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Pedro Casciaro

Capítulo 5: Primeros pasos

Los primeros

¿Qué era el Opus Dei en aquel enero de 1936? En la actualidad la Obra se encuentra extendida por los cinco continentes y hay miles y miles de personas -solteros, casados, sacerdotes- que han seguido la llamada del Señor y luchan por santificarse en su propio trabajo, en medio del mundo. Las labores apostólicas que han surgido como fruto de ese espíritu que Dios confió al Padre y del apostolado personal de los miembros del Opus Dei, se cuentan por millares. Pero entonces éramos pocos, muy pocos, en torno al Padre: sólo un puñado de hombres jóvenes con la carrera sin terminar y algún que otro recién licenciado. Y la labor con mujeres, que había comenzado en 1930, estaba dando también sus primeros pasos.

¿Quiénes éramos? Recuerdo, entre otros, a Alvaro del Portillo -actual Obispo Prelado del Opus Dei-, que era entonces un joven estudiante de ingeniería de Caminos de veintiún años. El director de la Residencia era Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, que tenía veinticinco años. Estaban también Juan Jiménez Vargas, un estudiante de Medicina, activo, decidido, parco en palabras, que tenía veintidós; y José María Hernández de Garnica, estudiante de ingeniería, al que llamábamos familiarmente Chiqui, que tenía ventiuno, casi mi misma edad. José María González Barredo, químico, era un poco mayor: tenía veintinueve años y estaba haciendo la tesis doctoral; y algunos -pocos- más. También oí hablar durante aquel tiempo de otro miembro del Opus Dei, Isidoro Zorzano, un joven ingeniero de la misma edad que el Padre, que había sido compañero suyo de estudios durante el Bachillerato y que se encontraba en Málaga, donde trabajaba en la Compañía de Ferrocarriles Andaluces.

El Padre era joven también: tenía entonces treinta y tres años y no solía referirse a sí mismo como "el Fundador". Sin embargo, aunque no le gustaba entonces usar esa expresión, estaba claro a los ojos de todos que era la persona elegida por Dios para hacer la Obra. Tan claro como que éramos aún muy pocos para los millares y millares de hombres y mujeres que Dios quería llamar al Opus Dei. Sin embargo, aunque éramos tan pocos, no formábamos un círculo cerrado. El Padre nos impulsaba constantemente a abrirnos en abanico, sin aislarnos de nuestros amigos y compañeros de estudio.

Un día, a comienzos de 1936, pregunté al Padre cuántos éramos en total y en consecuencia, qué lugar ocupaba yo. El Padre, al advertir la falta de humildad que suponía aquella pregunta, me dio una respuesta que, más que desconcertarme, me impresionó. Vino a decirme lo siguiente:

-Yo me he encontrado, he conocido íntimamente y he dirigido a muchas almas de enfermos graves e incurables en mis andanzas por los hospitales de Madrid. Algunos -hombres y mujeres- han entendido perfectamente lo que se propone la Obra de Dios. Unos han ofrecido sus dolores y su muerte para que salga adelante; otros, no sólo han ofrecido esos sufrimientos, sino que han querido ofrecerse ellos mismos al Señor, ese poco de vida terrena que aún les quedaba: y yo los he recibido en la Obra... Recuerdo un hombre joven que tenía buena salud y no sólo buena salud, sino buena posición social y económica. Se llamaba Luis Gordon. Pero el Señor se lo llevó inesperadamente.

No recuerdo sus palabras textuales: pero esto fue, sustancialmente lo que me dijo. Me siguió hablando de Luis Gordon, un joven ingeniero industrial que había fallecido el 5 de noviembre de 1932. Quizá el Señor quiso llevárselo -me comentó- para que la Obra naciera en una pobreza real, sin medios económicos propios, que nunca los tendrá. El había ya heredado una buena fortuna, que quiso dejar a la Obra, pero yo -siguiendo un impulso interior- lo disuadí.

Años más tarde he pensado que si el Padre no se hubiera opuesto a que la Obra recibiera aquella herencia, no hubieramos padecido los apuros económicos que pasamos en Ferraz, ni los que vinieron después. Pero tampoco hubiéramos conocido aquella extrema pobreza que fue para nosotros una escuela rica de virtudes.

En dos ocasiones acompañamos Paco y yo al Padre a hacer una visita al antiguo cementerio de Chamartín de la Rosa, que ya no existe. Recuerdo que fuimos en tranvía. Allí estaban enterradas algunas de esas primeras personas del Opus Dei de las que me había hablado anteriormente. Rezamos primero un responso ante la tumba de José María Somoano, un joven sacerdote que había fallecido el 16 de julio de 1932, en la fiesta de la Virgen del Carmen, cuando trabajaba como capellán del Hospital del Rey. Había colaborado estrechamente con el Padre en los comienzos de la Obra. El Padre nos comentó que se creía que había sido envenenado por el hecho de ser sacerdote.

Luego fuimos a rezar a la tumba de María Ignacia García Escobar, una de las primeras mujeres del Opus Dei, que había fallecido tres años antes, el 13 de septiembre de 1933. Estaba gravemente enferma de tuberculosis en el Hospital del Rey cuando pidió la admisión en la Obra, el 9 de abril de 1932. Murió ofreciendo todos sus dolores por la Obra. Pero todo esto lo he sabido después con más detalle: entonces sólo nos dijo el Padre que María había sido muy buena y muy fiel a la Obra. La tumba estaba en el suelo; tenía una sencilla cruz de hierro y una pequeña verja delimitando el lugar.

