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Pedro Casciaro

Capítulo 11: Volver a empezar

De nuevo en Madrid

Esperé en la Capitanía General de Valencia, donde me habían destinado, bastante ansioso, la definitiva liquidación de la guerra. Al fin, fui desmovilizado y pude volver, gracias a un simple oficio firmado y sellado por el Jefe de Estado Mayor, a mi condición de ciudadano civil. Me dirigí a Madrid, en busca del Padre.

¿Dónde encontrarle? El edificio de Ferraz 16 había sido destruido totalmente. Me enteré luego de que el Padre había llegado a Madrid el 28 de marzo y había visitado los escombros de la Residencia al día siguiente. Había encontrado allí, entre las ruinas, el texto escrito en latín sobre papel pergamino con el precepto del amor que había hecho colocar en la sala de estudio de la Residencia para enseñar de un modo gráfico el valor de la fraternidad: Mandatum novum do vobis..., "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros" (Juan 13, 34 y 35).

Al final supe que el Padre estaba viviendo desde el día 29 en el viejo edificio de la Casa Rectoral de la calle Santa Isabel. La iglesia había quedado destruida por un incendio provocado en julio del 36, en el que había perecido pasto de las llamas -entre otras obras de arte- un cuadro de Ribera que servía de retablo al altar. En cambio, la Casa del Rector y la de los Capellanes, aunque requerían serias reparaciones, no habían sido dañadas ni por la artillería ni por la aviación. La casa rectoral había sido utilizada por un Comité o un sindicato revolucionario y cuando el Padre y los que le acompañaban llegaron allí estaba todavía puesta en el balcón la bandera blanca de la rendición.

Contaba Paco que cuando entraron en la cocina se encontraron con la comida hecha: estaba claro que los soldados habían tenido que abandonar precipitadamente el edificio. "Pusimos unos cazos del rancho en platos de soldado -relataba Paco- y nos los llevamos al piso del Rector del Real Patronato. Eran garbanzos guisados. Alguien dijo que podían estar envenenados, pero no prevaleció esta hipótesis. Teníamos hambre".

Me encontré de nuevo con el Padre, que me indicó enseguida que marchara cuanto antes a Albacete. Mis padres, por imperativos de la guerra, no habían podido recibir demasiadas noticias mías -aunque, en medio de aquella situación terrible, eran todas tranquilizadoras- desde que me había incorporado a la travesía de los Pirineos. Les había escrito una carta desde Barcelona, muy escueta para no levantar sospechas, en la que les decía: "por la pena que os aflije podéis estar tranquilos". Luego, les escribí otra carta desde Andorra, dirigida a mi hermano José María. Estaba redactada en lenguaje juvenil, como si fuera un amigo de su misma edad. Y habían recibido algunas otras cartas mías, escritas desde Burgos y remitidas a Londres, desde donde se las había enviado a ellos un amigo de Jose María.

Mi madre, aunque tenía la gran tranquilidad de saber que yo estaba a salvo, había atravesado durante los últimos meses de la guerra situaciones muy difíciles. Cuando llegué a Albacete se encontraba sola con mi hermano Pepe, ya que mi padre había embarcado poco antes en el último barco que había zarpado de Alicante, antes de que entraran en aquel puerto las tropas nacionales. En aquellos días no sabíamos aún cuál era su paradero.

En aquellas circunstancias, mi madre y yo convinimos en que lo más prudente era que ella se trasladara a "Los Hoyos" y que desalojara la casa de Albacete cuanto antes, tras almacenar los muebles y enseres en los locales de unos amigos de confianza. Así se hizo. En cuanto a mi hermano José María, vimos que tendría que revalidar los estudios de bachillerato cursados durante la guerra: con este fin, siguiendo un consejo del Padre, se trasladó a Calatayud; allí los Hermanos Maristas lo aceptaron como alumno interno en su colegio, aunque era periodo de vacaciones.

Mi madre me dio muchos muebles de la casa de Albacete para la instalación de la nueva Residencia, e Isidoro Zorzano me ayudó muy eficazmente a trasladarlos a Madrid en un par de vagones de ferrocarril. Durante los viajes que todo esto supuso, pude hablar del Opus Dei en varias ocasiones con mi madre, que iba cobrando cada vez más admiración y afecto por la Obra. También hablé del Opus Dei con mi hermano Pepe.

Al concluir el verano, mi madre decidió irse a vivir a Barcelona con mi hermano Pepe. Allí residía mi tío Diego, y allí pudo Pepe proseguir sus estudios. Mi madre permaneció en la ciudad Condal hasta que supimos que mi padre se encontraba en Orán. Entonces marchó a aquella ciudad para reunirse con él.

