El Concilio Vaticano II
Esa estancia del Papa en el Centro Elis tuvo lugar pocas semanas antes de la clausura del Concilio Vaticano II, que se celebró el 8 de diciembre de 1965. Recuerdo que al conocer la noticia de su convocatoria por Juan XXIII, el 25 de enero de 1959, el Padre comenzó a rezar y a hacer rezar por el feliz éxito -dijo- de esa gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico.
Algunos miembros del Opus Dei tomaron parte activísima en los trabajos conciliares. Don Alvaro del Portillo, que era entonces Secretario General del Opus Dei, fue nombrado Presidente de la Comisión antepreparatoria De laicis; después, Miembro de otra comisión preparatoria; y finalmente Secretario de la Comisión conciliar De disciplina cleri et populi christiani, y Perito en otras comisiones conciliares.
Sobre este periodo quiero destacar especialmente un punto: la alegría del Padre al conocer las muchas enseñanzas del Concilio sobre la llamada universal a la santidad. El Concilio proclamó solemnemente, a los cuatro puntos cardinales, lo que habían sido aspectos fundamentales de su predicación desde 1928.
Pero, como es bien conocido, tras el Concilio hubo algunos que, escudándose en un falso "espíritu conciliar", comenzaron a suscitar desviacionismos doctrinales y prácticos dentro de la Iglesia; y algunos medios de comunicación se afanaron en proclamar a los cuatro vientos determinadas discordancias, lo que produjo una gran confusión en el Pueblo de Dios.
El Padre sufría mucho al conocer estos hechos; y su reacción, como siempre, fue profundamente sobrenatural: rezó e hizo rezar mucho por el Concilio, acudió con jaculatorias fervientes a la Virgen, Madre de la Iglesia; y durante aquellos años estuvo siempre, de un modo muy especial, con la mente y el corazón puestos en los trabajos conciliares.
Es difícil reflejar por escrito con qué intensidad sufrió el Padre durante aquellos años, muy unido al Santo Padre, por esta situación: fue un dolor profundísimo, nacido de su gran amor a la Iglesia y a Cristo.
Sufro muchísimo, escribía en aquellos años. Estamos viviendo un momento de locura. Las almas, a millones, se sienten confundidas. Hay peligro grande de que, en la práctica, se vacíen de contenido los Sacramentos -todos, hasta el Bautismo-, y los mismos Mandamientos de la Ley de Dios pierdan su sentido en las conciencias.
Como siempre, acudió con toda su alma a la protección maternal de la Santísima Virgen. Y, entre otras peregrinaciones marianas, determinó venir a México, para rezar ante la Virgen de Guadalupe.
A los pies de la Virgen de Guadalupe
Mientras tanto, en mayo de 1966, yo había vuelto de nuevo a México como Consiliario del Opus Dei. Eso me permitió conocer los útimos años de nuestra vieja casa de la calle Nápoles número 66. Pronto nos trasladamos a la calle de Rodín, en la colonia Mixcoac, en una casa que, por primera vez, había sido proyectada y construida según nuestras necesidades.
En esta segunda etapa mexicana, Dios me concedió una de las grandes alegrías de mi vida. Cuando el Padre me dio la bendición del viaje en Roma para volar a México, me dijo: ahora sí te prometo que iré a México. Y lo cumplió.
El Padre pisó tierras mexicanas el 15 de mayo de 1970, alrededor de las tres de la madrugada. Fui a recibirlo al aeropuerto. El motivo principal de su viaje era rezar a la Virgen; estaba tan deseoso de postrarse ante sus plantas y exponerle sus súplicas, que esa misma noche, poco después de recogerle en el aeropuerto, cuando íbamos de camino hacia la sede de la Comisión Regional del Opus Dei, nos preguntó si era posible pasar por delante de la Villa, que es como se conoce en México la Basílica de la Guadalupana. Le dijimos que la Villa se encontraba en dirección opuesta y que a esas horas de la noche estaba cerrada.
-He venido a ver a la Virgen de Guadalupe -nos explicó- y de paso a veros a vosotros. ¿No os enfadáis por ser el segundo motivo?
Poco después aclaró, con humildad: no he venido a enseñar, sino a aprender.
Habitualmente, los viajeros que vienen desde Europa suelen descansar, al llegar a México, uno o dos días tras su llegada, para adaptarse al cambio de altura y de meridiano. Sin embargo el Padre quiso acudir inmediatamente a la Basílica al día siguiente de llegar. Era sábado. Visitó primero al arzobispo primado de México, Cardenal Miguel Darío Miranda, que estaba gozoso por aquella visita largamente esperada. "¡Por fin lo conseguimos! ¡Por fin lo conseguimos!", comentaba alborozado el Cardenal, cuando pudo abrazarle por vez primera en tierra mexicana.
A continuación, el Padre se dirigió al templo, entró por la parte de la sacristía y se quedó arrodillado en el presbiterio, absorto, sin moverse, durante largo tiempo. Rogaba sin cesar por la Iglesia, por el Papa, por la salvación de todas las almas...
