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Pedro Casciaro

Capítulo 4: La llamada

¿Y si Dios...?

En el curso que comienza
-escribía el Padre en el número de Noticias del mes de septiembre- mucho espera Jesús de vosotros. Todo se lo podréis dar si sois fieles a nuestro espíritu de piedad y trabajo.

Desde el mes de septiembre me encontraba de nuevo estudiando en Madrid. Allí coincidí con Miguel Fisac, que había permanecido en la capital durante todo el verano, y había seguido frecuentando la Residencia con gran asiduidad. Lo encontré inquieto y, como nos teníamos gran confianza, le pregunté qué le pasaba. Me explicó que se estaba planteando la posibilidad de ser miembro del Opus Dei.

Aquello era nuevo para mí: ¡ser del Opus Dei! Comprendí entonces que en el corazón de aquella labor apostólica que se hacía en la Residencia había un pequeño grupo de hombres, profesionales y estudiantes, que se habían entregado plenamente a Dios. Ese era el camino para hacer realidad esos ideales apostólicos con los que soñaba en Torrevieja.

Mi amigo se encontraba en plena crisis vocacional y se cuestionaba si aquello era verdaderamente lo que el Señor le pedía. Yo intenté tranquilizarle; pero mientras trataba de calmarle, el que me iba intranquilizando era yo. Y empecé a preguntarme: ¿Y si Dios me llamase a mí por este camino? ¿Y si...?

Pensé que lo mejor para resolver esta creciente inquietud era preguntárselo al Padre. Porque -repito- el Padre nunca me había hecho la más mínima sugerencia en ese sentido, ni me había dado consejos o indicaciones concretas. Siempre me había dejado en la mayor libertad, aunque había ido sembrando en mi alma -eso sí- el deseo profundo de buscar la santidad con todas las fuerzas, el afán por conocer y amar la Voluntad de Dios, y ser plenamente generoso con el Señor. Pero nunca me había hablado directamente de la posibilidad de entregarme a Dios en el Opus Dei.

Estaba en un mar de dudas: evidentemente, era yo el que me planteaba todo aquello... pero, ¿era sólo yo? ¿Y si era el Señor el que estaba detrás de toda aquella inquietud, el que me estaba pidiendo algo? En ese caso, ¿qué era ese algo que me estaba pidiendo?

Fui a ver al Padre y le expuse todas mis inquietudes. Me escuchó con gran serenidad y se limitó a aconsejarme que procurara recuperar mis hábitos de vida de piedad -que se había enfriado bastante durante el verano- y que procurara comenzar el curso escolar con mucho afán de estudio. Y me aconsejó que dejara esas inquietudes en manos del Señor, que es Dios de paz.

Aquello me tranquilizó relativamente y seguí frecuentando la Residencia, donde se habían producido algunos cambios. La casa estaba llena de residentes, muchos de ellos procedentes de Bilbao; y venían tantos universitarios a los medios de formación espiritual que daba el Padre, que los Círculos tenían lugar donde buenamente se podía, porque había momentos en que casi no cabíamos en la casa.

Mientras tanto, seguí hablando con el Padre, que me fue ayudando a superar el bajón espiritual que suelen dejar las vacaciones veraniegas. Me alentó a vivir vida de gracia y a no dejar un pequeño plan de vida espiritual, que no incluía todavía la comunión diaria, salvo los domingos y quizá los sábados.

Empecé a luchar en aquellos puntos de vida cristiana con empeño renovado pero... comprobé que a medida que me acercaba más al Señor, surgía de nuevo, en el fondo del alma, la inquietud sobre una posible entrega a Dios en el Opus Dei. Entonces, quizá para contrapesar estas inquietudes espirituales, procuré divertirme sanamente durante las siguientes semanas, aunque quizá me pasé de la cuenta. Fui al cine muchos días con varios compañeros que iban por Ferraz, como Emilio Carnicero, José Jiménez Fernández, Pepe Busó o Paco Botella. Y gastamos más dinero del habitual, hasta el punto de que el padre de Paco le escribió una carta diciéndole que ese tal Pedro Casciaro amigo suyo, sería muy buena persona, como le había dicho; pero que desde que nos habíamos hecho tan amigos, gastaba como un descosido...

Paco Botella

Tengo que detenerme ahora en la figura de Paco Botella. Le había conocido años atrás en la Escuela, donde habíamos coincidido en clase a lo largo de un trimestre. Y, como sucede con frecuencia en el inicio de tantas amistades, no creo que al principio me mirara con demasiada simpatía, porque -tonterías de estudiantes- durante una clase de acuarela le dije que le estaba saliendo muy bien un dibujo del Moisés, cuando en realidad lo que estaba copiando era una Venus..., mordacidad que no le debió agradar excesivamente.

