América
Poco después de ser ordenado Diácono, una mañana de 1946, caminaba con el Padre en Madrid por la calle de Lagasca. Me iba comentando algunos aspectos de labor sacerdotal que realizaría una vez que fuera ordenado. Y como de paso, sin darle importancia, me dijo que, yo, después de trabajar un cierto tiempo en España como sacerdote, podría comenzar la labor apostólica en un país de América, porque tenemos -dijo- que cruzar el charco.
Aquellas palabras me dejaron, de nuevo, muy sorprendido. Como ya me había sucedido en otras ocasiones, me sacaron de la pequeña dimensión de mis preocupaciones concretas y me pusieron frente a una dimensión geográfica y espiritual mucho más amplia; ya no se trataba de ir a otra ciudad, sino de ir a otro continente. Me tranquilicé a mí mismo interpretando que ese "brinco intercontinental" ocurriría después de varios años. En aquel tiempo el Opus Dei sólo había iniciado su labor en Italia y Portugal, y yo conjeturaba que pasaría bastante tiempo antes de que se comenzara en países lejanos.
Sin embargo, alrededor de año y medio después, a finales de marzo de 1948, recibí una carta del Padre -fechada en Roma-, en la que me pedía que me preparara urgentemente para hacer un largo viaje por América. Deseaba que visitara a los arzobispos y obispos que habían manifestado interés en que el Opus Dei se estableciera en sus diócesis, y que conociera in situ las diversas circunstancias de cada lugar, para que se pudieran dar los primeros pasos de apostolado estable en esos países. De nuevo comprendí que el Padre caminaba al paso de Dios, cuando mi paso tendía a caminar mucho más despacio.
De este modo comencé con otros dos miembros del Opus Dei un largo periplo que duró seis meses y que comenzó con el vuelo Madrid-Nueva York. Nos entrevistamos con muchas personas, muy variadas; pero nunca faltaron en nuestro recorrido, para poder informar al Padre acerca de las circunstancias y posibilidades apostólicas de cada país, las visitas a los respectivos Ordinarios del lugar y a las Universidades.
En abril visité al Cardenal Stricht, Arzobispo de Chicago. Me acompañó José María González Barredo, que conocía al Cardenal. El Prelado nos acogió con gran cordialidad, y nos dijo, bromeando:
-Hay algo que no acabo de entender en el Opus Dei. ¿Cómo ha nacido en España, una nación tan tradicional, cuando el espíritu del Opus Dei es tan abierto y tan de acuerdo con las necesidades de la Iglesia en nuestros tiempos? ¿A qué cree usted que se deba que el Opus Dei haya nacido en España y no en otro país como, por ejemplo, los Estados Unidos?
-Eminencia -le vine a decir, en líneas generales-: el Señor ha escogido para fundar el Opus Dei a un sacerdote español. Cuando nuestro Fundador recibió esa luz de Dios, vivía y trabajaba en su país; pero nos ha transmitido a sus hijos un espíritu universal: un espíritu que no es ni español, ni francés, ni europeo, ni americano. Es un espíritu católico, es decir, universal.
-Está claro, contestó el Cardenal.
Después de Chicago, estuvimos en Toronto, Montreal, Ottawa y Québec. Luego fuimos a México, Perú y Chile. Y de ahí a Buenos Aires y Rosario, en la Argentina. De todos estos países obtuvimos gratísimas impresiones y en todos vimos buenas posibilidades para iniciar la labor del Opus Dei en cuanto se pudiera. En la mayoría de estos países permanecimos de una a tres semanas, salvo en México, donde residimos más de dos meses y aún nos supo a poco.
Desde cada ciudad escribíamos al Padre cuando menos una tarjeta postal, en la que le adelantábamos los resultados de nuestras andanzas. Al terminar estuvimos con él, en el mes de septiembre, en la casa de retiros de Molinoviejo, cerca de Segovia, y le contamos nuestras impresiones sobre todo lo que habíamos visto en América. En vista de lo que le dijimos, decidió dar los primeros pasos de la labor apostólica de la Obra en Estados Unidos y México.
Los comienzos en México
Y a este último y querido país llegué en enero de 1949 para comenzar la labor del Opus Dei, después de una larga travesía en el transatlántico "Marqués de Comillas". Tras la bendición, durante la despedida que tuvo lugar en Molinoviejo, el Padre comentó a Mons. Morcillo, que estaba presente: esta bendición y una imagen de la Virgen es todo lo que puedo darles para comenzar en México. Esa sencilla imagen de cerámica de Nuestra Señora del Rocío fue "la primera piedra" de la labor apostólica en mi nuevo país. Ahora se conserva con todo cariño y gratitud en Montefalco.
