Aunque, como ha dicho un escritor francés, la muerte transforma toda vida en destino, sucede a veces que, sin librarse de ese destino común, el de ciertas personas se pone de manifiesto en vida, a ojos de sus coetáneos, en función de un momento de su existencia en la que ésta cobra todo su sentido.
Para Josemaría Escrivá de Balaguer, como para la multitud de personas que le conocieron y trataron, ese momento fue el de la fundación del Opus Dei, el 2 de octubre de 1928, primera muerte a sí mismo para la que el Señor le venía preparando desde hacía diez años, a partir del instante en que fue capaz de comprender lo que significaba dar la vida.
Los numerosísimos testimonios que se han hecho públicos en el mundo entero, desde el 26 de junio de 1975 hasta la fecha, no han hecho más que confirmar lo que ya era evidente para un número cada vez más elevado de hombres y de mujeres: el papel de pionero que había tenido el Fundador del Opus Dei en la tarea de restituir al laicado, a los simples fieles, su lugar en la economía de la Redención; un papel que hace aparecer a Mons. Escrivá de Balaguer como precursor del Concilio Ecuménico Vaticano II, en el que se proclamó solemnemente la llamada universal a la plenitud de la vida cristiana en medio de las ocupaciones ordinarias.
La importancia de su tarea ha sido confirmada por los cuatro últimos Papas: Pío XII, que dio al Opus Dei su primera configuración jurídica; Juan XXIII y Pablo VI, que lo alentaron constantemente, y Juan Pablo II, quien, tras el breve pontificado de Juan Pablo I, que lo alentó también, ha dado al Opus Dei su configuración jurídica definitiva.
Sin embargo, Mons. Escrivá de Balaguer nunca buscó "figurar", ni cuando ponía los cimientos de la Obra en los suburbios y en los hospitales de Madrid, ni en sus largos años de intenso trabajo en Roma, consagrados a la dirección del Opus Dei, a dar doctrina por escrito y a predicar. Las excepciones -pocas- que había hecho al final de su vida, en la Península Ibérica y en América, habían estado motivadas, exclusivamente, por su celo sacerdotal y su preocupación por la situación de la Iglesia. Le habría sido fácil obrar de otra manera, llevando el desarrollo de la Obra con más "espectacularidad", pero el Padre supo, desde el primer momento, que su misión era estrictamente sobrenatural, que se trataba -como solía decir- de estar al servicio del Señor y de todas las almas. De ahí la frase que venía a ser un poco como su lema: Ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca.
El apostolado que tenía que realizar era un apostolado en profundidad. Se trataba de invitar a un número creciente de cristianos a entregarse por completo a Dios, sin buscar ninguna compensación humana; de proponerles que procurasen imitar a Jesucristo en sus treinta años de vida oculta aquí en la tierra.
Le hubiese sido fácil aceptar, en los años treinta, cuando no era más que un joven sacerdote, las propuestas que algunos le habían hecho: formar futuros Consiliarios de Acción Católica o desempeñar cargos de relumbrón. Así habría logrado fama y consideración, pero no se habría hecho la Obra de Dios.
También le hubiera sido fácil, en los primeros tiempos, ceder a la tentación de precipitar los acontecimientos y asociar el Opus Dei a otras instituciones cuyos fines eran similares en apariencia. Con lo cual habría comprometido el desarrollo y desvirtuado la naturaleza de la tarea espiritual que el Señor le había encomendado.
Buscar la Voluntad de Dios y atenerse fielmente a ese fin: tal fue su actitud constante, en cada etapa del desarrollo del Opus Dei. Precisamente por eso, ante el asombro de muchos, la Obra había ido creciendo a un ritmo increíblemente rápido. A1 final de su vida, Mons. Escrivá de Balaguer había logrado que más de 60.000 hombres y mujeres se hubiesen comprometido a procurar alcanzar la santidad en medio del mundo y que cerca de un millar de ellos accedieran al sacerdocio. Las ediciones de sus escritos, en diversos idiomas, se contaban por cientos de miles de ejemplares y una de sus obras, Camino, había alcanzado cerca de los tres millones, logrando de esta forma que su mensaje de santificación de las realidades temporales fuese conocido por infinidad de personas. En cuanto a los apostolados de la Obra, habían hecho que el espíritu cristiano irradiara en los cinco continentes.
¿Cómo había sido posible ir tan deprisa? ¿Se debía al ritmo que se había impuesto desde el primer momento, con objeto de que inmediatamente empezara a realizarse ese querer divino que él había visto claramente, por una gracia especial, el 2 de octubre de 1928?
Verdad es que, desde entonces, no había ahorrado esfuerzos y sacrificios, en medio de innumerables dificultades, tanto en los comienzos como en los momentos de expansión y desarrollo de la Obra. A veces, sus proyectos daban la impresión, a quienes le rodeaban, de que quería quemar etapas: la instalación de la Academia DYA, abierta en 1933 sin apenas recursos económicos, lo mismo que la Academia Residencia de Ferraz en 1934; los planes para ir a Valencia y a París, en vísperas de la Guerra civil; la expansión -siempre sin medios económicos- por diversos países de Europa nada más terminar la Segunda guerra mundial... Y así siempre, hasta el momento de su muerte, impulsando vigorosamente, en todo momento, la labor apostólica de la Obra.
Sin embargo, quien había obrado así solía decir a sus hijos que, a veces, tenía la impresión de que les frenaba cuando querían ir demasiado deprisa. Al principio, aun contando siempre con el beneplácito de la Autoridad eclesiástica, no se había apresurado a pedir para la Obra las correspondientes aprobaciones canónicas -diocesanas y pontificias-, como hubiese podido esperarse de un joven Fundador, pues sabía que la novedad del fenómeno pastoral que aportaba el Opus Dei implicaría necesariamente que surgieran problemas de adaptación de las normas jurídicas vigentes. Había sido preciso que se organizaran persistentes campañas de calumnias contra el Opus Dei, para que se decidiera a solicitar, antes de lo previsto, las correspondientes aprobaciones.