Cambié de actitud hacia él cuando un día lo vi comulgar en Misa en la parroquia de la Concepción, que estaba muy cerca de la pensión en la que yo vivía. Comprendí que aquel chico alto, delgado, simpático, de lenguaje vivo y concreto, de frente despejada y gafas con bastantes dioptrías, podría entender muy bien la labor apostólica que se llevaba a cabo en la Residencia.

Todo propiciaba nuestra amistad. Eramos de la misma edad; él era valenciano y yo, aunque había nacido en Murcia, tenía raíces alicantinas; estudiábamos las mismas dos carreras -Arquitectura y Exactas- y vivíamos en casas vecinas: Paco en una Residencia de universitarios en el nº 39 de la calle Castelló; y yo en el 35, dos portales más abajo.

El 11 de octubre Paco vino a verme a casa. Me dijo que sabía que yo hablaba con el Padre. Se había fijado que algunas tardes, al acabar las clases en Areneros a eso de las seis y media, un grupo de amigos, en vez de dirigirnos hacia los bulevares, bajábamos por la calle Mártires de Alcalá junto al Palacio de Liria. Había indagado a dónde íbamos y qué hacíamos, y Salvador Segura -otro compañero que también venía por Ferraz- se lo había contado todo. Yo le comenté que ya había pensado en invitarle a venir por la Residencia y le hablé de la labor apostólica que impulsaba el Padre. Me pidió que le concertase una cita y así lo hice: el Padre quedó con él dos días después, el día 13 a las cinco de la tarde. Comenzó a venir a los Círculos todos los sábados y nuestra amistad se fue haciendo cada vez mayor.

Fue un año de trabajo intenso. Tuvimos un horario de clases tan apretado durante aquel curso que no nos sobraba ni un minuto. Paco y yo íbamos siempre corriendo: de casa a la Universidad, de la Universidad a la Escuela y de la Escuela a la Universidad. Ibamos juntos a todas partes, incluyendo la Residencia de Ferraz.

También fuimos juntos, con otros compañeros de la Escuela, a pasar tres días en Toledo. Antes de marchar me despedí del Padre, que me aconsejó que aprovechara esos días para hacer el mayor bien que pudiera a esos amigos. Me dijo también que procurara asistir a la Santa Misa.

Fueron tres días magníficos. Tomamos muchos apuntes de la ciudad, que me pareció espléndida, casi detenida en el tiempo, con sus edificios de color ocre arracimados en torno a la catedral y bordeada casi entera por el cauce del Tajo. Me entusiasmó la Catedral, el Alcázar, las sinagogas, los famosos "cigarrales"... y al acabar la excursión, Paco y yo decidimos quedarnos dos días más. Durante ese tiempo hablamos mucho del Padre y de la vocación al Opus Dei, mientras paseábamos por las calles empinadas y tortuosas de la ciudad o tomábamos un café en la plaza de Zocodover.

Las inquietudes de Paco volvieron a poner en primer plano las mías de semanas atrás. Paco se había planteado el problema vocacional desde hacía muchos años; de hecho, había venido a Madrid con la certidumbre interior de que Dios le haría ver allí su vocación. Mis inquietudes espirituales eran igual de vibrantes, pero mucho más recientes. En todo caso, los dos nos estábamos planteando, con toda su radicalidad, la posibilidad de entregarnos plenamente a Dios.

Un día de retiro

De vuelta a Madrid decidí acudir al retiro mensual que predicaba el Padre en la propia Residencia de Ferraz, para los que íbamos por allí. Paco también vino y recordaba en un escrito en el que dejó años más tarde constancia de sus recuerdos, algunos detalles con mucha precisión. El retiro tuvo lugar un domingo. "El Padre habló en el Oratorio -escribe- de un tema único, central, en todas las meditaciones y en las pláticas. El tema era la vocación". Nos habló del joven rico que rehusó la llamada del Señor y se marchó triste, y nos movió a la generosidad con Dios. Anota Paco que el amor de Dios que traslucían las palabras del Padre nos "arrastraba con fuerza sobrenatural". "Hablaba -sigue evocando- del sacrificio, de la Cruz del Señor, de mortificación". Y apunta un detalle final, muy significativo: "siempre acababa buscando en la Virgen el apoyo y la valentía que nos hacía falta".

