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Junkabal. Centro de Formación Profesional para la Mujer. Guatemala.

Una madre vale por mil

Frases oídas al pasar: “Ayudan a las mamás y a los niños”. “Favorece a toda la familia”... Son algunos de los comentarios de las beneficiarias de los programas de Junkabal, un Centro de Formación Profesional para la mujer que va creciendo, día a día, en uno de los barrios más populares de la ciudad de Guatemala.

Marco Tulio Bran trabaja en un taller mecánico desde hace varios años. Tiene dos hijas pequeñas y, un día, accedió a que doña Berta, su esposa, asistiera a Junkabal. Su mujer aprendió a hacer piñatas y se inscribió a un curso de cocina. Pasaron los años. Ahora, Marco Tulio reconoce que el tiempo dedicado por su esposa a la formación técnica y humana, ha supuesto una inversión rica en ganancias para toda la familia: “Estoy satisfecho de lo que Berta ha aprendido. Con sus conocimientos hemos puesto en marcha un pequeño negocio que ha sido para mí un apoyo económico y un alivio. Es una segunda fuente de ingresos que ella coordina totalmente, porque yo estoy a tiempo completo en el taller. Lo único que hago es trasladar las cosas en un pequeño microbus que hemos adaptado para eso”.

Berta coincide con su esposo. “Desde que voy a Junkabal” dice, “mi situación familiar ha cambiado mucho: ahora lo puedo ayudar con los gastos de la casa y él ha podido reducir los tiempos extras de trabajo; está más en la casa y podemos platicar, estar más tiempo juntos y con los hijos...”

Carolina Hurtarte, directora de Junkabal explica los objetivos del centro: “Queremos que nuestras alumnas sean mejores personas, que eleven su autoestima, que se den cuenta de lo que son capaces de alcanzar si se lo proponen. Por eso, no queremos reducir nuestro papel al de una academia de instrucción técnica; y tratamos de poner gran atención a la educación global. Queremos ofrecer a todas, junto a los conocimientos de un oficio, la posibilidad de descubrir una visión cristiana de la vida. Cada alumna es para nosotros una persona que merece nuestros mayores esfuerzos. Cada una es una interesante historia de la que queremos ser parte”.

Algo más que formación técnica

Junkabal es un centro de irradiación de programas de capacitación, dirigidos a incorporar a la mujer guatemalteca, especialmente la de las áreas marginales, en el proceso de desarrollo dentro de su propia familia, su comunidad y la sociedad entera. Su fin primordial se centra en dar una formación técnica y moral que permita a las alumnas actuar rectamente y con competencia en el ámbito laboral y familiar.

Esta idea nació en 1963, gracias a la iniciativa de un grupo de mujeres, que vieron en un centro de capacitación técnica, un modo de ayudar a muchas mujeres a salir del subdesarrollo. Las pioneras contaban con el impulso de las enseñanzas de San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Algunas de ellas habían oído de sus labios una idea que luego se recogió en el libro Conversaciones con monseñor Escrivá de Balaguer: “Estas obras”, decía, refiriéndose a centros educativos y asistenciales de todo tipo que miembros del Opus Dei junto con otros ciudadanos han promovido en todo el mundo, “han sido y son indudablemente focos de irradiación del espíritu cristiano (...); abiertos a personas de toda clase y condición, han sensibilizado vastos estratos de la sociedad sobre la necesidad de dar una respuesta cristiana a las cuestiones que les plantea [a los laicos] el ejercicio de su profesión o empleo”. Y, desde el principio, las promotoras de Junkabal pidieron que el Opus Dei se hiciera cargo de la formación doctrinal y religiosa del centro.

Una visión general

Guatemala es un país donde la búsqueda del desarrollo resulta una labor compleja. Sus pobladores (más de 8 millones), incluyen un alto porcentaje de indígenas mayahablantes (41.89%) que permanecen en el analfabetismo debido, principalmente, a la tardía puesta en marcha de un programa de educación bilingüe. Sin embargo, en la actualidad, tanto el Estado, como la sociedad, están dispuestos a librar la batalla contra la ignorancia, y por eso, el apoyo a las iniciativas en favor de la educación se ha incrementado.

Un alto porcentaje de ese potencial humano desaprovechado por falta de conocimientos técnicos y académicos, se concentra en la zona rural del país o en los cinturones de miseria que rodean la capital; y está compuesto principalmente por el sector femenino. En Guatemala, de cada 100 mujeres, 80 están desempleadas o subempleadas en trabajos poco remunerados.