Jenner

Después de encauzar los asuntos familiares, volví de nuevo a Madrid, al edificio de la casa rectoral, donde estábamos muy pobremente instalados, utilizando ese curioso saldo de objetos que quedan abandonados tras una guerra: catres de soldado, mantas de cuartel, etc. Sólo estuvimos allí durante cuatro meses. El Padre quería ceder la casa lo más pronto posible a las Agustinas Recoletas, cuyo convento había quedado destruido. Mientras tanto, buscábamos por todo Madrid una casa de alquiler en la que se pudiera instalar la Residencia. El Padre habló con las religiosas de la Asunción para que cedieran provisionalmente a las Recoletas una parte del Colegio que que no necesitaban durante el verano, y gracias a eso, estas religiosas pudieron reanudar muy pronto su vida en Santa Isabel.

El 6 de julio se firmó por fin el contrato de la casa que iba a albergar la futura Residencia de estudiantes: la integraban tres amplios pisos de la primera y tercera planta de la calle de Jenner número 6, muy cerca del Paseo de la Castellana. En los dos pisos de la tercera planta -que se unieron- se instalaron el oratorio, la sala de estar, la biblioteca, una salita de recibir y las habitaciones de los residentes. En la primera planta se instalaron el comedor de la Residencia, el comedor de invitados, una sala de recibir, la habitación que ocupaba el Padre, una segunda habitación para la Abuela y su hermana Carmen y una tercera habitación para su hermano Santiago, que era entonces estudiante universitario.

Durante esa época los Obispos de numerosas diócesis de España, atraídos por su vigor apostólico y su fama de santidad, siguieron llamando al Padre para que dirigiera ejercicios espirituales para el clero y predicó numerosas tandas en Madrid, Avila, Segovia, Vitoria, Pamplona, Lérida, Valencia, León...

Recuerdo que durante esa época di algunos paseos con el Padre por las tiendas de chamarileros del Rastro madrileño en busca de muebles a buen precio que nos pudieran servir para amueblar la nueva Residencia de Jenner. En el vestíbulo de entrada hizo colocar un gran planisferio con el lema: A solis ortu usque ad occasum, con el que nos recordaba que gentes y países de todo el mundo esperaban ardientemente su encuentro con Cristo en los quehaceres de la vida ordinaria, siguiendo el espíritu del Opus Dei.

Por fin, el 15 de julio comenzó la mundanza. El 6 de agosto el Padre bendijo el nuevo Centro de la calle de Jenner. Comenzaba un nuevo capítulo de la historia de la Obra.

Mi hermano Pepe

Dos meses antes, a mediados de mayo del 39, mi hermano Pepe había venido a pasar unos días en Madrid en casa de unos tíos nuestros; y el Padre le invitó a comer. Como testimonia en sus recuerdos, aquel breve y fugaz encuentro con el Padre le impresionó profundamente y fue el comienzo de su vocación.

Yo había contado al Padre diversas cosas de Pepe, y nada más verle dijo a mi hermano: ya te he encomendado mucho al Señor.

A partir de aquel momento la vocación a la Obra fue madurando en su alma y cuando, seis meses después, durante las Navidades, le hablé del Opus Dei con más detenimiento, me dijo que estaba resuelto a entregarse a Dios.

Quedamos en hablar del tema un mes más tarde, durante un viaje que yo tenía que hacer a Barcelona; pero me repitió que ya estaba totalmente decidido. "Me parecía innecesario esperar un mes más -recuerda Pepe- porque estaba firmemente convencido de que tenía vocación, y de que Dios me llamaba al Opus Dei, al igual que a Pedro. El ejemplo de Pedro me estimulaba, lo mismo que el de algunos más de la Obra que había conocido en los últimos meses. Coincidía en eso con mi madre, que me había dicho en una ocasión: `Ha estado un amigo de tu hermano que se llama Alvaro del Portillo. Yo no sé qué tienen los amigos de tu hermano. A mí me gustaría que tú fueras como ellos'".

Sin embargo, mi hermano Pepe tuvo que esperar, y no sólo un mes, sino tres. Hablé con él de nuevo en Barcelona, donde estaba estudiando alojado en casa de mi tío Diego, que era director de El Correo Catalán. Seguía totalmente decidido. Le dije que tendría que esperar otro mes más, hasta que fuera el Padre a Barcelona. La razón de esa espera radicaba sobre todo en que el Padre quería cerciorarse de que Pepe no obraba movido por una influencia pasajera.