También a mí la recia devoción mariana del Padre me había llamado profundamente la atención. Procuraba transmitirnos, con mil detalles, su gran amor a la Madre de Dios. Lo evidencia un texto que escribió años más tarde, en el que evocaba su devoción por una pequeña talla de la Virgen que tenía en la Residencia, sobre un escritorio, a la que llamaba "la Virgen de los besos": No salía o entraba nunca -escribía el Padre- en la primera Residencia que tuvimos, sin ir a la habitación del Director, donde estaba aquella imagen, para besarla. Pienso que no lo hice nunca maquinalmente: era un beso humano, de hijo que tenía miedo... Pero he dicho tantas veces que no tengo miedo a nadie ni a nada, que no vamos a decir miedo. Era un beso de hijo que tenía preocupación por su excesiva juventud, y que iba a buscar en Nuestra Señora toda la ternura de su cariño. Toda la fortaleza que necesitaba, iba a buscarla en Dios a través de la Virgen.

Al igual que para Paco, aquel día de retiro fue decisivo para mí. Ya en la primera meditación sobre el joven rico vi claro que no podía hacer lo del joven del Evangelio, apegarme a lo que tenía -o podría tener-, y marcharme triste. Y al acabar el retiro, busqué al Padre y le pedí que me dejara ser miembro del Opus Dei.

El Padre me aconsejó calma de nuevo. Me dijo que era preferible que esperara y que intensificara mientras tanto mi plan de vida espiritual. ¿Cuánto? Al principio me habló de un mes.

¡Un mes! Me pareció muchísimo. Le pedí que acortara el plazo: ¿No podían ser semanas? Cuatro, tres, dos... Fue un verdadero forcejeo.

-Padre -le expliqué-, desde que me he planteado la vocación ya no tengo tranquilidad para nada. No me puedo concentrar en el estudio... ¡Y tengo mucho que estudiar estos días!

Tanto insistí, que logré que me concediera un plazo más breve: nueve días. Me aconsejó que hiciera una novena antes de tomar una determinacion.

¿Nueve días? Nueve días me parecían, en aquellos momentos, una eternidad. ¿No se podría acortar...?

Haz un triduo -concedió entonces- encomendándote al Espíritu Santo, y obra en libertad, porque 'donde está el Espíritu del Señor allí hay libertad'. Me habló mucho de libertad y me aconsejó que durante la comunión de esos tres días pidiera a Dios las gracias necesarias para tomar una determinación en libertad, porque in libertate vocati estis, me dijo, hemos sido llamados en libertad, como enseña la Escritura.

Comencé aquel triduo al Espíritu Santo el lunes 18 de noviembre. Al terminar, me había reafirmado en mi decisión de entregarme a Dios en el Opus Dei y decidí pedir formalmente la admisión en la Obra al Padre.

El Padre me había dicho con anterioridad que la petición de admisión al Opus Dei se hacía mediante una carta, escrita del propio puño y letra, dirigida a él. Naturalmente los que pedían la admisión le entregaban estas cartas directamente en mano; pero yo interpreté, no se por qué, que había que enviársela por correo y esperar respuesta; y así lo hice. Escribí la carta, la eché en un buzón de la plaza de la Cibeles, como decían los castizos, y calculé que le llegaría al Padre al día siguiente. De ese modo -pensé- cuando volviera a Ferraz para hablar con el Padre, cinco días después, ya habría recibido mi carta y habría tenido tiempo suficiente para meditar su respuesta.

Durante estos días de incertidumbre y espera, estuve hablando con Paco, que guardaba al cabo de los años un recuerdo muy preciso de lo sucedido. "Yendo por la Gran Vía Pedro y yo -escribió en uno de sus escritos-, bajo la lluvia torrencial, sin paraguas, íbamos hablando del Padre, de apostolado. Casi siempre salía este tema a relucir cuando salíamos de clase, cuando íbamos a ver exposiciones de arte, cuando salíamos por la noche al cine y volvíamos despacio, andando, hacia casa. Y ese día yo dije a Pedro que no podía aguantar más la presión de Dios (...), que tenía que decidirme. Pedro me dijo que él ya estaba casi decidido. Le pregunté a qué y saliendo a todo correr me dejó plantado, pero tuvo tiempo de decirme: 'seguiré estudiando arquitectura'. Volví después a casa, mojándome, sin saber qué pensar".