María, por ejemplo, es una viuda indígena, maya kaqchikel. Tiene 4 hijos en edad escolar. Desde niña vivió con unos vecinos que se hicieron cargo de ella, pues su madre había muerto. Se casó. Actualmente, por las mañanas, lava y plancha ropa en casas de diferentes familias; por las tardes, se reúne con sus hijos para trabajar en el relleno sanitario de la ciudad. Trabajar es un decir, pues allí su actividad consiste en recoger desechos de la basura y clasificarlos según el tipo de material del que proceden: “Buscamos latas, vidrio, papel, libros viejos..., que nos pagan a pocos centavos, según el tamaño y el peso”, dice. Este año, María asistió a Junkabal “porque no sabía leer y yo tenía la ilusión de aprender; solo podía hacer mi nombre abreviado”. Se inscribió en el curso de alfabetización del Programa Nutricional y ahora piensa seguir estudiando hasta concluir la educación primaria. Junto con el curso de alfabetización, María ha aprendido a trabajar cinturones en macramé y piezas decorativas en mimbre. Estas clases le han permitido comercializar los productos que fabrica y mejorar así los ingresos económicos de los suyos.

Otro caso es el de la familia de Juanita y Lucía, dos hermanas que no pasan los 12 años de edad. Desde hace más de tres, ayudan a su madre a sacar la tarea en una tortillería donde trabajan todas las mañanas de la semana. La madre empezó a ir a Junkabal a recibir unos cursos de capacitación y se ha convertido en una microempresaria que atiende pedidos de pasteles, flores y adornos para eventos especiales.

Más de 45.000 mujeres han pasado por las aulas de Junkabal en busca de una alternativa que les permita salir del subdesarrollo. En opinión de la directora, el centro responde a esas expectativas: “El cambio es notorio: desde el aspecto personal y el alto nivel de autoestima, hasta los logros económicos que consiguen. Más del 80% de las participantes en los programas, abren sus propios negocios y, el 100% de ellas, experimentan mejoras en su familia”.

Los víveres se acaban

El Programa Nutricional y de Desarrollo Social está diseñado para propiciar la salida inmediata de situaciones económicas difíciles. Las beneficiarias de este programa obtienen, a muy bajo precio, una cuota de alimentos mensual para cubrir el sustento familiar. A cambio, se comprometen a recibir la instrucción técnica en el área de su elección: corte y confección de vestuario, cosmetología, floristería, panadería y repostería, manualidades. Se adapta así, con una variación, esa fórmula de cooperación al desarrollo impulsada por algunas instituciones internacionales que se conoce como “Alimentos por trabajo”. Sólo que, en este caso, el intercambio es entre “alimentos” y “capacitación”.

Aunque la mayoría de las veces las mujeres empiezan a asistir a los cursos de instrucción sólo por el interés en los comestibles, con el paso del tiempo descubren que las clases son una valiosa herramienta para mejorar su futuro. Así lo declara doña Virginia, una alumna de estos cursos: “Doña Angela me dijo que viniéramos a Junkabal porque ahí nos darían víveres. Francamente, nosotras fuimos, primero por los alimentos, pero después nos dimos cuenta de que nos estaban capacitando y nos gustó, porque eso nos serviría para trabajar y ayudar un poco en la casa. Ahora, aunque no nos dieran alimentos, seguiríamos asistiendo, porque los víveres se comen y se acaban, pero lo que se aprende una vez, queda para toda la vida”.

Dos objetivos más complementan el porqué de este programa: la adquisición de virtudes humanas que les haga cada vez mejores personas y la participación responsable dentro de la sociedad en la que viven, en la búsqueda de soluciones para alcanzar el bien común.

Un oficio para ganarse la vida

El Programa de Cursos y Carreras se dirige a las mujeres que buscan aprender un oficio que les permita ganarse la vida y aportar algo al presupuesto familiar.

El plan de estudios incluye además de la técnica concreta, en donde adquieren los conocimientos necesarios y la destreza manual, un área humanística que proporciona formación moral y espiritual para las alumnas que lo desean, y que les permite fomentar en su ambiente el sentido cristiano de la vida. Esto se complementa con asignaturas de carácter administrativo con miras a la pequeña empresa: fundamentos de administración y procedimientos contables, que les facilitan competir dentro del mercado laboral y estimula en las asistentes el interés por comercializar lo que aprenden a hacer.