El relato pormenorizado de aquellos comienzos me alejaría del objetivo central de estas páginas: dar testimonio de mis años de convivencia con el Padre. Diré sólo, en líneas generales, que el inicio de la labor apostólica del Opus Dei en México contó con las dificultades características de todos los comienzos: teníamos que resolver el problema económico, no sabíamos si obtendríamos o no el permiso de residencia en el país, y, en fin, un largo etcétera.
Durante el viaje anterior "de exploración del terreno", pudimos pasar cierto tiempo en México gracias a un visado de turista que habíamos obtenido en Nueva York. Pero ahora deseábamos obtener el visado de inmigración, con el consiguiente permiso para poder trabajar. Por esa razón, y no por hacer turismo, decidimos ir en barco. Y, gracias a Dios, unos buenos amigos -que encomiendo siempre al Señor- nos ayudaron a documentarnos como inmigrantes indefinidos en el consulado de México en la Habana.
Pero persistía el problema económico: con las pocas divisas que llevábamos no nos llegaba ni siquiera para pagar los gastos del Consulado. Gracias a Dios de nuevo, una persona generosa tuvo la confianza de prestarnos en La Habana la cantidad que nos faltaba: así que al desembarcar en Veracruz nuestra incipiente contabilidad ya iba en números rojos.
Al llegar a la Ciudad de México alquilamos un piso en la calle de Londres número 33; y comenzamos a trabajar. Sin embargo, con lo que ganábamos mensualmente con nuestros contratos de trabajo sólo podíamos pagar el alquiler, el agua, la luz y el teléfono. Nos quedaban apenas 250 pesos con que comer y cubrir los demás gastos indispensables para subsistir... Gracias a Dios, como siempre, subsistimos.
El Padre nos escribía y alentaba constantemente desde Roma. Y desde el principio contamos con el afecto del entonces Arzobispo Primado de México, Monseñor Luis María Martínez, que quiso celebrar la Santa Misa y dejarnos el Santísimo el 19 de marzo de ese mismo año en el Oratorio instalado en la mejor habitación de nuestro pequeño apartamento.
Los primeros que comenzaron a venir por aquel primer Centro de la calle Londres fueron algunos estudiantes de Leyes y algunos cadetes con los que había hecho amistad. Dios bendijo ampliamente la labor apostólica; y al poco tiempo, el piso resultaba insuficiente, de modo que decidimos trasladarnos a una casa de dos plantas en la calle de Nápoles número 70.
La ayuda de Dios nos llegaba también a través de los primeros cooperadores del Opus Dei en México, gentes generosas que nos ayudaron tanto en aquellos momentos y que tanto me recordaban a las que ayudaron a nuestro Fundador en los comienzos. No puedo olvidar tampoco al párroco de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Mons. Vallejo Macouzet, con el que entablé muy pronto una buena relación de amistad y colaboración. Le ayudaba en las confesiones de la parroquia y en el púlpito de aquella iglesia, con motivo de unos sermones cuaresmales que había organizado para empleadas del hogar, prediqué ante un público numeroso por vez primera en México.
Y así fue creciendo la labor, y extendiéndose a gentes de todas las clases sociales, que entonces estaban mucho más diferenciadas que ahora.
Durante ese primer periodo fui el único sacerdote del Opus Dei en México. Sin embargo, a pesar de la lejanía de Roma, sentía la compañía constante del Padre, gracias a sus frecuentes cartas, breves y animosas, escritas con su trazo fuerte característico. En el mes de julio contaba: estuvieron a comer con nosotros en mayo el Arzobispo de México y los obispos de Veracruz y Tacámbaro. En la misma carta nos decía: querría enviaros pronto otro sacerdote: a ver si puede ser a principios del cincuenta. Y también querría enviar a las chicas. ¿Por qué no pensáis en una casa donde pudierais tener administración?
En agosto de ese mismo año, después de ponerme al tanto del mucho trabajo que suponían las obras en Villa Tevere, concluía: ¡Cuántas ganas de abrazaros en ese bendito México! Un abrazo muy fuerte y la bendición de vuestro Padre. Seguía firmando Mariano, como lo hacía durante la guerra civil española.
El 25 de noviembre de 1949, nos escribió desde Milán donde estamos preparando el arreglo de esta casa y camino de Austria y de Alemania; vamos a echar una ojeada con vistas a abrir un par de casas también cuanto antes, con la ayuda de Dios. Nos pedía por esas fechas que encomendáramos las cosas que ahora llevamos entre manos, porque importan mucho para toda la Obra. Y nos decía con frecuencia: tengo muchos deseos de que vayan vuestras hermanas. Y más deseos de enviaros un par de sacerdotes.
Las primeras mujeres del Opus Dei llegaron a México en marzo de 1950. Y un año después, en 1951, llegó un sacerdote, don Emilio Palafox. Hasta que no llegó don Emilio, me confesaba habitualmente con Mons. Gastone Mojaisky-Perreli, consejero de la Delegación Apostólica en México, que tenía mucho cariño a nuestro Fundador y admiraba el celo apostólico del Opus Dei.
