arma de Caballería, destinados en servicios auxiliares, adscritos a la mencionada Dirección General, que gozaban de unos días de permiso y marchaban a Barcelona para resolver "asuntos de familia"...

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