Calor de hogar

Aquellos meses de enero a junio de 1936 fueron particularmente intensos en todos los aspectos. Yo "estrenaba" mi vocación y experimentaba la alegría de residir por vez primera en un Centro del Opus Dei y de vivir el plan de vida espiritual propio de un miembro de la Obra. Al acometer las dos carreras, Exactas y de Arquitectura, se habían multiplicado las clases a las que debía asistir -incluidas las tres horas de acuarela bajo la dirección de Antonio Flores Urdapilleta- y no salía de la Escuela antes de las seis o seis y media de la tarde; y a esa hora me esperaban todavía muchas ocupaciones y muchas horas de estudio.

En medio de este panorama de intenso trabajo había unos momentos en la semana especialmente entrañables, en los que experimentaba con especial intensidad el cariño del Padre y el calor de familia propio del Opus Dei. Esos momentos tenían lugar los domingos por la tarde, cuando solíamos quedarnos a solas Paco y yo con el Padre. Nos sentábamos alrededor de su mesa de trabajo y nos hablaba del Opus Dei. Mientras tanto iban llegando otros miembros de la Obra y se formaba una tertulia.

Con frecuencia era Alvaro del Portillo el primero que llegaba. Me parece que estoy viendo todavía aquella habitación: tenía una mesa escritorio, una estantería con algunos volúmenes, un armario para guardar libros, una cama turca, un par de sillones de estilo español y una o dos sillas del mismo estilo. En ese despacho solía trabajar el Padre. Ricardo lo utilizaba, a ratos, como dirección de la Residencia. En la parte baja de aquel armario guardaba el Padre algunos cuadernos manuscritos en los que había reflejado el espíritu y el régimen de la Obra.

¿De qué nos hablaba el Padre? Me resulta difícil sintetizarlo en pocas líneas: mostraba ante nuestros ojos, con su lenguaje vibrante, toda la riqueza de la vida cristiana de un hijo de Dios en su Opus Dei. Si tuviera que resumirlo, lo diría con estas palabras suyas, que nos repetía con insistencia: Santidad personal, santidad personal.

No tengo otra receta -nos decía-. Estamos aquí para hacernos santos. Nuestra vocación exige la santidad. Nos recordaba que Dios esperaba de nosotros una santidad heroica: es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Hemos de ser santos de veras, auténticos; y si no, hemos fracasado. El que no esté decidido a ser santo, que se marche.

Nos hacía partícipes de sus ilusiones y proyectos, y del desarrollo de las labores apostólicas. Nos rogaba, por ejemplo, que pidiéramos a San Nicolás, santo intercesor de la Obra para las cuestiones económicas, por esta intención: estaba en vías de adquirirse una casa en la misma calle de Ferraz, a donde podría trasladarse la Residencia y era necesario encontrar los medios para pagarla.

Estas tertulias de los domingos por la tarde eran muy sobrenaturales, muy vibrantes, y al mismo tiempo muy amenas y divertidas. El Padre nos hablaba de la futura expansión apostólica y de los planes inmediatos: deseaba comenzar el curso académico siguiente en Valencia; al otro, en París; y luego, ¡el mundo!

Recuerdo que durante algunas de esas tertulias, que tenían lugar en torno a la merienda, yo introduje una costumbre inglesa que me venía de familia: tomar el té. Y como la etiqueta británica exige tomar, junto con el té, algunas pastas, se nos ocurrió la solución de tostar los mendrugos de pan que sobraban de la comida y transformarlos en una miga de pan almibarada: ¡ya teníamos "pastas"! Como se ve, nos faltaba dinero, pero nos sobraba ingenio y buen humor.

Aquel entrañable "cuarto de meriendas", con aquella lámpara que iluminaba el escritorio y dejaba en leve penumbra el resto de la habitacion, tenía otros usos, aparte de servir de dirección a Ricardo. Allí atendía espiritualmente el Padre a los que venían a verle. Recuerdo un detalle pequeño, pero muy significativo: cuando estaba solo dejaba siempre la puerta abierta, para que todo el que quisiera pudiese acercarse con facilidad para charlar con él.

En aquel tiempo los de la Obra nos confesábamos habitualmente con otros sacerdotes. De ese modo el Padre podía decirnos las cosas con entera libertad. Prácticamente todo el peso de la labor apostólica recaía sobre sus hombros: daba todos los Círculos, que eran muchos, y venían muchísimos universitarios para dirigirse con él. También acudían para recibir su dirección espiritual algunos de más edad, como José María Albareda, entonces catedrático de Instituto; Angel Santos, profesor auxiliar de Bioquímica en la Facultad de Farmacia; Eugenio Sellés, profesor del Instituto Nacional de Toxicología; Luis Vegas hijo, Catedrático de Resistencia de Materiales en la Escuela de Arquitectura; Francisco Navarro Borrás, Catedrático de Mecánica Racional en Arquitectura y Ciencias Exactas; Juan Manzano, entonces profesor ayudante, y muchos otros profesionales de diverso tipo.

Algunos sacerdotes amigos

También venían a visitarle de vez en cuando algunos sacerdotes. Recuerdo entre otros a don Lino Vea-Murguía, un sacerdote madrileño, alto, fuerte y joven, casi de la misma edad que el Padre; y don Blas Romero Cano, un sacerdote manchego de cincuenta y pocos años que, si no me falla la memoria, estaba adscrito a la parroquia de Santa Bárbara. Don Blas nos daba clase de canto gregoriano, porque el Padre deseaba que cuidásemos con el mayor esmero posible todo lo relacionado con el Señor, y muy en concreto, los actos litúrgicos.

Nunca podré olvidar aquellas clases de canto a primera horas de la tarde con don Blas. Venía los sábados, antes de que la Residencia comenzara a llenarse de estudiantes. Antes de llegar le habíamos preparado el bonete y una buena dosis de bicarbonato, dos elementos mucho más importantes para el canto de lo que pueda parecer a simple vista: sin bonete no había clase, porque don Blas decía que se constipaba; y sin bicarbonato, no podía cantar; nos lo pedía con frecuencia, se lo dábamos y entre canto y canto se lo iba echando primero en la mano y luego con fuerza a la garganta, mientras seguía dirigiendo el coro con gran vigor, invocando el canto del Salmo número 2:

Quare fremuerunt gentes...