"El doce de mayo de 1940 -recuerda Pepe-, a la hora de comer me llamaron por teléfono: me dijeron que había llegado el Padre a Barcelona y que podía ir a verle aquella misma tarde al Hotel Urbis. Al acabar de comer salí corriendo. El Padre me recibió inmediatamente. Una de sus primeras preguntas fue si alguien me había influido o movido a tomar aquella decisión. No recuerdo literalmente sus palabras, pero eran parecidas a las que he dicho y en un tono como muy tajante y serio, tanto que me dejaron un poco cortado, durante unos instantes; pero luego, inmediatamente, le respondí:

-Padre, no me ha influido ni me ha convencido nadie. Pedro me ha explicado la Obra, pero nunca me ha dicho nada que haya podido presionarme o influenciarme. Soy yo el que quiero ser del Opus Dei.

El Padre volvió a preguntarme lo mismo, con un tono menos severo, y me dijo que pensara de nuevo a ver si no habría habido algún tipo de influencia. Le volví repetir que no, porque era la verdad.

Volvió el Padre a planteármelo por tercera vez, y me preguntó si obraba libremente, después de haberlo considerado despacio en la presencia de Dios. Le volví a responder que sí, que lo había pensado durante cuatro meses y no tenía ninguna duda.

Al final, me dejó pedir la admisión. Me dijo que pasara a hablar con Alvaro del Portillo, para que me orientara sobre algunas cosas del plan de vida cristiana propio de una persona del Opus Dei y, con tono jovial, me dijo que le había dado una gran alegría.

Al recordar esta conversación he comprendido el exquisito cuidado con el que el Padre velaba por la libertad en la entrega a Dios, para que ésta fuera sincera y por motivos exclusivamente sobrenaturales. Este amor a la libertad del Padre me sorprendió desde el primer momento. Porque entonces la libertad no era un valor sobre el que se hablase especialmente. Se hablaba sobre todo de otros valores: de servicio a la Patria, de disciplina, de reconstrucción nacional... El Padre, en cambio, me habló siempre mucho de libertad y de responsabilidad: de la libertad cristiana que procede de sentirse, profundamente, hijos de Dios".

El de mi hermano Pepe no fue un caso aislado: algunos hermanos y hermanas de diversos miembros del Opus Dei pidieron la admisión en la Obra en aquel tiempo. Por ejemplo, Dios concedió la vocación a las dos hermanas de Paco, Enrica y Fina, que se recuperó felizmente de su enfermedad. Enrica pidió la admisión en la Obra el 7 de abril de 1941.

La Abuela y Tía Carmen

Volvamos de nuevo a Madrid, donde vivíamos ya, con el Padre, en la Residencia de la calle Jenner. Yo me había presentado en septiembre de 1939 a los exámenes que tenía pendientes desde 1936, había concluido la Licenciatura en Ciencias Exactas, y estaba realizando el doctorado. Y durante ese periodo pude tratar muy de cerca, diariamente -y me atrevería a decir que con mucha intimidad-, a la madre del Fundador y a su hermana Carmen, que vivían allí. Todos las llamaban, cariñosamente, "Abuela" y "Tía Carmen".

Carmen se ocupaba de que el servicio atendiera bien el funcionamiento de toda la Residencia, y la Abuela pasaba muchas horas en su habitación: era muy poco aficionada a salir de casa. Siempre la vi ocupada haciendo algo útil: nunca estaba descansando o sin hacer nada.

Cuando se es joven pasan muchas cosas inadvertidas y quizá eso es lo que me sucedió a mí. Con los años he ido recapacitando en lo duro que debía resultar para ellas aquella situación: éramos muchos estudiantes jóvenes -más de cincuenta- los que vivíamos en aquella Residencia y eran muchos más los que frecuentaban la casa. Pues bien, en todo lo que dependía del cuidado de ellas dos, nunca tuvimos la más mínima preocupación: todo funcionaba admirablemente y supieron poner siempre ese toque que sólo una mujer de su casa, educada y con buen gusto, sabe dar.

Los miembros del Opus Dei que vivíamos en la Residencia recurríamos a la Abuela y a Carmen para cualquier necesidad material: desde poner un botón a repasar un descosido. Nos acogían cariñosamente y se ocupaban de solucionar los mil pequeños poblemas materiales de cada uno con una disponibilidad constante. Su situación, desde el punto de vista material, no era precisamente envidiable: disponían sólo de un dormitorio para las dos -donde tenían lo estrictamente necesario-, y de una pequeña habitación que daba a un patio interior, calurosa en verano y fría en invierno. Esta habitación, donde pasaban muchas horas al día, les servía de cuarto de estar, de cuarto de costura y con frecuencia también de comedor para ellas, el Padre y Santiago.

