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Pedro Casciaro

Capítulo 10: Los meses de Burgos

De Pamplona a Burgos

Conforme nos había anunciado, el Padre se trasladó a Burgos, donde se instaló en una modesta pensión situada en el nº 51 de la calle de Santa Clara. Hizo desde allí algunos viajes, por motivos apostólicos, en los meses de enero y febrero, a Valladolid, Avila, Bilbao, León, Zaragoza y Pamplona. Mientras tanto, yo comencé a hacer una serie de gestiones con mi tío Diego Ramírez Pastor, hermano menor de mi madre y director de un periódico en Bilbao -donde firmaba como Jorge de Claramunt-, para que me trasladaran a Burgos.

En esto, un día caí enfermo. Al enterarse, el Padre vino a verme a la pensión de doña Micaela. Estaba acompañándome cuando se presentó un soldado para comunicarme que se habían suspendido los permisos y debía presentarme inmediatamente en el Cuartel. Aquello me alertó: por aquellos días venían noticias alarmantes del frente de Teruel y se rumoreaba que nos iban a destinar a todos allí, donde se producían muchísimas bajas.

En un primer momento el Padre también se preocupó; me dio la bendición y me dijo que se quedaría rezando a la Virgen. Me aconsejó que no me preocupara, porque no me pasaría nada. Y en efecto, hacia la medianoche acabó el acuartelamiento y los que teníamos permiso para dormir fuera volvimos a nuestros domicilios.

Al llegar a la pensión me encontré con que el Padre estaba todavía esperándome: no había querido marcharse al Palacio Episcopal hasta saber qué había pasado y realmente la pensión de doña Micaela era un buen punto de información. Me recibió con el cariño con que un padre recibe a un hijo que ha sobrevivido a un gran peligro. Aquel cariño me emocionó y rezamos juntos una Salve de acción de gracias a Nuestra Señora.

Al fin me destinaron a Burgos. Paco había conseguido también que lo trasladaran a esa ciudad, y el 8 de marzo de 1938 pude irme a vivir con el Padre, con José María y con Paco, a la habitación que ocupaban -una sola para todos- en una pensión de la calle Santa Clara. Esta pensión estaba situada en un pequeño chalet, que ha desaparecido ya, que se encontraba muy cerca de la vía del tren. Desde una ventana se contemplaba la sobria fachada de la Casa-asilo de las Hermanitas de los Pobres, con unos decorativos blasones arzobispales esculpidos en piedra.

Mi destino en Burgos era la M.I.R., iniciales de la Dirección General de Movilización, Instrucción y Recuperación. Cuando se enteraron los jefes militares que tenía casi terminada la licenciatura en Ciencias Exactas me adscribieron al Gabinete de Cifra, dependiente de la Secretaría del General Orgaz, y me encargaron de cifrar y descifrar los telegramas que se enviaban y recibían en clave.

Allí conocí a Pedro de Ybarra Mac-Mahon, un soldado joven, más bien flaco y con gafas de concha, rubio, que destacaba por su educación y su simpatía. Pedro me puso al corriente de mi nuevo trabajo, y así nació entre los dos una larga amistad que ha durado toda la vida y que en aquellos momentos me ayudó mucho a sobrellevar las horas interminables que pasábamos diariamente en la Secretaría.

El trabajo era abundante: cuando no había telegramas que cifrar, me mandaban dibujar planos del Estado Mayor o escribir a máquina. Pedro, que hablaba bien varios idiomas, se dedicaba a traducir manuales extranjeros, que luego se reimprimían como textos de las Academias Provisionales que dependían de Orgaz. Al terminar el trabajo, me volvía a la pensión de Santa Clara.

Estuvimos poco tiempo en aquella pensión. Durante ese tiempo el Padre celebró algún día la Santa Misa en el Monasterio de Santa Clara, que estaba muy cerca de allí; pero pronto comenzó a decir Misa habitualmente en la capilla de las teresianas, en el nº 5 de la calle de la Merced. Se ofreció a darles algún retiro o alguna meditación, por el gran afecto que tenía hacia el Padre Poveda y a la Institución fundada por él, y procuró ayudarlas en los duros momentos que atravesaban, como consecuencia de la muerte de su Fundador. Y en aquellos momentos de penuria, a pesar de la situación de pobreza absoluta en la que se encontraba, tomó una decisión heroica: no recibir nunca estipendios de Misas.

En nuestra pensión se hospedó también durante cierto tiempo Navarro Borrás, el antiguo profesor de Paco y mío en la Escuela de Arquitectura, que conocía al Padre desde antes de la guerra. Había también allí varios personajes singulares; el más curioso y característico de todos era una inglesa de unos cincuenta años que trabajaba como "speaker" en Radio Nacional. Era la única persona de la pensión que tomaba té, y Paco y yo la llamábamos entre nosotros "miss Peluca" por la textura de su cabello. Al principio le caímos bastante mal; no hacía más que protestar por el ruido que formábamos Paco y yo con nuestras pesadas botas de soldado al subir y bajar por la escalera de madera. Pero el Padre nos reconcilió con ella, hasta el punto de que acabó llamándonos, cariñosamente, "Pegüico y Pacuito".

"Tierra de nadie"

Cuando llegué a Burgos, durante el mes de marzo, el Padre se encontraba muy enfermo. Me dijeron que llevaba así desde el mes de febrero. Como siempre, no quería dar importancia a su salud, pero apenas se le tocaba la mano se notaba que tenía fiebre; y por las tardes le subía mucho la temperatura. Tenía una tos seca y persistente y una fuerte afonía. Paco estaba muy alarmado: me dijo que había llegado a vomitar sangre.

Con el paso de los días, como aquello no cedía, el Padre, que nunca fue aprensivo, debió llegar a preocuparse también: eran los síntomas propios de una tuberculosis avanzada, enfermedad que entonces era incurable.

Además de incurable, era contagiosa; y el Padre se planteó -si realmente era tuberculosis- cómo podría convivir con nosotros y, en general, tratar apostólicamente a gente joven. Sin embargo, en medio de aquella incertidumbre, vivía con gran paz: se había puesto totalmente en manos de Dios, aceptando Su Voluntad.

Tardó en ir al médico a que le reconociera, porque no quería gastar en su salud un dinero del que no disponíamos. Pero, gracias a las indicaciones de Ricardo, que vino a verle, y a la insistencia de Paco, consintió en ir al médico, aunque con la condición de permanecer sólo durante el reconocimiento. Quiso que le acompañara José María Albareda. Tiempo después nos comentó con humor que, como José María era un sabio, era más fácil que estuviera en las nubes, y le resultaría más sencillo desprenderse de él y entrar solo al consultorio. Así ocurrió. Luego, durante la consulta, para lograr que el especialista le dijera con toda crudeza la verdad del diagnóstico, antes de ponerse ante la pantalla de rayos X, le dijo bromeando:

-Bueno, doctor, vengo a que me revise mis cavernas... ¿no sabe que soy 'cavernícola'?

El médico lo revisó a fondo; y, superado el desconcierto que las palabras del Padre le habían causado, le dijo: "Usted no tiene, ni ha tenido, lesión alguna en los pulmones". Tras nuevas consultas con un otorrinolaringólogo, los médicos no encontraron la causa del mal: concluyeron que aquella lesión "estaba en tierra de nadie".

La camiseta de Sigfrido

Sin embargo, el hecho de que el médico hubiera descartado una posible tisis, no significó que el Padre recuperara la salud; y las condiciones materiales en que vivía no favorecían demasiado su restablecimiento: atravesábamos uno de esos crudos inviernos de Castilla, que el Padre afrontaba, por pobreza y mortificación, alimentándose poco y abrigándose menos. Llevaba habitualmente una sotana ligera para andar por casa, la única que tenía; y cuando salía a la calle, sólo se ponía una dulleta de entretiempo y el sombrero de fieltro que le había regalado el obispo de Pamplona. No consintió en que le compráramos un jersey y una bufanda. Ricardo, en una de las visitas que nos hizo desde el frente, nos encargó a Paco y a mí que nos esforzáramos por cuidar la salud del Padre; pero -como se verá a continuación- no nos resultó nada fácil cumplir este encargo.

Hay que situarse primero en nuestras circunstancias materiales. Nos desenvolvíamos en medio de grandes penurias económicas y no teníamos con frecuencia ni para lo más imprescindible. Por ejemplo: sólo contábamos con cinco pijamas para todos. Eso significaba que había que lavar rápidamente el pijama sobrante para que el siguiente usuario se pudiera cambiar. Y sólo teníamos -para los cuatro- una camiseta de abrigo, que tenía una enrevesada letra gótica bordada en el pecho con las iniciales de su antiguo propietario. Era bastante gruesa y de buena lana, y nos la habían regalado -usada, pero en buen estado- a nuestro paso por San Sebastián.

Un día que estaba vestido con los pantalones y las botas militares, me puse la camiseta y vi que me cubría hasta las rodillas, dándome cierto aspecto de soldado medieval; me coloqué encima mis correajes de soldado y, ante las carcajadas de Paco y José María, comencé a representar Lohengrin. De pronto, entró el Padre y suspendí la representación. Nos preguntó qué hacíamos: Paco le explicó, candorosamente, que yo estaba haciendo de Sigfrido. A partir de entonces la camiseta se llamó la "camiseta de Sigfrido". El resto de las prendas de ropa que usábamos en rotación también tenían nombre propio: "el pijama del chófer", "el del presidiario", etc.

Esta "camiseta de Sigfrido" dio pie a que yo, en mi deseo de cuidar al Padre, llegara a extralimitarme. El Padre no se quería poner la famosa camiseta argumentando que había tenido siempre una especial aversión hacia esas prendas: era verdad, pero no la quería usar fundamentalmente por mortificación, y para que nos la pusiéramos nosotros. Hasta que un día en el que hacía mucho frío y el Padre seguía afónico y con mucha tos, Paco y yo, movidos por el cariño, pero sin delicadeza, casi le obligamos físicamente a que se la pusiera. A los pocos minutos ya se la había quitado y entonces nos dimos cuenta entonces de lo improcedente de nuestro comportamiento; le pedimos perdón y quedamos en buscar otros medios para cuidar su salud.

¡Tú eres Pedro!

En medio de esta situación de penuria material, Paco y yo intentábamos hacer descansar al Padre, y procurábamos distraerle comentándole cosas divertidas. Recuerdo que le relaté un sucedido de mi reciente estancia en Pamplona que le divirtió mucho. El obispo había organizado grandes festejos con motivo del día del Papa: Santa Misa, Recepción y Besamanos, y por la tarde, prédica en la iglesia de San Nicolás; y yo, que le conocía personalmente, fui a escucharle a la iglesia. Me senté en una de las primeras filas, frente al púlpito. A la hora prevista llegó don Marcelino, comenzó el sermón, hizo una pausa, y de pronto exclamó con voz atronadora:

-Tú... eres... ¡Pedro!

Yo pensé que se estaba dirigiendo a mí y, sorprendido, di un respingo y un salto sobre mi asiento. Luego comprendí que se trataba sólo del conocido versículo del Evangelio "Tú eres Pedro... y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia".

Con este tipo de anécdotas intentábamos aliviar el sufrimiento que experimentaba el Padre por los que habían quedado en Madrid -Alvaro, Isidoro, Vicentón... su madre, sus hermanos Carmen y Santiago...-, de los que hablaba continuamente; por los que estaban en los frentes de Madrid o Teruel, donde hubo muchas bajas; y por las dificultades que iba encontrando de nuevo, después de diez años de trabajo incesante, para poner en marcha la labor apostólica.