Quare fremuerunt gentes...

Realmente don Blas ponía la mejor voluntad del mundo en conjuntar y armonizar nuestras voces; pero a pesar de sus esfuerzos -y de los nuestros-, rara vez se conseguía el resultado apetecido y llegábamos al final de la clase repitiendo por enésima vez:

Quare fremuerunt gentes...

Quare fremuerunt gentes...

En la Residencia había otra habitación que servía para varias funciones. Una de ellas era la de comedor de invitados. Tenía una mesa redonda, familiar, una pequeña biblioteca, un violín puramente decorativo y un piano que había regalado don Alejandro Guzmán, un anciano señor de barba cerrada y porte señorial, que llevaba una capa al estilo de la vieja usanza española y visitaba con frecuencia al Padre. En la pared de la habitación destacaba una pequeña imagen de la Virgen y una cartela con las palabras del Evangelio exhortando a la caridad fraterna: Mandatum novum do vobis...

En aquel lugar solía invitar el Padre a comer todos los miércoles a un sacerdote diocesano de unos cincuenta y tantos años. Había muchos detalles de esa invitación que me sorprendían: el Padre, que sólo usaba los tranvías y el metro, solía ir a recogerlo a su casa en taxi, cosa totalmente excepcional. Siempre que venía procuraba que la comida fuera mejor que la habitual y que se le ofreciera algún extraordinario: un dulce, una taza de café... Servía la comida un "botones" mientras que algunos de la Obra la preparábamos en el office, enfundados en una bata blanca. Al acabar, nos quitábamos la bata y agasajábamos al invitado.

Algunas veces acompañé al Padre en estos almuerzos y me conmovió la delicadeza con que trataba a este sacerdote: por ejemplo, antes de que viniera, me sugería temas que pudieran distraerle, para hacerle pasar un buen rato. Esto no era fácil, porque aquel invitado no me resultaba demasiado simpático: hablando en plata, me parecía muy pesado, y cuando tomaba el hilo de la conversación, contaba unas cosas tan insulsas, y con tal aire de suficiencia, que me parecía insoportable. Después tenía lugar una pequeña sobremesa -que aunque no era larga, a mí se me hacía interminable- y al acabar, como el Padre tenía que atender a los que venían a verle, nos pedía que alguno fuera a acompañarle, también en taxi, hasta su casa.

Como aquellas invitaciones seguían repitiéndose invariablemente todos los miércoles, me extrañé; pensé, además, que suponían un notable sacrificio para el Padre, no sólo de paciencia y de tiempo, sino también económico, porque no teníamos dinero para aquellos pequeños extraordinarios y menos para taxis. Por eso, me atreví a sugerir al Padre que suprimiera esas atenciones o, al menos, que las fuera espaciando. Entonces me comentó que ese buen sacerdote estaba delicado de salud; que tenía muy pocas amistades, y había que tener comprensión con los sacerdotes que se encuentran solos.

No entendí plenamente el alcance de esta respuesta hasta años después, cuando me comentó el Padre que había que enseñar a los que venían a la Obra a vivir la presencia de Dios, dándoles cada día una luz nueva. El jueves, a través de la piedad eucarística; el viernes, mediante la consideración de la Pasión de Nuestro Señor; el sábado podía dedicarse al trato con la Santísima Virgen. Y añadió que era bueno hacer cada día alguna mortificación en este sentido. Por ejemplo, los miércoles -me explicó-, para honrar a San José, es bueno extremar la caridad y la paciencia con alguien que nos haya hecho sufrir o que nos resulte especialmente pesado.

Fue entonces cuando comprendí al fin por qué el Padre se prodigaba tanto con aquel sacerdote, del que supe luego que, tiempo atrás, le había hecho sufrir mucho.

La pobreza del Opus Dei

Pasábamos, como he dicho, serios apuros desde el punto de vista económico. Por eso, he de reconocer que cuando, con el paso de los años, han llegado a mis oídos comentarios poniendo en duda el espíritu de pobreza del Opus Dei, he tenido que hacer un esfuerzo no pequeño para reaccionar con mansedumbre y paciencia; y es que ¡son tantos los recuerdos relacionados con la pobreza que vienen a mi memoria! ¡Fueron tantas las privaciones que tuvo que soportar el Padre desde los comienzos para sacar adelante la Obra de Dios!

No era una pobreza escandalosa: nos enseñó siempre a vivir una pobreza vergonzante, como la solía llamar; una pobreza que procura pasar inadvertida ante los demás. Esa pobreza se adivinaba en su persona y en todo lo que usaba. Por ejemplo: aunque desde que le conocí me dio una grata impresión de corrección, de limpieza e incluso de distinción, a medida que fue pasando el tiempo observé que llevaba siempre la misma sotana, pero, eso sí, muy cuidada y limpia.

Descubrí también que un movimiento que solía hacer con frecuencia -acercar al oído el reloj de bolsillo- no era un simple gesto de costumbre, como yo creía, sino una manifestación más de su pobreza: aquel viejo reloj se le paraba un día sí y otro también y no tenía dinero para hacerlo reparar. Luego supe que llamaba a su Angel Custodio "mi Relojerico", porque le encomendaba que aquel dichoso reloj no le pusiera en un aprieto, parándose precisamente a la hora en que debía cumplir sus deberes sacerdotales.

