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Pedro Casciaro

Capítulo 2: Madrid, años 30

1932: Estación del Mediodía

Durante aquellos años yo era un chico que soñaba con ser marino y vivía despreocupado de esos afanes políticos de tierra adentro. Me apasionaba el mar y había heredado la afición por los barcos de mi abuelo paterno, que había sido propietario de un mercantil goleta que atravesaba el Atlántico a vela y había hecho construir un motovelero de tres palos que cubría la ruta Cartagena-Marsella, partiendo del vecino puerto de Águilas. Durante aquellos largos veranos de mi adolescencia, en la calma soleada de "Los Hoyos", había soñado con mil aventuras marinas; y al ver aquellos barcos y veleros atracados junto al paseo marítimo, me imaginaba sorteando borrascas y temporales en alta mar e ingresando, en un futuro próximo, con mi flamante uniforme de cadete, en el Cuerpo General de la Armada...

Pero mi madre, al enterarse de mis deseos, me puso literalmente los pies en el suelo y se negó rotundamente a que me embarcara -nunca mejor dicho- en este proyecto. Así que no tuve más remedio que orientarme hacia otra de mis grandes aficiones, esta vez bien anclada en tierra firme, y decidí ser arquitecto.

Aunque me costó tomar esta decisión, lo cierto es que contaba con cualidades para ser arquitecto: había heredado de mi padre el gusto por el arte, tenía capacidad de observación y gozaba de cierta habilidad para el dibujo.

Dicho y hecho: al terminar el bachillerato, con diecisiete años, me fui a la capital de España, porque en aquella época sólo se podía cursar Arquitectura en Madrid o en Barcelona, y un buen día de 1932 arribé, con cara de provinciano despistado y un puñado de ilusiones y de maletas, a la Estación del Mediodía de Madrid. Me instalé en el Hotel Sari, en el número 2 de la Calle Arenal, muy cerca de la Puerta del Sol.

Me gustó aquel hotel. Estaba situado en el corazón de Madrid, de aquel Madrid que poco tiempo antes se autodenominaba "Villa y Corte" -se había proclamado la República el pasado 14 de abril de 1931- y en el que se podía escuchar todavía la música alegre y traqueteante de los organillos. Y me puse a estudiar.

Pero no se ganó Zamora en una hora: para acceder al primer curso de Arquitectura los aspirantes a arquitectos debíamos superar primero el famoso y dificilísimo examen de "ingreso". Era una prueba realmente dura: no sólo nos exigían haber aprobado todas las asignaturas de los dos primeros cursos de la Licenciatura de Ciencias Exactas (incluidas Física, Química y Geología), sino que debíamos hacer, además, unos exámenes muy exigentes de dibujo en la propia Escuela. "Ingresar" era, en resumen, cuestión de años, y muchos se quedaban en el intento.

Pero como yo estaba dispuesto a ser arquitecto costara lo que costase, aunque no me entusiasmasen demasiado ni las Matemáticas ni la Física, con tal de entrar en la Escuela, estaba decidido a estudiarlas todo el tiempo que hiciera falta.

Guardo muy buenos recuerdos de aquel Madrid de comienzos de los años treinta. Era una ciudad soprendente. Era "la capital" por antonomasia y conservaba un curioso encanto, tradicional y castizo, chulapón y cosmopolita, señorial y pueblerino al mismo tiempo, que la hacía especialmente atractiva para un amante del arte y de la arquitectura como yo. Era una delicia pasear a la caída de la tarde por sus amplios bulevares, perderse por los salones del Museo del Prado o ir descubriendo, poco a poco, sus grandes edificios: el Banco de España, el Casino, el Teatro de la Princesa, el Ministerio de Fomento, los Jerónimos..., o deambular sin prisas por el paseo de Recoletos, o por el de la Castellana, que era el más aristocrático de todos y llegaba hasta lo que llamábamos entonces "los altos del Hipódromo".

Todavía era una ciudad de dimensiones humanas, donde se conocían unos a otros, especialmente los de la llamada "gente bien". Yo llegué en un periodo de cambio: la República había traído personajes nuevos y muchos de "los de antes" -especialmente los pertenecientes a la alta nobleza- habían emigrado al extranjero; los que se habían quedado, habían abandonado la Castellana como punto neurálgico de encuentro y habían puesto de moda el paseo de coches de El Retiro.

Con la llegada de los nuevos ricos al Retiro, los más snobs de esa "gente bien" se fueron a pasear a otra parte, y eligieron la zona boscosa que había más allá de Puerta de Hierro, donde se improvisó un paseo de terracería, pero eso sí, transitado por coches con chófer uniformado. Conocí bastante bien aquel ambiente sofisticado gracias a unos amigos míos, que vivían en un piso principal de la calle Almagro y se paseaban, Madrid arriba y abajo, en un Lincoln grande de color café con leche...