¡Vienen a mi memoria tantos pequeños sucesos entrañables y familiares de aquel tiempo! Recuerdo que cuando veníamos Paco y yo de nuestras clases de doctorado en la Universidad -nuestras vidas seguían siendo paralelas, como las de Plutarco- pasábamos siempre por el cuarto de la Abuela y le contábamos las incidencias del día: las peculiaridades de cada catedrático, el resultado de los exámenes... Al comienzo pensábamos hacer la tesis sobre un tema de astronomía y aquello dio pie para muchos comentarios de humor. Ella se daba cuenta de que exagerábamos para que se distrajera y se riera, y nos decía con gracia: "Me ponéis la cabeza como un bombo; cuando os vais me quedo atontada sin dar pie con bola"; pero lo cierto es que se divertía mucho con nosotros y nos tenía gran cariño.

Realmente la situación de doña Dolores como madre del Fundador del Opus Dei, viviendo con él, y en concreto, en el único Centro que la Obra tenía entonces, no era nada fácil. Yo no reparé en esto, precisamente porque nunca le oí quejarse y porque supo hacer de aquella situación la cosa más natural del mundo. Actuaba realmente como nuestra Abuela, desprendiéndose de todo en servicio de los demás. Veo como Providencia de Dios -comentó el Padre en una ocasión- que mi madre y mi hermana Carmen nos ayudaran tanto a tener en la Obra este ambiente de familia: el Señor quiso que fuera así.

El gran cariño que la Abuela nos tenía a todos era sumamente ordenado: trataba a cada uno de una manera distinta, adecuada a sus circunstancias. Trataba de una manera especial a los mayores que más ayudaban al Padre: Alvaro del Portillo, Ricardo Fernández Vallespín, Juan Jiménez Vargas, Isidoro Zorzano...; de modo distinto a Paco, a Vicente Rodríguez Casado y a mí; y de otro modo, muy singular, a mi hermano Pepe, el más joven de todos, que se vino a vivir a Jenner en el mes de julio de 1940. Pepe le infundía una especial ternura por su juventud y porque mis padres estaban exiliados; se preocupaba en cuanto adelgazaba un poco y decía: "está en muy mala edad, tiene poco apetito y no está fuerte". Con estos comentarios cariñosos justificaba todas las excepciones y detalles que tenía con él.

Más de una vez el Padre, predicando acerca de la relación entre la justicia y la caridad, hizo alusión a la justicia de las madres buenas, "que tratan desigualmente a los hijos desiguales". Esto es lo que la Abuela hacía.

En Diego de León

A partir de aquel año la labor apostólica fue creciendo con fuerza en Madrid y en diversas ciudades de España como Valencia, Valladolid, Zaragoza o Barcelona. Viajábamos hasta esas ciudades con frecuencia, aprovechando los fines de semana, para no desatender el trabajo profesional o las clases en la Universidad. A la vuelta de cada viaje se contaban las anécdotas apostólicas y salían a relucir nombres de viejos y nuevos conocidos. El Padre hizo muchos viajes y dio personalmente los primeros pasos de la labor en muchas ciudades: en septiembre del 39, por ejemplo, se desplazó hasta Valencia donde bendijo un pequeño piso que se había instalado allí, y al que se llamó El Cubil por sus escuetas dimensiones. En noviembre estuvo en el Rincón, como se llamaba -también aludiendo a su tamaño- el Centro de los que comenzaban en Valladolid. Luego los viajes siguieron: a Salamanca, Barcelona, Valencia...

A toda esa tarea apostólica en diversas capitales de provincia hay que añadir la que el Padre llevaba a cabo en Madrid, donde trataba a personas de las más variadas edades y condiciones: médicos, abogados, empleados, sacerdotes... Atendía espiritualmente a las mujeres en el confesonario de una iglesia pública y durante ese periodo se dedicó con particular atención a la labor apostólica con mujeres.

Dios bendijo aquella labor con abundantes frutos y al poco tiempo ya no cabíamos materialmente en Jenner. Era imposible atender desde allí la dirección de todo aquel trabajo y se comenzó a buscar un lugar apropiado para establecer la Sede Central y el primer Centro de Estudios, donde se pudiera atender mejor la formación de las vocaciones recientes. El Padre pensaba en este proyecto desde hacía tiempo. Poco después, el proyecto se hizo realidad: durante el verano de 1940 se adquirió una casa en la confluencia de la calle Lagasca con Diego de León, donde se trasladaron el Padre y algunos más, entre los que me encontraba yo. También se alquiló un piso en la calle de Martínez Campos.

Viví en ese Centro de la calle Diego de León durante algunos meses, cuando ya estaban instalados allí el Padre, la Abuela, Carmen y su hermano Santiago. La Abuela y Carmen ocuparon una habitación del piso principal que tiene un mirador en la esquina, con ventanas a las dos calles. Allí, pensábamos, podría vivir con algo más de amplitud... pero Dios se la llevó poco tiempo después.