El Hotel Sabadell

Durante las semanas que vivimos en la pensión de Santa Clara, el Padre nos habló en varias ocasiones de la conveniencia de buscar un piso para atender mejor la labor apostólica desde aquella ciudad. Pero en aquellos tiempos, alquilar un piso en Burgos era algo casi imposible, si no se desempeñaba un alto cargo militar o político; y no era ése nuestro caso. Tampoco se podía resolver ese problema con dinero, porque no lo teníamos.

Algunos miembros de la Obra nos remitían esporádicamente algo de dinero, pero eran cantidades mínimas. Ricardo, Juan y algunos más hacían economías hasta extremos inverosímiles para enviarnos parte de sus modestos sueldos. Tampoco José María ganaba demasiado con su trabajo; y, en lo que se refiere a Paco y a mí, sólo recibíamos del Ejército dos pesetas diarias. Y como ya he dicho, en aquellas circunstancias, el Padre había decidido, por pobreza, no recibir estipendios de Misas y de predicación.

Eso explica que cuando el capitán Martos nos comentó a Pedro Ybarra y a mí que había previsto nombrarnos Oficiales Honorarios, porque al Gabinete de Cifra solo podían pertenecer, según el reglamento, Oficiales del Ejército, yo procurase quitarle rápidamente esa idea de la cabeza. Con esa distinción lo único que iba a conseguir era quedarme sin las dos pesetas diarias que nos pagaban -sin ninguna otra remuneración a cambio-, y sin el derecho, además, a beneficiarme del comedor de Cuartel General, que estaba destinado a la tropa, donde comía habitualmente...

Cuando desechamos la idea, por imposible, de encontrar piso en Burgos, nos pareció que dábamos un gran paso dejando la pensión de Santa Clara y trasladándonos al Hotel Sabadell. Y allí nos fuimos a vivir el 29 de marzo. El Sabadell era un hotel de tercera, situado en el número 32 de la calle de la Merced, frente al río Arlanzón.

El edificio se podía contemplar hasta hace muy poco tiempo, con otra numeración -el 11- y dedicado a otro uso. Tenía una simpática fachada de estilo floreal provinciano, tan característico de la época en que fue construido. Sobre la entrada se alzaba una airosa marquesina de hierro y cristal, que daba acceso casi directamente a la escalera. Constaba de una planta baja y tres pisos con tres habitaciones que daban a la calle. Nuestra habitación era la nº 9 y correspondía al primer piso -al mirador de la izquierda-, inmediatamente encima de la marquesina de entrada.

Para que lo que voy a contar se entienda bien, hay que hacerse una idea concreta de las circunstancias materiales en las que vivíamos. Por esa razón me detendré en la descripción pormenorizada de aquella habitación de veintiocho metros cuadrados con treinta y cinco centímetros en la que nos instalamos los cuatro: el Padre, José María, Paco y yo. En este exiguo espacio se rezaba, se trabajaba, se dormía, nos lavábamos y afeitábamos, y hasta se recibían visitas, muchas visitas. Y allí, por increíble que parezca, se atendía la labor apostólica con más de un centenar de personas de diversa edad y condición.

Nuestra habitación tenía, como diría un decorador moderno, tres "ambientes". La parte más amplia, la habitación propiamente dicha (4,63 por 3,92 metros), estaba amueblada con las tres camas de José María, de Paco y mía. Quedaba el espacio justo para un pequeño ropero -suficiente para lo poco que teníamos los cuatro-, una mesa rectangular y un par de sillas. Frente a la puerta de entrada había otro "ambiente": un mirador acristalado, que contaba con dos pequeños sillones, una mesita de mimbre y unas persianas de tiras de madera pintadas de verde que lo protegía del sol y de la curiosidad de los transeúntes, proporcionándole cierta intimidad.

Frente al mirador, junto a la puerta de entrada, se encontraba el acceso al tercer "ambiente": una pequeña habitación a la veneciana donde estaba el dormitorio del Padre. Este cuarto sin iluminación directa contaba con una cama, una mesilla de noche, un lavabo de agua corriente y una percha (clavada sobre una pequeña puerta que la comunicaba directamente con el pasillo, pero que siempre estuvo cerrada). La separación entre la habitación y el dormitorio del Padre consistía en una cortina de tela de mala calidad, blancuzca y casi trasparente.

Era un lugar incómodo y pequeño: y como la parte superior de la puerta de la habitación era de vidrio esmerilado, cada huésped del hotel que llegaba tarde por la noche, no despertaba invariablemente al encender la luz del pasillo.

Poco a poco aquel cuarto fue adquiriendo un ambiente familiar. El Padre nos sugirió la posibilidad de confeccionar unos banderines de carácter deportivo-universitario, y compramos unos trozos de fieltro de diversos colores: azul, amarillo y blanco. Yo recorté los patrones, y como el Padre había comenzado ya su labor apostólica con algunas chicas jóvenes, gracias a la ayuda de la madre de Vicente Rodríguez Casado, fueron ellas quienes los confeccionaron y cosieron. Uno de los banderines llevaba el nombre de RIALP, el bosque donde estuvimos durante la travesía de los Pirineos, y otro el de DYA. Aquellos banderines le dieron mucha vida a la habitación, donde pusimos también algunos mapas de varias regiones españolas.

En aquel mirador de reducidas dimensiones (1,78 metros de largo por 0,80 de fondo), recibió el Padre a muchísimas personas. Venían a verle sobre todo estudiantes que habían frecuentado la Residencia DYA, que iban presentándole nuevos amigos a su vez. Algunos de estos muchachos murieron en los frentes de guerra.

En aquel clima juvenil, debo reconocer que ni a Paco ni a mí nos resultaban tan gratas las visitas que recibía el Padre de gente de más edad, y que eran también muy numerosas. Cuando venían los jóvenes hacíamos una tertulia y, si era domingo, dábamos un paseo hasta Las Huelgas u otro lugar de las afueras de Burgos; con frecuencia el Padre aprovechaba estas salidas para hablar confidencialmente con cada uno, paseando a la vera del Arlazón, desafiando al frío, la lluvia o el calor. Pero cuando le visitaban personas de más edad era otra cosa. Paco y yo los llamábamos los "importantes". Llegaban; saludaban al Padre, que los invitaba a sentarse en el mirador; cerraban los postigos; y la habitación se quedaba a oscuras. Teníamos que encender la luz, aunque fuera pleno día. Cada vez que sucedía esto, Paco me decía por lo bajo: "¡buenas noches!".

Muchas de esas visitas eran de sacerdotes; algunos fueron después obispos y arzobispos. Recuerdo, entre muchos otros, a don Antonio Rodilla, don Angel Sagarmínaga, don Daniel Llorente -que luego fue Obispo de Segovia-, don Casimiro Morcillo, futuro Arzobispo de Madrid, que era uno de los que iban a verle con más frecuencia... Todos consideraban al Padre como un sacerdote excepcionalmente santo: así nos lo decían, en un aparte, a Paco y a mí; y tengo que reconocer que mi reacción interior no era demasiado humilde, porque, como comprobaba aquella afirmación noche y día con mis propios ojos, al oírla pensaba para mis adentros: ¡qué me va usted a decir a mí!

Fueron muchas veces las que se "hizo de noche" en nuestro cuarto del Hotel Sabadell. Entonces no comprendíamos demasiado por qué el Padre recibía a todas aquellas personas mayores y a aquellos sacerdotes; pensábamos que le quitaban tiempo. Años después, con el desarrollo de la labor apostólica, cuando llegaron al Opus Dei hombres casados y sacerdotes diocesanos, acabé de entender por fin aquel celo sacerdotal del Padre en el pequeño mirador del Hotel Sabadell.

Contabilidad vectorial

Hay una anécdota divertida que, aunque a primera vista pueda parecer intrascendente, pone de manifiesto los apuros y penurias de nuestra economía burgalesa. Un día nos comentó el Padre que le habían regalado un buen cigarro habano, y pensaba regalárselo a don Francisco Navarro Borrás, nuestro antiguo catedrático, que venía a visitarle con cierta frecuencia. Don Francisco era muy aficionado a los habanos, artículo de consumo que escaseaba mucho en aquellos tiempos de guerra, y el Padre, pensando en la alegría que le iba a dar cuando se lo diera, lo envolvió cuidadosamente y lo guardó en el cajón del pequeño escritorio que teníamos en nuestra habitación.

Pero a Paco y a mí también nos gustaban los habanos... y nos hicimos el siguiente razonamiento: hay unos habanos más largos que otros; unos acaban en punta por ambos extremos, otros no; y como aquel era muy largo y puntiagudo por las dos partes, no se notaría nada si le cortábamos una de las puntas cuidadosamente con una cuchilla de afeitar. Ni cortos ni perezosos le dimos dos pequeños tajos y, desmenuzando el tabaco, nos hicimos dos pitillos muy delgaditos.

Lo malo fue que a la semana siguiente seguíamos sin tabaco y sin dinero y... repetimos la operación. Y así, en varias ocasiones, hasta que el flamante habano quedó reducido a la mínima expresión. Un buen día apareció Navarro Borrás, y cuál no sería el apuro de Paco y mío cuando oímos que el Padre le decía: Te tengo preparado como sorpresa un estupendo cigarro habano, así de largo... Abrió el cajón del escritorio y al ver la minúscula dimensión a que había quedado reducido el cigarro, disimuló como si no lo encontrara y cambió de conversación. Y, en cuanto se fue don Francisco, nos comentó:

-Cuando haya un cigarro puro y os lo queráis fumar, hacedlo con toda paz; pero, por favor, ¡no me hagáis pasar estas vergüenzas!

Años después se divertía el Padre contando esta anécdota que, por sí sola, explica elocuentemente la escasez en que vivíamos.

El poco dinero del que disponíamos iba a parar a una caja común, que era tan pobre por el contenido como por el continente. Era una caja cuadrada de madera, que había servido de envase a un queso de Burgos que nos había regalado alguien, con una tapa que giraba alrededor de uno de los cuatro clavitos con los que vino cerrada. Paco llevaba la contabilidad, que era muy rudimentaria. Iba anotando las cantidades en una cuartilla de papel, con una flecha hacia dentro o hacia afuera, según fuera un ingreso o una salida; especificaba después la cantidad en pesetas y céntimos; y finalmente, entre paréntesis, el concepto del ingreso o del gasto. Al acabar el mes, sumaba las cantidades correspondientes a las flechas dirigidas hacia adentro, y sumaba las de las flechas hacia afuera: la diferencia era el saldo. El Padre no se había dado cuenta de cómo llevábamos la contabilidad, pero una vez que Paco tuvo que ausentarse de Burgos traspasó la caja a José María, y éste comentó cándidamente que Paco llevaba "contabilidad vectorial".

El Padre preguntó qué era eso, y cuando José María se lo explicó, alabándolo como algo muy ingenioso, le dijo:

-¡Vergüenza debiera daros que, entre dos matemáticos y un investigador científico, llevéis las cuentas peor que la cocinera de mi madre!

Compramos entonces una libreta adecuada y comenzó a llevarse la contabilidad debidamente, sin flechas ni vectores de ningún tipo...

Cada vez que recuerdo estos pequeños sucesos, comprendo que sin esa claridad, sin esa serenidad y esa gracia humana que tenía nuestro Padre para decirnos las cosas, no hubiera podido formarnos con la fortaleza y constancia con que siempre lo hizo. Dios le concedió el don de saber exigirnos, como realmente nos exigió, y dejarnos después de cada corrección un grato recuerdo: tanto por el contenido de la advertencia, como por el cariño con que la hacía; e incluso por el garbo humano con que nos lo decía.