Era un Madrid agradable por sus gentes, por su clima, por su arquitectura; pero no tanto desde el punto de vista social. En aquellos años tuvo lugar un in crescendo de desórdenes, de tensiones, de alborotos entre estudiantes; se sucedían los enfrentamientos y las huelgas; fue creciendo el clima anticlerical y las efervescencias políticas que atravesábamos hacían presagiar males peores. Sólo a algunos; al menos yo no pensaba que a consecuencia de todo aquello se pudiera acabar en un baño de sangre. Quizá fuera por la inexperiencia de mis 18 años. Realmente, si alguien me hubiera dicho en aquel tiempo hasta qué punto iba a experimentar esas consecuencias en mi propia carne, muy pocos años después, no le hubiera creído en absoluto.

Ignacio de Landecho

Pero no adelantemos acontecimientos: yo no era en aquel lejano 1932 más que un joven estudiante venido de provincias, preocupado por situarse en el medio universitario, y como todo recién llegado, deseoso de hacer nuevos amigos. Y en este aspecto, realmente tuve suerte. Uno de los primeros chicos a los que conocí fue Ignacio de Landecho, quien, a pesar de su juventud, era ya un hombre a carta cabal. Fuerte, decidido, íntegro y apasionado, Ignacio preparaba también el ingreso en la Escuela de Arquitectura y fue, sin duda alguna, uno de mis mejores amigos durante aquellos años.

Yo admiraba en Ignacio su fortaleza, su audacia y el desparpajo con que se movía en todos los ambientes. Recuerdo que en una ocasión presenciábamos juntos un desfile militar en la Castellana, desde el balcón de la casa de un amigo común. Dos o tres pisos más abajo, también en un balcón, estaban unas chicas conocidas que comenzaron a gritar: ¡baja, Ignacio! ¡baja! Entonces, Ignacio, sin dudarlo un momento, saltó al otro lado de la barandilla, bajó un piso y otro piso agarrándose a las molduras del edificio, y fue deslizándose por la fachada hasta llegar al balcón donde estaban las chicas, mientras todos conteníamos el aliento. Así era Ignacio.

En otra ocasión nos fuimos de excursión a Salamanca, y cuando nos encontrábamos en una de las torres de la Catedral, Ignacio, ni corto ni perezoso, se puso a trepar por el exterior hasta que logró alcanzar la veleta de hierro. Verdaderamente, su valentía rayaba algunas veces en la temeridad.

Coincidía con él en las clases de la Facultad de Ciencias, que estaba todavía en el viejo caserón de la calle de San Bernardo, aunque hubo un periodo en el que tuvimos las clases y talleres provisionalmente en el viejo edificio de Areneros, que el Gobierno había incautado a los Jesuitas. También íbamos juntos a la Academia de dibujo del pintor José Ramón Zaragoza. Y como teníamos mucho que estudiar, con cierta frecuencia quedábamos para repasar temas en mi cuarto del Hotel Sari.

No se asombre el lector del nombre de mi pomposo alojamiento: realmente el Sari lo único que tenía de hotel era el nombre. A pesar de su denominación rimbombante, aquello no pasaba de ser una pensioncita de tres al cuarto con la dinámica propia de la vida estudiantil. El universitario es amante, como es bien sabido, de la vida nocturna: y no era raro que Ignacio y yo nos quedásemos estudiando durante toda la noche en mi habitación y nos fuésemos la mañana siguiente, tras desayunar, a las clases de San Bernardo.

Nunca olvidaré aquellas clases de Geometría Métrica a las ocho de la mañana en el caserón de San Bernardo. Era todavía de noche y aquella inmensa aula iluminada con bombillas eléctricas me deprimía terriblemente. No puedo olvidar tampoco a don Luis Vegas, nuestro profesor, que a causa de su baja estatura lograba alcanzar a duras penas el borde inferior de la oceánica pizarra. ¡Cuántas horas pasé allí, codo a codo con Ignacio, escuchando el golpeteo de la tiza sobre el encerado: números, letras y figuras geométricas; números, números y más números...!

A medida que pasan los años veo con mayor claridad que fue una gran suerte para mí aquella amistad con Ignacio, con el que tan buenas migas hice desde el primer momento. Nos ayudábamos mutuamente en el estudio; y él me fue introduciendo en algunos buenos ambientes de Madrid, y también, sin que yo me diera cuenta, me fue alejando de otras amistades menos convenientes que frecuentaban la Residencia del Pinar y el Auditorium de la calle de Serrano.