Dejé a mi madre enferma en Madrid -contaría más tarde el Padre- para ir a Lérida a dar un curso de retiro a sacerdotes diocesanos. Ofrece tus molestias por esta labor que voy a hacer, pedí a mi madre al despedirme. Asintió, aunque no pudo evitar decir por lo bajo:

-¡Este hijo...!

Se fue a predicar a Lérida, preocupado por el estado de salud de su madre, aunque los médicos le habían tranquilizado, diciéndole que no parecía nada grave. Se abandonó en las manos de Dios. Señor -suplicó-, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes.

Más tarde nos contó cómo en una plática de aquel retiro habló a aquellos sacerdotes de la labor sobrenatural, inigualable, de la madre del sacerdote junto a su hijo. Al terminar, se quedó rezando en la capilla. Al rato, el Obispo de la diócesis, que asistía al retiro, vino a decirle, con la cara demudada, que Alvaro del Portillo le llamaba por teléfono desde Madrid. "Padre -escuchó al otro lado del hilo-, la Abuela ha muerto".

El Padre regresó de nuevo al Oratorio y, con el corazón sobrecogido, hizo un acto de aceptación plena y rendida de la Voluntad de Dios junto al Sagrario: Fiat, adimpleatur, laudetur... iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.

Era el 22 de abril de 1941. Encontró una persona amiga que iba en coche a Madrid y se prestó a llevarle rápidamente. Sin embargo, el vehículo tuvo una avería y no llegaron hasta las dos de la madrugada del día 23. Cuando entró en el oratorio de la casa de Diego de León, y contempló el cuerpo de su madre, rompió a llorar en silencio. Al salir le contaron cómo había sobrevenido su muerte, totalmente inesperada. Dios mío -musitó-, Dios mío, ¿qué has hecho? Me vas quitando todo: todo me lo quitas. Yo pensaba que mi madre le hacía falta a estas hijas mías, y me dejas sin nada...; ¡sin nada!

"Fue la primera vez que vi al Padre llorar -recuerda mi hermano Pepe- y fue también la primera vez que el Padre me dio un abrazo prolongado, largo, casi colgándose sobre mis hombros, con la cabeza pegada a la mía durante unos momentos, casi sin palabras. Sólo me dijo: ¡Pepe! Comprendí entonces hasta dónde llegaba el amor y corazón del Padre, y su entrega sin reservas a la Voluntad de Dios".

Días más tarde nos dijo: Señor, estoy contento porque sé que Tú la quieres y porque has tenido un detalle de confianza conmigo... Hay que procurar que todos mis hijos estén junto a sus padres cuando éstos mueran, pero a veces no será posible. Y has dispuesto, Señor, que en esto haya ido yo delante.

Siempre he pensado -nos comentaría más tarde- que el Señor quiso de mí ese sacrificio, como muestra externa de mi cariño a los sacerdotes diocesanos, y que mi madre especialmente continúa intercediendo por esta labor.

Sentí muchísimo la muerte de la Abuela. Yo estaba en Valencia como director de Samaniego, una nueva Residencia de estudiantes que había comenzado recientemente. Cuando nos llamaron por teléfono desde Madrid, comunicándonos su fallecimiento, hicieron mucho hincapié en que ofreciéramos muchos sufragios por su alma, pero nos indicaron que ninguno se trasladara a Madrid para el entierro: me costó cumplir mucho esta última indicación, por el gran cariño que sentía hacia ella.

Visión universal

Hay que aludir ahora, aunque sea brevemente, a los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Desde hacía varios años, siguiendo un plan aprobado por el Obispo de Madrid, Alvaro del Portillo, José María Hernández de Garnica y José Luis Múzquiz se preparaban intensamente para el sacerdocio, aunque el Padre ignoraba todavía cuándo y con qué título podría tener lugar la ordenación sacerdotal. Rezaba y pedía luces al Señor para encontrar una solución que le permitiera compaginar el carácter secular y laical propio del Opus Dei con la adscripción de los sacerdotes necesarios para el servicio de un apostolado universal.

Aquella situación de incertidumbre se resolvió al cabo de pocos años después de buscar y no encontrar la solución jurídica, como nos diría más tarde. La mañana del 14 de febrero de 1943, Dios le dio la solución, precisa y clara, mientras celebraba la Santa Misa en un Centro de mujeres del Opus Dei de la calle Jorge Manrique, donde estuvo el primer Sagrario de un Centro de mujeres del Opus Dei. Al acabar de celebrar la Misa dibujó el sello de la Obra en una hoja de su agenda -la Cruz de Cristo abrazando el mundo, metida en sus entrañas- y a partir de aquel momento pudo hablar de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Después fue a desayunar al Centro de Villanueva, donde yo vivía entonces. Encargó a Ricardo Fernández Vallespín que dibujara bien el sello de la Obra que había trazado poco antes en su agenda, con compás y tinta china; y al día siguiente fue en coche a un hotelito de la sierra de Guadarrama, donde estaban estudiando intensamente los primeros ordenandos: deseaba hablar cuanto antes con Alvaro del Portillo, que era Secretario General del Opus Dei.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz era la solución que había buscado durante mucho tiempo, sin encontrarla. Respondía plenamente a la luz que había recibido el 2 de Octubre de 1928, en la que había visto el Opus Dei, con seglares y sacerdotes en íntima cooperación.