Poco después, precisamente el día en que tenía previsto hablar con el Padre, estuve estudiando con Paco, antes de almorzar, en la Residencia donde vivía. Me parece recordar que estábamos prepararando unas pruebas de Cosmografía. Paco hacía los cálculos junto a una pizarra y yo buscaba los logaritmos correspondientes. Pero no podía concentrarme; pensaba constantemente en mi vocación; se me iba el santo al cielo cada dos por tres y no hacía más que equivocarme: no conseguía situar con el dedo el renglón de las tablas. Total, que Paco acabó por enfadarse. Me disculpé diciéndole que estaba con la cabeza en otra parte, porque aquel día era el más decisivo de mi vida. Al oírme decir esto, se preocupó y empezó a preguntarme, una y otra vez, qué me sucedía.

"Fui pesado, esa es la verdad", recuerda Paco. "Y Pedro me dijo que se había decidido a seguir la llamada que el Señor le hacía para la Obra. Y que esa tarde iba a ver al Padre. ¿La Obra?, le dije. Me dijo brevísimamente, pero de un modo muy claro, lo que era la Obra: vivir la vida cristiana de manera auténtica, darse al Señor de modo absoluto, seguir en el mundo como hasta ahora, más metidos aún, pero llevando al Señor en cada momento en el corazón, y en el trabajo y en un apostolado que me explicó en qué consistía: como los primeros cristianos. El Padre era el Fundador. La Obra había nacido en 1928. (...) Ahora comprendía -concluye Paco- lo que el Padre hacía en aquellos pocos metros cuadrados de la Residencia de Ferraz. Comprendí que eran los comienzos de una obra universal".

Una vez que le expliqué la Obra, le pregunté a Paco qué le parecía mi decisión. Ahora me doy cuenta de que como tenía mucha más formación religiosa que yo, su respuesta hubiera podido influirme mucho en un sentido o en otro. Pero Paco no me comentó nada; se limitó a escucharme con gran interés y me hizo algunas preguntas. Yo seguía diciéndole:

-¿Pero tú que opinas, Paco? Dímelo claramente.

Se aferró a su mutismo. Aquello me extrañó. Y cuando nos despedimos se quedó muy pensativo.

Después de comer coincidimos de nuevo en la clase de prácticas de Matemáticas. Nos fuimos antes de que la clase acabara y seguimos hablando de mi vocación a lo largo de los bulevares, en dirección a Ferraz. Fue entonces cuando Paco me dijo que también deseaba pedir la admisión en la Obra. -¿Tú también...? Aquello me produjo una gran sorpresa y una gran alegría. Pero primero había que hablar con el Padre. Paco quería que se lo dijera yo, y cuando llegamos al nº 50 de Ferraz no hacía más que insistirme:

-Dile al Padre que yo quiero ser de la Obra. Díselo. Díselo, Pedro.

Aquella noche le llamé por teléfono, feliz, para comunicarle que el Padre le esperaba tres días después, a las seis de la tarde. Y en efecto, a los tres días habló con el Padre, que le dejó pedir inmediatamente la admisión en el Opus Dei.

Esta rapidez me sorprendió bastante. Luego comprendí que estaba muy justificada, teniendo en cuenta la profunda formación religiosa de Paco y su antiguo deseo de entrega. Y así, gracias a ese conjunto de circunstancias, y de aparentes "casualidades", acabamos pidiendo los dos prácticamente al mismo tiempo la admisión en el Opus Dei.

Antes de irnos a pasar las vacaciones de Navidad con nuestras familias, Paco y yo planteamos al Padre la posibilidad de irnos a vivir a Ferraz a la vuelta de las vacaciones. Al Padre le pareció bien, pero primero teníamos que solucionar diversos asuntos: Paco dependía de un primo suyo que vivía con él en la misma Residencia y yo tenía que conseguir el permiso de mis padres para resolver la cuestión económica. El Padre nos dijo que rezaría para que se resolvieran aquellas dificultades.

Durante esas Navidades, Paco recibió un encargo apostólico: el Padre le dijo que comunicara al Obispo Auxiliar de Valencia, Mons. Javier Lauzurica, sus deseos de comenzar pronto el trabajo apostólico en aquella ciudad.

Concluyeron las fiestas navideñas, se resolvieron las dificultades familiares y a comienzos de 1936 me fui a vivir a la Residencia. Paco se fue a vivir también, y se alojó en el piso del nº 48 de la misma calle Ferraz, donde se había puesto parte de la Academia.

Empezábamos una nueva vida. Como nos decía el Padre, era el comienzo de una aventura maravillosa.

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