En "Los Hoyos"
A finales de junio de 1935, al acabar el curso y concluir los innumerables exámenes, me fui, como de costumbre, a veranear a "Los Hoyos", la finca donde nos reuníamos toda la familia durante el verano. Era una finca grande, situada en las afueras del pueblo y cerca del litoral. Tenía una peculiaridad sorprendente: estaba custodiada por un larguísimo muro de varios kilómetros, con sus correspondientes garitas y troneras, perfectamente preparadas para disparar con fusil... Realmente, sólo a un señor del siglo XIX, inglés por más señas, se le podía ocurrir -como se le ocurrió a mi bisabuelo Pedro- construir en Torrevieja una cerca de ese tipo, rodeando completamente la propiedad, como si temiese un ataque de "los nativos"... Pero había pasado ya tanto tiempo desde que se construyó esta fantástica muralla, que había dejado de extrañarle a las gentes del lugar; ya formaba parte del paisaje y la llamaban "el cerco de los Hoyos" o simplemente "el cerco".
Dentro había un poco de todo. Tenía un jardín con verja; una casa muy grande, de corte señorial y aire neoclásico, construida en la primera mitad del siglo pasado; y una ermita dedicada a San José. Y detrás de la ermita... el panteón familiar. Tan cerca de la casa estaba el panteón que la familia nunca se atrevió a enterrar ahí a sus difuntos (mi abuelo Julio lo usaba como arsenal para sus equipos de pesca y para dormir la siesta durante el verano, porque la cripta era muy fresca). Contaba también con otros edificios, como una almazara para hacer aceite de oliva, varios graneros, y las casas del guarda y del hortelano; sin olvidar la bodega, la noria con sus típicos borricos y cangilones; las balsas, los pozos con molineta de viento; y todo tipo de corrales con animales diversos. Era un lugar espléndido: abundaban los almendros, las higueras y sobre todo, las palmeras; había palmeras, muchísimas palmeras. Solo queda por incluir en el inventario el invernadero de mi abuelo, que contenía miles de cactus de diversas especies y variedades, donde pasaba muchas horas del día cuidando amorosamente de sus espinosas plantas. Gozábamos allí de unas vacaciones largas y placenteras como pienso que sólo antes de la guerra -a pesar de lo confuso de la situación política- se podían disfrutar en España.
He dicho antes que nos reuníamos en aquel lugar toda la familia y hay que entender esta frase en sentido absolutamente literal: vivíamos en "Los Hoyos" durante los veranos mis abuelos, mis seis tíos -cinco de ellos casados-, mis primos, mis padres, mi hermano José María y yo: con frecuencia nos juntábamos en el comedor más de veintinco personas.
El verano transcurría plácido y sin prisas. Yo solía salir a nadar por las mañanas o a remar en una piragua que me había regalado un tío mío que era marino mercante. Y por las tardes participaba en aquellas apacibles y larguísimas tertulias familiares, mecidas por el aire fresco que venía del Levante, donde todos intervenían...
Hablábamos de todo lo divino y de lo humano, pero fundamentalmente de política. Cada cual representaba una postura. Mi abuelo Julio era la viva representación de la desilusión por aquella República en la que había soñado tanto... Mis tíos defendían sus diversas opiniones y comentaban los sucesos del momento. Sin embargo, aunque había muchas posturas diversas entre nosotros, las conversaciones transcurrían siempre en un clima cordial; todos coincidíamos en la preocupación por el peligroso giro que estaban tomando los acontecimientos en el país.
Por la tarde salía a dar una vuelta por los balnearios o por el paseo marítimo con algunos chicos y chicas conocidos. A veces se celebraban verbenas en la glorieta, donde había un kiosko sin techo en el que la banda interpretaba habaneras****:
Otras veces íbamos al cine, que era bastante bueno. Yo tenía un acuerdo táctico con mi tía Maruja, la hermana menor de mi padre, que estaba soltera y era poco mayor que yo (baste pensar que había hecho la Primera Comunión en la misma Misa de bodas de mis padres) y ella me llevaba y me traía desde Torrevieja a Los Hoyos y viceversa. En teoría, yo era el que "cuidaba" de mi joven tía; en la práctica, era ella la que cuidaba de mí, facilitándome el transporte en su Peugeot. Realmente, mi tía Maruja componía una estampa bastante inusual en aquella época, en la que no era frecuente ver a una mujer al volante, y menos que una chica joven fuera conduciendo su propio coche.
Durante aquellos meses veraniegos recibí varias cartas de algunos amigos que frecuentaban Ferraz. El Padre solía añadír algunas líneas de su puño y letra y me adjuntaba un ejemplar de Noticias -un pequeño boletín de varias hojas tamaño cuartilla, impreso en planchas de gelatina, con tinta color violeta- donde se comentaba, en tono familiar, anécdotas de unos y otros. Recuerdo perfectamente, a pesar del paso de los años, aquellas dos o tres páginas impresas en el velógrafo rudimentario de la Residencia. Ya nadie sabe lo que es un velógrafo; en un diccionario antiguo se puede encontrar su definición: es un "aparato en que, mediante una pasta especial, se pueden sacar muchas copias".
¡Con qué ilusión releía a solas en mi cuarto de "Los Hoyos" los números de Noticias que me iban llegando! En el número de julio citaban, entre bromas y veras, una carta mía: "Pedro Caciaro cuenta: 'Mentalmente he escrito muchas veces pues creo que puedo decir sin mentir que no ha pasado un sólo día sin acordarme'. Está en Torrevieja (Alicante) suspirando por su querido Albacete. Hacia el 20 de agosto le veremos llegar moreno y algo más rollizo. Agradece la felicitación que se le mandó y se queja de algunos que brillaron por su silencio. 'Son unos tranquilos -asegura-, menos mal que Dios me sostiene lustroso a pesar de tantas ingratitudes'".