En el número 70 de la calle Nápoles comenzamos, siguiendo los pasos de nuestro Fundador, una Residencia de estudiantes.
Nuestro primer residente, que fue más tarde miembro del Opus Dei, vino de Yucatán. El segundo, de Michoacán. Era una casa simpática, pero no reunía las condiciones necesarias para que las mujeres del Opus Dei pudieran asumir la administración doméstica. Así que cuando llegaron a México las primeras mujeres del Opus Dei, no se ocuparon de esta tarea sino que crearon la primera Residencia para universitarias, en la calle de Copenhage.
Poco después se fueron desocupando tres casas vecinas a Nápoles 70. Y, a pesar de nuestras penurias económicas, que me evocaban las de la Residencia DYA, siguiendo de nuevo los pasos de nuestro Padre hicimos un acto de fe: dejamos el número 70 de la calle Nápoles y nos fuimos a ocupar tres casas gemelas, en los números 64, 66 y 68.
El barrio de Juárez, donde estaban ubicados todos estos Centros, era una antigua zona residencial que se fue construyendo en tiempos del General Porfirio Díaz. Concretamente, nuestras tres casas gemelas tenían sótano y tres plantas, contando con las mansardas, de estilo renacimiento francés, con pretensiones -sólo pretensiones- de aire versallesco, de acuerdo a una moda arquitectónica que hizo furor en México durante el largo período presidencial de don Porfirio: finales del siglo XIX y principios del XX. En opinión de algunos, no eran unas casas precisamente bonitas, pero -oportunamente comunicadas- permitieron que las mujeres del Opus Dei pudieran instalar con plena independencia la Administración. La Residencia contaba con un Oratorio, una sala de estudio, otra más para los estudiantes de arquitectura, comedor, etc. En una de las buhardillas se fue instalando un laboratorio de química, a donde venían a preparar sus prácticas los amigos de Ramón, uno de los primeros miembros de la Obra en México, que estudiaba Ciencias Químicas por aquel entonces.
Era una Residencia con buena capacidad; y venían por allí muchos estudiantes de las diversas Escuelas de la Universidad Autónoma, de la Escuela Libre de Derecho y de las Escuelas militarizadas de Medicina y Agronomía. Era la primera Residencia de Estudiantes del Opus Dei del continente americano y lo quisimos recordar en el escudo, donde pusimos, gozosos, Prima Americae.
Muchas veces, en los ratos de tertulia que teníamos en la azotea de la Residencia, al son de los huapangos, los corridos y las rancheras, evoqué los viejos tiempos de DYA, pensando -como un sueño casi irrealizable- cuánto le gustaría al Padre conocer estas tierras y estas gentes, entre las que labor iba creciendo, fecunda, de la mano de la Virgen de Guadalupe, cuya imagen se veneraba en el Oratorio de aquella casa.
Yo sabía cuánto deseaba el Padre venir a México. Una de las muchas veces que me expresó este deseo fue el 24 de enero de 1950: Pido al Señor por cada uno de esos hijos que tengo muchas ganas de conocer y convivir con ellos, que me dará muchísima alegría pasar una buena temporada en México, y que seré feliz el día que pueda celebrar la Santa Misa ante la Madre bendita de Guadalupe.
El Padre llevaba a México en el corazón desde hacía muchos años. Me contó en una conversación, a mitad de los años cincuenta, que durante la persecución que sufrió la Iglesia en México a comienzos de la segunda década de este siglo, cuando él contaba menos de veinte años de edad, había rezado mucho por México, encomendándolo especialmente a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe. Le apenaban mucho los sufrimientos de la Iglesia en este país, que tuvo especialmente presente en sus oraciones y sus sacrificios durante sus años de seminario en Zaragoza, durante los comienzos de su labor sacerdotal y su posterior traslado a Madrid; esos años fueron los más virulentos en México, por lo que se refiere a la persecución religiosa y la suspensión de cultos.
Un artículo en contra del Opus Dei
Allá por el año 1955 ó 1956, cuando me relató esto, fue precisamente cuando apareció un artículo sobre el Opus Dei en Atisbos. Atisbos era un periódico singular; no era exactamente un diario ni un semanario -me parece recordar que se editaba cada tres días-, y se caracterizaba más por su estilo polémico que por el rigor informativo. El director, el propietario de la publicación y el autor del artículo en cuestión eran la misma persona: un periodista, llamado René Capistrán Garza.