Me di cuenta también de que, cuando celebraba la Santa Misa con aquella amplia casulla gótica que usaba, se arrodillaba de tal modo que el pie derecho le quedaba siempre oculto bajo de la sotana y el alba; y que cuando se postraba en la grada del altar para recitar las preces finales de la Misa, procuraba que el alba le cubriera las suelas de los zapatos. Más tarde descubrí la causa: esos zapatos, por muy limpios que estuvieran, necesitaban urgentemente un par de suelas o, mejor, su sustitución por otros nuevos. No era de extrañar aquel desgaste del calzado, fruto de las largas caminatas que hacía -sin utilizar apenas los tranvías-, desde un extremo a otro de Madrid: desde la calle de Santa Isabel a la de Ferraz; desde el barrio de Salamanca al de Vallecas.

En aquellos primeros meses de vida en la Residencia fui descubriendo muchas cosas de este tipo. Por ejemplo: la comida que se servía era sana y se procuraba que fuera variada y abundante. Sin embargo, en el office, se aprovechaba todo, como aquellos mendrugos convertidos en "pastas para el té", que con frecuencia era lo único que tomábamos para merendar. Estoy seguro de que constituían habitualmente la única merienda-cena del Padre.

En la Residencia había dos chicos que trabajaban como "botones" -a final del curso, tres- y atendían el comedor y la limpieza de la casa; de la cocina se ocupaba una señora mayor, que venía sólo algunas horas al día. De todo lo referente al lavado y planchado de la ropa se encargaban unas buenas religiosas, las Esclavas del Amor Misericordioso, que vivían en el nº 17 de la misma calle Ferraz. Aquella Congregación, fundada por la Madre Esperanza, hoy en proceso de Canonización, pasaba en aquellos momentos por la llamada "incomprensión de los buenos". Yo estuve alguna vez en su convento, acompañando al Padre, que iba allí muy de cuando en cuando a visitar a la Madre Esperanza. Saqué la impresión de que iba a dar ánimos a aquella alma. Me comentó que era una religiosa muy santa y que el Señor estaba permitiendo que pasara por pruebas muy duras.

La Cruz puede ser pesada -recuerda una de aquellas religiosas que decía el Padre a la Fundadora- pero adelante, el Señor la llevó. Retroceder no es de santos; de santos es llegar al final: adelante. Un día sin Cruz es un día sin Dios.

La naturalidad de lo sobrenatural

No había nada en la conducta del Padre raro o extraño; todo lo contrario: como recuerda Paco, el Padre rezumaba naturalidad por los cuatro costados. Tenía la "naturalidad de lo sobrenatural" característica de los hombres de Dios. Los que le rodeábamos procurábamos respetar su pudor para que, cuando se producía algo de carácter sobrenatural, se trasluciera externamente lo menos posible. Además el Padre nos recordaba con frecuencia que nuestra santidad se encontraba en lo ordinario y que no necesitábamos hechos singulares para fortalecer nuestra fe en el carácter sobrenatural de la Obra.

Sin embargo, Dios quería que de vez en cuando lo sobrenatural se hiciera presente en su vida. Algunos años antes, un día, en mitad de la calle y a plena luz, un desconocido hizo ademán de golpearle y otro desconocido -tan misterioso como el primero-, le defendió eficazmente; y al acabar de librarle de aquel peligro, se inclinó hacia él y le repitió dos palabras: "burrito, burrito".

En aquel tiempo, salvo su director espiritual, nadie sabía que el Padre se autodenominaba, en sus Apuntes íntimos, con ese apelativo: "burrito". "Burrito sarnoso", añadía, en su humildad.

¿Lo entiendes ahora?

Pero volvamos a la vida cotidiana. Paco y yo teníamos muchas clases, como he dicho, y ni un minuto que perder. Solíamos salir todos los días de la Residencia a primera hora de la mañana, deprisa y corriendo, para llegar a San Bernardo a la clase de ocho que daba Navarro Borrás. Nos pasábamos toda la mañana entre la Universidad y la Escuela, hasta las dos de la tarde.

Sin embargo un día -no recuerdo por qué- nos quedamos en casa, y descubrimos algo que nos llenó de asombro: el Padre iba haciendo una a una las camas de los residentes; barría el suelo de las habitaciones, limpiaba los cuartos de baño y lo iba dejando todo ordenado. Comprendimos que con lo que hacían los "botones" -chicos jóvenes y sin experiencia- no era suficiente y que el Padre venía haciendo aquello desde mucho tiempo atrás, sin que nos hubiésemos dado cuenta.

Naturalmente, nos pusimos enseguida a ayudarle. No era tarea fácil: eran veintitantas camas y unas doce habitaciones. Sin embargo, a pesar de nuestros buenos deseos, no pudimos ayudarle todos los días: no podíamos faltar a las clases de Descriptiva, Mecánica y Proyectos de la Escuela de Arquitectura; y por la tarde, de 3.15 a 6.30, era muy arriesgado saltarse la clase de Dibujo. Y en la Facultad de Ciencias Matemáticas los horarios era aún más exigentes. Por eso, decidimos turnarnos en la asistencia a clase, para que uno u otro pudiera tomar apuntes. De ese modo podíamos ayudar al Padre algunas mañanas en estas tareas.

Las faenas domésticas no terminaban ahí: proseguían por la noche, cuando ya se había marchado la cocinera. Entonces nos metíamos en la cocina para limpiar y secar los cubiertos. "El Padre entraba allí -recuerda Paco- y se ponía una bata blanca que tenía preparada. Pedro y yo, también con nuestra bata, hacíamos con el Padre la labor que nos correspondía. Esto, día tras día, pegados al Padre que nos llenaba de alegría. A la hora prevista estaba todo en regla".

Lo último que hacíamos por la noche en la cocina era dejar preparado el desayuno para el día siguiente. Utilizábamos leche en polvo Nestlé. De este menester nos ocupábamos Paco y yo, en semanas alternas. Yo pesaba cerca de ochenta kilos y Paco estaba delgadísimo, como lo estuvo siempre. El Padre bromeaba y mientras nos acompañaba en estas tareas, aludía a "las vacas gordas y las vacas flacas". Lo recuerdo en la cocina junto con Ricardo, lavando platos, sacando brillo a las manzanas con un paño, y haciendo otros servicios humildes.