Con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz -a cuyo título se ordenarían los nuevos sacerdotes del Opus Dei y que formaría parte integrante e inseparable de la Obra- se hacía posible la ordenación sacerdotal de algunos laicos del Opus Dei, que podrían asistir espiritualmente al resto de los miembros y atender las actividades apostólicas promovidas por ellos.

La ordenación sacerdotal de los tres primeros tuvo lugar el 25 de junio de 1944, de manos del Obispo de Madrid, Mons. Eijo y Garay, que tanto quería y apreciaba a nuestro Fundador. El Padre y todos estábamos conmovidos por aquel paso tan trascendental que se daba en el desarrollo de la Obra. Monseñor Eijo sabía que el Padre, por humildad, no iba a estar presente en la Misa de ordenación. Quiso entonces hacerse presente él, invitándose a comer con el Padre y los tres nuevos sacerdotes en la casa de Diego de León.

Durante la ordenación, el Padre permaneció en nuestro Centro de Diego de León, celebrando la Santa Misa y rezando por los ordenandos, fiel a su lema: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca. Al día siguiente -nos contó tiempo después el Padre- quiso confesarse con don Alvaro del Portillo, que recibía por primera vez una confesión y que a partir de aquel momento y durante toda su vida sería su confesor habitual.

Isidoro

Un año antes, el 15 de julio de 1943, en la víspera de la fiesta de la Virgen del Carmen, había fallecido Isidoro Zorzano, tras una penosa enfermedad que supo llevar ejemplarmente, ofreciendo sus sufrimientos por los futuros sacerdotes del Opus Dei.

Isidoro fue un puntal de la Obra, muy especialmente durante el tiempo que duró la guerra civil. Yo conviví con él en diversas ocasiones: coincidimos en las últimas semanas de la Residencia de Ferraz, cuando él ya se había trasladado de Málaga a Madrid. Luego conviví con él durante todo un año, primero en el Centro de la calle Jenner, número 6 y luego en los primeros meses del Centro de Diego de León. Posteriormente, volví a coincidir con él en otro Centro cuando se encontraba ya en la fase terminal de su enfermedad.

Isidoro era un hombre ejemplar. Fue el primer administrador general del Opus Dei y tuvo que afrontar muchos apuros económicos. Cuando cayó enfermo, durante el tiempo que pasó en un sanatorio llevado por religiosas, el Centro de la calle Núñez de Balboa era el más próximo al Sanatorio y por eso los que vivíamos en aquel Centro pudimos acompañarle más, y nos turnábamos con mayor facilidad que los que vivían en lugares más distantes. Quedamos edificados por su ejemplo, tanto anteriormente, cuando tenía salud, como entonces, cuando tuvo que afrontar los padecimientos de la enfermedad y la agonía. Vimos cómo puede vivir, trabajar y morir santamente un miembro del Opus Dei. El Padre prodigó su cariño y sus atenciones con este hijo suyo y tuvo la alegría de ver cómo la Iglesia abría, pocos años después, la Causa de beatificación de este hombre bueno y fiel.

Nuevos horizontes

Unos meses más tarde, el 6 de enero de 1944, me fui a vivir a la Residencia de La Moncloa, continuación de la Residencia de Jenner, que se había dejado el verano anterior. La razón del cambio fue que el director de esa nueva Residencia fue llamado inesperadamente a filas y, por añadidura, sufrió una larga fiebre tifoidea. El Padre indicó que fuera yo quien le reemplazara.

A pesar de vivir en La Moncloa solía ir con bastante frecuencia a Diego de León, donde me sucedió algo singular. Un determinado día el Padre había invitado a almorzar a varios prelados, cuyo nombre no sabría precisar. Esto no era extraño: recibía habitualmente a muchos obispos españoles y era frecuente que le visitaran muchos cardenales y obispos extranjeros, que pasaban por Madrid en dirección a Roma. Aquel día la invitación había pillado a Carmen un tanto de sorpresa y me llamó para que la ayudase en algunos detalles.