Ese artículo fue el primero de una serie de artículos sobre el Opus Dei en los que se vertieron numerosos errores: se afirmaba, por ejemplo, que la Obra tenía finalidades políticas. Yo sabía poco del tal Capistrán, salvo lo que había oído comentar acerca de su talante polémico. Pensé, por tanto, que lo más prudente por mi parte era visitarle personalmente para aclararle sus equivocados puntos de vista. Como conocía a muy pocas personas en el mundo de la prensa, se me ocurrió acudir a doña María Teresa Muro, viuda de Martínez Pando, que, por haber trabajado muchos años en la secretaría de Hacienda y Crédito Público, tenía bastantes relaciones en ese ambiente. Dio la casualidad de que esta señora había conocido a Capistrán Garza en La Habana, hacia 1947, con ocasión de una reunión de cancilleres y ministros de Hacienda en la capital de Cuba. Ella me puso en contacto con Capistrán.
Mi primer encuentro con Capistrán no fue precisamente fácil. Capistrán tenía numerosos prejuicios contra el Opus Dei, fruto de las presiones e informaciones tendenciosas que recibía de España. A pesar de todo, llegó a entender al menos lo suficiente acerca de los fines y los apostolados de la Obra.
Poco tiempo después tuve que hacer un viaje a Roma, y durante una conversación con el Padre salieron a relucir los artículos en Atisbos y mi entrevista con Capistrán. Este hombre -me comentó el Padre- tiene que ser bueno. Cuando vuelvas a México deberías tratarle con cariño y comprensión. Puedes hacerle mucho bien. Probablemente tiene sus amarguras porque ha debido de sufrir mucho y tendrá necesidad de desahogarse. Ahora -me dijo, con expresiones más o menos parecidas a éstas- tenéis paz, aunque no hayan cambiado las leyes; pero yo recuerdo cómo fue probada la fe en México; con qué fe acudían a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe; yo también pedía a Cristo Rey y a la Virgen que no destruyeran la fe de ese pueblo. Recuerdo que del año 26 al 29 no hubo cultos.
Evocó el Padre, como muestra de la gran devoción a Cristo Rey del pueblo mexicano, el monumento que se había levantado en 1923 en el Cerro del Cubilete, y destacó la extraordinaria piedad eucarística de los mexicanos, capaces de celebrar un Congreso Eucarístico un año después de estos sucesos, en 1924, en circunstancias verdaderamente heroicas.
Y recuerdo -prosiguió el Padre- que muchas veces seguí aquellos dolorosos acontecimientos leyendo las crónicas, precisamente de René Capistrán Garza, que publicaba un periódico de Madrid.
Concluyó el Padre diciéndome que un hombre que había sido capaz de escribir aquellas crónicas forzosamente debía tener una fe recia y un gran corazón; y un hombre así merece respeto y cariño, aunque por alguna influencia se ofusque alguna vez.
Animado por estas palabras del Padre, cuando volví a México me entrevisté de nuevo con Capistrán; y todo lo que había predicho el Padre se cumplió a la letra. Capistrán -al que recuerdo con gran cariño- se desahogó conmigo, me contó sus sufrimientos, las calumnias y enredos en las que se había visto envuelto, y la pobreza y la soledad que había padecido en sus años de exilio en la Habana. Fue el comienzo de una honda amistad que duró muchos años, hasta su muerte, ya muy anciano.
Así lo manda la tradición
Como la labor seguía creciendo, hubo que crear otros Centros en la Ciudad de México. En 1953 alquilamos una casa en una calle cuyo nombre guardaba también resonancias europeas, como las anteriores: Georgia. Pero allí no estuvimos mucho tiempo: el indispensable para poder instalarnos, esta vez ya de forma definitiva, en la calle Nuevo León.
Fueron viniendo vocaciones mexicanas y comenzamos a transmitirles el espíritu que nos había enseñado nuestro Padre. Con frecuencia aprovechábamos las vacaciones escolares -que entonces comenzaban a principios de diciembre- para proporcionarles una formación más intensa. Al principio, a falta de un lugar adecuado, acudíamos a los lugares que nos prestaban los Cooperadores y amigos. Recuerdo que a fines del 49 los que éramos del Opus Dei por aquel entonces, fuimos, en una pequeña caravana de coches, a pasar unos días a la Hacienda de La Gavia, que estaba al pie del Nevado de Toluca. Pensábamos dedicar unos días a la formación espiritual de las vocaciones recientes.
Pero no había contado con un imprevisto: nada más llegar, se corrió de ranchería en ranchería la voz de que había llegado un sacerdote a La Gavia y, por tanto, "había misión". Comenzaron a venir a la hacienda hombres, mujeres y niños en gran número, para que les predicara, les administrara los sacramentos y les dijera Misa. Me conmoví al ver a tantas gentes sedientas de Dios.