Naturalmente, los residentes que no eran del Opus Dei no se imaginaban, ni por asomo, quiénes se ocupaban de esos trabajos. Y aunque los de la Obra procurábamos que el Padre realizara esas tareas las menos veces posibles, con frecuencia nuestros horarios de clases no colaboraban con nuestra solicitud. Aprendimos entonces, gracias a su ejemplo, que no hay trabajo, hecho por amor al Señor, por muy humilde que parezca, que no sea digno de un hijo de Dios y que no pueda hacerle feliz.

Estos trabajos domésticos dieron lugar a un curioso suceso. En una ocasión vino a comer a la Residencia don Francisco Navarro Borrás, un prestigioso profesor de Mecánica Racional en Arquitectura y en Ciencias. Paco y yo éramos discípulos suyos en ambos centros de enseñanza. La comida fue en el "cuarto del piano" y le acompañaban el Padre y Ricardo, en su calidad de director de la Residencia. A la hora del café nos llamó el Padre para que estuviéramos también Paco y yo.

Entonces, durante la conversación de la sobremesa, contestando a una pregunta de Navarro Borrás, el Padre comenzó a explicarle cómo se vivía la pobreza real en el Opus Dei. Sin embargo nuestro profesor no parecía demasiado dispuesto a entender lo que se le decía.

Como la situación se fue volviendo un tanto delicada, Paco y yo decidimos dejarlos solos: nos excusamos y nos fuimos discretamente a trabajar a la cocina. Sin embargo, poco después, mientras estábamos lavando la vajilla y las tazas de café, se presentaron de improviso el Padre y nuestro profesor, que al vernos afanados en aquellas tareas -tan lejanas de la Cinemática que nos explicaba en la Universidad- se quedó muy impresionado. Entonces el Padre -que le trataba con gran confianza- le dijo:

-¿Lo entiendes ahora, Paco?

Sin embargo, de todo esto no hay que concluir que aquella Residencia fuese un internado pobretón de estudiantes; era un hogar acogedor y digno, donde todos se encontraban en su casa. El Padre nos enseñó a conjugar la dignidad con la pobreza: una pobreza alegre que procura siempre pasar inadvertida.

Los primeros cooperadores del Opus Dei

Como he dicho, muchos miembros del Opus Dei éramos estudiantes y eran poquísimas las personas que en aquel momento podían ayudar con el fruto de su trabajo al Padre en sus iniciativas apostólicas. Le ayudaban algunos amigos y conocidos suyos: pero los donativos de esos primeros cooperadores de la Obra debían ser pocos y de poca monta.

Ya he citado a don Alejandro Guzmán. Otra de las personas que le ayudaban era doña Concepción Ruiz de Guardia. El Padre nos comentó que era una mujer muy generosa. Yo la conocí: se veía que tenía una gran estima y veneración por nuestro Fundador. Paco y yo acompañamos al Padre con motivo de alguna visita esporádica a esta señora, siempre con algún fin apostólico concreto. Recuerdo que en una ocasión entronizó en su casa el Sagrado Corazón: el Padre rezó las oraciones con sencillez y fervor, sin prisas, poniendo amor en los detalles y siguió cuidadosamente cada una de las partes de la ceremonia, "como si estuviéramos -apunta Paco- en una catedral llena de gente".

También le ayudaba generosamente la Condesa de Humanes, Doña María Francisca Messía y Aranda. Era una anciana señora soltera, completamente ciega desde hacía muchos años, que vivía en una casa antigua, atendida por su ama de llaves, tía de un amigo mío, y el servicio. La casa disponía de un oratorio privado donde iba algunas veces el Padre para celebrar la Santa Misa y renovar el Santísimo.

El Padre me pidió que le acompañara en alguna de esas visitas porque sabía que me gustaban mucho las antigüedades y en la casa de esta señora había muchos cuadros y objetos que testimoniaban el rancio abolengo de su familia: ella misma había sido muy amiga de la Infanta Isabel, conocida en Madrid popularmente como "la Chata". En ocasiones, tras la acción de gracias de la Misa, pasábamos al comedor a desayunar. Aún recuerdo agradecido el jamón de York con "cabello de ángel" con que nos obsequiaba doña María antes del consabido café con leche y bizcochos. Después nos iba enseñando las habitaciones nobles de la casa señalando y comentando, con gran precisión, cada cuadro y cada objeto de arte: "¿Ven este retrato?, es de un antepasado mío, pintado por Vicente López...". Y así sucesivamente, sin equivocarse, nunca a pesar de su ceguera.

En el arranque del pasamanos de la escalera había una estatua metálica de color oscuro. Yo sospechaba que era de calamina, una aleación de zinc imitando bronce, y un día se lo comenté. La condesa confirmó mi sospecha y comenzó a hablar de la estatua como si fuese un viejo conocido de la familia:

-¡Ah! ¿Se refiere Vd. al señor de calamina?

Esta pequeña anécdota dio pie a que más adelante el Padre bromeara conmigo. De vez en cuando me decía:

-¿Te acuerdas, Perico, del señor de calamina?

Sin embargo, a pesar de la buena voluntad y del afecto hacia nuestro Fundador por parte de aquellos primeros bienhechores, su colaboración no constitía una ayuda continuada ni suficiente para la labor apostólica, y la Residencia arrastraba un fuerte déficit. ¿Cómo se sostenía? Un día se lo pregunté abiertamente al Padre. Con bastante pudor me dijo que, de hecho, tenía que recurrir continuamente a su madre, doña Dolores, cuyo pequeño patrimonio nos estábamos gastando.