La mañana resultó agotadora, tanto para Carmen como para mí. Al fin lo tuvimos todo listo y entraron en el comedor los invitados y algunos miembros del Opus Dei -quizá Alvaro del Portillo, no recuerdo bien-. Durante la comida tuve que hacer varias gestiones, que me obligaron a subir y bajar deprisa varias veces desde el tercer piso, y la última vez que subí, me sentí bastante mal. Estaba muy sofocado y noté que me palpitaba mucho el corazón. Creí que se me pasaría el sofoco acostándome unos minutos, y así lo hice. Pero la arritmia fue aumentando y llegué a creer que me moría: intenté avisar a alguien, pero no lograba hacerme oír, porque me faltaba la respiración.

Al final se dio cuenta de la situación un residente que pasaba por allí, el cual, muy asustado, llamó enseguida al Padre y a un médico. Cuando el Padre entró en la habitación me encontró tendido en la cama, con las espaldas apoyadas en una pila de almohadas para poder respirar, rodeado por varios residentes muy asustados, que trataban de contener las lágrimas. El Padre estaba muy sereno. Me dio la absolución y me dijo:

-No te preocupes, esto no puede ser nada de importancia: tú tienes que ser sacerdote e ir a empezar la labor a un país muy lejano.

Llegó el médico -el doctor Serrano de Pablo- y comprobó que se trataba sólo de una momentánea descompensación del vago y del gran simpático: no había lesión del corazón. En uno o dos días me repuse por completo, aunque quedé un poco avergonzado por el numerito que había dado y, sobre todo, impresionado por las palabras que el Padre me había dicho.

Esas palabras me sacaron, no sólo del susto del momento, sino de la cortedad de miras a las que nos abocan con frecuencia las pequeñas preocupaciones de cada día. Me mostraron de nuevo el horizonte universal de la Obra: la entraña católica del Opus Dei.

De todos modos, quiero insistir de nuevo en la naturalidad con la que se producían estos sucesos que rozaban lo extraordinario. El Padre nos había prevenido contra la búsqueda de lo extraordinario, de lo llamativo, y hacía constantemente hincapié en el valor extraodinario -santificador- de lo ordinario, del trabajo cotidiano, hecho por amor a Dios. Pero es innegable que Dios le concedió numerosas gracias extraordinarias -de las que muy rara vez hablaba, y cuando lo hacía, era sólo con los mayores- para sostenerle y confirmarle en el cumplimiento de su misión.

"Si alguna vez nos hablaba de gracias más especiales -señalaba en sus recuerdos don José Luis Múzquiz- lo hacía siempre con un tono de humildad. Un día le oí contar que en los primeros tiempos de la Obra pasaba por grandes dificultades y una imagen de la Virgen, colocada en la fachada de una casa situada en una calle de Madrid, le sonrió. Pero lo que más me impresionó -subraya don José Luis- fue la sencillez y humildad con que comentó: es que lo necesitaba entonces".

La humildad del Padre

He dicho antes que la humildad presidía toda la actuación del Padre. Sobre este punto podría contar numerosísimos sucedidos. Rehuía todo aquello que pudiera ser un motivo de gloria personal. Sin embargo, los que estábamos a su lado no podíamos menos que asombrarnos de los grandes dones sobrenaturales que Dios le concedía. Eso hacía que, cuando el Padre advertía la admiración y el cariño que suscitaba a su alrededor, se esforzase para que las almas no se le apegaran. No quería, por ejemplo, que las personas se acostumbraran a confesarse sólo con él. Y cuando venían a verle personas que le admiraban mucho y yo le preguntaba luego quiénes eran y a qué venían, me contestaba: Nada, hijo, sólo querían ver al 'bicho'.

Lejos de producirle vanidad, tomaba a broma el interés y admiración que despertaba, evitando cualquier manifestación de lo que suele llamarse "culto a la personalidad", por insignificante e inocente que fuera. Podría citar muchos ejemplos, pero contaré sólo, como botón de muestra, algo que me sucedió años más tarde.

Es un suceso concreto, pequeño, aunque, a mi juicio, particularmente expresivo. Para que se comprenda bien, debo explicar primero que a mí siempre me había interesado -y era bien natural- conocer los lugares en los que había vivido el Padre antes de fundar el Opus Dei, así como otras de sus circunstancias personales. Pero el Padre no daba pie: deseaba que todo lo referido a su persona quedase en segundo plano; y realmente le sobraba ingenio y buen humor para evadirse de mis persistentes curiosidades.