Me resulta difícil describir la emoción de aquellos momentos. Iba pasando el tiempo y el Padre permanecía inmóvil, con los ojos fijos en la Virgen, rezando intensamente. Comenzaron a llegar miembros de la Obra a la Basílica. Al cabo de un largo rato me acerqué para decirle que la iglesia estaba llena de hijos suyos en el Opus Dei, hombres y mujeres que habían venido a rezar a su lado. El Padre permaneció rezando durante hora y media: una hora y media de amor, de intensa súplica y ferviente petición.
He venido a México -explicaba a un grupo de miembros del Opus Dei de Estados Unidos, que vinieron a verle desde su país- a hacer esta novena a nuestra Madre. Hubiera ido de rodillas, como los inditos hacen aquí, pero no me han dejado. Para esto he venido a México: para querer más a Nuestra Madre. Y creo que puedo decir que la quiero tanto como los inditos la quieren.
Al día siguiente, 17 de mayo, volvió de nuevo a rezar a la Villa, y se emocionó al contemplar la muchedumbre de gentes que se acercan habitualmente hasta la puerta de la Basílica caminando de rodillas por la explanada. Muchos son campesinos que vienen andando descalzos desde lugares lejanos; o inditas que traen a sus hijos pequeños arrebujados a la espalda, según la costumbre local; o enfermos, que llegan acompañados por sus familiares... A partir de ese día 17 pudo rezar de forma más discreta, porque nos facilitaron una tribuna situada sobre el presbiterio, a la que se accedía por una escalera de caracol de peldaños desiguales. De ese modo el Padre podía rezar sin llamar la atención de los fieles. Le acompañábamos don Alvaro del Portillo, don Javier Echevarría, Alberto Pacheco, Adrián Galván y yo.
Presididos por esa súplica ferviente a la Virgen, fueron pasando los días de aquella novena, que solía ser más o menos así: al comienzo, el Padre hacía la oración en voz alta. De vez en cuando se quedaba en silencio y rezábamos un misterio del Rosario. Luego seguía rezando, y a continuación recitábamos uno a uno los misterios, hasta completar las tres partes.
Desde lo alto de esa tribuna la imagen de la Virgen quedaba muy cerca del Padre, que iba dirigiendo a Nuestra Señora su oración confiada.
Da mucha alegría contemplar con los ojos -físicamente- y con el entendimiento y con el corazón -dijo en su oración, el quinto día de la Novena, mirando la imagen de la Guadalupana- a esta Madre de Dios y Madre nuestra, que siempre está pendiente de sus hijos: ha vivido ¡y vive! para dar paz, felicidad y fortaleza a los demás. Nosotros venimos aquí a pedir con mucha confianza; a pedir y a sentirnos muy hijos de Dios, porque Ella es la Madre de Dios.
¿Habéis visto cómo corre la gente detrás de un personaje, de una reina? Se entusiasman todos con haberla visto pasar; y, si les mira, se llenan de un gozo que no cambiarían por nada del mundo; y lo cuentan, y lo repiten. El pueblo corre por un personaje de la tierra, Madre mía, ¡y Tú eres la Reina del Cielo y de la tierra!
Venimos con mucho cariño, pero en ocasiones parece que no sabemos decirte nada: y eres -insisto- la Madre, la Reina que todo lo puede. Yo os aconsejo, en estos momentos especialmente, que volváis a vuestra edad infantil, recordando, con esfuerzo si es preciso -yo lo recuerdo claramente-, el primer acto vuestro en el que os dirigisteis a la Virgen, con conciencia y voluntad de hacerlo. Rezad ahora con la misma confianza de entonces, sirviéndoos, si es necesario, de aquellas oraciones ingenuas y piadosas que aprendisteis de labios de vuestras madres.
En España, hace tiempo -imagino que también ahora- se decía: rezarle a la Virgen. Y cuando llegaba el mes de mayo, todos le llevaban flores; yo también lo hacía lo mismo que este maravilloso pueblo mexicano. Señora nuestra, ahora te traigo -no tengo otra cosa- espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas.
¡Cuántos hijos míos, en todos los lugares del mundo, hoy mismo, te llevarán flores!, y se unirán a esta petición mía que, con tanto dolor, te presento. No dejes de escucharnos pronto: ¡corre prisa! Y aquí, en este México por Ti bendito, donde hay rosas espléndidas durante todo el año, en este detalle material encontramos otro motivo para hablar contigo y para rogarte que consigas que, en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.
Al recordar ahora ese primer hecho de infancia, cumplido con voluntad de rendirte homenaje, me resulta más fácil, Madre Mía, cogerme de tu mano con audacia y con seguridad. Ahora hago lo mismo que entonces, aunque en esta tribuna de esta iglesia tuya estoy materialmente más alto que Tú -ya me entiendes lo que digo, porque bien sé que soy de hojalata pobre, y lo que ocurre siempre es que lo que no tiene valor flota, sube con facilidad hacia arriba; lo que es bueno, el oro, está oculto, sirve de base y fundamento-; perdóname, Madre mía, porque al hablar así sólo quiero suplicarte que me veas, que me mires. Aquí estoy, porque ¡Tú puedes!, porque ¡Tú amas!