Fueron unas jornadas gozosas y agotadoras al mismo tiempo. Porque, además de proporcionar la formación necesaria a los miembros del Opus Dei, dedicaba varias horas al día a confesar a los campesinos que venían a la caída de la tarde, tras varias horas de camino para "asistir a la misión". Tuve que fijar el rezo del Rosario a las cinco, porque -me explicaron- "así lo manda la tradición": una tradición que, por falta de clero, se había interrumpido durante muchos años. Organizamos además unas clases de catequesis, y cuando se acabaron las vacaciones escolares y los que me acompañaban regresaron a la ciudad de México, me quedé varios días más confesando a aquellas gentes y atendiendo a algunos enfermos "tras lomita", como se dice en estas tierras...
La labor apostólica se desarrolló según los planes de Dios, tan distintos a veces de los nuestros. Por ejemplo, pensábamos permanecer en la Ciudad de México, una de las más pobladas de todo el mundo, asentar la labor allí, y sólo luego viajar a otros lugares de la República. Por el momento, no teníamos previsto comenzar en otras ciudades. Pero Dios sabe más; y en 1949 la empresa de ingeniería que había contratado a los dos que habían llegado a México conmigo, los trasladó a Culiacán, al noroeste de la República, y eso hizo que desde el comienzo se empezara en lugares muy distintos de México.
Sin formar quistes
Cuando yo llevaba ya ocho años en México, el Padre, con el Consejo General, me encomendó algunos trabajos de carácter apostólico para los que tuve que desplazarme a Centroamérica, Colombia y Ecuador. Habitualmente, al concluir esos viajes volvía a Roma y refería al Padre mis impresiones y experiencias. Podría relatar numerosos sucedidos de esos viajes y, en particular, de los comentarios del Padre; me limitaré, por exigencias de espacio, a los que testimonian su visión universal; en concreto, a lo que me comentó a mi vuelta de Panamá.
Por diversas circunstancias, había conocido en la ciudad de Panamá y en Colón a un grupo de estudiantes panameños de color: unos conservaban los rasgos y el carácter de su marcada ascendencia africana de hacía siglos; otros, eran hijos o nietos de orientales. El Padre se interesaba vivamente por el apostolado que podía hacerse con estos muchachos y el que eventualmente ellos mismos podrían hacer en sus respectivos países de origen. Comprobé de nuevo que su espíritu universal pasaba por encima de fronteras y de todo tipo de barreras étnicas o culturales, con frecuencia más cerradas que las nacionales.
Los miembros de la Obra, cualquiera que sea su nacionalidad de origen, que han ido a comenzar la labor en Africa o en Oriente saben muy bien cuánto rezó nuestro Padre y cuanto cariño puso en las primeros pasos que se dieron en esos continentes; y cómo deseaba que llegaran al Colegio Romano de la Santa Cruz, que se había erigido en la capital italiana en la fiesta de San Pedro de 1948, las primeras vocaciones de esos nuevos países.
En el Colegio Romano de la Santa Cruz se formarían, a partir de su erección, miles de miembros del Opus Dei de diversos países del mundo. Algunos de ellos recibirían la ordenación sacerdotal; y todos, al concluir ese periodo de formación, contribuirían a dar a la Obra en sus respectivos países de procedencia un espíritu universal o reforzarían el trabajo apostólico en otras naciones.
Ese espíritu universal fue siempre un motivo de profunda alegría para el Padre: le agradaba comprobar que la universalidad del Opus Dei se había reafirmado "en Roma y desde Roma"; es decir, llevaba una fuerte impronta de romanidad, que para él era sinónimo de universalidad.
Por esa razón nos indicaba el Padre con mucha fuerza que, donde quiera que estuviéramos, debíamos evitar aun la apariencia de ser como un quiste, como un núcleo que no se integra en la vida del país. Esto explica que nunca quisiera que fuéramos a una misma nación un grupo numeroso de extranjeros, y menos de la misma nacionalidad. Y para no formar quiste, nos indicó, en concreto, que no centráramos nunca nuestra labor en la colonia de extranjeros de nuestro país de origen.
No nos resultó fácil, a los españoles que comenzamos en México, donde había un elevado porcentaje de emigrantes hispanos, cumplir estas indicaciones: tuvimos que ingeniarnoslas con frecuencia buscando amables disculpas, ante las numerosas invitaciones que recibíamos por parte de la colonia española. Mantener este criterio nos ocasionó algún que otro sinsabor, pero gracias a su fiel cumplimiento, tanto en México como en el resto de los países el Opus Dei arraigó plenamente desde los comienzos.
Kenya
Mientras tanto, la labor apostólica del Opus Dei iba extendiéndose por todo el mundo. A lo largo de aquellos años el Padre fue enviando a muchos miembros del Opus Dei a abrir brecha en numerosas naciones de los cinco continentes.