Sus palabras nos calaban hondo y las recibíamos con mucho respeto, pero era tal su ingenio y su fino sentido del humor que, en ocasiones, aunque nos hablara muy en serio, teníamos que esforzarnos por no reírnos. Su caridad y su agudeza nos ayudaban mucho pedagógicamente para que no olvidáramos la advertencia, sin dejarnos nunca una herida o una amargura en el alma.

En aquella situación de estrecha convivencia se detectaba fácilmente hasta la cosa más pequeña. Me di cuenta entonces de cómo vivía el Padre la virtud del orden, hasta en detalles que podrían resultar insignificantes. Y conseguía algo más difícil todavía: conservar ese orden en medio de nuestro desorden. Todavía recuerdo una pequeña caja de hojalata en la que guardaba agujas, hilo y botones de todas clases. Cada vez que uno de nosotros echaba mano de la caja, lo dejaba todo manga por hombro; luego el Padre, con gran paciencia y haciéndonos alguna cariñosa alusión, volvía a poner cada cosa en su sitio.

Se cosía personalmente los botones de la sotana que se le caían; y esa costumbre no sólo la vivió entonces, por las circunstancias especiales que atravesábamos; años después, cuando residía en la casa de Diego de León en Madrid, también conservaba una caja parecida en la cómoda de su cuarto y, aunque no tenía demasiada habilidad manual y se pinchaba frecuentemente con la aguja, vi muchas veces cómo se aseguraba los botones de la sotana.

Día tras día, fui comprobando también cómo tenía constantes detalles de cariño con unos y otros, y hablaba bien de todos. Recuerdo una anécdota muy significativa: una vez había invitado a desayunar a un chico y tomamos chocolate con churros. Cuando se fue, comentamos al Padre que su invitado había demostrado verdaderamente tener buen apetito: se había ido zampando, una tras otra, varias tazas de chocolate y varias raciones de churros. El Padre lo disculpó, como siempre, con caridad y buen humor: nos dijo que lo que le pasaba es que no sabía calcular: se le acababan los churros cuando todavía le quedaba chocolate, y se le acababa el chocolate cuando todavía le quedaban churros... Este comentario es un elocuente botón de muestra de la finura de su caridad: sabía dar siempre un sesgo simpático a cualquier comentario que pudiera ser crítico, o parecerlo; aunque fuera de broma o sobre algo intrascendente, como en este caso.

Por lo que a mí se refiere, a pesar de mis intervenciones desafortunadas, me trató siempre con gran paciencia. Años más adelante, cuando adquirí más formación, le oí que suspiraba de vez en cuando:

-¡Pobre señor, pobre señor!

-¿A qué señor se refiere, Padre?, le pregunté un día, intrigado.

-¿A quién va a ser, hijo?, me contestó divertido, con aquel cariño y aquella gracia tan suya: ¡a tu padre, que ha debido ser un santo aguantándote, y me ha dejado a mí todo el trabajo de domarte!

La penitencia del Padre

No tengo más remedio que abordar ahora un capítulo de nuestra estancia en Burgos realmente difícil de escribir: el de las mortificaciones y penitencias del Padre. Todavía me dan escalofríos cuando las recuerdo.

Solo entendemos un suceso con cierta profundidad cuando lo encuadramos en el ámbito de las circunstancias que lo rodean; es decir, cuando lo situamos en el lugar que le pertenece dentro de un conjunto, contemplándolo y valorándolo en el marco de su propio ambiente. Por esa razón me he detenido tanto en la descripción del lugar donde vivíamos y me he esforzado en evocar el trato que tenía con los que le acompañábamos. Sólo dentro de este contexto se entienden algunas de las actitudes del Padre en aquel tiempo, y algunos rasgos de nuestro comportamiento, movido por el deseo de cuidar de su salud.

En el Hotel Sabadell pagábamos cuatro pesetas por cama, o sea dieciésis pesetas al día en total. No recuerdo cuánto nos cobraban por cada comida, pero el precio normal en cualquier modesto restaurante de Burgos no bajaba de ocho pesetas. Cuando estaba José María Albareda en Burgos el Padre comía con él en el hotel; cuando no estaba, no comía nada o tomaba "cualquier cosa" para poder decir que había comido. Paco y yo almorzábamos en el Cuartel, y cuando volvíamos y le preguntábamos dónde había comido, eludía la pregunta. Vivía el ayuno como dejó escrito en Camino: El ayuno riguroso es penitencia gratísima a Dios. Pero, entre unos y otros, hemos abierto la mano. No importa -al contrario- que tú, con la aprobación de tu Director, lo practiques frecuentemente.

En aquella época de Burgos el Padre no tenía director espiritual fijo; se confesaba ordinariamente con el P. López Pérez, CMF, y con un sacerdote secular, don Saturnino Martínez. Ignoro lo que sabrían y lo que opinarían estos buenos sacerdotes sobre esta materia: lo que estaba claro es que Paco y yo no estábamos en absoluto de acuerdo con aquellos ayunos. Y manifestábamos nuestra discrepancia según nuestro carácter y nuestra madurez humana y espiritual. Paco llevaba la contabilidad, y deducía, por lo que gastaba el Padre, lo poco que comía. Debía acudir a algún lugar tan pobre y tomar tan poca cantidad, que sólo gastaba dos pesetas con cincuenta céntimos. Por la noche, al volver del Cuartel, Paco me decía que el Padre, una vez más, no debía haber comido; entonces yo "pasaba a la acción", muchas veces sin la debida delicadeza.

-Padre -le preguntaba-: ¿ha comido hoy o no?

El Padre contestaba con evasivas y me decía que había tomado "algo". Pero ya estábamos sobre aviso, porque habíamos descubierto que ese "algo" eran unos céntimos de cacahuetes. Tomaba un "algo" y así, cuando le preguntábamos podía decir que había comido.

-Padre -insistíamos día tras día- ¿por qué no cena esta noche? Mire, podemos ir a...

-Gracias, gracias, contestaba. No tengo apetito.

Algunas noches lográbamos, después de una pesada insistencia, que se tomara una pequeña tortilla de patatas que vendían, a una peseta, en la cantina de la Estación del Ferrocarril. Sin embargo, aunque el Padre procuraba que no nos diéramos cuenta, intuíamos que muchos días su ayuno era total.

Su mortificación no acababa en el ayuno. A veces le tocaba el turno a la sed y había temporadas en que no tomaba agua. Hay un punto de Camino muy expresivo: Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel... Paco seguía dándome "el parte" cada noche: "pues me parece que hoy tampoco ha bebido agua". Se le notaba claramente, porque al hablar tenía la boca y la garganta resecas. Así fueron pasando los días hasta que una noche no me controlé y decidí "actuar" y cortar aquello por lo sano. Llené un vaso de agua y se lo entregué, diciéndole:

-¡Bébaselo!

El Padre se negó, y me dijo que me estaba extralimitando. Entonces, conteniendo a duras penas mi mal genio, le contesté:

-¡O se lo bebe o lo tiro!

Al ver que no cedía, dejé caer el vaso, que se estrelló en el suelo, y se rompió en mil añicos. Entonces, el Padre, divertido, imitando mi manera de hablar, me dijo pacientemente:

-¡Rabioso!

Todo acabó pidiéndole perdón y recogiendo Paco y yo el agua y los vidrios del suelo. Al rato -cuando ya estaba yo a punto de acostarme y rezaba de rodillas tres Avemarías-, me dijo con cariño: Lleva cuidado y no andes descalzo; no vaya a haber algún trozo de vidrio en el suelo.

Al ayuno y la sed se añadían las disciplinas. No podía tomarlas en el cuarto de baño que había al fondo del pasillo, porque se oían en todo el piso. Habitualmente lo hacía cuando nosotros estábamos fuera, pero cuando no era posible, las tomaba en su dormitorio, sin más separación que la delgada cortina, que lo aislaba muy relativamente. Y cuando yo interferí hasta en esto, tratando de que mitigara su mortificación, su contestación fue de un tenor parecido al que puede leerse en Camino: Si han sido testigos de tus debilidades y miserias, ¿qué importa que lo sean de tu penitencia?

Al ayuno, la sed y las disciplinas hay que añadir, además, las noches que pasaba en el suelo, lugar donde dormía frecuentemente, en el hueco que quedaba entre su cama y la pared. Un día le dije, con segunda intención, que esa cama, ya que no se usaba, resultaba bastante superflua... El Padre procuraba actuar de tal forma que su mortificación pasara inadvertida; pero no nos resultaba difícil adivinar, por mucho que se esforzase en que no nos enterásemos, por el leve ruido que hacía, que no se acostaba en la cama; y si lo hacía, cuando creía que ya estábamos dormidos, se bajaba al suelo. Dormía con la cabeza apoyada en un Breviario, un Totum utilísimo de un solo volumen que le había regalado don Eliodoro Gil Rivera. Califico aquel libro de "utilísimo", porque el Padre le daba doble uso: le servía durante el día para rezar las horas canónicas y durante la noche como almohada.

Y al ayuno, la sed, las disciplinas y el suelo, hay que añadir, por último, la mala salud. El Padre seguía débil y dos o tres meses después de nuestro traslado al Hotel Sabadell volvió a tener fiebres altas. Nos preocupamos mucho; y eso hizo que se me ocurriera pedir a Dios que le quitara la fiebre a él y me la diera a mí. Quizá hice esta petición sin creer que el Señor me pudiera escuchar... por eso me asusté muchísimo cuando, aquella misma tarde, me entró un calenturón tremendo y al Padre se le fue la fiebre.

Llamaron al médico; me diagnosticó tifoidea o paratifoidea y mandó que me hicieran unos análisis. El resultado de los análisis fue negativo, pero yo seguía con fiebre alta. Con mucho apuro y vergüenza acabé por contar al Padre mi petición al Señor.

-No se te vuelva a ocurrir hacer algo semejante -me dijo-, y ahora quédate tranquilo. Y poco después, la fiebre se fue como había venido.

Como bien se ve, no sabíamos qué hacer para cuidar al Padre; y se lo contamos por carta a Juan y a Ricardo. Tiempo más tarde he tenido noticia de la existencia de una carta que escribió el Padre a Juan durante esa misma época, a consecuencia de la nuestra, en la que le explicaba los motivos de su comportamiento. Pedía a Juan en esa carta que nos enviara un sinapismo -es decir, una indicación precisa y clara- "de los suyos". Pensaba el Padre que, a pesar de la buena voluntad de Paco y mía, el demonio podía servirse de nosotros -a los que nos llamaba, cariñosamente "estos niños"- para disminuir su espíritu de mortificación. Una mortificación que sentía que Dios le estaba pidiendo para sacar adelante la Obra.

Esta carta, que transcribo íntegra, es un testimonio del temple heroico de su virtud, de su afán de santidad y de su profundísima humildad: decía de sí mismo que necesitaba "golpes de hacha".

Querido Juanito: Por muchos motivos, creí y continúo creyendo que conviene que me entreviste contigo. Sin embargo, si el Señor no lo arregla, El siempre sabe más.

Antes de nada, como sé que estos pequeños te han enviado una famosa carta, en la que hablan de mi plan de vida, he de decirte que ellos van con la más recta intención, pero, sin darse cuenta, le hacen el juego al enemigo.

Y, naturalmente, ante las intromisiones -a veces, incluso un poco violentas- llenas de afecto y... desorbitadas, escarmentado por la experiencia de meses, en lugar de tratar el negocio de palabra, les puse unas líneas secas, a estos niños, y creo han escrito a Ricardo y te han escrito a ti.

Conste que yo -aunque no tengo en Burgos Director- nada he de hacer que suponga abiertamente peligro para la salud: no puedo, sin embargo, perder de vista que no estamos jugando a hacer una cosa buena..., sino que, al cumplir la Voluntad de Dios, es menester que yo sea santo ¡cueste lo que cueste!,... aunque costara la salud, que no costará.