Siguió haciendo requiebros de amor a la Virgen y suplicando por la Iglesia. Y poco después comentó: Te amamos en todas las imágenes. Todas tus imágenes nos enamoran. Pero hemos venido aquí, donde Tú te dignaste dejar los rasgos que reflejan tu amor a los que somos tus hijos. En Torreciudad quiero poner -porque estoy seguro de que nos oirás- la fecha de esta novena, con un mosaico espléndido de tu imagen, allí junto a los confesonarios, donde obrarás tantos milagros maravillosos, para convertir a las almas al amor de tu Hijo (...).
Si me escuchas, yo daré el primer beso a ese mosaico, con todo el amor de un hijo agradecido. Estaremos presentes, en acción de gracias, los cinco que ahora rezamos aquí. Y si no estoy yo, porque no viva, será el más antiguo de nosotros en la Obra. Querría dártelo yo, que no siento apego alguno a la vida: me interesa exclusivamente el amor de Dios y el tuyo. Trabajo con estima a la vida, porque así puedo traerte almas; si es sólo para tu Hijo y para Ti esta entrega mía, ¿cómo puedo tener apego a la vida?; aunque si el Señor no dispone otra cosa, pienso que es mejor que me quede en la tierra, para amarte más y para acercar más almas a Ti.
Pero ahora me doy cuenta. Ha sido un primer impulso del fuego de mi amor. Madre: no pongo condición ninguna, ¿cómo me atreveré a hacerlo? La imagen estará allí, y aquí hay cinco testigos, para que sepan todos que la colocaremos. Además, ¿cómo voy a fijar condiciones, si Tú nos alcanzarás, antes, más y mejor, lo que de Ti esperamos y lo que te pedimos?
Las tertulias
La estancia del Padre en México se prolongó más de un mes, desde el 15 de mayo al 22 de junio de 1970. Acudieron a escucharle todo tipo de personas, venidos desde los más diversos confines del país: profesionales -profesionistas, como se les llama en México- de la capital, madres de familia, artesanos, agricultores, empleadas del hogar, empresarios, intelectuales, sacerdotes, inditas con sus vestidos multicolores...
El Señor había dado al Padre desde el principio de su apostolado un gran don de lenguas. Se hacía entender fácilmente y con gran sencillez por todo tipo de personas, cualquiera que fuera la mentalidad, la idiosincrasia, la nacionalidad o raza. Poseía una gracia humana y una simpatía que arrastraba: sabía convertir aquellos encuentros multitudinarios en tertulias entrañables, con sabor de primitiva cristiandad, donde cada cual preguntaba y hablaba con gran espontaneidad y libertad. Las llamábamos así: tertulias, porque realmente lo eran: a pesar de que a veces estuviesen formadas por cientos, en ocasiones miles, de personas de diversas nacionalidades.
Mi asombro crecía de día en día. Porque ¡eran tan diferentes, tan distintos, los grupos humanos a los que hablaba de Dios! Le escuchaban empresarios y profesionales, miembros del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa; campesinos del Centro Agropecuario de El Peñón, en Montefalco; jóvenes universitarios de la R.U.P (Residencia Universitaria Panamericana); madres de familia; empleadas del hogar; gentes modestas de pueblos de interior; sacerdotes; intelectuales... Con frecuencia estas "tertulias" se sucedían ininterrumpidamente, sin dar tiempo al Padre para reflexionar e informarse de quiénes le iban a escuchar poco después.
Aclaraba un punto de la vida cristiana, daba doctrina sobre otro, indicaba soluciones y remedios, alentaba a luchar... Siempre, con un tono optimista y alegre, salpicado de bromas y anécdotas. Me di cuenta entonces de que, al igual que el buen vino, sus virtudes se habían ido enriqueciendo con el paso de los años, como en un 'in crescendo': el Padre se había ido "llenando", con los años, cada vez más de Dios, y su predicación rezumaba santidad: sabor evangélico y hondura sobrenatural.
Sabía hablar a cada uno en su propio lenguaje. Recuerdo, por ejemplo, que el 15 de junio alabó la labor apostólica con empleadas del hogar: El trato entre patrona y empleada -dijo- ha sido, muchas veces, injusto por ambas partes; y hay que procurar que esa injusticia desaparezca y que, junto a la profesionalización, comprendan cuál es el sentido sobrenatural de ese trabajo: saber servir, ahora que ya nadie quiere hacerlo.
Yo estoy contento de servir a Dios: no soy más que un servidor de Dios, y le pido que tenga cada día mayores deseos de servirle. Hay que hacer justicia cristiana: que no haya explotadores ni explotados. Una criatura de éstas, metida en una casa, puede ser un ángel de luz o un diablo... Fijaos si es importante.
En esa ocasión le escuchaba un grupo numeroso de mujeres jóvenes del Opus Dei: algunas universitarias; otras, empleadas del hogar. Y aclaró: No olvidéis que formamos una familia. Todos somos iguales en la Obra: no hay clases. Las que sois universitarias os habéis dedicado más a la ciencia porque habéis tenido más medios para estudiar. Otras hijas mías no han dispuesto de esos medios y quizá no han adquirido esa ciencia, pero poseen -por su vida interior- el don de la Sabiduría, que vale más que toda la ciencia.