Doña Dolores

Yo no conocía todavía a la madre de nuestro Fundador, y mi primer encuentro con ella tuvo lugar en medio de unas circunstancias bastante dolorosas. Doña Dolores, a la que desde aquellos años todos los miembros del Opus Dei la hemos llamado -por cariño, por respeto y por gratitud- "la Abuela", vivía en el Patronato de Santa Isabel, de donde el Padre era Rector. Este Patronato era una antigua fundación de los Austrias, que comprendía una iglesia pública, un convento de agustinas recoletas, la casa de los capellanes, el Colegio de la Asunción y la casa del Rector, donde vivía el Padre con su madre y sus hermanos Carmen y Santiago.

Los alrededores del Patronato se habían vuelto peligrosos: la casa estaba situada en la calle Santa Isabel, muy cerca de la Facultad de Medicina de San Carlos, donde se producían frecuentes manifestaciones de estudiantes, y de la estación de tren del Mediodía -la estación de Atocha-, donde había numerosos talleres de obreros. Era una de las zonas de Madrid más afectadas por las revueltas callejeras, que habían ido in crescendo tras la victoria del Frente Popular, que convirtió a Manuel Azaña, el 5 de febrero de 1936, en presidente de un Gobierno de republicanos de izquierda.

La Residencia de Ferraz se encontraba en el otro extremo de la ciudad, a las puertas de la Ciudad Universitaria, todavía en construcción. Eso significaba que el Padre tenía que hacer diariamente unas largas caminatas de un sitio a otro, a pie o en tranvía, aparte de los desplazamientos por toda la ciudad que le exigía el apostolado de la Obra.

Es fácil imaginar las preocupaciones y temores de doña Dolores por su hijo en medio de aquel clima rabiosamente anticlerical. Sufriría también por sus otros dos hijos: Carmen era una mujer joven todavía y Santiago estaba a punto de cumplir dieciocho años. A juzgar por las veces que vi al Padre quedarse a dormir en la Residencia o salir muy de noche para el Patronato, después de predicar, dar Círculos o atender numerosas confesiones, y teniendo en cuenta la lentitud de aquellos escasos y viejos medios de transporte, es de suponer a qué hora llegaría a Santa Isabel y las largas horas de espera que pasaría doña Dolores con el alma en vilo, rezando y pensando en su hijo.

No eran temores vanos: pienso que bastará con recordar algunos datos históricos para comprender lo justificado de aquella zozobra. Con el triunfo del Frente Popular habían llegado al poder los partidos más violentos y exaltados, y en los meses sucesivos fueron teniendo lugar una serie de huelgas salvajes, incendios y alteraciones del orden público, donde la Iglesia se convirtió en el objetivo fundamental. Se incrementó la prensa anticlerical; se incendiaron varios centenares de iglesias; muchos centros católicos y comunidades religiosas pasaron a manos civiles por la fuerza; se prohibió el culto o se limitó en muchos lugares, y se multiplicaron los robos sacrílegos, los desmanes y los atentados antirreligiosos. Se fue creando un clima de terror, que hacía peligroso, para un sacerdote, el puro hecho de ir con sotana por la calle. El Padre, sin embargo, siguió usando el traje talar en todo momento, dando un gran ejemplo de valentía.

Sin embargo el Padre debió comprender que, en vista del cariz que iban tomando los acontecimientos, no era prudente retener en la casa rectoral de Santa Isabel a su madre y a sus hermanos, y decidió instalarlos en un piso alquilado en la calle de Rey Francisco, muy cerca de la Residencia de Ferraz. Y un día, quizá a causa de cierta habilidad mía para traslados de muebles, el Padre me preguntó si mis clases me permitirían echar una mano en el traslado de la casa de su madre.

Fuí al Patronato un sábado, acompañado -cómo no- de Paco. Me presentaron a la Abuela. Aunque frisaba los sesenta años de edad y tenía el pelo prematuramente blanco, su rostro conservaba un aspecto terso y juvenil. Irradiaba dignidad, serenidad, dulzura y al mismo tiempo, un gran sufrimiento interior: me pareció que tenía los ojos llorosos.

Paco explica en sus recuerdos la causa de esas lágrimas: "era que el Padre quería que se quedase una cama allí. Y la Abuela pensaba que su hijo Josemaría no quería abandonar en momentos de peligro a aquellas monjas de las que era Capellán".

Sentí una gran timidez inicial al conocer a la Abuela; esa timidez que tantas veces he experimentado al hablar con personas también tímidas y educadas. No sabía cómo tratarla. Opté por llamarla "señora". Realmente era muy señora en todas sus expresiones y ademanes, y en aquel modo suyo de hablar, dulce, en voz muy baja.

Desde aquel primer día en que Paco y yo estuvimos ayudándola a trasladarse de casa, tuvimos ocasión de tratarla mucho. A partir de entonces se referería siempre a nosotros dos nombrándonos juntos: "Paco y Pedro" o "Pedro y Paco". Los demás, a los que tanto quiso, tenían sus nombres propios: Alvaro, Ricardo, Isidoro, Juan... Nosotros, en cambio, fuimos siempre para ella un binomio inseparable: Paco y Pedro.

La situación de las monjas de Santa Isabel se había vuelto insostenible. Poco tiempo atrás, un día, a las diez de la noche, se había congregado un gran gentío frente al convento. Algunos de entre aquella chusma callejera intentaron quemar los portones con gasolina, hasta que vinieron unos guardias y los disuadieron. Eso hizo que poco después, a partir del 17 de mayo, algunas monjas de clausura se vieran obligadas a trasladarse a una casa particular en la Plaza del Angel, donde vivían sin hábitos a causa de las circunstancias; otras se alojaron con sus familias.

Algunas veces en las que el Padre fue a visitarlas a sus nuevos domicilios le acompañamos Paco o yo. En alguna ocasión fuimos los dos. Vimos cómo el Padre las confortaba y las animaba espiritualmente en aquel trance tan duro. Paco recuerda en sus escritos que una de aquellas monjas, cada vez que veía al Padre, se arrodillaba, como muestra de respeto, hasta tocar la frente con el suelo, siguiendo la costumbre de algunos monasterios. Al Padre esto le hacía sufrir, porque hería su humildad.