Y esta decisión está tan hondamente enraizada -veo tan claro- que ninguna consideración humana debe ser obstáculo, para llevarla a efecto.

Te hablo con toda sencillez. Motivos hay: porque has convivido conmigo más que nadie, y de seguro comprendes que necesito golpes de hacha.

Por tanto hazme el favor de tranquilizar a estos pequeños, con un sinapismo de los tuyos.

Mariano

Burgos -30-IV-938

Noticias

Como antes de la guerra, el Padre seguía poniéndose en contacto desde Burgos con los miembros de la Obra y los chicos que trataba en Madrid, mediante las páginas de Noticias, que confeccionábamos con los escasos medios a nuestro alcance. ¡Ya nos hubiera gustado disponer del velógrafo que teníamos en Ferraz!

A falta de velógrafo, tuvimos que conformarnos con una máquina de escribir portátil que compramos a bajo precio en una tienda de los soportales de la Plaza Mayor, que entonces se llamaba de José Antonio. Era un modelo antiquísimo, marca Corona, con el que sólo se podía marcar cada vez el original y un par de copias. Eso significaba que había que escribir muchas veces con ese un curioso cacharro cada uno de los ejemplares, hasta lograr el número total de copias previstas.

He designado aquello como curioso cacharro, porque realmente era un aparato bastante peculiar: cada tecla tenía tres signos: un signo con las letras minúsculas, otro con las mayúsculas y un tercero con los paréntesis, admiraciones, números, punto y coma, etc. Cuando marcábamos estos terceros signos, el carro de la máquina se levantaba seis u ocho centímetros; y para guardar este artefacto en su estuche, había que desplegar el carro sobre el teclado, que giraba sobre unas charnelas. Pues bien, con este instrumento de museo se escribió, ya en la pensión de Santa Clara, el primer número de Noticias durante la guerra y luego, ya en el Hotel Sabadell, todos los demás.

Recuerdo unas palabras que dedicó el Padre en aquel primer número a mi viejo amigo Ignacio de Landecho, con el que ya habíamos podido establecer contacto: LANDECHO, Ignacio. Sabemos muchas cosas de este gran hombre, pero no las queremos decir hasta que vuelva a escribir otra carta de seis pliegos.

En ese primer número aludió también a Carlos Aresti, un residente de Ferraz. Le habían herido gravemente y el Padre viajó a Bilbao para atenderle. Llegó a tiempo para confortarle espiritualmente. Falleció enseguida. ¡Murió Aresti!, escribía con gran pena el Padre, que contaba cómo le reconoció y que, a pesar de estar moribundo, tuvo ánimos para sonreír. ¡Cómo nos ayudará desde el Cielo!

El ejemplar que enviamos en abril de 1938 iba encabezado por estas palabras del Padre: Muy contento de vosotros -de todos- por el calor de familia que ponéis en vuestro trabajo. Desde pueblos- grandes y chicos- de los frentes de Jaca, Huesca, Teruel, Albarracín, Guadalajara, Madrid, Avila, Andalucía- y desde los barcos de la Escuadra, llegan vuestras cartas: con idéntica vibración, con preocupaciones comunes y con el mismo sobrenatural y alegre optimismo. ¡Dios os bendiga!

Seguía a continuación una larga enumeración de noticias sobre unos y otros, donde se mezclaban, entre bromas y veras, los consejos espirituales y el aliento apostólico. "El Doctor JIMENEZ VARGAS -se lee, aludiendo al estilo epistolar de Juan- escribe íntimo, tajante, rotundo. Escribe a los amigos poniéndoles inyecciones de decisión y eficacia! (...) ¡Cuánto hace que no sabemos nada de LAHUERTA! Con lo que nos interesan sus noticias!".

En ese número se aludía de nuevo a mi amigo Ignacio de Landecho, y a la carta que nos había escrito anteriormente, y le daba ánimos: "Nos cuenta los sufrimientos por los que ha pasado y pasa su familia, impulsos para una elevación del corazón más alta, más ágil que las subidas que ya conocemos de LANDECHO. ¡Arriba! ¡Arriba!". (Ese ¡arriba! evocaba la conocida aptitud de Ignacio para trepar edificios por la fachada).

¡Pobre Ignacio! Quizá, si el Señor no se lo hubiera llevado siendo todavía muy joven, Dios le hubiera dado la vocación a la Obra.

Seguimos trabajando -como es natural y como es sobrenatural-, escribía el Padre por aquel entonces, con el mismo empeño de siempre. ¡Diez años de trabajo! Dentro del undécimo, que comenzará pronto, Jesús y yo esperamos mucho de vosotros. Ahora mismo en el cuartel, en la trinchera, en el parapeto, en el forzoso descanso del hospital, con vuestra oración y vuestra vida limpia, con vuestras contradicciones y vuestros éxitos, ¡Cuánto podéis influir en el impulso de nuestra Obra! Vivamos una particular comunión de los santos; y cada uno sentirá a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora de la pelea con las armas, la alegría y la fuerza de no estar solo.

El impacto espiritual de estos ejemplares de Noticias era muy grande. El Padre ponía siempre unas letras personales, más o menos extensas, según los casos, pero -como comentó alguna vez- diciéndole a cada uno una cosica. Paco y yo también escribíamos a unos y a otros, y metíamos los ejemplares dentro de los sobres. José María experimentaba una gran satisfacción cada vez que llevaba a Correos un buen paquete de cartas y contemplaba cómo, tras pasar la obligatoria censura de guerra -aunque casi nunca las abrían-, las engullía el buzón de bronce con forma de boca de león de la fachada del edificio de Correos.

El Padre recogió textualmente en Camino las palabras de uno de aquellos muchachos al recibir Noticias: La carta me cogió en unos días tristes, sin motivo alguno, y me animó extraordinariamente su lectura, sintiendo cómo trabajan los demás". -Y otro: "Me ayudan sus cartas y las noticias de mis hermanos, como un sueño feliz ante la realidad de todo lo que palpamos...". -Y otro: "¡Qué alegría recibir esas cartas y saberme amigo de esos amigos!". -Y otro y mil: "Recibí la carta de X, y me avergüenza pensar en mi falta de espíritu comparado con ellos". ¿Verdad que es eficaz el "apostolado epistolar"?

Un sombrero en el frente

Aunque el asunto sea de otro estilo, nunca podré olvidar un pequeño episodio, que, aunque no tenga mayor importancia, muestra la paciencia que el Padre tenía con nosotros. Como ya he dicho, don Marcelino le había regalado en Pamplona uno de sus sombreros, ya usado, como solución provisional; pero esa solución se había convertido en definitiva, y el sombrero, que estaba bastante viejo, con la nieve y las lluvias del invierno castellano y el sol del veran, se había deteriorado tanto, que había perdido la forma y había cobrado cierto color verdoso. Insistíamos al Padre para que se comprara uno nuevo, pero siempre nos daba largas, con la excusa de que no teníamos dinero.

-Pero ése está verde, le decíamos.

-Pues muy bien -bromeaba el Padre- así iban los obispos en el siglo pasado, con el sombrero verde...

Un día estábamos Paco y yo solos en el cuarto del Sabadell y volvimos a hablar del sombrero verde. Concluimos que había que "actuar", pero esta vez, de modo irreversible. El Padre había salido con alguien en coche; era nuestra oportunidad: ¡ahora o nunca! La ocasión la pintan calva: pocas veces se daría la coyuntura de que estuviera el Padre fuera y el sombrero en la percha. Estábamos acabando además de preparar el envío de un número de Noticias; teníamos los sobres preparados, y sólo faltaba ir metiendo dentro de cada uno el ejemplar correspondiente con la carta del Padre y las nuestras. Se nos ocurrió una idea que nos pareció luminosa: ¿Y si recortáramos el sombrero en trocitos y los enviáramos de recuerdo a los miembros de la Obra? Indudablemente se llevarían una alegría; y el Padre, al no tener sombrero que ponerse, no tendría más remedio que comprarse uno nuevo...

Dicho y hecho. Sin recapacitar más en el asunto, nos pusimos manos a la obra. Corté el primer trozo de fieltro. Una vez comenzado el desaguisado, no había otro remedio que continuar. Paco colaboró con entusiasmo. Los recortes fueron lo suficientemente pequeños para no aumentar la franquicia postal, que ya estaba puesta en los sobres. Inmediatamente los echamos al correo. Todo resultó fácil...

Lo difícil fue explicar al Padre, cuando volvió, qué había pasado con su sombrero. Empezó a buscarlo, hasta que le dijimos:

-¡Ya está en el frente!

-¿Cómo que está en el frente?

Le explicamos nuestro affaire. No podía comprender nuestra insensatez, máxime cuando pronunciamos la palabra "reliquias". ¡Reliquias! No entendía nada. ¡Reliquias! Escuchamos en silencio su reprimenda.

A pesar del pequeño chaparrón, nos quedó la impresión de que había valido la pena: el Padre, aunque de mala gana, tuvo que comprarse un sombrero nuevo, y tiempo más tarde contaría, agradecido, emocionado y divertido, este suceso.

Envalentonados por nuestra hazaña, decidimos que le había llegado su hora a la sotana. Realmente estaba muy vieja, hasta el punto de que el Padre había tenido que remendar los codos y los bordes de las bocamangas. Al igual que con el sombrero, le habíamos insistido en que se mandara hacer una nueva, con el mismo resultado. Y un día, en un descuido -mientras el Padre estaba en su dormitorio- a una señal convenida, Paco y yo rasgamos la sotana, que había quedado en nuestro cuarto, por la parte de la espalda, que estaba ya muy gastada. No previmos el resultado. Cuando se dio cuenta, no dijo una palabra. Nuestra pena fue que, cuando volvimos del Cuartel, nos encontramos al Padre todavía atareado, recosiendo pacientemente la sotana. Nuestro fracaso fue rotundo. El Padre siguió usando la sotana, sin mandarse hacer otra nueva, con el agravante de que, al no quedar bien el cosido, tuvo que salir a la calle desde entonces con dulleta. Estábamos en la época más calurosa del verano de Burgos.

Estoy seguro, a pesar de todo, de que en el fondo el Padre agradecía nuestras "actuaciones". Comprendía muy bien la mentalidad y el modo de ser de la gente joven; y Paco y yo éramos muy jóvenes. Cuando nos veía reírnos por cualquier simpleza, comentaba: ¡Qué dichosos sois!

Era un modo cariñoso de decir: "pero, ¡qué simples son estos chicos!".

Un suceso doloroso

Un día, a finales de julio de 1938, mientras caminábamos José María Albareda y yo por una calle de Burgos, nos topamos con la señora de don Jorge B. Espero que el lector comprenda, al acabar el relato, las razones que me mueven a silenciar este apellido.

Al verme, esta señora me miró con sorpresa y expresión de disgusto: no nos saludamos. No fue un encuentro agradable, ni para ella ni para mí. Ese fue el comienzo de un suceso particularmente doloroso; el que más me impresionó, sin duda alguna, de todo el tiempo que conviví en Burgos con el Padre. Un suceso del que debo dar, para que se entienda bien, algunas explicaciones previas y remontarme primero bastante años atrás.

Yo conocía -aunque poco- a esta señora, porque su marido estaba empleado en Albacete en la Delegación de Hacienda. Era considerado en la ciudad, según la terminología popular, como un "hombre de derechas"; y mi padre, como se ha visto ya, como un "hombre de izquierdas". Sin embargo no hubo nunca entre ellos dos, que yo recuerde, polémica o cuestión personal alguna.