Dijo algo entonces que me recordó aquellos viejos tiempos de Ferraz: Yo también he barrido, y he procurado barrer bien: no dejaba rincones sin limpiar, porque lo hacía cara a Dios. Si no me salía mejor, es porque no tengo la especialidad de barrer..., aunque ya me gustaría tenerla. Cuando vosotras hagáis la limpieza, realizadla como si estuvieseis en la casa de Nazareth: para que Jesús, María y José estén contentos. Sois empleadas del hogar en casa de la Sagrada Familia, en Nazareth. Si trabajáis con esa rectitud de intención, con amor de Dios, os santificaréis.
México -¿por qué no decirlo?- le llegó al alma. En una palabra: le encantó. No escatimaba sus alabanzas para con este país nuestro. Qué fruta tan rica la de México! Lo único que es mejor en mi tierra -nos comentaba, divertido- son los melocotones; todo lo demás es mejor aquí: ¡tiene un sabor!, ¡un aroma!
Comprendió muy bien el alma mexicana y procuraba suavizar las aristas de su acento aragonés para acomodarse a la suavidad de nuestro modo de hablar, cuando le preguntaban acerca de todo lo divino y lo humano.
-Padre -le dijeron durante uno de sus encuentros con numerosas madres de familia-, díganos algo sobre las familias numerosas.
-Hija mía: cuando yo veo una familia numerosa me dan ganas de arrodillarme. ¡Qué buenas sois!
A veces sus respuestas eran largas y se extendía explicando un punto de la doctrina cristiana; sin embargo lo habitual fue que diera sobre cada tema una pincelada sobrenatural, breve, sencilla, pero muy clara y expresiva, con la que dejaba fijado un punto fundamental de la doctrina de forma asequible a todos. Era una auténtica catequesis, en la que fue desplegando toda la riqueza de la vida cristiana.
-Padre -le preguntó una muchacha en otra ocasión-, ¿por qué nos dice que bendice con las dos manos el amor limpio de nuestros padres?
-Hija, porque no tengo cuatro, contestó el Padre con desparpajo y buen humor.
Acudían a escucharle miles de personas, que le planteaban las cuestiones más diversas: la educación de los hijos, la vida conyugal, la libertad de enseñanza, la santificación del trabajo, los sacramentos... Una mujer le preguntó si las mujeres debían trabajar:
-¿Tú piensas que no trabajan? Las que están ocupadas en un oficio o en una profesión hacen muy bien. Otras tienen ya mucho trabajo con llevar el hogar, cuidar de los niños, preparar al marido una acogida cariñosa: ¿te parece poco? Para mí eso es un gran trabajo profesional... Y conste -puntualizó con gracia- que no soy contrario a que las mujeres sean alcaldesas y gobernadoras.
-Otra señora le preguntó por los matrimonios sin hijos:
-Si no tienen hijos, es que Dios quiere más de ellos... Agradeced también al Señor que no os dé hijos, porque os concederá mucho amor para derramarlo en los que os rodean. Si no sabéis qué hacer, me lo decís, que yo os daré trabajo. Y os debéis querer lo mismo, con toda el alma, ¿está claro? Marido y mujer que no tenéis descendencia: no sois unos desgraciados, unos defraudados; sois unas personas a las que el Señor, providencialmente, les ha negado esa compensación, pero les ha puesto tanta capacidad de amar...
De los matrimonios sin hijos pasaba a hablar de la necesidad de la confesión sacramental, o recordaba la doctrina de la Iglesia sobre el bautismo de los niños, o sobre la ayuda a los más necesitados. Hay que intensificar las labores con obreros y campesinos, recordaba. Hemos de ayudarles, con calor humano y afecto sobrenatural, a que adquieran la cultura necesaria para que puedan sacar de su trabajo más fruto material y lleguen a mantener la familia con mayor desahogo y dignidad. Para eso no hay que hundir a los que están arriba; pero no es justo que haya familias que estén siempre abajo.
De los campesinos pasaba a los intelectuales; de los intelectuales a los empresarios; de los empresarios a las madres de familia; y luego a... Pero antes de proseguir me gustaría detenerme en la labor de la Obra en México con campesinos, que tiene varios nombres propios. Uno de ellos es Montefalco.
Montefalco no era un sueño
A comienzos de los años cincuenta hicimos un viaje en coche desde México a Monterrey, por la carretera que atraviesa Huaxteca. Paramos para poner gasolina en un lugar de la sierra próximo a Tamanzunchale. Yo estaba sólo dentro del coche, cuando se asomó por la ventanilla un muchacho indígena de unos catorce años, de aspecto muy simpático, que me dijo a boca de jarro:
-Padrecito, lléveme con usted.
-¿Adónde quieres que te lleve?
-Donde sea; yo quiero servir a Dios.
Como es de comprender, no pude ofrecer solución alguna a aquel muchacho, pero me dejó muy pensativo durante el resto del viaje. Este nuevo encuentro con el medio indígena se unía a experiencias anteriores en otros lugares de la República. Cada año, para los diversos cursos de retiro y convivencias, habíamos ido a algún rancho o antigua hacienda que nos prestaba su propietario, en La Gavia, Huixcoloco, San Carlos, Mimiahuapam... Me preguntaba a mí mismo, durante el resto del viaje, cómo y dónde podríamos comenzar una labor apostólica estable con campesinos.