Ignacio tenía mucha más formación espiritual que yo; había estudiado en un buen colegio de religiosos y tenía parientes jesuitas. Yo procedía de colegios laicos; y aunque mi madre me había dado los rudimientos de la vida cristiana, en lo que a la Religión se refiere compartía algunos de los puntos de vista de mi padre.

El encuentro con el Padre

Eso no significa que yo fuera por aquel entonces una especie de pagano recalcitrante. Creía en Dios, me consideraba católico, tenía fe y acudía a los sacramentos de vez en cuando; pero carecía de unos conocimientos religiosos mínimamente adecuados para mi edad. Había heredado de mi padre algunas suspicacias anticlericales y experimentaba, por ejemplo, una gran prevención -casi alergia- hacia los sacerdotes y religiosos.

No sabría definir bien la causa de esta prevención: pero el caso es que la tenía, y no sabía -ni quería saber- nada con "los curas", como los denominaba con deje despectivo. Y lo curioso es que hasta entonces nunca había charlado con uno cara a cara, salvo en las ocasiones en que me acercaba a un confesionario. Por supuesto, jamás había tenido confesor fijo.

Esas prevenciones me habían llevado siempre a "mantener las distancias" con los pocos sacerdotes que se habían cruzado en mi camino: algún profesor del Instituto de Segunda Enseñanza o algún cura de la parroquia. Los observaba con espíritu crítico, y me repelía la educación que yo juzgaba -sin duda injustamente- un tanto peculiar de los clérigos de aquel tiempo.

Por eso, cuando en 1935, tres años después de mi llegada a Madrid, un amigo de la infancia, Agustín Thomás Moreno, me habló con admiración de un sacerdote al que había conocido recientemente, don Josemaría Escrivá, y me invitó a conocerle, le respondí con una irónica reacción de autosuficiencia y un comentario sarcástico.

Nos volvimos a ver -tiempo más tarde, porque nos tratábamos poco- y Agustín me volvió a hablar de aquel sacerdote; yo le di largas de nuevo y seguí en este punto como quien oye llover.

Afortunadamente, Agustín fue tenaz. Y en una de esas raras ocasiones en las que coincidimos me dijo algunas frases de profundo contenido espiritual -que yo supuse que no serían de su cosecha, sino del sacerdote en cuestión- que me hicieron, muy a pesar mío, cierta mella. Y accedí a que me lo presentara.

Cada uno es como Dios le ha hecho. ¿Por qué accedí? He de reconocerlo: pura y simplemente, por curiosidad. La curiosidad era parte de mi modo de ser: me gustaba tratar a gente mayor que yo, conocer nuevos ambientes y fijarme en todo, hasta en los más mínimos detalles. Pero, naturalmente, acudí con el firme propósito de no hablar con aquel cura de cuestiones personales: iba a ver, a observar, a analizar; nada más.

Quedé una tarde con Agustín, a finales de enero del 35. Me condujo al número 50 de la calle Ferraz, en el barrio de Argüelles. Subimos al primer piso. Yo iba, como siempre, fijándome en todo. Allí, junto a la puerta, se leía, en una placa reluciente: "Academia D Y A". Entramos. El recibidor me produjo una grata impresión inicial. No era lo que yo me pensaba: me había imaginado un local destartalado y frío, y me encontré en el vestíbulo de una casa de familia de clase media, más bien modesta, decorado con buen gusto y, sobre todo, muy limpio. El ambiente era cordial y distendido. Buen comienzo. Me gustó.

Nos indicaron que pasáramos a una pequeña salita, donde esperamos unos momentos. Y de pronto entró un sacerdote joven y sonriente, de unos treinta años, que se detuvo un instante mirándome afablemente por debajo de los bordes superiores de sus gafas redondas de concha, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante.

-Padre -dijo Agustín-, este es mi amigo, Pedro Casciaro...

Entonces aquel joven sacerdote, excusándose ante Agustín -¡como si yo fuera un personaje importante!-, le rogó que nos dejara solos unos minutos. Nos sentamos a charlar y aquella conversación bastó para echar por tierra, de golpe, todos mis prejuicios.

Realmente el Padre, como le llamaban todos siguiendo la costumbre habitual para denominar a los sacerdotes en aquella época, no tenía nada que ver con la idea que yo me había hecho de él: me esperaba un curita espiritualista y algo raro, conforme a la caricatura de mis prejuicios, y me encontré con un sacerdote joven, de treinta y tres años, vigoroso, cordial, simpático, muy espontáneo y natural, que me infundió desde el primer momento una gran confianza y al mismo tiempo un respeto muy superior al propio de su edad. Me llamó poderosamente la atención su bondad, su alegría contagiosa, su buen humor... y le abrí mi alma como nunca había hecho con ninguna otra persona a lo largo de toda mi vida.