Días de violencia

A partir del mes de febrero de 1936 se quemaron numerosos edificios religiosos. Se respiraba en todo el país un clima cada vez más anticlerical, y como consecuencia, se hizo habitual la vigilancia de conventos e iglesias por parte de católicos, que formaron grupos de voluntarios organizados.

La situación general se fue volviendo cada vez más radicalizada y confusa. En febrero dimitió el Presidente del Gobierno, Portela Valladares. En marzo aumentaron las huelgas y se ocuparon numerosas fincas. En abril tuvo lugar la destitución de Alcalá Zamora y se abrió una división interna en el Ejército. Más tarde hubo un intento de pronunciamiento...

En medio de estas difíciles circunstancias, el Padre nos infundía serenidad y su actitud ponderada y ecuánime contrastaba totalmente con el ambiente radicalizado que nos rodeaba. Jamás discutía sobre cuestiones políticas: sus juicios sobre lo que sucedía eran siempre profundamente sacerdotales. Tenía los pies en la tierra, y al mismo tiempo una fe inquebrantable en que la Obra se haría realidad, aunque las circunstancias no pareciesen favorecer esa expansión apostólica por la que nos hacía rezar tanto.

Sufría mucho: por la Iglesia y por la situación de su país, al que amaba tanto; y respetaba, en lo referente a la vida pública, todas las opciones legítimas de un cristiano. Entre los miembros del Opus Dei y entre los universitarios que trataba apostólicamente había, como es lógico, gran diversidad de posturas, y nos enseñaba a tener un gran respeto hacia la libertad de cada cual. Mira -explicaba el Padre a un chico-, aquí nunca te preguntarán de política; vienen de todas las tendencias: carlistas, de Acción Popular, monárquicos de Renovación Española... Y ayer -le decía como ejemplo- estuvieron el Presidente y el Secretario de la Asociación de Estudiantes Nacionalistas Vascos.

En cambio -añadía- te harán otras preguntas más molestas: te preguntarán si haces oración, si aprovechas el tiempo, si tienes contentos a tus padres, si estudias, pues para un estudiante estudiar es obligación grave...

Emiliano Amann, uno de los residentes de la Residencia DYA, que entonces no era del Opus Dei, recuerda cómo, en medio de esas críticas circunstancias, el Padre seguía impulsando constantemente la labor. "A la Academia cada vez va más gente -escribió a sus padres-; Arquitectura, Medicina, Derecho, Ciencias; y el año que viene seguro que se pone el ingreso en la Escuela de Agrónomos".

En aquellos momentos mi amigo Ignacio de Landecho, como tantos otros, se polarizó totalmente en la lucha político-religiosa y permanecía muchas noches de guardia, junto con otros estudiantes que militaban en la CEDA o en partidos monárquicos, para proteger a las religiosas de algún convento que temían una agresión de las milicias marxistas.

Yo le propuse entonces que se pensara si Dios le llamaba al Opus Dei. Admiraba su valentía en aquellas circunstancias, y le comenté que posiblemente el Señor le estuviese pidiendo aún más: la vida entera. Le sugerí que lo meditara con entera libertad. Me parecía -y así se lo dije- que no debíamos limitarnos a tratar de resolver tan sólo aquella situación que atravesábamos, por muy acuciante y dolorosa que fuera. Dios esperaba de nosotros, además de ése, otro heroísmo: nuestra entrega plena a su servicio y al de la Iglesia.

Recuerdo perfectamente nuestras conversaciones -a veces acaloradas, porque ambos nos apasionábamos-, en las que se puso de manifiesto el contraste entre un problema religioso, pero exclusivamente español y concreto, y la llamada universal a la santidad y al apostolado que propone la Obra. Cuando recuerdo aquellas conversaciones, aunque Ignacio no vio clara su llamada al Opus Dei en aquel momento, considero que quedó patente en ellas una realidad: el Opus Dei no era fruto de ninguna circunstancia histórica concreta, por muy grave que fuese, como aquélla. Y quedó claro también que, aunque los miembros del Opus Dei éramos muy pocos todavía y vivíamos todos en España, éramos plenamente conscientes de la misión universal de la Obra en servicio de toda la Iglesia.

El Padre, que quería mucho a Ignacio, me comentó que era un muchacho estupendo y que necesitaba un empujón de la gracia para llegar a entender del todo nuestro camino. A pesar de estas divergencias, no disminuyó en Ignacio la admiración que sentía por nuestro Fundador y nuestra entrega; ni se enfrió -al contrario- nuestra mutua amistad.

El 19 de marzo el Padre tuvo la alegría de poder estrenar un nuevo sagrario, más digno, hecho por el escultor Jenaro Lázaro. Y poco después, a final de la Semana Santa, del 10 al 13 de abril, tuvimos un curso de retiro en la Residencia. Era el primero que yo hacía siendo del Opus Dei. "No éramos todos de la Obra", precisa Paco. "El Padre en cuanto llegamos Pedro y yo, nos señaló a un chico joven, algo gordito, y con pantalones bombachos, (...) que quería ser de la Obra. Era Vicente Rodríguez Casado. Se paseaba por el piso con ese ambiente eufórico que siempre luego ha tenido". Vinieron unos veinte chicos: José Ramón Herrero Fontana, Lahuerta, Deán, Isasa, Vega de Seoane... Una semana más tarde, el Padre salió para Valencia junto con Ricardo, para dar los primeros pasos en la ciudad del Turia.