Al llegar a Monterrey, el director de nuestro Centro en aquella ciudad me comentó que habían comenzado una catequesis en un pequeño poblado a pocos kilómetros de Monterrey: una cooperadora del Opus Dei les había prestado un ranchito, "El Molino", y la labor estaba creciendo enormemente. Por estas coincidencias, nos parecía ver que el Señor nos pedía comenzar a trabajar en el medio rural indígena de México; y así se lo escribimos al Padre. Poco después comenzó Montefalco.
Montefalco era una vieja hacienda colonial, un ingenio azucarero en el Valle de Amilpas, que tuvo en su tiempo miles y miles de hectáreas de plantación de caña de azucar. Las canciones populares evocan todavía las andanzas de Emilio Zapata, que saqueó y quemó durante la revolución muchas haciendas del actual Estado de Morelos. Lo único que dejó sin quemar en Montefalco fue la iglesia. Luego vino la reforma agraria, en tiempos del General Cárdenas, y la antigua y extensa hacienda quedó reducida a poco más de treinta hectáreas. Así se quedó: vacía, quemada y abandonada, durante largo tiempo, hasta que sus propietarios la donaron al Opus Dei en 1952 para que se pudiera realizar desde ella una obra social.
Para describir como estaba entonces la vieja hacienda bastará este dato: cuando fuimos a verla no encontramos otro medio que subirnos a una de las torres de la iglesia para hacernos una idea aproximada del montón de ruinas que había quedado emboscado en medio una maleza tropical. Sólo desde aquella altura se lograba localizar una inmensa plaza, rodeada por los muros calcinados de los antiguos edificios y se advertía que no quedaba allí más techo bajo el que refugiarse durante las tormentas que las naves, sin ventanas, de la iglesia.
Tan ruinoso se encontraba Montefalco que cuando fue a verlo Ignacio Canals -actual profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana y uno de los primeros miembros del Opus Dei que llegaron a México- tuvo que ir desbrozando las malezas a punta de machete. A medida que avanzaba iba descubriendo elementos medio sepultados entre las plantas y escombros: la plaza, un patio, otro patio, una fuente... Se encontró, por ejemplo, un horno de ladrillos, con el que se pudieron fabricar ladrillones semejantes a los que había del siglo pasado. Más tarde se acondicionó el pequeño acueducto que llevaba agua al trapiche, que es como se llaman en México las maquinarias de moler caña. También se descubrieron otros elementos, ciertamente menos útiles y bastante más peligrosos, como las serpientes, los alacranes y las víboras.
Había que reconstruir prácticamente todo. Con ese fin llevamos hasta allí a un arquitecto amigo que, al ver aquel montón de paredes derruidas y piedras calcinadas, nos preguntó: "¿Pero cómo es posible que quieran ustedes aceptar esto? ¡Si son sólo ruinas!". Respondimos de acuerdo con lo que tantas veces nos había dicho el Padre: soñad y os quedaréis cortos.
Prescindimos del arquitecto, y con la ayuda de dos jóvenes, futuros arquitectos, comencé la primera y modesta reconstrucción del edificio. Encontramos providencialmente a un albañil de Chalcanzingo, Florentino. Pronto nos dimos cuenta de que era mejor explicarle las obras verbalmente que darle planos: de ese modo él, con su pequeña cuadrilla, interpretaba mejor las ideas y la reconstrucción resultaba más auténtica, ya que los materiales y la mano de obra eran del lugar.
También fue providencial que encontráramos a Bernardo, entonces muy joven, que ha sido el guarda de Montefalco desde los comienzos. Florentino y Bernardo han sido toda una institución en la reconstrucción de Montefalco: han dedicado gran parte de sus vidas a trabajar ahí, y Dios le ha dado a los dos la vocación al Opus Dei.
El primero que se quedó a dormir en Montefalco fue Manuel Alfonso Calderón, otro de los primeros que vinieron a México. Manuel, con la compañía de un perro -Palomo-, se atrevió a quedarse una temporada en Montefalco para dirigir las obras.
Los comienzos fueron duros, pero con el paso del tiempo las dificultades se fueron allanando, y al cabo de los años se alzaban allí una Escuela para campesinos, una Casa de retiros y diversas obras sociales dirigidas por miembros del Opus Dei. El Padre iba alentando el desarrollo de estas labores desde Roma, y es fácil imaginar la alegría que tuvo el día que pudo ver estos edificios con sus propios ojos. Pasó tres días en Montefalco y experimentó la diferencia de lo vivo a lo contado: no se imaginaba la grandeza del conjunto. ¡Pero si tenéis todavía mucho que reconstruir! -exclamó al ver las ruinas que todavía quedaban-; aunque habéis sido muy valientes.
Le fuimos explicando cada una de las labores con las gentes humildes de aquellos contornos que se llevaban a cabo desde allí. No cabía de gozo. Estoy aquí -exclamaba-, esto no es un sueño. Es una realidad que estoy en Montefalco.