No sabría precisar cuánto tiempo estuvimos charlando; lo más probable es que no pasara de los tres cuartos de hora. Sólo recuerdo que al despedirme le dije:

-Padre: me gustaría que usted fuese mi director espiritual.

La dirección espiritual

No imagine el lector que por decir esto yo tenía por aquel entonces una idea demasiado clara de lo que significaban estas dos palabras juntas: "dirección espiritual". Sabía que algunas personas la tenían, como mi amigo Ignacio; y había leído en las esquelas mortuorias del ABC que entre los deudos del difunto se citaba con frecuencia: "Su director espiritual, el Rvdo. P. tal y tal". Aquí se acababan todos mis profundos conocimientos sobre el particular.

Quedamos en volver a vernos regularmente y en la siguiente entrevista comprobé que aquel impacto inicial no había sido la impresión pasajera de un momento. A medida que charlaba con el Padre, y le abría mi alma de par en par, iba descubriendo, progresivamente, la finura de su espiritualidad, su inteligencia privilegiada y su honda cultura. Y, muy especialmente, su enorme capacidad de querer y su gran comprensión.

No era sólo cosa mía: muchos otros amigos míos y compañeros de estudio que le conocieron, me comentaron lo mismo: como yo, se habían sentido comprendidos por el Padre desde el primer momento. Se veía claramente que nos quería de verdad y que nos tomaba muy en serio. Y que se preocupaba de todo lo nuestro; porque fui comprobando, semana tras semana, que el Padre no se ocupaba sólo de aspectos puramente espirituales: al mismo tiempo que nos exigía en determinados puntos de la ascética cristiana, nos iba inculcando un profundo sentido de la responsabilidad y nos iba educando humanamente, casi sin que nos diéramos cuenta, con la finura de su comportamiento y con la elegancia de su trato.

Recuerdo un detalle pequeño, pero muy expresivo. Pocos meses después de conocerme, el Padre me invitó a almorzar en la Residencia. Pudo haberlo hecho de palabra o por teléfono, pero prefirió enviarme una tarjeta, donde escribió unas líneas en las que me invitaba a venir de un modo cariñoso y atento, ¡como si yo fuese un personaje importante! Y yo no constituía un caso especial: así trataba a todo el mundo, aunque fueran, como en mi caso, estudiantes de primeros cursos de carrera.

El Oratorio de Ferraz

Un día fui a charlar con el Padre y le encontré particularmente contento. Habitualmente, cuando hablábamos, yo tomaba primero la palabra y el Padre me escuchaba hasta el final, muy atento, sin interrumpirme: me preguntaba por mi vida interior, por mis estudios, por mis padres... Luego, me daba sus consejos. Pero aquel día no fue así: tomó la palabra desde el primer momento, y me explicó, contentísimo, que don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid, había concedido el permiso necesario para dejar el Santísimo en el oratorio de la Residencia.

El Padre me había enseñado ese oratorio ya en la primera visita que hice junto con Agustín Thomás. Lo recuerdo perfectamente: era un oratorio pequeño, recogido, situado en una habitación contigua al vestíbulo, que daba a un patio grande y tranquilo. Era piadoso, sencillo, agradable, y se veía que estaba puesto con cariño. En la pared frontal, sobre el altar, había un cuadro que representaba a los discípulos de Emaús conversando con con el Señor. Poco después ese cuadro fue sustituido por una imagen de la Virgen del Pilar tallada en madera, que descansaba en una ménsula, sobre un fondo de damasco color verde oliva. El oratorio me agradó, como digo; pero, como muestra evidente de mi escasa formación religiosa, no reparé en que no tenía sagrario.

Ese día, el Padre me estuvo hablando con gran alegría de aquel permiso que le habían dado, y yo, la verdad, no entendía demasiado a qué se refería. Carecía de la formación cristiana necesaria para comprender cuándo y cómo se puede dejar el Santísimo en un lugar sagrado. Mientras le escuchaba iba rumiando para mis adentros cómo podía ser aquello; si había en Madrid alguna institución donde se vivía maravillosamente la fe -pensaba yo- era en aquella Residencia; y si había un sacerdote excepcionalmente santo e inteligente, era el que tenía delante en esos momentos. En consecuencia -concluía, en mi ignorancia- ¡ya podría haberle dado antes aquel permiso el Señor Obispo!

-Padre, y por las noches -le pregunté-, ¿se suele dejar el Santísimo en las iglesias?