Comenzaban como podían: no era una novedad para nosotros empezar sin medios materiales. En 1945 se había comenzado en Portugal; un año después en Inglaterra, y al año siguiente en Irlanda y en Francia. Dos años más tarde, en 1949, junto con México, se comenzó en Estados Unidos. En 1950 se comenzó en Chile y Argentina. En 1951 fueron los primeros a Venezuela y Colombia; en 1952 se comenzó en Alemania; en 1953 tocó el turno a Perú y Guatemala; en 1954 se inició la labor en Ecuador; en 1956, en Suiza y Uruguay; en 1957 se dieron los primeros pasos en Austria, Brasil y Canadá; en 1958 se fue a El Salvador, Kenya y Japón; en 1959 a Costa Rica. Y en 1960, a Holanda...
Como consecuencia de esa expansión, fruto del apostolado personal, fueron creciendo las iniciativas apostólicas corporativas -universidades, colegios, escuelas para campesinos, dispensarios para gentes modestas, labores de promoción humana y social- y Dios fue bendiciendo esa siembra con abundantes vocaciones. Recibíamos frecuentemente cartas del Padre que nos orientaba y alentaba desde Roma, mientras daba gracias a Dios por los frutos de santidad que el espíritu del Opus Dei suscitaba en todo el mundo.
Relatar todo esto sería materia de otro libro. Citaré sólo un ejemplo de ese desvelo por una labor concreta, que viví muy directamente. A principios de octubre de 1958, recibí en México una carta del Padre comunicándome que me necesitaba permanentemente en Roma. Esto me suponía dejar México país al cual -como sabía el Padre- me unían tantos y tan estrechos lazos afectivos. Una vez en Roma, lo primero que me encargó el Padre fue ir a Kenya durante unas semanas, para hablar con Mons. Gastone Mojaisky Perreli que entonces era el Delegado Apostólico de los diversos dominios británicos del Este de Africa.
Mons. Mojaisky se había encontrado al llegar a Kenya ante a un pavoroso problema educativo: los estudiantes africanos y los hijos de los numerosos emigrantes de origen asiático no tenían posibilidades de realizar estudios universitarios. Al acabar la enseñanza secundaria se encontraban con un cuello de botella: el sistema educativo británico les exigía dos años de enseñanza intermedia entre la secundaria y la universitaria; y esos dos años debían cursarse en centros especiales, oficialmente reconocidos, que de hecho no existían en el Este de Africa.
Los europeos podían enviar a estudiar a sus hijos a la metrópoli, pero esta solución resultaba prohibitiva, por tantas razones, para los nativos, así como para los goeses, paquistaníes y otros asiáticos que vivían en Kenya. Al percatarse de esa situación, lo primero que se le ocurrió a Mons. Mojaisky fue escribir una carta al Padre, pidiéndole que el Opus Dei fundara un Centro para resolver este problema.
La petición de Mons. Mojaisky encontró una rápida acogida y el Padre envió a aquel país a varios miembros del Opus Dei, buenos conocedores del sistema educativo y de las leyes inglesas. En concreto, Mons. Mojaisky había pedido que la Obra comenzase una Universidad en Kenya; pero después de estudiar la situación sobre el poprio terreno, pareció que lo que mejor respondía a las necesidades más urgentes del país era un college universitario, y así nació el actual Strathmore College en Nairobi.
En uno de los viajes que hice por entonces a Kenya, el Padre me sintetizó las premisas de las que debía partir esa importante institución educativa:
-Primero: el college debía ser interracial. Es decir, había que procurar que, desde el principio, no fuera un Centro exclusivo para un grupo étnico, y en él convivieran, se trataran y se quisieran entre sí las diversas razas. Esto era algo verdaderamente revolucionario en aquellos momentos en que vivían en Kenya unos 200.000 asiáticos y más de 50.000 europeos.
-Segundo: el college debía estar abierto a los estudiantes no católicos y no cristianos. No debía haber otro criterio de selección que el justamente académico.
-Tercero: había que aclarar desde el principio el carácter secular de los miembros del Opus Dei y explicar a las autoridades que no se trataba de un colegio misional y que el profesorado no estaba integrado por misioneros, sino por profesionales seglares, con sus correspondientes grados académicos, que ejercían libremente sus respectivas profesiones.
Cuarta -y última- condición: los estudiantes debían pagar parte de sus matrículas, aunque sólo fuera una cantidad simbólica, porque los hombres -dijo el Padre- no aprecian ni se toman en serio lo que reciben como limosna, cosa que además les humilla y les crea complejos.
No es momento de relatar las vicisitudes de los comienzos de Strathmore College, ni las dificultades que tuvo que superar Kianda, una obra corporativa para jóvenes africanas, promovida por mujeres del Opus Dei. El Padre rezó mucho, ofreció muchos sacrificios y dedicó muchas horas de estudio a estas labores, mucho antes que pudieran comenzar a impartirse las enseñanzas en Strathmore. Sólo quiero recordar que, si Strathmore se convirtió, poco después, en el primer Centro interracial de enseñanza -sin discriminación alguna- del Este de Africa, se debió muy directamente a los desvelos de nuestro Fundador.