Pues bien, yo creía que iba a conseguir mi objetivo años más tarde, en 1946, con motivo de la primera Comunión en Barcelona de Victoria, la hija mayor de mi amigo Pedro Ybarra y de Adela Güell. Toda la familia le había pedido al Padre insistentemente que fuera quien se la diera. El Padre accedió y le acompañamos en coche, hasta Barcelona, Manolo Barturen y yo. El Padre le dio la Comunión el 31 de mayo, y a la vuelta, el día 1 de junio, le di muchísimo la lata para que pasáramos por Barbastro, su ciudad natal, aunque fuera sin detenernos. Me hacía ilusión -le decía- conocer la ciudad donde había nacido y la casa donde había vivido de pequeño. Pero el Padre no quería. Al final, después de mi insistencia machacona, consintió en pasar por allí, pero sin detenernos. Sin embargo, después de varias horas de viaje bajo un sol canicular me quedé profundamente dormido, y cuando pasamos por la ciudad, dijo el Padre a los que venían en el coche: estamos llegando a Barbastro: como despertéis a Pedro, ¡os mato!. Y al rato, cuando me desperté, escuché, desconcertado, una abierta y gozosa carcajada del Padre, que me decía:

-Perico: ¡ya hace varios kilómetros que hemos pasado por Barbastro!]

Al ver mi cara de frustración, añadió divertido: Nos ha dado tanta pena despertarte viendo cómo dormías tan a gusto...: en la próxima ciudad pararemos para que toméis algo; además, ya tendrás ocasión de conocer estas ciudades del norte de Aragón.

Dos hijos sacerdotes

Cuando el Padre marchó a Roma en junio de 1946, ya habíamos sido ordenados diáconos la segunda promoción de sacerdotes del Opus Dei. Me acuerdo muy confusamente de las numerosas ceremonias de ordenación. Para la tonsura tuve que afeitarme el bigote y vestir por primera vez la sotana, el manteo y la teja.

Iniciar la vida de clérigo e introducirme en determinadas costumbres no me fue muy fácil. Cuando sólo había recibido las órdenes menores, caminaba un día delante del Colegio del Pilar de Madrid y vi de pronto cómo una muchedumbre de niños, alumnos del Colegio, se abalanzaban sobre mí para besarme la mano, como se solía hacer en esa época: me produjo una impresión realmente novedosa y en aquel preciso momento, muy desconcertante.

Don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid, que tanto quiso al Padre y a la Obra, nos administró la Tonsura, las Órdenes menores y el Presbiterado. Durante esas ceremonias el Obispo estuvo siempre muy paternal con nosotros: en la de la Tonsura, bromeó un poco conmigo y me cortó el mechón de pelo al raso, cosa que me obligó a cortarme después el pelo casi al cero...

No recuerdo ahora muchos detalles de las ceremonias previas, del Subdiaconado y del Diaconado, salvo que fueron larguísimas. La ceremonia del Subdiaconado la ofició Fray José López Ortíz, que era Obispo de Tuy, y tuvo lugar en el Centro de la calle de Diego de León. La del Diaconado la recibimos de manos de Don Casimiro Morcillo, entonces Obispo Auxiliar de Madrid, en la parroquia de su pueblo natal, Soto del Real, que entonces se llamaba Chozas de la Sierra. Hubo procesión por el pueblo y recuerdo que los ordenandos desfilamos por las calles a pleno sol con las dalmáticas al hombro.

Supongo que el lector imagina ya quién era otro de los ordenandos: sí; allí estaba a mi lado y apoyándose en mi hombro, porque se sentía mareado, el inseparable Paco, que a partir de aquellas fechas se comenzó a llamar don Francisco Botella.

Permanecimos varios meses de diáconos en espera también de que el Padre, que se había marchado a Roma para las gestiones de la primera aprobación pontificia del Opus Dei, volviera a Madrid. Recibimos el presbiterado en la Capilla del Palacio Episcopal de Madrid el 29 de Septiembre de 1946. El Padre, como había hecho en la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, no asistió a ninguna de nuestras ceremonias. Se quedó rezando por nosotros en Diego de León y, durante la ceremonia del presbiterado, estuvo en un Centro que teníamos entonces en la calle Españoleto.

Mis padres no pudieron asistir a mi ordenación sacerdotal porque seguían exiliados en la ciudad de Orán, en Argelia, que era entonces provincia francesa. La Primera Misa la celebré en Bilbao, en el Santuario de Nuestra Señora de Begoña. El Padre quiso que don Alvaro del Portillo fuera a Bilbao para acompañarme. Acudieron también muchos amigos entrañables.

Desde el mes de junio de aquel año, había comenzado un nuevo capítulo de la vida del Padre. Se había trasladado a Roma y el 16 de julio había tenido la dicha de ser recibido por el Papa Pío XII en audiencia privada.

Poco después de mi ordenación sacerdotal volvió a Roma, donde fijó su residencia. Por esa razón, a partir de ahora mi relato irá saltando años y fechas: me limitaré a reseñar los encuentros más significativos que tuve con nuestro Fundador durante su largo período romano, y también algunos sucesos que considero de particular interés.

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