Cuando contempló la antigua Hacienda, la iglesia con su gran cúpula y sus dos altas torres, y los nuevos edificios y el conjunto de ruinas y piedras calcinadas aún por reconstruir, nos dijo emocionado: Montefalco es una locura de amor de Dios. Suelo decir que la pedagogía del Opus Dei se resume en dos afirmaciones: obrar con sentido común y obrar con sentido sobrenatural. En esta casa, don Pedro y mis hijas e hijos mexicanos no han obrado más que con sentido sobrenatural. Recibir con alegría un montón de ruinas (...) humanamente es absurdo... Pero habéis pensado en las almas, y habéis hecho realidad una maravilla de amor. Dios os bendiga.
Estoy dispuesto a ir con la mano extendida, pidiendo dinero para terminar Montefalco. Lo acabaremos, con vuestro sacrificio, y con la ayuda, como siempre, de tantas personas que están dispuestas a colaborar en una tarea que será un gran bien para todo México. (...) Es una locura, pero una locura de amor de Dios.
Pienso que Montefalco le llegó especialmente al corazón. ¡Con qué gusto me quedaría aquí!, nos comentó. No os dais bien cuenta de lo que se ha hecho: todo esto ha salido de un montón de ruinas, sin un centavo, con el trabajo de tantos hijos míos que han tenido que luchar y sufrir, con el cariño y la generosidad de muchas personas.
Hoy, ¡es una maravilla!, les decía a un grupo de campesinas. Los que han trabajado en esta labor tienen ahora la alegría de ver que vuestras almas están deseosas de ser mejores; la alegría de que vuestra vida será cada vez más limpia, más alta; la alegría de veros dispuestas a todos los sacrificios para ser buenas cristianas, buenas madres, buenas esposas... ¡Qué hermoso es esto!
En la actualidad Montefalco alberga el Centro de Encuentros, creado en 1952, una Escuela bienal de Economía Doméstica, una Escuela Rural abierta en 1958, la Escuela Femenina de Montefalco y una Escuela Normal para educadoras.
Con los campesinos de El Peñón
Un año más tarde de la donación de Montefalco, un grupo de profesionales mexicanos -muchos de ellos del Opus Dei- crearon la Asociación Civil "Campo y Deporte", para promover actividades sociales dirigidas a grandes núcleos de la población rural. Así nació el Centro Agropecuario Experimental "El Peñón", en el Valle de Amilpas, que comprende nueve municipios y tiene una población rural de cerca de 80.000 habitantes. Durante los años cincuenta, aquel Valle era un ejemplo característico de los problemas del campo mexicano, con largas temporadas de sequía, ausencia de sistemas de riego, y carencia casi total de técnicas de cultivo en una tierra excesivamente parcelada. A esto había que sumar un ambiente de desánimo general entre el campesinado, abocado muchas veces a emigrar a las grandes urbes, donde caía con frecuencia en la marginación urbana y en una pobreza aún mayor.
Todos, vosotros y nosotros -dijo el Padre, durante su estancia en ese Centro-, estamos preocupados en que mejoréis, en que salgáis de esta situación, de manera que no tengáis agobios económicos... Vamos a procurar también que vuestros hijos adquieran cultura: veréis cómo entre todos lo lograremos y que -los que tengan talento y deseo de estudiar- lleguen muy alto. Al principio serán pocos, pero con los años... Y ¿cómo lo haremos? ¿Como quien hace un favor?... No, mis hijos, ¡eso no! ¿No os he dicho que todos somos iguales?
Durante su estancia en Montefalco, el Padre nos dijo que pensáramos cómo se podría ayudar a los alumnos con mayor capacidad para el estudio, de tal modo que pudieran seguir estudiando. Enseñadles -dijo a un grupo de mujeres del Opus Dei que se encargaban de esta labor- a vivir bien su vida cristiana; decidles que son hijas de Dios, que no deben cegar las fuentes de la vida. Enseñadles de un modo que les sea práctico -sin teorías complicadas, que no les ayudarían- a mejorar su situación económica y social... Lo demás son pamplinas.
Pensad cómo se podría ayudar, por ejemplo, a las que tengan mayor capacidad para el estudio, con el fin de que sigan adelante. Algunas podrían llegar a ser maestras y enseñarían después a las demás. Hijas mías, no os hablo de caridades ni de beneficencia. La caridad la tenemos en el corazón; dar los medios materiales es obligación de quienes los han recibido de Dios, para su administración.
Las gentes de Montefalco son rudas y fuertes, ásperas como los tres peñones que dominan el Valle; pero, por dentro, son delicadas de alma y grandes de corazón. Llevan sangre india en las venas, y su origen se adivina en sus facciones, en el color oscuro de su tez, en sus rasgos afilados y en su cadencioso modo de hablar. Al encontrarse con estas gentes el Padre les dijo: Nadie es más que otro, ¡ninguno! ¡Todos somos iguales! Cada uno de nosotros valemos lo mismo, valemos la sangre de Cristo. Fijaos qué maravilla. Y continuaba: Mirad la cara bellísima, magnífica, que dejó Santa María entre las manos de Juan Diego, en su ayate. Ya veis que tiene trazos indios y trazos españoles. Porque sólo hay la raza de los hijos de Dios.