Esta pregunta mostraba bien a las claras mi soberano despiste en materias religiosas. Luego le pregunté cuánto tiempo podía dejarse solo al Señor en aquel oratorio, porque había visto que en algunas iglesias a veces no había nadie; y seguí haciéndole otras preguntas de este tipo, y aun más simples. El Padre fue resolviendo, con gran paciencia, una por una, todas mis dudas rudimentarias y me habló largo rato sobre la Eucaristía, con unas palabras que delataban su profunda y sincera devoción a Jesús Sacramentado.

-El Señor -me comentó, emocionado- jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa, donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento, rodeado por la piedad de todos. Tú ayúdame a hacerle compañía...

Me conmovió aquel amor ferviente a la Eucaristía; y como la Residencia me pillaba relativamente de paso para ir a la Escuela de Arquitectura, decidí, gustoso, pasarme todas las veces que pudiera por aquel Oratorio para hacer un ratico de oración, como nos animaba a hacer el Padre, delante del Sagrario. Fue entonces, seguramente, cuando me dictó el texto de la comunión espiritual:

-Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y el fervor de los santos...

Poco después, el 31 de marzo de 1935, el Padre pudo celebrar la primera Misa en aquel oratorio y quedó reservado el Santísimo en el primer sagrario de la Obra. Aquel sagrario era un sencillo tabernáculo de madera que unas religiosas habían prestado al Padre. Junto a su alegría, experimentaba una pena grande: la de no poder dedicar al Señor un sagrario y unos vasos sagrados más dignos, porque quería siempre ofrecer a Dios el sacrificio de Abel destinando lo mejor al culto divino.

-El altar y el tabernáculo -comentaba años más tarde- han de ser buenos, siempre que se pueda. Nosotros, al principio, no pudimos hacerlo así. La primera custodia era de hierro pintado con purpurina; sólo la luneta para la Sagrada Forma era de plata dorada. Y el primer Sagrario era de madera: me lo prestó una monja Reparadora, a la que yo quería mucho. ¡Qué pena me daba ofrecer al Señor tan poca cosa!

Dios en lo cotidiano

Semana tras semana, mediante aquella dirección espiritual, el Padre me fue acercando al Señor, ayudándome a mejorar en mi trato con Dios. No de golpe: poco a poco, con paciencia, aunque cada vez con mayor intensidad: sin prisa y sin pausa. Fue enseñándome a hacer todos los días un rato de oración mental, a tratar al Señor a lo largo de mi jornada de estudiante común y corriente, y a vivir en presencia de Dios. Con respecto a esto último, un día le expuse mis dificultades:

-Mire, Padre: es que yo pongo los cinco sentidos cuando me meto a fondo en algo y me olvido completamente de todo lo demás.

Era verdad: cuando estudiaba, me enfrascaba en los libros de tal manera, que se me pasaban las horas volando sin la menor referencia sobrenatural; y cuando me ponía a dibujar me "metía" tanto en los problemas de geometría descriptiva, que me parecía que no me quedaba espacio mental para nada más...

Como respuesta, el Padre me regaló un crucifijo -que aún conservo- para que lo llevara en el bolsillo y lo pusiera sobre la mesa de estudio o sobre el tablero de dibujo:

-Una mirada al crucifijo de cuando en cuando -me comentó-, o algunas jaculatorias te bastarán para convertir ese trabajo en oración.

¿Y para tener presencia de Dios en medio de la calle? Aquello no me parecía tan fácil. Me gustaba pasear por las calles de Madrid contemplando las fachadas, examinando las estructuras o analizando los aciertos o los errores arquitectónicos que iba encontrando. ¡Y el Padre me pedía que hiciera todo eso y, al mismo tiempo, fuera "metido en Dios"! ¿Cómo?

-Vamos a ver, me dijo. Explícame qué caminos sueles hacer para ir desde la calle Castelló donde vives a la Escuela de Arquitectura o la Universidad.

Empecé a recordar: primero tomaba la calle Goya; luego bajaba hasta la Castellana y después...

Entonces fue enumerándome las imágenes de la Virgen que podía encontrar en mi camino:

-...en la calle de Goya hay una pastelería, apenas volver la esquina de Castelló, que tiene una hornacina con la Purísima Concepción; al llegar a la estatua de Colón en el cruce con el Paseo de la Castellana, tienes en uno de los relieves del pedestal de la estatua una escena de los Reyes Católicos donde hay una imagen de la Virgen del Pilar; subiendo por los Bulevares...

