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Flavio Capucci

Capítulo 13: Una pesadilla que duró once horas

Parada cardiorespiratoria con sufrimiento cerebral que se recupera completamente de modo inexplicable (2 de octubre de 1992)17

La siguiente historia tiene como protagonista a Juan, un anciano de 87 años residente en Madrid. Se trata de un caso que impresiona por la rapidez de los acontecimientos. Desde el momento de la grave crisis cardiaca con parada cardiorespiratoria prolongada y signos de sufrimiento cerebral, hasta la total recuperación del paciente, pasaron sólo once horas. Curiosa coincidencia: toda la historia se desarrolla en la noche del 1 al 2 de octubre de 1992, aniversario del momento en que el Beato Josemaría Escrivá, en 1928, recibió la inspiración divina para fundar el Opus Dei.

La mayor parte de la información médica procede de Pedro, hijo del interesado, médico especialista en Cardiología, que atendió personalmente al enfermo desde que recibió el aviso de la grave crisis sufrida. Por las circunstancias de extrema urgencia del caso, no fue posible trasladar al enfermo a un hospital y no se emplearon, por tanto, las técnicas de reanimación que se utilizan en ocasiones semejantes. Este mismo hecho apoya aún más el juicio de que la recuperación completa y rapidísima del anciano, sin secuelas de ningún tipo, no tiene explicación natural satisfactoria.

Como una tormenta en plena calma

El protagonista de nuestra historia, nacido en 1905, era padre de once hijos, todos con buena salud. Él mismo no padecía ninguna enfermedad grave. Durante su larga vida, había tenido úlcera duodenal, controlada con antiácidos, y a los 79 años le operaron de un tumor benigno de próstata, del que curó perfectamente. Su enfermedad más grave había sido un infarto agudo de miocardio, a los 81 años, del que se recuperó felizmente gracias al tratamiento adecuado. Desde entonces, su estado general era relativamente bueno, teniendo en cuenta la edad (87 años) y las limitaciones consiguientes. Por ejemplo, no salía ya de casa y, dentro del piso, se movía de un lado a otro en una silla de ruedas.

A causa de estas limitaciones, cada noche subía el portero del edificio para ayudar a acostarlo. Fue uno de esos días cuando —como una tormenta en plena calma— sufrió una crisis fulminante que le produjo una parada cardiorespiratoria.

Era la noche del 1 de octubre de 1992, entre las 22.30 y las 23.00 horas. Ayudado por el portero, el anciano trataba de cambiarse del sillón a la silla de ruedas, para ser trasladado al dormitorio, como de costumbre. Mientras realizaba ese pequeño esfuerzo, puso los ojos en blanco, inclinó la cabeza, dejó de respirar y sus músculos se quedaron absolutamente relajados. Muy asustada, la mujer del enfermo llamó inmediatamente por teléfono a su hijo Pedro; tuvo la suerte de hallarlo en casa, donde estaba cenando con un matrimonio amigo.

Laura, la mujer del médico cuenta que su marido, acompañado de Joaquín, el amigo invitado a cenar, marchó inmediatamente hacia el domicilio de su padre; y añade: "Yo me quedé en casa con Alicia, la mujer de Joaquín, y, mientras esperaba tener noticias de lo que pasaba con mi suegro, aunque tenía la certeza de que era algo muy grave, recé con mucha confianza la oración de la estampa del Beato Josemaría Escrivá, al que siempre encomiendo los problemas que se me plantean, sobre todo de mis hijos, de mi marido y domésticos. Aquella noche dejé en sus manos la curación de mi suegro, porque me parecía que difícilmente se podría conseguir humanamente, tanto por su edad como por sus antecedentes clínicos: había tenido un infarto cardíaco un par de años antes".

Pero cedamos la palabra al médico, cuyo testimonio —como ya se ha adelantado— es el más completo y autorizado para saber lo sucedido durante aquella noche del 1 al 2 de octubre de 1992.