La alfombra del Oratorio

Un día de primavera, no sé por qué razón, no fui a clase. Salía yo a eso de las once de la mañana del oratorio de la Residencia, cuando me encontré con el Padre en el vestíbulo. Estaba rezando el Breviario sentado en un banco, bajo un repostero que tenía como lema "per aspera ad astra" (por lo dificultoso hasta las estrellas). No quise decirle nada, para no turbar su recogimiento, pero al pasar me hizo una señal con la mano, sin levantar los ojos del libro, y me indicó que le esperase un instante. Terminó el salmo, puso el dedo sobre el Breviario señalando el lugar donde se había detenido y, mirándome con afecto, me preguntó algo que no me esperaba en absoluto:

-Pedro, ¿estarías dispuesto a ser sacerdote, si recibieras la llamada?

Me quedé de una pieza: era lo último que me esperaba escuchar en aquel momento. Pero le respondí enseguida:

-Pienso que sí, Padre.

Volví al oratorio. Poco después entró el Padre. Se puso de rodillas a mi lado y me señaló la alfombra roja que cubría a la tarima del altar: El sacerdote -me dijo en voz baja- tiene que ser como esa alfombra; sobre ella se consagra el Cuerpo del Señor; está en el altar, sí, pero está para servir; más aún, está para que los demás pisen blando, y ya ves, no se queja, no protesta... ¿Comprendes cuál es el servicio del sacerdote?: Ya verás que más adelante, en tu vida, reflexionarás sobre esto.

Desde aquel día, hice muchas veces la oración contemplando primero el Sagrario y luego, aquella alfombra: no necesitaba más tema...

Un campamento en Rascafría

Pasaron rápidos mayo y junio, meses de intenso estudio por la inminencia de los exámenes. Pocas cosas recuerdo de ese periodo, salvo que el Padre comentó, durante el mes de mayo, que se empezaban a preparar ya los que irían a París y Valencia. A mediados de junio, el día 17, se firmó la escritura de compra de la nueva casa. Estaba en la misma calle de Ferraz, en el nº 16, y allí nos trasladamos a primeros de julio. Antes, durante los últimos días de junio, una vez concluidos los temidos exámenes, quiso el Padre que algunos de los más jóvenes en el Opus Dei nos fuéramos unos días de excursión por la sierra de Madrid. Aquello nos serviría para reponer fuerzas, para descansar y para fortalecernos en nuestra vocación.

Fuimos, bajo la guía de Juan Jiménez Vargas, Paco Botella, José Ramón Herrero Fontana, Vicente Rodríguez Casado, al que llamábamos Vicentón, y yo. Vicentón, tan alegre y festivo como siempre, había pedido la admisión en la Obra el pasado 12 de abril.

En general éramos buenos deportistas: Juan era un experto montañero; Vicentón entendía mucho de acampadas porque había sido scout hispano y había conseguido una gran tienda de campaña y buena parte del menaje necesario; yo era más aficionado al mar que a la montaña, pero tenía cierta experiencia campestre porque había sido, años atrás, de los Exploradores de España. Sospecho que a Paco era al que le gustaban menos las "delicias de la vida en el campo".

El sitio elegido fue Rascafría. Salimos el 27 de junio, sábado -a las 3.30, como precisaba José Ramón con exactitud en su diario- en un autobús de línea. Llegamos al lugar -eran otros tiempos y otras velocidades- cerca de las siete de la tarde. Nos dirigimos a un lugar situado junto al río Lozoya, que discurre cerca del Monasterio del Paular y allí acampamos. Antes, fuimos a ver al párroco del pueblo vecino, que se alegró al saber que un grupo de universitarios deseaba asistir diariamente a su misa, y acomodó de buen grado su horario para que pudiéramos llegar a tiempo por la mañana.

Se sucedieron las anécdotas divertidas de toda excursión: Paco recuerda cómo el día de mi santo intentamos hacer arroz con leche y acabamos inventando un postre nuevo: arroz con leche y cascarillas, ya que estas últimas se incorporaron motu propio al postre desde el cacharro. Hicimos mucho deporte y nos bañamos en la laguna cercana, de donde algunos, como Paco, tuvieron que salir corriendo por la llegada repentina del guarda con los perros...

"A mí lo que no se me olvida -escribe Paco, con un tono entre divertido y patético- es que también nos metimos en las aguas de la laguna -¡era imposible prescindir de estos chapuzones si venían Juan y Vicentón!- que estaba muy fría, como hielo. Y tampoco se me olvida que, en efecto, al volver nos perdimos... y llegamos a estar un poco apurados, porque se nos hacía de noche. Pasamos entre unos toros que nos miraban demasiado, rezando el Rosario".

Ya se ve que Paco no guardaba demasiado buen recuerdo de algunas de las excursiones que hicimos durante aquellos días. Debieron resultar especialmente duras, por lo que recoge en sus notas. "Pedro -escribe- volvía deshecho: se había cansado en las cuestas, con la respiración acelerada. Le estoy viendo con la garbardina oscura, casi negra (...). Vicentón corría al bajar aquellas cuestas. Y Juan no hacía más que gritarle: ¡Vicente, Vicente! Empezó a llover y aceleramos la marcha. Tarde llegamos a la tienda. Llovía fuerte y nos metimos dentro sin cenar y rendidos. Al cabo de un rato tuvimos que salir para 'aflojar los vientos' como advirtió Vicentón, porque si no, se rompería la tienda".

En medio de aquellos pequeños contratiempos, que son la sal y la anécdota divertida de toda excursión juvenil, y que le dieron cierto sabor de aventura, aquellos días constituyeron una experiencia inolvidable. Profundizamos en nuestra vocación; pudimos rezar con serenidad y respirar aire puro, y volvimos renovados, tanto física como espiritualmente. Fue la primera de las miles de convivencias juveniles de este tipo que hoy tienen lugar en todo el mundo; y fue también mi último recuerdo de aquel Madrid de mediados de los años 30, que presenciaría, atónito, pocas semanas más tarde, el terrible estallido de la guerra civil.

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