Más tarde me enteré que provenía de La Unión, una localidad de Murcia donde mi bisabuelo había explotado varias minas años atrás. ¿Sucedió algo allí entre su familia y la mía? Lo ignoro. Lo que puedo certificar es que jamás oí nada en relación con esa familia en casa de mis padres o de mis abuelos.

Don Jorge gozaba en Albacete de una posición social y económica desahogada. Vivía con su esposa, sus hijos y su cuñada en la calle de Texifonte Gallegos, casi enfrente de la casa de mis padres. No hubo propiamente amistad entre las dos familias, salvo que uno de sus hijos -el menor-, era de mi edad y estuvimos juntos en los Exploradores de España, aproximadamente desde 1929.

Por el año 1934 o 1935, se comentó en Albacete que este señor tenía muchas deudas, que estaba liquidando los bienes que le quedaban y que había solicitado su traslado a otra capital de provincia. Me imagino que también debió comentarse durante esas fechas que mis padres, gracias a la política, habían progresado mucho económicamente. Esto sin embargo, no era del todo cierto. La razón de nuestra mejoría económica era que habíamos dejado la casa que teníamos en Murcia -hasta entonces mis padres habían tenido casa en Albacete y en Murcia-, y eso, unido a cierta generosidad de mi abuelo y a que mi padre había comenzado a percibir otro sueldo más, al ser nombrado Director de la Escuela de Trabajo, se notaba externamente.

Sólo hubo una circunstancia significativa en relación con estos señores. A mí me gustaban las antigüedades y, casi sin contar con mis padres, acudí a la subasta privada que hicieron para vender diversos muebles y objetos de su casa antes de salir para Burgos. En la subasta, después de regatear bastante, compré a la señora varias cosas: una lámpara de araña y unos apliques de calamina y cristal; una armadura y unas espadas tagalas y, probablemente, alguna cosa más. A esto se reduce la relación que hubo entre nosotros, hasta que ellos se fueron a vivir a Burgos poco tiempo antes de estallar la guerra civil.

A partir de ese encuentro fortuito con la esposa de don Jorge, empezaron a suceder unas cosas que no entendía. Lo primero fue que el Padre o José María -no recuerdo con certeza cuál fue de los dos- me preguntó, al volver aquella misma noche del Cuartel, quién era la señora que habíamos encontrado en la calle y qué cargo tenía su marido. Le conté los antecedentes de Albacete. Más tarde supimos que era Administrador de Propiedades y Contribución Territorial, uno de los cargos más altos en la Delegación de Hacienda de Burgos.

Entonces el Padre me dijo que era urgente que fuese, junto con Miguel -que estaba en Burgos durante aquellos días con ocasión de un permiso-, a visitar a su esposa a su casa, a una hora en la que su marido estuviera en la oficina: se trataba de convencerla de que, aunque mi padre se hubiera significado como hombre de izquierdas, yo no tenía nada que ver con su postura política; y que mi conducta en Burgos era recta y leal. En suma, debíamos intentar que ella misma convenciera a su marido para que no me denunciara o, si ya estaba formulada la denuncia, para que la retirara.

¿Una denuncia? Yo no entendía nada. ¿Por qué me iba a denunciar ese señor? El Padre entonces fue más explícito: me dijo que había presentado -o estaba a punto de hacerlo- una denuncia contra mí, con varias acusaciones. Luego supe que el Padre había tenido conocimiento de esa denuncia por medio de Mons. Lauzurica. Allí se afirmaba nada menos que:

a) mi padre era masón y comunista;

b) además, había hecho muchos estragos en Albacete persiguiendo y matando a mucha gente de derechas;

c) yo también era comunista, ya que había repartido propaganda de esas ideas en Albacete, con ocasión de las elecciones de febrero de 1936, en las que triunfó el Frente Popular;

d) me había pasado a la zona nacional para hacer de espía en el Ejército de Franco, espionaje que estaba realizando en el Cuartel General de Orgaz.

En tiempos de guerra, como aquéllos, unas acusaciones de este calibre eran sumamente graves. Podían significar una condena a muerte. Y yo no tenía demasiadas posibilidades para esclarecer la verdad entre tantas falsedades.

Como mucho, y con suerte, hubiera podido demostrar que, desde la Navidad de 1935 hasta principios de julio de 1936, no había puesto un pie en Albacete. Mal hubiera podido repartir ningún tipo de propaganda, ni de derechas ni de izquierdas, en aquella ciudad. Precisamente, durante las citadas elecciones políticas, estaba haciendo un curso de retiro espiritual con el Padre en Madrid.

Sin embargo, para probar esto y, sobre todo, para refutar el resto de las acusaciones, totalmente falsas, no tenía más pruebas que el testimonio del Padre, el de algunos miembros de la Obra y, a lo sumo, el de mi tío Diego Ramírez Pastor, que no sabía nada de mis viajes ni de mis actuaciones. Estos testimonios no podían ser de mucho peso, porque estas personas no estaban en Albacete durante ese tiempo; en cambio, la acusación de don Jorge -un hombre de 51 años, alto funcionario de Hacienda, reconocido públicamente como hombre de derechas, buen conocedor de la política provincial de Albacete, con dos hijos Alféreces, y uno de ellos en el frente-, podía ser peligrosamente decisiva.

Para complicar aún más las cosas, mi situación en Burgos resultaba particularmente delicada: me encargaba nada más y nada menos que del Gabinete de Cifra, a través del cual pasaban órdenes militares secretas, incluso las que se recibían o cursaban desde el Cuartel General.

El uno de agosto por la mañana fuimos Miguel y yo a visitar a la esposa de don Jorge a su domicilio, en el tercer piso de la plaza de Primo de Rivera, nº 5. La visita fue contraproducente: nos recibió muy mal. Entre otras cosas nos dijo que no era justo que, mientras su hijo se estaba jugando la vida en el frente, yo estuviera tranquilamente en retaguardia "haciendo espionaje para los rojos". Se cerró en banda, haciendo caso omiso de nuestras razones, y dijo que no pensaba interferir en lo que su marido estaba haciendo. Miguel me defendió ardorosamente y discutió con ella sin que yo apenas pudiera intervenir. Recuerdo que bajamos la escalera de la casa profundamente frustrados por el fracaso de nuestra gestión.

Aquella misma mañana fueron el Padre y José María a hablar con este señor en la Delegación de Hacienda, que estaba situada en un antiguo edificio de la calle de San Juan, número 2, donde tenía su despacho oficial. Fue una entrevista amarguísima. Don Jorge estuvo frío e insolente. El Padre mantuvo en todo momento, al defenderme con cariño paternal, la serenidad más absoluta. Primero con suavidad y luego con gran energía, se esforzó en hacerle ver la injusticia que estaba cometiendo; le dijo que estaba pretendiendo dejar a mi madre sin marido y sin hijo, y le recomendó que pensara en su propia esposa.

Parece que don Jorge argumentó que, puesto que no podían detener entonces a mi padre, ni castigarlo, yo debía pagar por él, fuera o no inocente; que había muchos inocentes que estaban muriendo en los frentes y en las checas de la zona roja. Con una fortaleza que impresionó a José María, el Padre trató de hacerle comprender que esa actitud no era la de un cristiano, que sabe que ha de dar cuenta de sus actos a Dios; y siguió diciéndole que él no querría estar en su lugar y tener que presentarse al Juicio de Dios con ese rencor en el alma; que pensara que el Señor podía pedirle cuenta, aquel mismo día, de lo que pretendía hacer.

Pero ni los ruegos del Padre, llenos de caridad, ni sus palabras llenas de fortaleza lograron ablandar, en aquel momento, el corazón de aquel pobre señor, que repetía obstinadamente: "¡Tanto el padre, como el hijo, tienen que pagarla!".

El Padre salió silencioso y entristecido del despacho; José María -con el que, en años sucesivos, hablé varias veces de este asunto- se había quedado muy impresionado, tanto por la defensa que el Padre había hecho de mí como por la dureza y el tono cortante que don Jorge había mantenido durante todo el tiempo. El Padre bajó las escaleras del edificio muy recogido, casi con los ojos cerrados y dijo, como pensando en voz alta:

-Mañana o pasado, entierro.

Esa misma mañana, después de visitar a aquella señora, me dirigí directamente al Cuartel. Había bastante trabajo en Secretaría: si no me equivoco, estábamos en un momento importante en el desarrollo de la guerra en Cataluña, quizá el paso del Ebro por Lérida. Me pareció encontrar a mi capitán y a Pedro Ybarra con una actitud rara: bien podría ser por el mismo trabajo, por mi retraso en llegar a Secretaría o por alguna otra causa, pero yo pensaba que era por la denuncia y los dedos se me hacían huéspedes. Estaba casi seguro que ya sabían algo. Si era así, ignoraba cómo se habrían enterado, porque yo no les había contado nada de mi crítica situación, ni les había comentado la visita que acababa de hacer.

Tampoco sabía yo nada de la visita del Padre a don Jorge; sólo me habían dicho que pensaba hacer alguna gestión, aquella misma mañana, en relación con mi asunto.

El Padre quería que hiciera lo posible para ir aquel día a comer al Hotel Sabadell: de ordinario comía en el comedor de tropa del cuartel. Sin embargo aquel día tuvimos abundante trabajo en Secretaría, y me retrasé bastante en Llegar. Fue entonces cuando me enteré del desenlace de este triste y doloroso suceso. El Padre procuró hacerlo de la forma más delicada posible. Me contó que aquella misma mañana había estado con don Jorge, acompañado por José María; y que poco después de esta visita, don Jorge había fallecido repentinamente.

El Padre se había enterado de su fallecimiento por pura casualidad. Al salir a la calle había visto su esquela mortuoria pegada en la pared, junto a la iglesia de la Merced, como se acostumbraba hacer en Burgos en cuanto fallecía alguien.

La triste noticia me causó un impacto tremendo; me sentí mal y tuve que acostarme en la cama del Padre, que estaba en el rincón más recogido de la habitación. Mientras tanto, el Padre me fue serenando y me dijo, en voz baja, que estuviera tranquilo por aquel señor, porque él estaba moralmente seguro de que Dios Nuestro Señor se había apiadado de su alma y le había concedido el arrepentimiento final; y añadió que desde que salió de su despacho no había dejado de rezar, tanto por él como por sus hijos. Me dijo también que agradeciera a Dios el cuidado que había tenido de mí y de mi padre, aunque el hecho, en sí, fuera tan triste y doloroso.

Al volver al Cuartel pasé por delante de la iglesia de la Merced, que era camino obligado para ir allí, y vi la esquela de don Jorge: un par de horas antes había pasado delante de ella y no había reparado en ella.

Más tarde supe que había fallecido entre las once y las doce de la mañana, en su propio despacho. Antes de ponerse en trance de muerte había estado recibiendo una visita. Alguien avisó: "don Jorge se pone malo". Inmediatamente entraron sus compañeros. Se llevó la mano a la cabeza y falleció pocos minutos después.

Desde aquel día he rezado durante toda mi vida por su alma, y por toda su familia. Estoy seguro de que, por la misericordia divina y la oración del Padre, goza de la Gloria de Dios; y de que el Señor le habrá premiado todas sus obras buenas y le habrá perdonado, sin duda, aquellos momentos de ofuscación, tan comprensibles en el clima turbulento de la guerra.

Al verme tan afectado, el Padre me aconsejó que pidiera en el Cuartel un breve permiso para serenarme. Me lo concedieron y me fui a Bilbao, donde estaba mi tío. Volví más calmado, aunque aquello me impresionó para toda mi vida. Desde entonces he hablado muy poco de estos sucesos. En parte por el respeto que me inspiran; y también porque nunca he tenido curiosidad por saber cosas del Padre que se salieran de la providencia ordinaria, aunque sabía de sobra que, en su vida, la Providencia de Dios se manifestó, varias veces, de modo extraordinario.