Una lucha contra el tiempo

Escribe el médico: "Inmediatamente salí para ir a casa de mis padres. Me acompañó Joaquín. Salí precipitadamente y no me llevé más instrumental médico que el fonendoscopio, el esfigomanómetro y medicamentos de urgencia. Durante el trayecto rezamos la oración para la devoción al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer: recitamos despacio el texto de la oración de la estampa, pidiendo lo mejor para mi padre".

La primera persona que llegó a casa del enfermo fue Ana, una de sus hijas, que vive en el mismo edificio que sus padres. Describe así el cuadro que se presentó ante sus ojos: "Mi marido y yo pasamos a ver a mi padre, que estaba sin conocimiento, en la silla de ruedas, sujeto por el portero de la casa. Yo le tomé el pulso en la muñeca y en el cuello, pero no lo encontré; no tenía color, los ojos tenían la pupila dilatada y la boca la tenía abierta.

"Entre el portero y mi marido lo llevaron a la cama; al acostarlo hizo un ruido como de expulsar aire, ronquido o algo así, y pensamos que empezaba a respirar, pero no fue así; le tomé el pulso de nuevo pero tampoco lo encontré; lo tapamos con una manta para darle algo de calor y al momento llegó mi hermano".

La declaración escrita de su hijo, cardiólogo con años de experiencia, es significativa del estado en que se encontraba el enfermo cuando pudo atenderlo. "A pesar de la prisa que nos dimos, llegamos a casa de mis padres quince o veinte minutos después de recibir la llamada de mi madre. Mi padre estaba ya echado en la cama y, manifiestamente, estaba en parada cardiorespiratoria: estaba totalmente inconsciente, la piel pálida y no presentaba movimiento ni ruido respiratorio alguno; únicamente, me pareció percibir algún movimiento diafragmático reflejo. Comprobé el pulso radial, el carotideo y el femoral, con resultado negativo.

"Consideré que mi padre había fallecido efectivamente, ya que estaba sin signos aparentes de vida, desde hacía ya un buen rato: tenía una pérdida completa de la conciencia, ausencia de movimientos respiratorios, pulso no palpable en ninguna región anatómica, ausencia completa de los ruidos cardíacos a la auscultación y facies cadavérica. También las pupilas estaban dilatadas".

El cuadro clínico correspondía, en efecto, al de una persona fallecida. "Está claro —continúa el médico— que no puedo asegurar rotundamente el tiempo exacto que mi padre llevaba en paro cardíaco; estimo que, al menos, quince minutos o veinte y, desde luego, puedo asegurar que más de seis u ocho minutos, por el tiempo que tardé en desplazarme".

En un caso de estas características, el factor tiempo es decisivo para la recuperación de las funciones vitales. Los estudios científicos demuestran que la clave del éxito reside en lograr mantener una función cardiopulmonar y una oxigenación vital óptimas. A esto se encaminan las técnicas de reanimación cardiopulmonar, tanto básicas como avanzadas. En un estudio hecho por un especialista en reanimación ajeno al caso, explica que "las posibilidades de sobrevivir a una parada cardiorespiratoria aumentan si se es capaz de proporcionar reanimación cardiopulmonar básica en los cuatro primeros minutos y reanimación cardiopulmonar avanzada en los ocho primeros minutos".

En el caso que nos ocupa, la causa más probable de la parada cardíaca fue una fibrilación ventricular. La primera asistencia médica le fue dada al paciente no antes de seis u ocho minutos del momento de la parada misma, y probablemente incluso después de un tiempo más prolongado. El especialista concluye: "Yo interpreto que la parada cardíaca en sí pudo producirse poco antes de la llegada de su hijo; pero si tuviese que admitir que duró más de los 4-6 minutos de que antes se comentaba, y dadas las circunstancias del paciente (no había hipotermia, edad, patología previa...), me resulta inexplicable cómo pudo recuperarse de esa situación, tanto por el tiempo transcurrido, como también por las escasas medidas terapéuticas que en aquellos momentos se le pudieron ofrecer al paciente".