Me quedé sorprendido. Yo, que me fijaba tanto en todo, no me había dado cuenta de la existencia de esas imágenes que me podrían servir para mantener la presencia de Dios durante mis recorridos habituales. Comprendí entonces que aquello no era sólo fruto de la gran capacidad de observación del Padre, sino que era la consecuencia del gran amor que sentía hacia la Madre de Dios. A partir de aquel día intenté poner por obra lo que me decía; y así, poco a poco, mi trabajo fue adquiriendo un nuevo sentido sobrenatural y mis andanzas por las calles de Madrid cobraron unas perspectivas hasta entonces absolutamente insospechadas.

La Academia DYA

Progresivamente, a medida que fui frecuentando la Residencia, me fui enterando de la pequeña historia de aquella casa. Casi año y medio antes, a comienzos de diciembre de 1933, se había abierto la Academia DYA, en un edificio que daba a la calle Luchana y Juan de Austria. Más tarde, en octubre de 1934, la Academia se había trasladado a donde estaba ahora, en la calle Ferraz, nº 50, esquina a Quintana, cerca de la Ciudad Universitaria, y se había ampliado con una Residencia para estudiantes.

Se habían alquilado tres departamentos en el mismo edificio: dos en el primer piso, donde se había instalado la Residencia, y otro en el segundo piso, donde estaba la Academia. El propietario era un tal Bordiú, un ingeniero de minas con muchos hijos -algunos ya mayores- que vivía en el mismo inmueble, en el piso principal, y que se preciaba de ser descendiente de la familia Luna, la del Antipapa, al que llamaba cordialmente "el tío Pedro".

La instalación de aquella Residencia había sido -de esto me enteré tiempo más tarde- una verdadera odisea desde el punto de vista económico. En el mes de septiembre del 34 -pocos meses antes de que yo pisara por vez primera aquella casa- sólo habían logrado amueblar lo más imprescindible: el comedor, la sala de visitas, el vestíbulo y un dormitorio. El resto de las habitaciones, que contaban sólo con unas modestas lámparas de "globos" blancos de caña metálica, se habían quedado desiertas, en espera de tiempos mejores. Y les quedaba por comprar el menaje de cocina, la vajilla... Sin embargo, el ejemplo del Padre, que rezumaba fe, seguridad, optimismo y confianza en Dios, los confortaba a todos.

-Una de las locuras más grandes de mi vida -nos comentaría el Padre tiempo después- fue abrir una Residencia de estudiantes sin tener ni un céntimo para comprar todo lo necesario para instalarla: la ropa, los muebles, el instrumental para la mesa y para las camas.

Esta grave situación económica se resolvió... como se pudo. La ropa de cama se consiguió mediante un crédito en "Almacenes Simeón", donde trabajaba un antiguo conocido del Padre, Casimiro Ardanuy, hijo del panadero que llevaba el pan a la casa de sus padres, cuando vivían en Barbastro. Pero, ¿dónde meter aquella ropa? No teníamos armarios para guardarla, recordaba tiempo después el Padre. En el suelo habíamos puesto con mucho cuidado unos papeles de periódicos, y encima la ropa: cantidades inmensas. Entonces me parecían inmensas; ahora me parecerían ridículas. Y, encima, más papeles, para resguardarla del polvo.

Naturalmente, esperaban como agua de mayo la llegada de los residentes, con lo cual -pensaban- todo empezaría a funcionar de un modo regular. Pero a comienzos de aquel año académico en el que estábamos, en octubre de 1934, estalló la llamada "revolución de Asturias" que fue, como señalaba Marañón, "un intento en regla de ejecución del plan comunista de conquistar España". Triunfó sólo en Asturias; pero estuvo programada desde el primer momento para todo el país. Hubo un feroz ataque contra la Iglesia: se destruyeron 58 iglesias y murieron asesinados 34 sacerdotes. Y como consecuencia, se desató una huelga general revolucionaria que obligó a aplazar la apertura de la Universidad.

Eso hizo que, al comenzar el curso, contaran en DYA sólo con uno o dos residentes. Luego, cuando se fueron calmando las aguas, vinieron algunos más: eran unos cinco al final del primer trimestre; y el resto, hasta trece o catorce, fueron llegando a cuentagotas. A causa de esto, fallaron todos los cálculos económicos; y hubo veces en que el director -un joven arquitecto, Ricardo Fernández Vallespín- prefería llevar a Alberto, uno de los primeros residentes, a comer a un restaurante cercano porque le resultaba más barato que darle de comer en casa. Los meses se iban sucediendo, implacables y la situación se fue volviendo cada vez más difícil; porque los residentes no venían, pero las facturas sí; hubo un mes que comenzaron con cincuenta pesetas en caja. ¡Y había que pagar, como alquiler de cada piso, 400 pesetas mensuales!