Pocas semanas después de la muerte de don Jorge, supe que había muerto un hijo suyo aviador. Debió de ser el de mi edad, que era Alférez. Volvió a impresionarme la noticia. Lo comenté con el Padre, que al saberlo, me dijo: encomiéndale; yo también lo haré. Algunos días después, me encontré a la viuda de don Jorge en la iglesia de la Compañía. Al darme cuenta de que era ella, salí lo más inadvertidamente que pude de la iglesia, pero me vio; y me pareció advertir que me miró con ternura.

Trabajar sin descanso

Durante ese tiempo José María Albareda iba con mucha frecuencia a Vitoria y, aun en los días que permanecía en Burgos, le ocupaba mucho tiempo su trabajo. Paco y yo pasábamos un promedio de ocho horas diarias en el Cuartel. Lo ordinario era, por tanto, que el Padre se quedara solo durante la mayor parte del día. ¿Qué hacía durante ese tiempo? La respuesta más adecuada se encuentra en el punto 373 de Camino: "Trabajar sin descanso".

Ese fue el balance de esos meses: un trabajo constante y agotador. Dedicó mucho tiempo a tomar contacto con los miembros del Opus Dei que estaban diseminados por los frentes de guerra, y a atenderlos espiritualmente. Eso le llevó a hacer frecuentes desplazamientos por la Península, en pésimas condiciones de falta de salud, de incomodidad y de extrema pobreza. Consiguió incluso un permiso para poder llegar hasta primera línea del frente y atender espiritualmente a estas personas; pero ese permiso no incluía un pase gratuito en el tren, que costaba un dinero que no teníamos. Y esto le supuso todo tipo de penalidades.

No recuerdo todos los viajes que hizo, pero fueron numerosos. Los llevaba a cabo con una gran pobreza de medios. Por ejemplo, durante el mes de abril viajó hasta Córdoba con un ferrocarril que iba por Extremadura y pasaba primero por Sevilla; y, al regresar, estuvo sin comer nada durante todo aquel largo viaje...

Durante el mes de junio se acercó al frente de Madrid, pasando por Avila, para ver a Ricardo Fernández Vallespín, que había sido herido. Y así, muchos más. Eran viajes largos, agotadores, en aquellos trenes de entonces, atestados de gente, que avanzaban lentamente por las vías, traqueteantes y bruscos, entre humaredas impregnadas de polvo y carbonilla.

Como contrapunto, era frecuente -y muy consolador para el Padre- que muchos de esos muchachos a los que iba a ver y con los que reanudó la atención sacerdotal, invirtieran buena parte del tiempo de sus permisos militares en ir a Burgos exclusivamente para estar, aunque sólo fuera unas horas, con él.

Muchos de estos chicos no eran de la Obra: no tenían más vinculación con el Opus Dei que el hecho de haber participado en los medios de formación en la Residencia de Ferraz. Recuerdo por ejemplo a José Félix de Elejabarrieta, que había sido herido en el frente y al que, después de salir del hospital, le habían dado un permiso de muy pocos días para ir a ver a sus padres a Vizcaya. De camino se detuvo en Burgos para hablar con el Padre; y al enterarse de que no se encontraba ese día allí, decidió esperarle más de veinticuatro horas hasta que volvió. Estuvo todo un día con él, aunque sólo le quedaba un día de permiso para estar con su familia antes de incorporarse a su unidad. Y éste no fue un caso aislado; por eso, cuando estos chicos venían a Burgos el Padre se volcaba con ellos -fueran o no de la Obra- con detalles de afecto y de cariño, y suplía generosamente con su atención personal la forzosa irregularidad que la guerra imponía a la dirección espiritual.

Durante esos breves viajes nos escribía a los que habíamos quedado en Burgos. Eran cartas familiares, de un padre con sus hijos, en las que se preocupaba por todo; desde las cosas más espirituales a las más materiales. Por ejemplo, durante su estancia en Avila, donde estuvo desde el 8 al 14 de agosto, nos escribió una carta a Paco, a José María y a mí en la que nos decía: Cuando escribáis a Juanito -se refería a Juan Jiménez Vargas- decidle que se compre otras gafas. Y, en cuanto cobre, que se compre también una estilográfica: a no ser que convenga más comprarla ahí, cuando se pueda, y enviársela.

Estaba muy pendiente de nuestra salud. Pacorro -escribía a Paco Botella, que era muy delgado por constitución-: me has de dar cuenta al escribirme, de si meriendas o no; es una vergüenza que todavía hubiera en el armario unas latas de conserva. Que te compren botes pequeños de mermelada: un bote de esos, con un panecillo. Y me encargaba de comprar a Paco el bote en cuestión y además, queso en porciones. Concluía, recordándonos: Y los dos -tú te estás quedando en los huesos, con mucha elegancia- debéis animaros y no dejar de merendar ni un sólo día. ¿Está claro?

Recuerdo que al volver de Avila nos contó una anécdota divertida, que retrata de cuerpo entero el clima que se respiraba en aquellos tiempos de guerra. Solía hospedarse en casa del Obispo, pero como llegó a la ciudad muy de noche, no quiso causar molestias, y se alojó en una modestísima pensión. Allí preguntó dónde estaba la ducha. Le entendieron mal y le dijeron: "No se preocupe: ¡la lucha está lejos!".

En una carta que envió a Ricardo el 13 de agosto le comunicaba su plan de trabajo, cuya simple relación es suficientemente elocuente: mañana, 14, a Burgos, hasta el 16. Día 16, en Vitoria -dando una tanda de ejercicios-, hasta el 26. Día 27, en Logroño, con José Ramón, que está allí enfermo. Día 28: en Burgos, hasta el 3 de septiembre. Día 3: en Vitoria. Día 4, en el Seminario de Vergara -para dar otra tanda de ejercicios a sacerdotes-, hasta el día 10. Día 11, a Burgos.

A los viajes por los diversos frentes y a los numerosos días de retiro y Cursos de retiro que predicaba -actividades apostólicas que puedo calificar de "formales"-, hay que añadir, además, la ingente labor sacerdotal que llevó a cabo en Burgos; labor que, por sus características, denominaré "informal". Me refiero a sus numerosísimas charlas apostólicas con unos y otros, paseando a lo largo del río Arlanzón; o caminando hasta las Huelgas, la Cartuja de Miraflores o Fuentes Blancas. Uno de los chicos con los que habló fue mi compañero Pedro Ybarra, al que preparó para su matrimonio -que tuvo lugar por aquellas fechas- con Adela Güell Ricart.

Y a todo eso -viajes, cursos de retiro, charlas de dirección espiritual- hay que sumar, además, el abundantísimo apostolado epistolar, al que dedicaba mucho tiempo. Como consecuencia, cada vez era mayor el número de ejemplares de Noticias que había que enviar; y así, nuestro rudimentario fichero se fue enriqueciendo con nuevas direcciones de los frentes de Andalucía, Madrid, Jaca, Teruel, Albarracín, etc.; el Padre ponía siempre unas palabras escritas de su puño y letra, ordinariamente breves e incisivas. Los miembros de la Obra solían escribir cada semana, y a veces se retrasaban; pero lo que no faltaba nunca era la carta semanal del Padre.

Recuerdo perfectamente aquellas cartas: solía escribir en una cuartilla por los dos lados, con sus rasgos grandes, tan característicos. Pienso que el número 976 de Camino se refiere a él mismo: No sé cómo emborronar papel hablando de cosas que puedan ser útiles al que recibe la carta. Cuando empiezo, le digo a mi Custodio que si escribo es con el fin de que sirva de algo (...). Nadie puede quitarme -ni quitarle- el rato que he pasado pidiéndole lo que sé que más necesita el alma a quien va dirigida mi carta. Este punto refleja su costumbre de encomendarse siempre al Angel Custodio de la persona con quien hablaba.

Camino

Por si fuera poco, a todo lo anterior hay que sumar un trabajo más: la reelaboración de Consideraciones Espirituales, que se publicaría poco después con un nuevo título: Camino. Estos libros -a los que se sumarían, años más tarde, Santo Rosario, y algunos otros, como Via Crucis, Surco o Forja, editados póstumamente- nacían de un deseo que tenía desde años antes: desde una locución divina que Dios le concedió el 7 de agosto de 1931. A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato) -había escrito- querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey.

Escribió Camino pensando especialísimamente en aquellos jóvenes que venían a verle. Muchos estaban en el frente expuestos no sólo al peligro de las balas y los obuses, sino también al de las "horas muertas": horas que abundaban en los cuarteles e incluso en las mismas trincheras, especialmente cuando los frentes permanecían estacionarios durante semanas y semanas. Este aspecto -el del ocio- le preocupaba mucho: tenía visión de futuro y al pensar en el fin de la guerra temía que estos chicos hubieran podido perder el hábito del estudio. Lo recordaba en el número de Noticias del mes de marzo: ¿Por qué no aprovecháis las horas muertas -que sobran abundantemente- repasando un idioma? Un diccionario y un libro para traducir, se llevan en cualquier sitio.

Les insistía, de palabra y por escrito, que no abandonaran los libros; y se ocupó de enviarles libros en diversas lenguas y diccionarios "Liliput", fáciles de llevar en el bolsillo. ¡Ah! No se encuentran gramáticas inglesas en Burgos, escribía a uno. Veremos si las hay en Bilbao. Un periódico inglés te mandan. Con este fin, acudió a diversos intelectuales amigos suyos, y les pidió que le consiguieran libros de estudio, preferentemente extranjeros. Pero, como dejó escrito en Camino, sufrió bastantes decepciones: Libros.- Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo... ¡y me llevé cada chasco! -¿Por qué no entienden, Jesús, la honda caridad cristiana de esa limosna, más eficaz que dar pan de buen trigo?".

Al principio se preguntaba dónde íbamos a almacenar los libros que fueran llegando; pero los libros no llegaron nunca. Sólo recibimos unos en italiano, publicados por la Universitá Cattólica del Sacro Cuore, de Milán.

¿Cómo escribió Camino? Desde que le conocí, observé que tenía por costumbre anotar, de cuando en cuando, una o dos palabras en una agenda o pequeña libreta que llevaba siempre en el bolsillo izquierdo de la sotana. Lo hacía frecuentemente, incluso durante las tertulias o cuando hablaba a solas con alguien de confianza. Era algo muy rápido; sólo un instante: ni siquiera interrumpía la conversación. Esas palabras -a veces una sola- le servían para recordar una idea que se le había ocurrido, o una frase feliz que había escuchado. Más tarde, en sus horas de trabajo, redactaba aquella idea en una octavilla; aunque, en realidad, más que octavillas propiamente dichas, eran trozos de papel que recortaba de otros más grandes, ya usados por un lado y que, por pobreza, no tiraba a la papelera. A eso lo llamaba gaiticas. Nos explicaba que no bastaba con leer aquellos puntos, sino que había que desentrañar su contenido y aplicarlo a las circunstancias de cada momento. Son gaiticas -decía- porque, si no soplas, no suenan. Cada día, al volver del cuartel, nos enseñaba un montón de octavillas y nos preguntaba:

-A ver, ¿qué os parecen estas gaiticas?