Una recuperación humanamente inexplicable

Aunque los síntomas clínicos daban por cierta la muerte de Juan, su hijo trató de evitar, por todos los medios a su alcance, lo que ya se presentaba como inevitable. No llevaba consigo ningún instrumental, fuera de los aparatos que se emplean para la auscultación y para medir la presión arterial; tampoco disponía de oxígeno. Por eso, como única medida, recurrió al masaje cardíaco externo.

Es la reacción instintiva de cualquier médico ante una parada cardíaca, si no dispone de remedios más eficaces. Esta técnica puede dar resultados satisfactorios si se lleva a cabo en los primerísimos momentos de la parada cardíaca. No era éste el caso de Juan; aun así, quizá impulsado por un reflejo de carácter profesional, su hijo comenzó a practicarlo enseguida. "Tras unos cinco minutos de masaje —escribe—, aprecié que aparecían de nuevo movimientos cardíacos y el pulso se hizo positivo: tenías las pulsaciones muy rápidas y los movimientos respiratorios muy lentos".

Parecía, pues, que Juan estaba volviendo a la vida. "Sin embargo —prosigue el hijo—, enseguida presentó movimientos mioclónicos, con hiperextensión y rotación interna de las extremidades superiores, propia de la isquemia cerebral. Los movimientos típicos de la isquemia cerebral eran muy claros, manifiestos y persistentes".

Esos movimientos son indicativos de que las células cerebrales han permanecido durante demasiado tiempo sin suficiente riego sanguíneo y, por tanto, comienzan a sufrir lesiones irreversibles. Todos los que se hallaban presentes pudieron apreciarlos, como señala Ana, la hija que había llegado la primera a la casa: "Pedro nos pidió que saliéramos porque mi padre tenía señales de descerebramiento o descerebración, no sé exactamente; pero tenía la postura muy forzada y las manos vueltas. Me fui con mi madre y mi hijo a otra habitación".

Lo mismo atestigua Joaquín, el amigo que acompañó a Pedro. Había ido a la farmacia de guardia más cercana, a comprar unos medicamentos. "En cumplir el encargo tardaría unos diez minutos y, cuando regresé, el enfermo seguía, por supuesto, sin sentido, pero comenzaba a respirar muy forzadamente, como de forma estentórea o sincopada. Echaba espuma por la boca. Pedro estaba muy nervioso y me dijo: "Si sale, va a salir en muy malas condiciones, porque el cerebro ha estado mucho tiempo sin oxigenarse". Me hizo notar que tenía las palmas de las manos torcidas hacia fuera, y me dijo que esta posición forzada era señal de sufrimiento cerebral".

Aunque el paciente había salido de la parada cardiorespiratoria gracias al masaje cardíaco, los signos de sufrimiento cerebral daban un pronóstico muy desfavorable. El especialista en reanimación antes citado, evaluando los datos que se le facilitaron, concluye diciendo:

"El mal pronóstico lo basaría en los siguientes hechos:

1) Edad.

2) Signos de sufrimiento cerebral, como convulsiones y, sobre todo, signos de decorticación (extensión anómala y rotación interna de los miembros superiores).

3) El nivel de conciencia inicial, según la escala de Glasgow, era inferior a 7 (concretamente V1O1M2, o sea, 4).

4) Las medidas de reanimación administradas no pudieron ser las óptimas en aquellas circunstancias".

El mismo especialista, refiriéndose a la escala de Glasgow (una técnica para medir el grado de coma cerebral), explica que hoy día muchos estudios avalan su gran valor pronóstico cuando se realiza en los primeros momentos. Si el puntaje inicial es de 7, el 50% de los pacientes mueren o quedan en estado vegetativo persistente; si el mejor puntaje es de 3-4, la mortalidad sube hasta casi el 90%.

Un grito silencioso

Varias personas, como se ha referido, habían invocado explícitamente al Beato Josemaría desde el comienzo de la crisis, y esas súplicas continuaron durante toda la noche; a veces, de manera más informal, pidiendo sencillamente su ayuda. Se llamó, además, a un sacerdote de la parroquia, que administró a Juan la Unción de los Enfermos.