A pesar de estas dificultades, el Padre no se arredró y siguió espoleando la labor apostólica, día tras día, lleno de fe y confianza en el Señor. Cuando sólo se busca a Dios -escribió más tarde en Camino-, bien se puede poner en práctica, para sacar adelante las obras de celo, aquel principio que asentaba un buen amigo nuestro: "Se gasta lo que se deba aunque se deba lo que se gaste".

Naturalmente, cuando aparecí por la Residencia, a comienzos de 1935, yo no podía imaginarme ni por asomo nada de esto. Sabía sólo que el nombre de "Academia-Residencia DYA", correspondía a las siglas de Derecho y Arquitectura, pero que tenía un significado más profundo. Para la gente es Derecho y Arquitectura -explicaba el Padre-, porque realmente se dan clases de esas carreras, pero para nosotros es Dios y Audacia. Estaba claro que el Padre había emprendido esa labor apostólica confiando sólo en Dios y con una gran audacia sobrenatural.

Los Círculos

En uno de esos dormitorios vacíos a los que he aludido antes habían instalado un aula; y en ella comencé a asistir, junto con otros universitarios, a unas reuniones con el Padre -Círculos o como se las quiera llamar: el nombre es lo de menos, nos decía- en las que nos hablaba de visión sobrenatural, de santidad en medio de la vida ordinaria, de santificar el trabajo, de vida de oración...

¿Cómo eran aquellas clases? Recuerdo que, al comenzar, el Padre nos ayudaba a recordar el tema tratado en el Círculo anterior. Las charlas se centraban en alguna cuestión de la vida cristiana: vida interior, oración, mortificación, Eucaristía, estudio... Guardo un recuerdo vivísimo, indeleble, de aquellos Círculos; de las palabras del Padre; de sus ejemplos, tan plásticos y vivos... Semana tras semana, sábado tras sábado, Círculo tras Círculo, nos iba moviendo a realizar un intenso apostolado con nuestros compañeros, nos enseñaba a amar a Dios y nos alentaba a llevar una profunda vida cristiana.

Era patente que lo que nos decía no procedía sólo del estudio o de su profundo conocimiento de las almas, sino, sobre todo, de su profunda vida interior y de su oración. ¡Cuántas veces, al leer las páginas de Camino, he recordado lo que nos decía en aquellos Círculos! El primer punto es un magnífico botón de muestra: Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón.

El Padre aludía con frecuencia en aquellas charlas al "fuego del amor de Dios": nos decía que teníamos que pegar este fuego a todas las almas, con nuestro ejemplo y nuestra palabra, sin respetos humanos; y nos preguntaba si no tendríamos entre nuestros amigos algunos que pudieran entender la labor de formación que se llevaba a cabo en la Residencia. Al final invitaba a uno de los presentes a que leyera las páginas de algún libro espiritual, como por ejemplo, La imitación de Cristo.

Mis dudas

Mientras tanto yo proseguía mi dirección espiritual con el Padre. Procuraba llevarle siempre, como "material extra" a la materia de mi confesión, alguna duda o consulta para que me la resolviera. Si no lo hacía, me parecía que le iba a defraudar. Y como uno de los primeros frutos de su dirección espiritual fue simplificar sorprendentemente mi complicada manera de ser, la cuestión se me fue volviendo cada vez más difícil: se iban resolviendo, una tras otra, todas mis dudas.

En una de esas ocasiones -a falta de otra duda mejor -se me ocurrió pedirle un consejo sobre una cuestión familiar. Mi padre que estaba muy apegado a su escalafón, como todo funcionario, seguía con verdadera zozobra la carrera que yo había elegido. "¡Arquitecto! -me decía cada dos por tres-. Y si el día de mañana hay crisis en la construcción o no logras hacerte una buena clientela, ¿qué seguridad ecomómica vas a tener, hijo mío? Lo que tienes que hacer -me repetía- es acabar tranquilamente la licenciatura en Ciencias Exactas, ya que has cursado los dos primeros años; de ese modo, si en el futuro tienes problemas con la Arquitectura, siempre tendrás otras salidas... Hazme caso, Pedro, hazme caso".

A mí, la verdad, aquella propuesta no me hacía demasiada gracia. Estaba dispuesto a aprobar los dos primeros años de Ciencias Exactas porque constituían un requisito imprescindible para ingresar en Arquitectura. Pero las Exactas, como las llamábamos, eran para mí sólo eso: un requisito y nada más.