Nos han tratado a patadas; por eso nos hemos esparcido, solía decir al final de su vida, recordando cómo el Señor se había servido de las causas segundas -es decir, de una publicidad involuntaria- para acelerar la expansión de la Obra.
En realidad, lo único que había procurado era ir al paso de Dios. Al final de la vida del Padre, y más aún cuando supieron que Dios le había llamado, sus hijos e hijas comprendieron mejor cómo ese paso había sido extraordinariamente veloz.
¿Cuál había sido el secreto de tan vertiginosa aventura espiritual?
Impenetrable resulta si uno se atiene al simple plano de los hechos externos, porque esos hechos pueden explicar el destino de los hombres de acción, pero no el surco espiritual abierto por un hombre de Dios. Luminoso es, por el contrario, para el cristiano que sabe que nada progresa ni es duradero sin esa adaptación completa de la voluntad humana a los proyectos divinos, que se opera misteriosamente mediante la correspondencia a la gracia.
Con el paso del tiempo, puede contemplarse la acción real de Dios en el mundo, lo que hace a través de algunos hombres especialmente atentos a sus designios. Una acción sólo comparable a esas corrientes que mueven los océanos, mucho más profundas y eficaces que las tempestades que agitan la superficie, porque son capaces de templar o enfriar continentes enteros.
El secreto de la fecundidad de la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer reside, sin duda alguna, en que supo secundar con todas sus fuerzas, ya antes de fundar el Opus Dei, y más todavía después, hasta las más leves insinuaciones del Espíritu. Búsqueda constante, y a veces llena de asperezas, de la voluntad de Dios, mediante una oración y una penitencia generosísimas; obediencia pronta y resuelta, a partir del momento en que vio lo que tenía que hacer; constancia para mantener sin desviaciones, contra viento y marea, el espíritu fundacional, consciente de que las gracias excepcionales que había recibido entrañaban una gran responsabilidad.
No deja de ser paradójico que fuese su resolución de mantener a toda costa el rumbo de la nave lo que atrajera a veces las críticas de algunos, que se obstinaban en ver en el Opus Dei una empresa humana, quizá a la medida de las ambiciones y proyectos a ras de tierra de esas personas. No le hubiera sido difícil cortar de raíz las calumnias -secuela de las persecuciones organizadas de los comienzos- que atribuían al Opus Dei un papel que no era el suyo; le hubiera bastado con aconsejar a algunos de sus hijos que abandonaran los cargos públicos que, en uso de su libertad, ocupaban en España y en otros países. Sin embargo, de haberlo hecho, habría desvirtuado la naturaleza del Opus Dei, inequívocamente secular, lo cual implicaba -e implica- que cada uno de sus miembros asuma personalmente sus propias responsabilidades en la sociedad, sin tener que rendir cuentas a nadie -excepto a quienes los han nombrado- de los cargos que ocupan, ya que, al ejercerlos, no representan al Opus Dei ni a la Iglesia.
Tal era la causa de que Mons. Escrivá de Balaguer se negara siempre a limitar la legítima libertad de sus hijos. Si hubiese obrado de otra manera, no habría hecho la Obra de Dios, sino la del diablo, pues sus fines y su medios de acción habrían dejado de ser estrictamente sobrenaturales.
No necesitaba fijar en normas de obligatorio cumplimiento este espíritu fundacional. Tenía la absoluta y lógica seguridad de que, si alguna vez -en una hipótesis inconcebible- los Directores del Opus Dei intentaran imponer un pensamiento o actuación uniforme en los asuntos temporales, no sólo atentarían contra la legítima libertad personal de los miembros, sino contra la misma esencia de la Obra: el Opus Dei no tendría razón de ser; ni sus miembros, motivo alguno para perseverar.
¡Me habría lucido -decía a algunos de sus hijos en 1969- si hubiera quemado mi vida -la juventud, la madurez y ahora la vejez- por una cosa puramente humana!
Si alguien se lo hubiese preguntado, el Fundador, sin vacilar, hubiese atribuido el secreto de la rápida expansión del Opus Dei al empeño que siempre había puesto -a pesar de considerarse un instrumento inepto- en implorar constantemente a Dios, a su Madre Santísima, a los santos y a los Ángeles, que intercedieran a su favor. Estaba luego su trabajo, así como la oración y el trabajo de sus hijos e hijas y de otras muchas personas. Todo ello, acompañado de mortificaciones constantes, ofrecidas por el desarrollo de los apostolados de la Obra y por el bien de la Iglesia.
Consciente del carácter sobrenatural de la empresa, estaba convencido de que los medios debían ser proporcionados al fin, es decir, también sobrenaturales.
***
Sólo después de su muerte, la inmensa mayoría de sus hijos supo lo que quienes le rodeaban conocían: sufriendo todo lo que es posible sufrir por la situación de la Iglesia, e incapaz de hacer más de lo que había hecho -rezar, reparar, fortalecer la fe de sus hijos e hijas-, había ofrecido su vida a Dios por la Iglesia, pensando que sería más eficaz en el Cielo que al lado de los que dejaba aquí en la tierra, siempre que Dios le concediera saltarse a la torera el Purgatorio.
Su repentino tránsito, así como la serenidad de su rostro, que impresionó a todos los que le vieron muerto, hacen pensar que la Virgen Santísima, a quien dirigió su última mirada en la tierra -una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que había en el despacho donde habitualmente trabajaba-, obtendría para él, de Dios Todopoderoso, esa última gracia.
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