En la actualidad existen numerosas labores apostólicas, similares a Montefalco, repartidas por la geografía mexicana. Está Toshi, por ejemplo, que significa, en lengua mazahua, "la casa de la abuela", donde se desarrolla una amplia labor con campesinas: es una hacienda situada al Oeste de México, más allá de Toluca. La mayoría de esas gentes son indígenas de las tribus Otomí y Mazahua.
Existen también muchos Centros alentados por mujeres del Opus Dei dedicados a la formación de chicas de escasos recursos económicos. Tienen nombres de fuerte sabor local: Nogalar, en Monterrey; Jazlím, en Hermosillo; Palmares, Los Altos o Cecaho, en Guadalajara; Yalbí en Mimihuapam; Yaxkín, Oxtopulco y Yaocalli, en México D.F. Muchos de ellos cuentan con un dispensario que proporciona asistencia médica gratuita a las familias pobres de la comarca; otros son escuelas primarias, residencias para empleadas del hogar o campesinas de zonas rurales. Son la expresión viva de aquellos sueños de apostolado de los que me hablaba el Padre en aquel pequeño cuarto del Hotel Sabadell.
Junto a la laguna de Chapala
La laguna de Chapala es la más grande de la República Mexicana y aparece en las antiguas cartas geográficas de la Nueva Galicia como Mar Chapalico. Cerca de sus orillas está Jaltepec, una casa de retiros del Opus Dei, a cincuenta kilómetros de Guadalajara, capital del Estado de Jalisco, y desde sus terrazas se divisa una amplia panorámica de la laguna, bordeada por cerros en los que se apiñan pequeñas casas de tejados rojos. Esa laguna inspiró la famosa canción que dice:
...por Otoclán sale el sol;
por ti, Chapala, sale la luna.
Poco a poco
va subiendo
la marea
en la laguna...
Y que acaba con aquel final emocionado:
Chapala...,
rinconcito de amor,
donde las almas
suelen hablarse
de tú con Dios...
Allí, junto a la laguna de Chapala, del 9 al 17 de junio, estuvo viviendo el Padre, y allí hubo tertulias con asistencia de todo tipo de personas, a las que el Padre fue enseñando, como en la canción, a hablar de tú con Dios.
En una de esas tertulias se reunió con un grupo numeroso de matrimonios: unos eran del Opus Dei, otros Cooperadores o amigos.
-Si tenéis paciencia -les dijo-, quiero hablaros de tres Sacramentos especialmente, ¿tendréis paciencia?
-Sí, Padre -le respondieron al unísono-, ¡cómo no!
-Mirad, vamos a comenzar por el sacramento del matrimonio. Es un sacramento bendito, que Dios ha querido dar a sus hijos, a los cristianos, como un medio de santidad maravilloso. Porque el matrimonio exige mucho sacrificio, pero cuánto bienestar, cuánta paz y cuánto consuelo proporciona. Y si no es así, es que son malos esposos.
El Sacramento del matrimonio proporciona gracias espirituales, ayuda del cielo, para que el marido y la mujer puedan ser felices y traer hijos al mundo. Cegar las fuentes de la vida es un crimen horrendo y, en este país, una traición a la Patria, que necesita de muchos mexicanos.
Es bueno y santo que os queráis. Yo os bendigo, y bendigo vuestro cariño, como bendigo el cariño de mis padres: con estas dos manos de sacerdote. Procurad ser felices en el matrimonio. Si no lo sois, es porque no os da la gana. El Señor os da los medios... Cambiad, si tenéis que cambiar; quered a vuestras mujeres, respetadlas; dedicad a los hijos el tiempo necesario.
El Padre hizo una pausa y continuó:
-Os voy a hablar ahora de la Sagrada Eucaristía... Os diré lo que quizá he dicho, con ésta, un centenar de veces en México, y miles de veces desde que soy sacerdote, porque amo de todo corazón a Jesús Salvador Nuestro, que es perfecto Dios y perfecto Hombre.
Tras explicar las razones del Señor para instituir este sacramento, comentó: vamos a ser agradecidos. ¿Qué no haríamos por una persona que hubiera hecho la mínima parte de eso, por amor nuestro? Amad al Señor en el Sacramento Santísimo. Cuando vayáis a la iglesia, id primero al Tabernáculo, al Sagrario, a decirle: creo, aunque haya montones de hombres que digan que no creen. Más aún: creo en nombre de ellos.
A continuación habló de la penitencia:
-El sacramento de la Penitencia nos limpia, nos hace menos soberbios, devuelve a nuestra vida la alegría, si la hemos perdido. Yendo a confesar nuestras faltas, con las condiciones que sabemos por el catecismo que estudiamos cuando niños, el sacerdote nos absuelve, aun de los crímenes más grandes. Pero yo aconsejo que vayáis a la confesión con frecuencia, aunque no haya pecados gordos que perdonar. El sacramento de la Penitencia robustece el alma, le da nuevas fuerzas, le hace capaz de cosas más cristianas y más heroicas.
Hijos míos, estoy seguro de que si hablara con cada uno de vosotros encontraría que habéis hecho cosas heroicas en vuestra vida, aunque no os lo parezca; por lo menos, el heroísmo de la vida vulgar, corriente, vivida de un modo honrado. Amemos el sacramento de la penitencia.