Muchas de las alumnas de este programa han encontrado una salida laboral eficiente, desde sus propios hogares. Erica, por ejemplo, llegó a Junkabal animada por una pariente; inició el curso de cosmetología y luego le propusieron ser auxiliar del curso. Así lo recuerda: “Tenía el deseo de superarme y poder ayudar a mi familia. Yo sabía que estudiando podría lograrlo más fácilmente, pero no pensaba en continuar estudios en la escuela, sino aprender algo que me sirviera para trabajar y echar una mano a mi marido con los gastos de la casa. Nosotros no somos de condición económica desahogada, somos gente sencilla. Cuando terminé el curso de cosmetología, empecé a hacer mis prácticas con vecinas y conocidas. Después, me propusieron que fuera la auxiliar del curso y aquí estoy. Gracias a Dios, me dieron la oportunidad de trabajar aquí. Dedico medio tiempo, no descuido a mis hijos; y a la vez, tengo la posibilidad de estar con otras personas y aportar algo de dinero al gasto de mi casa.”

En Junkabal se intenta que todas las alumnas trabajen y se conviertan en pequeñas empresarias. Son frecuentes los casos como el de Margarita, que sacó a su familia de una situación económica apretada, poniendo en práctica los conocimientos de panadería que aprendió en Junkabal. “Cuando mi esposo se quedó sin empleo, pasamos momentos difíciles. Gracias a Dios pude meter el hombro cuando más lo necesitábamos. El mismo construyó el horno y mis hijos se encargaron de vender el pan que yo hacía. Ahora, tenemos una pequeña empresa familiar”, concluye sonriente, “y, lo que es mejor: hemos redescubierto la alegría de vivir nuestra fe en familia”.

Las clínicas: una esperanza de vida

Junto a estos programas, el centro ofrece, desde 1983, atención médica y dental en unas clínicas y laboratorios construidos gracias al apoyo de empresas y personas particulares. Los servicios están abiertos al público durante todo el día, y proporcionan ayuda médica preventiva y curativa.

Aunque, a decir verdad, las clínicas de Junkabal van más allá de la curación propiamente dicha. Durante las consultas y en las citas sucesivas, los médicos y sus asistentes instruyen a las madres para que adquieran hábitos de vida que reduzcan los riesgos de enfermedad. Para conseguir este segundo objetivo, el departamento de orientación del Programa Nutricional desarrolla una serie de cursos y conferencias sobre el cuidado y aprovechamiento de los alimentos, principios básicos de nutrición, higiene personal y del hogar, primeros auxilios, etc. Las beneficiarias de este programa observan con asombro el rápido progreso de sus hijos en peso y talla. Aprenden también a invertir adecuadamente sus escasos recursos económicos, sacando el máximo partido a los alimentos con que cuentan, sin descuidar la buena presentación y el detalle de cariño en cada plato. Los médicos, por su parte, prestan sus servicios cobrando una cuota simbólica que, muchas veces, representa sólo el 20% del costo total.

Los profesionales a cargo de las clínicas se las ingenian diariamente para mantener en la farmacia un stock de medicinas disponible para los pacientes: “Es duro tener que despedir a una paciente con la receta en la mano”, comenta una profesional, “y saber que no tendrá mejoría porque no piensa comprar la medicina. No es que no quiera, por supuesto, es que no tiene con qué”. Por eso, recurren a sus colegas de hospitales y clínicas privadas para obtener esas “muestras gratis” que los visitadores médicos les dejan periódicamente. También los organismos internacionales juegan un importante papel en la atención médica de los vecinos de Junkabal: con cierta frecuencia envían analgésicos, antibióticos, antidiarréicos... De esta forma, es posible ofrecer a las pacientes los medicamentos a precios que se corresponden con su capacidad económica.

Una historia particular

Todavía está presente el recuerdo de Ana: su caso requería la experiencia y el equipo de un experto, que la clínica no estaba en condiciones de darle. Sin mucha esperanza, los médicos de Junkabal recurrieron a la clínica privada de un especialista. La petición era ambiciosa: “Todo sin costo alguno, porque esta mujer no tiene cómo pagarlo”; y lo lograron. A partir de este momento se inició la posibilidad de tratamientos especializados para los pacientes de Junkabal: muchos profesionales abren las puertas de sus clínicas particulares en forma gratuita. Dan de su tiempo y de sus recursos en un acto de solidaridad y comprensión de la necesidad ajena.

Orientación familiar

Un departamento de orientación, a cargo de profesionales en pedagogía familiar, ayuda a las alumnas de todos los programas a concretar y hacer vida los criterios teóricos que reciben en los cursos de “superación personal”. Semanalmente asisten a unas clases, complementarias de los cursos de capacitación. Y es que, además de la capacitación laboral, interesa que las participantes adquieran nuevas formas de vida. Silvia de Beltetón, encargada del Programa Nutricional, explica: “Se les enseña a cuidar su casa con esmero, a procurar hacer de ella un verdadero hogar, agradable para su esposo y sus hijos; a educar a los hijos en un ambiente de cariño y fortaleza, y a ser buenas esposas.”