Fruto de este trabajo el Padre había publicado Consideraciones Espirituales en 1934, en Cuenca, con la aprobación de Don Cruz Laplana, Obispo de aquella diócesis. En Burgos decidió ampliar este libro y reimprimirlo; y cuando ya estaba preparado para reimprimirse, decidió titularlo Camino. Hizo ese trabajo en nuestro cuarto del Hotel Sabadell, pasando a máquina aquellas "gaiticas" en trozos de papel ya más homogéneos. No era una tarea sencilla: la máquina de escribir -la Corona que ya he descrito- era pésima, y al Padre nunca se le dio bien la mecanografía; con frecuencia se equivocaba al teclear y el primitivo aparato fallaba bastante. Entonces raspaba el papel con una gillette, porque cuando intentaba borrar el error con una goma invariablemente se le rompía el papel. Bromeando con cariño y sin faltarle al respeto, le dije en alguna ocasión: "Padre, es usted muy raspón".

Y no paraban ahí las desgracias: además de romper el papel con la goma, cuando usaba la gillette se cortaba con frecuencia; y algo parecido le ocurría cuando usaba lápiz: se le rompía la punta. Yo me ofrecía para ayudarle, pero no quería quitarnos tiempo; sin embargo, si después de ofrecerme inútilmente veía que le seguían ocurriendo todas estas peripecias, no le ocultaba mi regocijo. Entonces el Padre era el primero en reírse. Años más tarde se acostumbró a dictar en magnetofón y a corregir después el texto mecanografiado. Y un día, al cabo de los años, me escribió con humor: Ya no me dirás que soy muy raspón.

A pesar de sus deseos, no pudo publicar Camino durante aquellos primeros meses, por falta de medios, ya que las imprentas de Burgos trabajaban exclusivamente para el Gobierno y el Ejército. Tuvo que esperar a abril de 1939. Y debo reconocer que yo no preveía entonces que aquel pequeño libro, fruto de la "lucha" diaria entre el Padre y una rudimentaria y vieja máquina de escribir, obtendría tanto fruto espiritual y se editaría por millones y millones de ejemplares en todo el mundo.

El trabajo del Padre no paraba ahí. A los viajes que hacía a los diversos frentes, a las visitas que recibía en Burgos, a los retiros y cursos de retiro que daba en diversas ciudades, a su intensísimo apostolado personal y espistolar y a la elaboración de Camino hay que añadir otra ocupación más, que permite imaginar la intensidad de aquel "trabajar sin descanso" de los meses de Burgos: la elaboración de la tesis doctoral en Derecho Civil sobre la Abadesa de las Huelgas. Había comenzado antes de que comenzara el conflicto otra tesis, sobre un tema distinto, pero ese material de investigación se perdió a causa de los avatares de la guerra.

Estuvo trabajando durante muchas y muchas mañanas en el Contador del Real Monasterio de Las Huelgas, situado a cierta distancia de Burgos, y al que tenía que ir y venir a pie. La Abadesa, doña Esperanza de Mallagaray, le dio muchas facilidades; y las religiosas le bajaban al Contador los documentos que pedía. Años más tarde, en 1944, la publicó, reelaborada.

La investigación científica

Esto me da pie para hablar de otra faceta del Padre que supuso para mí, durante aquellos meses de Burgos, un descubrimiento: su gran preparación cultural. En Burgos su dominio de la Sagrada Escritura se hacía más patente, ya que no disponía de libros y tenía que citar textos de memoria al redactar sus fichas. Además de esa cultura teológica, me asombraba que conociera tan bien los clásicos castellanos y muchos autores contemporáneos. No los citaba haciendo un alarde de erudición, pero se traslucía su amplia cultura en los comentarios ocasionales que hacía. Se le escapaban citas de los clásicos, aunque no recordara el capítulo concreto o dudara de qué obra procedían.

Cuidaba el estilo a la hora de escribir y procuraba ayudarme a mejorar el mío: en una ocasión, al leer algo que yo había escrito, me comentó que mis períodos eran demasiado largos y complicados; que ponía muchos incisos; que debería usar mejor la puntuación, sobre todo el punto y seguido y el punto y aparte; y me aconsejó leer unos relatos de Azorín. Un día cometí un error de ortografía, poniendo una j en lugar de una g. ¡Ni que fueras Juan Ramón Jiménez...!, comentó, divertido.

No sublimaba la cultura ni la sacaba de quicio; pero tenía amplias inquietudes intelectuales, y nos animaba para que no cayéramos en la mediocridad o en el adocenamiento. Al que pueda ser sabio no le perdonamos que no lo sea, había escrito en el número 332 de Camino. Consideraba la inteligencia como un destello que nuestro Padre Dios nos había concedido de la Suya, y nos decía que teníamos la obligación de cultivarla para Su gloria: ¡Cultura, cultura!, escribió también en Camino. -Bueno: que nadie nos gane a ambicionarla y poseerla. -Pero, la cultura es medio y no fin.

Durante aquel tiempo nos habló mucho acerca de la investigación científica. De esto conversaba especialmente con José María Albareda, que era entonces un joven profesor y sería con los años Secretario del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, primer Rector de la Universidad de Navarra, y figura de gran relieve en el ámbito científico. El pensamiento del Padre sobre este tema se condensa en este punto de Camino: Antes, como los conocimientos humanos -la ciencia- eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe. -Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. -Tú... no te puedes desentender de esta obligación.

Su visión del mundo intelectual era siempre positiva -no soy anti-nada, solía decir-, pero no dejaba de dolerle enormemente la labor descristianizadora de algunos intelectuales y de ciertos grupos organizados que -so capa de aconfesionalidad o de laicismo- habían dejado una impronta corrosiva en ambientes universitarios y culturales.

Insistía en que la cultura y la investigación científica no debía construirse a base de "capillitas": es decir, mediante grupos cerrados que sólo levantan pedestales a los amigos o forman sociedades de bombos mutuos; y nos recordaba que no se deben concebir las cátedras universitarias como armas de poder.

Recordaba también que aquellas personas dotadas de los talentos necesarios para formar a otros -en el terreno espiritual, profesional, intelectual, científico, etc.- debían darse a los demás procurando que sus colaboradores más jóvenes pudieran continuar la labor comenzando no desde abajo, sino desde aquí arriba, y señalaba su cabeza con la mano. Subrayaba que tenían el deber moral de no hacerse insustituibles: no se debe actuar -nos decía- como aquel cocinero que cuando preparaba un dulce cuya receta solo conocía él, se encerraba en la cocina para que los demás no la aprendieran.

Sacerdote cien por cien

Su profunda piedad, su laboriosidad incesante, su afán de almas llenaban su existencia: el Padre era -y yo fui testigo de visu, día tras día- un sacerdote cien por cien. Y esto, en todas las circunstancias de su vida: en el Madrid de la preguerra, en los tiempos duros de la persecución, en nuestra difícil travesía por el Pirineo, y en medio de aquel clima bélico exaltado que se respiraba en Burgos, lo que resultaba más soprendente todavía. Nunca, en ninguna de estas situaciones, le oí decir una palabra de política. Mi misión como sacerdote -aclaraba- es exclusivamente espiritual. Esto, insisto, era especialmente llamativo en aquel ambiente, tan proclive a la exaltación y al partidismo: el Padre tenía siempre los brazos abiertos a todos, para salvarlos a todos, sin excluir a ninguno.

Durante aquellos meses fui testigo de su gran amor a la libertad y la responsabilidad personal, que le llevaría a no proponer nunca, a lo largo de su vida, a los miembros de la Obra ninguna directriz u opción determinada en el campo económico, político o cultural. Años más tarde precisó contundentemente este modo de actuar de los miembros del Opus Dei: Cada uno -recalcaba con fuerza- tiene plena libertad para pensar y de obrar como le parezca mejor en este terreno. En todo lo temporal los miembros de la Obra son libérrimos: caben en el Opus Dei personas de todas las tendencias políticas, culturales, sociales y económicas que la conciencia cristiana puede admitir.

Dio las indicaciones oportunas para que los directores de la Obra no pudieran imponer nunca un criterio político o siquiera profesional a los demás miembros. Y explicó que, si algún miembro de la Obra intentara hacerlo, o servirse de otros miembros para fines humanos, saldría expulsado sin miramientos, porque los demás se rebelarían legítimamente.

En sus conversaciones se manifestaba siempre celoso defensor de la libertad de las conciencias, que no es lo mismo -aclaraba- que la libertad de conciencia; y celoso defensor también de la dignidad de la persona humana, respetando siempre las opiniones de los demás; aunque jamás se inhibió a la hora de manifestar de su propia fe, una fe gorda -decía-, que se puede cortar.

Su apertura de mente -muy singular en aquel tiempo- no se quedaba sólo en palabras. En aquella época había cierta confusión político-religiosa por parte de algunos: una confusión que podía advertir cualquier persona no fanatizada. Por eso, el Padre sufría cada vez que la radio o la prensa informaba de actos o ceremonias oficiales que podían ser interpretadas como una instrumentalización de la religión para fines políticos.

Recuerdo una anécdota expresiva de aquel periodo que puede situar al lector: algunas autoridades franquistas habían organizado una ceremonia solemne en el Monasterio de las Huelgas. Lo habían preparado todo, pero se habían olvidado de un pequeño "detalle": pedir permiso al Arzobispo, don Manuel de Castro, de quien dependía aquel recinto. Cuando se lo pidieron, tardíamente, el Arzobispo se negó diciendo que él "era el amo de la burra" y que aquel día el Monasterio estaba cerrado. Tuvieron que mediar varias personas para que accediera en el último momento.

Trató el Padre también durante aquel tiempo a muchos que no eran católicos -o al menos, que no practicaban- o que no estaban bien vistos en el ambiente político imperante. Intervino más tarde para mitigar alguna que otra injusticia, independientemente de la filiación política del interesado. Por ejemplo, era frecuente que algunos exiliados, cuando volvían a España, se encontrasen con un vacío, o al menos, con cierto ambiente de recelo. Recuerdo perfectamente que algún tiempo después y siguiendo una sugerencia del Padre, hice unas gestiones para que Gregorio Marañón dictara una conferencia en la Residencia de la Moncloa, obra corporativa del Opus Dei. Al terminar su conferencia, Marañón me comentó en privado -luego lo hizo en público- que aquélla era su primera conferencia pública después de haber sido desposeído de su cátedra en la Universidad Central.

Uno de los temas que salían a relucir frecuentemente en nuestras conversaciones de Burgos era el deseo del Padre de que, en cada nación, los católicos estuvieran al corriente de lo que sufrían sus hermanos en la fe en otros países donde la Iglesia estaba perseguida o no gozaba de libertad; quería que los intelectuales católicos de cada país estuvieran informados de los esfuerzos y logros de los católicos de todo el mundo, sin divisiones, sin particularismos miopes o espíritu de "capillita". Sobre este punto recuerdo una anécdota muy significativa, que surgió con ocasión de uno de los retiros que predicó en Burgos en la Capilla de las Esclavas del Sagrado Corazón, junto al río Arlanzón, un poco más allá de la parroquia del Carmen.

Aquel retiro había sido organizado por la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, y la capilla, bastante amplia, estaba repleta de profesionales e intelectuales, algunos de ellos muy conocidos en el ambiente cultural de entonces. Recuerdo muy bien aquel retiro, porque fue de las pocas ocasiones que tuvimos Paco y yo de escuchar predicar al Padre durante aquel tiempo a otras personas que no fuéramos nosotros.