Comenté esto con el Padre y, en contra de lo que me esperaba, le parecieron excelentes los consejos familiares. Aunque comprendía que tendría que hacer un gran esfuerzo, me estuvo explicando lo bueno que era tener un horario exigente desde el punto de vista espiritual. Me dijo que así me libraría de caer en el aburguesamiento, tan común entonces, de los estudiantes que habían logrado ingresar en una Escuela Especial. Y me habló del apostolado que podía hacer en la Facultad con el resto de mis compañeros. Si puedes con todo, dale gusto a tu padre, me dijo; pero tú verás.

Aquellas palabras fueron una especie de reto y me dieron ánimos para matricularme, al curso siguiente, en el tercer curso de Exactas.

Más tarde se lo comenté también a Paco Botella, un compañero de la Escuela. Pensaba que si nos matriculábamos los dos en tercer curso, esa carrera me resultaría menos aburrida. Paco se animó enseguida, aunque las Matemáticas, para las que tenía más aptitudes que yo, tampoco le atraían demasiado. Quedamos en estudiar las dos carreras -Arquitectura y Exactas- el próximo curso académico.

Mis amigos

Siguiendo los consejos del Padre, que me impulsaba a hacer un apostolado vibrante con mis amigos y compañeros, intenté hablar de Dios con aquellos con los que tenía una mayor amistad. Sin embargo, a pesar de mis buenos deseos, no logré despertar en algunos mayores inquietudes espirituales, ni sacarlos del clima de frivolidad en que se encontraban. Otros, por el contrario, vinieron por la Residencia de Ferraz. Entre ellos estaban José Rebollo Dicenta, Miguel Fisac, Mariano Alvarez Núñez y varios más.

Naturalmente, Ignacio de Landecho fue uno de los primeros amigos a los que invité a venir por Ferraz. Comenzó a asistir a los Círculos que nos daba el Padre y le tomó un gran afecto desde el primer momento. Eso no me extrañó: no recuerdo una sola persona que tratara al Padre con cierta profundidad y que no quedara admirado por su alegría, su buen humor constante, su don de gentes verdaderamente excepcional y su profundo amor a la libertad.

Con respecto a este último punto, he de hacer notar que yo era muy independiente. Esa independencia era un fruto natural de mi carácter y del clima de gran libertad en el que había sido educado. Quizá por eso, ese amor a la libertad de las conciencias que enseñaba el Padre me agradó especialmente. Nos recordaba siempre que el amor a la libertad consiste, antes que nada, en defender la libertad de los demás.

El Padre me fue mostrando las exigencias de la vida cristiana sin encorsetarla, sin asfixiarla en normas rígidas, o en cuadrículas mentales predeterminadas. Me ayudó a llevar una vida de piedad cada vez más intensa sin recortar nunca, ni ahogar -al contrario, las potenció- ninguna de mis legítimas aspiraciones humanas.

Me hacía ver también cuánto había recibido del Señor en aquellos primeros veinte años de mi vida. Realzaba ante mis ojos la figura de mis padres y me enseñaba a apreciar y a agradecer los desvelos paternos para que yo pudiese estudiar una carrera que, en aquellos tiempos, resultaba excepcionalmente costosa. Todo eso -me decía- era providencia de Dios, de un Dios-Padre que nos ama más que todas las madres de la tierra.

Me hablaba también de la necesidad de ser santo en medio del mundo, sin hacer cosas raras, santificando las clases, las horas de dibujo y de estudio; y en el futuro, mi trabajo profesional. Me recalcalba que la santidad no era algo exclusivo de unos pocos, ni tenía por qué reducirse a determinados estados de vida. Y me decía todas estas cosas en un clima cordial, afable, abierto, y distendido.

El lector se preguntará qué respondía yo a todo esto. Hay un punto de Camino, el 360, que refleja plásticamente cuáles eran con frecuencia mis reacciones: ¡Cómo te reías, noblemente, cuando te aconsejé que pusieras tus años mozos bajo la protección de San Rafael!: para que te lleve a un matrimonio santo, como al joven Tobías, con una mujer buena, guapa y rica -te dije, bromista. Y luego, ¡qué pensativo te quedaste!, cuando seguí aconsejándote que te pusieras también bajo el patrocinio de aquel apóstol adolescente, Juan: por si el Señor te pedía más.

Por lo que se refiere a este último punto -la vocación-, el Padre nunca me dijo nada; y menos, de vocación al Opus Dei. Yo consideraba que en este terreno ya estaba haciendo el "máximo": desde que iba por Ferraz vivía un cierto plan de vida cristiana y luchaba por llevar una vida limpia; tenía una dirección espiritual regular; me esforzaba por hacer apostolado con mis compañeros y amigos; y me sentía unido fraternalmente con todos los que asistíamos a aquellos Círculos. Había llegado -pensaba yo- al tope, al "techo" espiritual más alto al que podía aspirar...

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