Aquellas palabras del Padre; aquel boletín escrito en un tono sobrenatural y al mismo tiempo divertido, propio de nuestra edad; aquellas cartas con noticias de unos y de otros, me animaban mucho espiritualmente y me daban bríos apostólicos y nuevas fuerzas para seguir cumpliendo buena parte del plan de vida espiritual que con ayuda del Padre había logrado seguir durante el curso.
Entre otras cosas, el Padre nos animaba a aprovechar el tiempo y a cultivar idiomas. Recuerdo que durante aquel verano escribí a un amigo mío, Mariano Alvarez Núñez, que estaba descansando en Cuéllar, un pueblo de la provincia de Segovia, una carta en la lengua de Shakespeare. Le faltó tiempo a Mariano para contárselo a los de Madrid y mi proeza lingüística apareció citada en el número siguiente de Noticias: "Le escribe Casciaro ¡en inglés! diciéndole que le conteste también en inglés ¡optimistas!". Recordaban además que mi amigo Mariano se dedicaba por la tarde "a tocar el violín, no sabemos si en inglés".
Allí, en Torrevieja, en medio del clima lánguido, característico de veraneo, las enseñanzas que el Padre nos transmitía por medio de Noticias constituían para mí un permanente recordatorio para no dejarme arrastrar por el ambiente. Seguid perseverantes en la oración -nos recomendaba al comienzo del número de Noticias del mes de agosto- y en el estudio: así es seguro que, dentro del próximo curso, el Señor dará a nuestro apostolado un impulso que supere nuestras esperanzas. No olvidéis que hay mucho por hacer... y que sería penoso oír a Jesús, diciendo como el paralítico de la piscina probática: "Non habeo hominem!" -No encuentro hombres capaces de ayudarme...
A través de las montañas
¿Qué sabía yo entonces del Opus Dei, que había nacido casi siete años antes, el 2 de octubre de 1928? Mi conocimiento se reducía a los siguiente: había tenido dirección espiritual regular con el Padre, había asistido a unos quince Círculos y cuatro o cinco amigos míos, compañeros de la Escuela, habían venido por Ferraz. Sin embargo, aunque llevaba poco tiempo yendo por la Residencia, el Padre me había hecho partícipe de los afanes de la Obra y realmente la consideraba como algo mío.
Sabía lo sustancial: que el Opus Dei era un camino de santidad en medio del mundo para los cristianos corrientes, por medio de la santificación del trabajo ordinario. Se han abierto -nos explicaba el Padre, con estas o con palabras parecidas- los caminos divinos de la tierra.
¿Qué debíamos hacer para ser santos? El Padre nos lo había explicado de muy diversas formas, que se resumen admirablemente en esta frase suya: Conocer a Jesucristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios. Y como preveía la pronta expansión de la Obra, nos insistía con frecuencia en que aprendiéramos idiomas, incluso los más raros, como el japonés.
Yo, a pesar de no ser del Opus Dei, ya me sentía parte, de alguna manera, no de un pequeño grupo circunstancial, sino de una labor apostólica naciente que duraría siempre. El Padre nos hacía partícipes de su ansia universal de apostolado y nos hacía rezar por esa futura expansión. Sabíamos que el aprendizaje de esos idiomas -alemán, ruso...- al que nos urgía tanto, tenía una poderosisíma razón apostólica: había que extender el Opus Dei por los cuatro puntos cardinales.
Por eso, aunque aquellos meses de vacaciones fueron tan agradables y divertidos como los de años anteriores, ahora tenían un signo distinto. Notaba la ausencia en aquel ambiente en el que me movía -cómodo y fácil- de aquellas inquietudes espirituales, de aquellos ideales grandes que nos transmitía el Padre. Y contagiado por su impaciencia santa por hacer amar a Jesucristo, también yo tenía deseos por hacerlo conocer y llegar a miles de almas, como se refleja en aquel punto de Camino:
Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros... Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas.
A través de las montañas... Ahora me doy cuenta de que en aquellos momentos no me había planteado de qué forma concreta se produciría en el futuro la expansión del Opus Dei. Sin embargo, estaba seguro que la Obra se extendería algún día por los cinco continentes. ¿Cómo? Lo ignoraba, pero estaba convencido de que algún día se haría realidad, de eso no me cabía duda; era algo que formaba parte de la fe que sentía en las palabras del Padre. ¿Cuándo? Entonces pensaba que la expansión tendría lugar muchos años más tarde; y sospechaba que apenas la llegaría a ver en mi vida. Como se ve, había entendido lo sustancial del Opus Dei, pero no atisbaba en absoluto lo que nos quería decir el Padre cuando nos decía: Soñad y os quedaréis cortos.
Sin embargo, a pesar de mi cortedad de miras, yo quería colaborar con esa expansión en la medida de mis posibilidades. Sentía en el alma, cada vez con más fuerza, el deseo de dar a conocer al Señor. Sí; ¡también yo quería llevar a Jesús a todos los sitios! Pero no sabía cómo; y me preguntaba cómo podría compatibilizar en el futuro las exigencias familiares y profesionales con ese deseo, cada vez mayor, de participar, de alguna manera, en la tarea apostólica. Y experimentaba una rara nostalgia -era mi viejo afán de aventuras, pero ahora por un ideal mucho más alto y noble- al contemplar, sobre el azul del mar, los vapores que zarpaban del puerto de Torrevieja, cargados de sal, con rumbo hacía países desconocidos...
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