Pasaron los años y pude tratar a varios antiguos alumnos de Strathmore College que cursaron Medicina, Ingeniería, Arquitectura, etc., en las universidades de Roma, Padua, Palermo y Navarra. Muchos me relataron su asombro cuando constataron que en Strathmore, en un momento de fuertes tensiones raciales, no había, como enseñaba el Padre, más raza que la raza de los hijos de Dios.
Madre de dos sacerdotes
Tengo que dar de nuevo otra noticia acerca de mi hermano Pepe. Ya dije, al comienzo de estos recuerdos, que ignoro si el antiguo párroco de Torrevieja, que había predicho a mi abuelo que los hijos de aquel matrimonio que le inquietaba tanto -el de mis padres- se entregarían a Dios, llegó a calibrar exactamente lo que estaba diciendo. Pero lo cierto es que sus palabras se cumplieron hasta límites insospechados: pocos años más tarde, el 1 de julio de 1951, mi hermano José María se ordenaba también sacerdote, junto con otros diecinueve miembros del Opus Dei, en la iglesia de las Irlandesas de Madrid.
Mi madre estaba gozosísima con nuestra ordenación sacerdotal; y me comentó que, a partir de entonces tendríamos que rezar especialmente por ella, para que, del mismo modo que Dios nos había dado a nosotros dos la vocación al sacerdocio, el Señor la confirmara a ella en su "vocación de madre de dos hijos sacerdotes".
Tiene toda la razón y mucho sentido sobrenatural, me dijo el Padre cuando le comenté esta singular petición de mi madre. La vocación cristiana tiene muchos modos de vivirse, y ella también tiene una vocación muy grande de madre buena y sacrificada de vosotros dos: hay que pedir por su perseverancia, y hay que rezar para que muchas madres y muchas hermanas de sacerdotes vean muy claro esto y sepan estar cerca de sus hijos y hermanos, rezando por ellos y atendiéndoles sacrificadamente. Con ello hacen un gran servicio a Dios y a la Iglesia; ¿qué hubiera hecho yo, sobre todo en los comienzos de la Obra, sin mi madre y mi hermana?
Gracias a Dios, a la ordenación de mi hermano Pepe pudo asistir mi padre, que había vuelto del exilio un año después de mi ordenación sacerdotal y había tenido el consuelo de ser rehabilitado y repuesto en su profesión de Catedrático. Se había reintegrado de nuevo a su cátedra, ahora en Aranda de Duero. Durante esos años fue con frecuencia a Madrid y trató y admiró mucho al Padre, que le recibió varias veces con gran cariño.
El Padre había alcanzado de la Virgen la gracia que había pedido en Lourdes: mi padre venía del exilio muy cambiado desde el punto de vista espiritual. Había sufrido muchas privaciones materiales, pero el Señor le había ido concediendo la fe y, con la fe, una vida de piedad sincera: durante los últimos once años de su vida fue hombre de oración, de Misa y Comunión diarias; hacía todos los días un rato de lectura espiritual y acostumbraba a rezar diariamente también el Santo Rosario.
Recuerdo su progresivo entusiasmo por Santa Teresa, por San Agustín -que había vivido una conversión, como él-, por San Juan de la Cruz, y naturalmente por Camino. Yo, al ver esto, no podía menos que dar gracias a Dios y recordar aquellas palabras del Padre en Lourdes, al pie del altar...
Finalmente, después de ser varios años cooperador del Opus Dei, sufrió su enfermedad final con una gran conformidad ante la Voluntad de Dios y, confortado por los Santos Sacramentos, murió con gran paz el 10 de febrero de 1960, precisamente la víspera de la Festividad de Nuestra Señora de Lourdes.
En Italia
Desde octubre de 1958 hasta mayo de 1966, estuve junto al Padre, trabajando en el Consejo General del Opus Dei y en la Región de Italia. Hice varios viajes a diversos países, pero mi trabajo habitual se desarrolló en Italia.
Se agolpan en mi mente muchos recuerdos sobre las numerosas iniciativas apostólicas que promovía el Padre durante esos años en la tierra de mis antepasados. Era el Padre quien la impulsaba, aunque, como siempre, fuéramos otros los que aparecíamos en primer plano.
En el otoño de 1958 se estaba ya acabando la construcción e instalación de la Residenza Universitaria Internazionale RUI, y simultáneamente algunos miembros italianos del Opus Dei iniciaron la Fondazione RUI. Esta fundación nacía con la finalidad de conseguir donativos de las empresas e industrias más importantes de Italia para proporcionar un fondo de becas que hiciera posible a muchachos italianos y de países afroasiáticos, de pocos o nulos recursos, cursar una carrera en las universidades italianas.