Quiénes se benefician

La población que circula por los distintos programas de Junkabal es abundante y variada. Son mujeres jóvenes y menos jóvenes; católicas o no; que van desde la clase media alta, hasta situaciones de extrema pobreza. Algunas de ellas lavan y planchan ropa en los vecindarios; otras prefieren dedicarse al comercio de ropa, frutas, verduras, cosméticos, alimentos; también las hay empleadas del hogar y operarias de fábricas industriales. Sus ingresos familiares no pasan los Q.1,000.00 mensuales (165.00 US$); y su instrucción académica no es superior al tercer grado de educación básica. Sin embargo, son mujeres inconformes con su situación y con una vibrante esperanza que las empuja a estrujar los minutos disponibles para el trabajo y el hogar, y dedicarlos a instruirse en un oficio que les será mejor remunerado.

El 40% de las beneficiarias del Programa Nutricional proviene de “Ciudad Peronia”, un asentamiento muy pobre. Una mirada a aquel lugar basta para darse cuenta de las condiciones de vida de sus habitantes: techos de lámina y madera, paredes de cartón o plástico; pisos de tierra, ausencia de servicios básicos... Aun así, suelen ser personas con deseos de luchar, optimistas, y, por eso, se encuentran a gusto en Junkabal.
Otras alumnas del centro provienen de municipios del departamento de Guatemala, como Villa Nueva y Mixco; o incluso de otros departamentos más lejanos, como Margarita, que viene una vez por semana desde Puerto Barrios, a 5 horas de la ciudad. También Amanda viaja desde Chimaltenango y Carolina desde Sololá. Ambas se han convertido en promotoras de desarrollo de su comunidad, a la que transmiten los conocimientos que adquieren cada semana en Junkabal.

Es difícil determinar el número real de las personas que se benefician de la formación que se imparte en Junkabal. Y es que no se puede calcular el efecto multiplicador que supone el desarrollo de una madre de familia. Lo que parece claro es que educar a la educadora es una inversión que redunda en bien de toda la sociedad.

ATENCION DESDE JUNKABAL

Totales:
Mujeres atendidas desde 1963: 45.800
Han iniciado su microempresa: 40%
Promociones del Programa de Cursos
y Carreras: 14
Promociones del Programa Nutricional: 10
Niñas egresadas del colegio: 1.650

Al mes:
Pacientes de la clínica médica: 225
Pacientes de la clínica dental: 150
En los laboratorios: 80
Mujeres en el Programa Nutricional
y de Desarrollo: 400
Mujeres en carreras técnicas: 1.000

Al año:
Mujeres que pasan por Junkabal: 12.100
Familias beneficiadas: 4.500
Niñas en educación formal: 250
Carreras técnicas: 14
Cursos libres: 20
Alimentos vendidos a precios simbólicos:
Arroz 18.380 libras
Maíz 18.380 libras
Aceite 6.133 litros
CSB (harina de soya) 31.500 libras
Azúcar 12.000 libras

DE 1963 A 1996

Aquella joven de 20 años es ahora una mujer de 53. Han pasado más de tres décadas desde que llegó a Junkabal por primera vez: “Cuando vine era todo muy sencillito, muy pequeño, pero grande para nosotras, porque la enseñanza que nos dieron era grande”. Así se expresaba una antigua alumna, que ahora forma parte del consejo de gestión del centro.

En 1963, Junkabal se reducía a tres aulas, un lugar de recepción y poco más. Los cursos que se ofrecían eran pocos, y las alumnas más escasas aún. En 1971 se trasladó a su sede definitiva. El terreno donde se construyó el edificio había sido donado por Samuel Camhi, un guatemalteco hebreo de raza y religión que puso su confianza en aquel grupo de profesionales emprendedoras. Más adelante, la Fundación Camhi se hizo cargo también de la ampliación de las aulas.

Ese año, se abrió la sección de Educación Formal, en donde se impartía el ciclo de educación básica con salida laboral para todas las alumnas. En 1978, se abrió el nivel primario y en 1991 el bachillerato con orientación en computación.
Desde 1983, Junkabal puso al servicio del sector de vecinos menos favorecidos, el Programa Nutricional y de Desarrollo Social, para contribuir a solventar las necesidades básicas de instrucción, alimentación y atención médica, a más de 400 familias, de manera permanente.

Organismos internacionales y gobiernos de países amigos como el de Bélgica, han otorgado donaciones considerables para echar a andar las clínicas dental y médica, los laboratorios y los talleres de práctica.

Cientos de personas contribuyen también con su trabajo y aportaciones económicas para que Junkabal funcione. Hoy, se atiende a más de 12.000 mujeres al año.

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