Una evidencia se hizo presente en el ánimo del médico: su padre quizá se salvaría de la muerte, pero podría quedar en estado vegetativo, después de tanto tiempo sin suficiente riego cerebral. Esta idea le preocupó. "Me di cuenta —escribe— de la grave situación que afectaba a mi padre y pensé que, si no se moría entonces, quedaría descerebrado. Le puse tratamiento con Fraxiparina, por vía subcutánea, y Valium". El primer medicamento es un anticoagulante que se usa en las trombosis; el segundo tiene un efecto relajante a nivel central que disminuye las convulsiones.

Con toda sinceridad, Pedro añade: "Cuando vi a mi padre en ese estado me arrepentí de haber iniciado el masaje cardíaco, pues pensé que se quedaría como un vegetal. Pedí entonces con fuerza a Dios, a través de la intercesión del Beato Josemaría, que se parase de nuevo el corazón, o bien, que se recuperase completamente".

Fue un grito silencioso salido de lo más profundo del alma de un hijo. A partir de ese momento, el enfermo permaneció en estado comatoso, con el pulso acelerado. El hijo continuó a su cabecera toda la noche, administrándole la medicación más oportuna en cada momento.

Al cabo de unas once horas, cuando nadie se lo esperaba, se despertó del coma. Eran más o menos las diez de la mañana del 2 de octubre. El despertar fue tan rápido, que a los pocos minutos había recuperado la lucidez mental. Media hora después, el hijo le hizo un electrocardiograma para analizar el estado del corazón. Con gran sorpresa, no encontró ninguna señal del paro cardíaco sufrido la noche anterior. El único rasgo anómalo del trazado eran unas ondas Q (específicas de lesión residual), correspondientes al infarto que había sufrido en 1986, y que ya habían sido evidenciadas en un electrocardiograma anterior. Se le practicaron también análisis de sangre, y todas las cifras —hematológicas y bioquímicas— estaban dentro de los límites normales. A las pocas horas, Juan había recuperado la conciencia de tal modo que era capaz de responder a sencillas operaciones matemáticas. La pesadilla había terminado.

"No puedo explicar lo que sucedió aquella noche del 1 al 2 de octubre de 1992 -reconoce Pedro-. En mi opinión, se trata de un hecho absolutamente extraordinario y no explicable por causas naturales. No he conocido nunca un caso semejante que se haya resuelto como lo que ocurrió en mi padre. En mi experiencia —suficientemente amplia y rica—, la recuperación hemodinámica y neurológica tan rápidas y completas de la parada cardiorespiratoria que presentó mi padre no pueden explicarse por causas naturales, ni he visto nunca un caso semejante a éste.

"Atribuyo, por lo tanto, esta curación tan extraordinaria a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, que la obtuvo del Señor".

Después de su sorprendente restablecimiento, Juan conservó buena salud y llevó vida normal, dentro de los límites consentidos por su edad. Falleció el 22 de enero de 1995, a punto de cumplir los noventa años. Más aún: como escribe su hijo, "durante algunos meses se encontraba mejor y más ágil que antes de sufrir la parada cardíaca, de tal manera que durante tres o cuatro meses abandonó la silla de ruedas para andar por casa".

Lo mismo testimonia Laura, la esposa del médico y nuera del enfermo. "Antes de su fallecimiento —al menos aparente— en la noche del 1 de octubre de 1992, no salía de su casa y se movía por el piso en la silla de ruedas (...). Desde entonces anda normalmente y puede valerse por sí mismo para su cuidado personal". Así escribía en noviembre de 1993, más de un año después de aquellos sucesos. Y proseguía: "Hace pocos días, mi suegra me dio un breve resumen de lo ocurrido y de su situación posterior (...). Se encontró en mi casa con mi madre, que le preguntó cómo estaba su marido, y contestó sencillamente: "Desde que resucitó, está mucho mejor que antes". Esa frase es, ciertamente, la mejor síntesis de lo que pasó en aquella noche del 1 al 2 de octubre de 1992".

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