Fue entonces cuando comencé a tener mucha relación con el Prefecto de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide (que luego se llamó de Evangelización de los Pueblos), Cardenal Agagianian; y también con S. E. Pietro Sigismondi y S. E. Mons. Nigris. Todos estos eclesiásticos sentían veneración por el Padre. Mons. Sigismondi, que comprendió muy bien la Obra, estaba muy interesado por la formación profesional y cristiana de los laicos de los nuevos países de reciente independencia o próximos a ella. En aquel momento, un porcentaje muy significativo de los estudiantes que tenían beca en la RUI eran afroasiáticos.
Yo iba casi diariamente a la RUI y fui como el cauce del afán apostólico del Padre con aquellos estudiantes procedentes de Africa y Asia. Al Padre le gustaba que siguiera de cerca la labor apostólica de la RUI; se alegraba mucho con las anécdotas que le contaba de aquellos estudiantes procedentes de países exóticos y encomendaba aquel trato, que fue, en muchos casos, el comienzo del apostolado del Opus Dei en países africanos y asiáticos muy alejados de Roma.
Algunos meses antes de morir Juan XXIII, se reunieron en la RUI los metropolitanos de Italia. Se alojaron en la Residencia el Patriarca de Venecia, Cardenal Urbani y el Arzobispo de Milán, Cardenal Montini. Cuando tuvo lugar la elección de Pablo VI, los residentes llamaban al cuarto que había ocupado el cardenal Montini "la habitación de Pablo VI".
No puedo acabar esta breve evocación sin una alusión al Centro Elis. Resumiré brevemente su historia: en la periferia romana existían, durante los años del Concilio, algunos barrios conflictivos, pero pocos como el Tiburtino, que se consideraba, con toda razón, uno de los más peligrosos. Era un barrio obrero, de mayoría comunista, que había sido frecuente escenario de crímenes y tensiones sociales. Se daban cita allí la pobreza, la delincuencia, el abandono cultural, la ignorancia religiosa y un rabioso anticlericalismo.
Esas fueron algunas de las razones que movieron a Juan XXIII a utilizar los fondos recogidos entre los católicos de todo el mundo para honrar el octogésimo aniversario de Pío XII, en la promoción en este barrio de una labor social que decidió encomendar a los miembros del Opus Dei.
No fue tarea fácil, y los primeros que llegaron allí tuvieron que sortear mil dificultades. Sin embargo, al cabo de unos años, con el constante aliento del Padre, se levantaba en medio del Tiburtino la silueta del Centro Elis -Educazione, Lavoro, Istruzione, Sport- junto con la parroquia de San Juan Bautista al Collatino. Con el tiempo irían surgiendo una Escuela de Enseñanza Media, un Centro de Adiestramiento profesional para jóvenes obreros, una Escuela femenina de Hostelería... El 21 de noviembre de 1965 tuvo lugar la solemne ceremonia de inauguración del Centro Elis, a la que quiso asistir personalmente Pablo VI.
-Quise esperarlo de rodillas -comentaría a la mañana siguiente el Padre-, como un sacerdote que ama con locura al Papa y a la Iglesia Católica.
Sin embargo, en cuanto el Papa le vio, fue a su encuentro, lo levantó y, rompiendo el protocolo, le dio un abrazo emocionado.
"Es una obra del corazón, es una obra de Cristo, es una obra del Evangelio -dijo el Papa, refiriéndose al Centro Elis-; toda ella orientada en beneficio de los que la usan. No es un simple albergue, no es una simple oficina o una simple escuela: es un centro en el que la amistad, la confianza, la alegría, constituyen el ambiente; donde la vida halla su dignidad propia, su auténtico sentido, su verdadera esperanza; es la vida cristiana, que aquí se afirma y se desenvuelve y que aquí quiere demostrar en la práctica muchas cosas de interés para nuestro tiempo".
Durante ese acto, el Padre recordó que el Opus Dei había acogido aquel encargo apostólico de la Santa Sede con especial agradecimiento no sólo porque, como acostumbro a repetir, el Opus Dei quiere servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida, sino también porque la tarea que se le confía corresponde perfectamente a las características espirituales y apostólicas de nuestra Obra. Explicó la razón: en el Centro Elis se enseñaba a aquellos chicos de condición humilde, hijos de aquel barrio obrero -más tarde vendrían también de las regiones más pobres de Italia -a hacerse santos en medio de su trabajo, santificándolo, haciéndolo con perfección humana y sobrenatural.
Al finalizar el acto, el Papa, apoyando sus manos en los hombros del Padre, le dijo: Tutto, tutto qui è Opus Dei. "Todo, aquí todo es Opus Dei".
Los libros están sacados de Opus Dei Libros
[Mapa del sitio] [Acerca del web]
Enlaces de interés sobre el Opus Dei:
[Opus Dei] [Boletín del Opus Dei] [Escritos
del fundador del Opus Dei] [San Josemaría Escrivá]