El Padre predicó con su fervor de siempre, quizá con mayor vehemencia que en otras ocasiones. Su predicación era directa. Estaba basada en el Santo Evangelio y se servía de imágenes sencillas, pero incisivas y difíciles de olvidar. Habló desde el presbiterio, como tenía por costumbre, sentado, con una mesita delante. Comenzó diciendo que, al contemplar aquel auditorio tan selecto, se encontraba como un relojero en su taller, ante una infinidad de piezas maravillosas de reloj: veía las ruedas dentadas de platino, los puntos de apoyo de zafiro...; pero -señaló-, al tratar de armar esas piezas para construir el reloj, podía darse el peligro de que cada una fuera de un tamaño no proporcionado, que no lograran encajar bien unas con otras, que el roce entre ellas impidiera poner en marcha el reloj, que se atrasara, o que se parara a los pocos minutos de estar en marcha. Si el reloj no funciona -decía el Padre, con gran fuerza-, si no da la hora, ¡no me sirve! Prefiero un despertador de cinco pesetas de los que venden en "Sepu"! (Sepu era un conocido gran almacén de Madrid donde se vendían mercancías de todas clases a bajo precio)

Con la delicadeza de quien predica, no como dirigiéndose a un auditorio, sino haciendo su propia oración personal, siguió desarrollando la imagen del reloj; vino a concluir que son imprescindibles la comprensión, la caridad y la unidad para que el trabajo profesional de un cristiano sea servicio de Dios y servicio a los demás por Dios.

En aquella predicación diferenció claramente dos aspectos: una cosa es el "deseo noble de subir" que un hombre puede experimentar en el desempeño de su trabajo profesional, como fruto de su esfuerzo personal -estudio, investigación científica, orden, perseverancia- y de la gracia de Dios -que le lleva a hacer fructificar los talentos recibidos-; y otra cosa muy distinta es ese otro "afán de subir", por ambición, por afán de poder, por miras egoístas.

En una palabra: denunciaba el hábito de medrar, a base de bombos mutuos, de poner zancadillas, de atropellar a los demás... A ese subir yo le llamo trepar, encaramarse..., y eso no lo podéis hacer vosotros. Afirmaba que lo importante no es estar arriba o abajo; lo importante es estar cerca de Dios, servirle y servir a los demás por El; se trataba de poner en alto a Dios, en la misma cúspide; no de ponerse uno mismo en lo alto.

El heroísmo de lo cotidiano

Como les ha sucedido invariablemente a los hombres de Dios, el Padre no era siempre bien entendido. El ambiente de guerra impulsaba a muchos a aplazar para "después" cualquier determinación que abrazara toda la vida. En contra de lo que pudiera parecer, el ardor patriótico del momento provocó en mucha gente joven un reduccionismo temporal de los ideales de servicio a Dios. En aquellas circunstancias, muchos muchachos piadosos se planteaban la lucha ascética con una sola meta: vivir en gracia de Dios para estar preparados si morían en los campos de batalla. Quien más quien menos pensaba que ya estaba haciendo suficiente por su fe jugándose la vida en el frente, en la lucha por un ideal que en muchos casos llevó a comportamientos verdaderamente heroicos.

El Padre hablaba mucho de otro heroísmo: del heroísmo escondido de todos los días, del heroísmo del trabajo, del heroísmo de lo cotidiano. Porque -aunque esto pueda sorprender-, haciendo abstracción del peligro de muerte, hacer la guerra como Alférez o Teniente Provisional no dejaba de tener, para algunos, incluso "su aliciente". Era el aliciente del activismo -y aun del mismo riesgo-; el aliciente de ser protagonista de una aventura muy distinta de aquella otra -a veces tediosa- de la vida corriente: las horas de estudio, los pasillos, las aulas y los exámenes en una universidad o escuela superior. En definitiva la guerra tenía el aliciente engañoso y efímero de lo extraordinario.

No deseo en modo alguno minusvalorar o despoetizar a la juventud de aquellos años, que supo arriesgar su vida y llegó a morir tantas veces por un ideal: sólo quiero hacer notar este peligro, común en las guerras, que expresó gráficamente un escritor de aquel tiempo con la frase: "¡Ay del día en que estalle la paz!".

Por estas razones, no resultaba fácil hacer apostolado ni abrir inquietudes amplias en aquellos momentos. Las conversaciones solían polarizarse en torno a los temas relacionados con la guerra; y la crudeza y procacidad de lenguaje de algunos ambientes castrenses -aun dentro del clima indudable fe religiosa que se respiraba- no solía dejar lugar para conversaciones de carácter espiritual, o de cierta grandeza de horizontes.

El Padre, por el contrario, aunque amaba mucho a su país, tenía el corazón abierto a todos los países, a todas las razas, a todas las culturas. No estamos conformes, escribía a uno que le hablaba de "la España futura" que había que hacer con el esfuerzo, el trabajo y la ayuda del Señor. La España futura es poco: al escribir estas cuartillas de familia, siente uno que el planeta se achica. No había nada en su predicación de visión estrecha o particularista; por eso, si alguien aludía a un defecto de una determinada nación, se las arreglaba siempre para subrayar algún aspecto positivo; afirmaba que su Patria era el mundo; y le gustaba saber que yo llevara en mis venas sangre de varios países, especialmente de Italia. Recuerdo que le conté que algunos antepasados míos se llamaban Carrara y Ferrara, y que era muy posible que tuviera sangre judía, ya que los judíos italianos solían adoptar como apellido nombres de ciudades. Todos estos detalles le alegraban. Para el Padre no había más que una sola raza: la raza de los hijos de Dios.

Mientras tanto, el conflicto bélico iba llegando a su fin y el saldo numérico de los miembros de la Obra al acabar los años de guerra era, desde un punto de vista meramente humano, desilusionante, a pesar del celo apostólico del Padre: sólo había venido una vocación al Opus Dei -la de José María Albareda- y alguno había caido en el frente de batalla. En contrapartida, cuando terminó la guerra los miembros del Opus Dei habíamos alcanzado, gracias al ejemplo y la formación recibidos del Padre, una madurez que, sin la dureza de aquellos tres años, difícilmente hubiéramos podido alcanzar. En este sentido, nos decía el Padre que la guerra, aun en medio de tantos sufrimientos, calamidades y persecuciones, nos había hecho un gran bien espiritual.

En la fiesta de la Virgen del Pilar

El Padre seguía preocupado por los de Madrid. Isidoro nos seguía enviando noticias de los que permanecían refugiados en la Legación de Honduras y en la Embajada de Noruega, y nos informaba de como se encontraban la Abuela, Carmen y Santiago. Esas cartas recorrían un complicado itinerario: viajaban primero de Madrid a Francia, y desde Francia nos las enviaban a Burgos. Con todo, las cartas no eran tan frecuentes como hubiera deseado el Padre y los correos eran lentos. Un día Dios hizo ver al Padre con plena claridad que algunos de los que estaban en Madrid -entre ellos Alvaro del Portillo y Vicente Rodríguez Casado- se pasarían a la otra zona el 12 de octubre de 1938, fiesta de la Virgen del Pilar. El Padre nos lo dijo con varios días de anticipación.

Yo interpreté sus palabras simplemente como un vivo deseo de que eso ocurriese y como una petición a Nuestra Señora. Pero el Padre estaba tan seguro de que iba a suceder así que visitó a la madre de Alvaro del Portillo, Doña Clementina Diez de Sollano, que estaba en Burgos, para comunicarle:

-El día doce -le aseguró- se pasa tu hijo.

También por una especial inspiración del Señor lo supo -en Madrid- Isidoro Zorzano cuando hacía un rato de oración en su cuarto, frente al crucifijo. Hasta ese día les había recomendado que esperaran, porque mucha gente había muerto en el intento. Durante aquel rato de oración "supo" también que el día 12 alcanzarían el otro lado.

Poco después Alvaro del Portillo, Vicente Rodríguez Casado y Eduardo Alastrué se alistaron en el Ejército Republicano, y tras una serie de peripecias, realmente providenciales, en las que se advertía claramente la ayuda del Señor, llegaron a Cantalojas, un pueblo "del otro lado", mientras repicaban gozosamente las campanas en honor de la Virgen del Pilar.

Yo esperaba el día 12 con impaciencia y cuando volví aquella tarde al Hotel Sabadell vi que no había llegado nadie. Lo sentí por la frustración y la preocupación que el Padre pudiera tener; sin embargo no la tenía: aunque a mí me parecía inverosímil, el Padre estaba seguro de que habían logrado su objetivo. El día 13 el Padre seguía contento y feliz, y nos decía que estuviésemos atentos para recibirlos cuando llegasen. Al día siguiente nos dijo, como recuerda Paco: ya os avisaré al Cuartel, cuando lleguen.

Ese mismo día, 14 de octubre, llamó el Padre a Paco por teléfono:

-Ya han llegado, venid.

En Calatayud

Poco después, por diversas causas, el Padre se quedó prácticamente solo en Burgos. El primero en marcharse fue José María, que residió en Vitoria durante el siguiente curso 38-39, donde trabajó como catedrático de Instituto. El 10 de noviembre Alvaro del Portillo, que había llegado a Burgos el 14 de octubre, se incorporó a la Academia de Alféreces Provisionales de Ingenieros, en Fuentes Blancas, que estaba a pocos kilómetros de la ciudad. Vicentón se marchó a su destino militar en Zaragoza. Y en diciembre yo partí para Calatayud, donde nos habían destinado a Pedro Ybarra y a mí, ya que el Ejército de Levante tenía su Cuartel General en Calatayud. Allí seguiríamos encargados del Gabinete de Cifra.

En consecuencia, a mediados de diciembre de 1938 solo se quedó en Burgos Paco acompañando al Padre, que se trasladaría a vivir, poco después, antes de las Navidades, a una pensión situada en la calle Concepción nº 9, 3º izquierda.

Al despedirme para marchar a Calatayud, el Padre me dio su bendición, me alentó a seguir mi plan de vida cristiana y me dio algunos consejos: Que escribas con frecuencia, que estés contento, que aproveches bien el tiempo..., y recuerda que puedes hacer mucho bien a ese chico. Se refería a Pedro Ybarra, con el que me unía ya una íntima amistad y que estaba progresando mucho en su vida de piedad.

Llegué a Calatayud y allí pasé las Navidades junto con Paco, que vino a pasar esas fechas conmigo por indicación expresa del Padre; luego fuimos a Zaragoza para acompañar a Vicentón. Se vivían momentos decisivos de la guerra: se estaba desmoronando el Ejército de la República y se veía llegar el fin del conflicto de un momento a otro.

Recibí a comienzos de enero una carta del Padre desde Burgos en la que me pedía que hiciera algunas gestiones para publicar Camino: ¿hay ahí imprentas para eso?, me preguntaba; y me decía: Sólo me faltan ochenta Consideraciones: es cosa de días. En efecto, el 22 de enero concluyó aquel trabajo, que se puso a escribir a máquina enseguida, y cuya conclusión fecharía el 2 de febrero, la fiesta de la Virgen más cercana.

En Calatayud, poco a poco, el trabajo intenso del Cuartel General del Ejército de Levante fue languideciendo y el ambiente castrense perdió el ritmo de antes. Me autorizaron para que impartiera clases de Matemáticas en el Instituto y gracias a este trabajo conocí a diversas personas personas que residían interinamente en Calatayud a causa de la guerra y a otras que vivían allí desde tiempo atrás. Examiné, entre otros alumnos, a los procedentes del Colegio que tenían en Calatayud los Hermanos Maristas. Entre tanto, nuestro Gabinete de Cifra, un cubículo situado en un rincón de las oficinas en las que se había convertido la gran biblioteca de un Casino provinciano, se fue convirtiendo en un "casinete"; es decir, en un lugar que antes había sido muy reservado, pero que ahora era un centro de reunión informal de tenientes y capitanes. Esto no me agradaba, porque me impedía aprovechar el tiempo, y a mí me interesaban poco las últimas noticias sobre ascensos y nombramientos militares.

El 1 de abril de 1939 el Cuartel general vibró de entusiasmo con el último parte oficial: la guerra había terminado.

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