Sobre este último punto -la santificación de la vida corriente- nos habló con frecuencia durante su estancia en México. ¿Qué trabajo es más hermoso? -nos decía- ¿el que realiza una campesina o el de un diputado en el Parlamento? No lo sé: el que esté hecho con más amor de Dios y más rectitud de intención. ¿Está claro? Todas las labores de los hombres son santas, por lo menos se pueden santificar. Y Dios nuestro Señor me pidió a mí, que era muy joven, que dijera a la gente del mundo que no buscaran excusas. A los que las buscan les llamo ojalateros: ojalá no me hubiera casado; ojalá no fuera médico; ojalá no fuera...; ojalá no tuviera esta suegra: ¡Ojalateros todos!
No señor; con la suegra, casados, solteros, como sea; en el taller, en la fábrica, en el campo, en la Universidad, en el Parlamento, todos pueden ser santos, si quieren; basta que de verdad quieran, y pongan los medios que debe poner un buen cristiano.
La palabras del Padre calaban en todos: en los intelectuales y en las gentes más sencillas. Recuerdo que un campesino de San Juan Cosalá, un pueblecito de casas y chozas cercano a la laguna, tan pequeño que no aparece en el mapa, compuso un poema delicado como agradecimiento por las palabras del Padre. Lo conservo como un recuerdo entrañable de aquellos días: el poema está escrito según las reglas del corazón y del agradecimiento (aunque no tanto según las de la gramática), y dice así:
La Virjencita morena
Esperando tu yegada
en la villa te esperava
i una risa te brindava
mientras tú la saludabas.
En Jaltepec Jalisco
en donde tú allí estuviste
Un consejo tú nos diste
A todos los alli presentes
Te pedimos. o señor. Tu
que estas cerca a Dios
que perdone nuestras faltas
y nos de su bendición.
Se reunió también el Padre con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos. Sostuvo con ellos un encuentro largo y animado, pero, como el calor era agobiante, acabó extenuado. Se recostó un rato para descansar. Observó entonces que frente a la cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe, en el que la Señora ofrece una rosa al indio Juan Diego.
-Así quisiera morir -musitó-: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor...
Una canción de despedida
El 22 de junio, cuando finalizaba su estancia en tierra mexicana, se reunió con un grupo de jóvenes universitarios. Uno de ellos tomó una guitarra y le dijo que quería que escuchase una canción que se suele cantar a la Virgen de Guadalupe cuando le llevan mañanitas a la Villa.
El Padre asintió con la cabeza y aquel chico empezó a rasguear las cuerdas y a entonar con voz templada:
Quiero cantarte, mujer,
mi más bonita canción...
Luego prosiguió con voz fuerte:
Tuyo es mi corazón,
oh, sol de mi querer.
Tuyo es todo mi amor,
mi ser te consagré.
Mi vida la embellece
una esperanza azul...
El Padre, de pronto, se puso en pie.
-¿Por qué no vamos a la Villa todos -nos propuso- para cantarle eso a la Virgen, a darle nuestra serenata?
A las ocho de la tarde, la hora convenida, estábamos todos en la Villa, apiñados junto al Padre en torno a la Guadalupana. Nada más llegar, el Padre se dirigió al presbiterio y se puso de pie, delante del altar central, bajo la imagen de la Virgen. Entonó una Salve. El templo estaba completamente abarrotado: habían venido centenares y centenares de personas de todo tipo y condición a rondar a Nuestra Señora junto al Padre, para darle una serenata de veneración y cariño.
A continuación el Padre se situó junto a un reclinatorio, en el lado derecho del templo. Comenzaron a sonar las guitarras:
Tuyo es mi corazón
oh sol de mi querer...
El Padre permanecía en pie, muy emocionado, con la mirada fija en la Virgen. En un determinado momento se arrodilló y se cubrió la cara con las manos, apoyándose en el respaldo del reclinatorio, conteniendo las lágrimas. Se dio inicio a la segunda canción:
Yo le dije
que de Ella tan solo
estaba enamorado,
que sus ojos
como dos luceros
me habían fascinado...
Mientras más
pienso en ella,
mucho más la quiero...
Comenzaron los compases de la tercera canción.
Gracias
por haberte conocido...
Al escuchar estas palabras, visiblemente emocionado, el Padre se levantó y salió del templo. Unos pocos le acompañamos, mientras casi todos permanecían en la Basílica cantando esa canción de amor y agradecimiento a la Virgen. A través de la sacristía, llena de exvotos, y de la galería de los milagros llegamos al coche y salimos camino de nuestra casa. Llevábamos ya un cierto recorrido en un silencio embarazoso que ninguno se atrevía a romper, cuando el Padre exclamó a media voz:
-¡Este México es mucho México!
Los libros están sacados de Opus Dei Libros
[Mapa del sitio] [Acerca del web]
Enlaces de interés sobre el Opus Dei:
[Opus Dei] [Boletín del Opus Dei] [Escritos
del fundador del Opus Dei] [San Josemaría Escrivá]
[Sección sobre el Opus Dei en el web de la Prelatura]